Logan (Agencia Pipen 5) Capítulo 13
37%

Capítulo 13

Logan estaba revisando los mensajes de Louie cuando escuchó pasos en la escalera.

Levantó la cabeza y se quedó con la vista fija.

Nadia vestía unos jeans claros y una blusa de color azul profundo, con mangas suaves y un escote discreto que dejaba al descubierto sus clavículas y parte de la piel del pecho. Se veía más hermosa, si cabía.

Cassandra era a quien debían agradecer el nuevo guardarropas, ya que había aparecido en la agencia con varias bolsas y la determinación de una mujer que no aceptaba opiniones masculinas sobre asuntos que consideraba de su exclusiva competencia.

Se había llevado a Nadia a una sala que solían usar para recibir clientes, y durante casi una hora, las tres (sí, Bianca había llegado para unirse justo a tiempo), habían hablado, reído y sacado prendas de las bolsas.

Joder, habían logrado que Nadia resplandeciera y él se avergonzara de haberla tenido con ropa plana y genérica.

En su defensa, creía que ella se vería bien en una bolsa de patatas.

Claro, esta no realzaría las caderas, la cintura o los glúteos de una manera que no era justa para un hombre que llevaba días intentando comportarse con decencia.

Parpadeó y se llamó a reaccionar, justo cuando ella llegó al último escalón y se acomodó el cabello detrás de la oreja.

—¿Qué te parece? —le preguntó con un pelín de ansiedad.

Como un puto sueño . Aclaró su garganta y obligó a sus ojos a encontrar los femeninos. Tenía que dejar de pensar como un jodido pervertido.

—Te sienta muy bien. Debí ocuparme antes.

Nadia sacudió la cabeza y bajó los ojos hacia la blusa.

—Cassandra decir que el azul ajustar a … color… colorimetro, algo así.

Colorimetría, probablemente. Si eso significaba que hacía a sus ojos más increíbles, coincidía. Y su cuerpo más deseable, para la mayor inestabilidad mental de Logan. Se movió para alejarse del embriagador olor a fresco y cítrico. Distancia, tenía que mantener la distancia o no respondía…

—¿Tienes hambre? —preguntó.

—Un poco.

Habían pasado la mayor parte del día en la agencia y Nadia apenas había tocado el almuerzo después de reconocer a Elena.

La posterior charla telefónica con Iván y Sergei había sido intensa de cojones y ella había estado al borde.

Logan le había preparado unos snacks al regresar, pero apenas si había picoteado algo y se había recluido en su habitación.

Ahora que había bajado, tal vez lo mejor era sacarla de la burbuja. Necesitaban salir de aquella casa.

—Conozco un lugar muy bonito donde cocinan de maravilla. ¿Te gustaría acompañarme?

Nadia observó la puerta y a él, dudando. Entendió su dilema. Salir, conocer otro sitio dentro de este país, podía considerarse un riesgo. La pregunta confirmó las dudas femeninas.

—¿Seguro?

—Es tranquilo —reafirmó—. Está a diez minutos y conozco a los dueños. Nos sentaremos lejos de la entrada, pero no temas nada. Estoy contigo, estarás bien.

Ella lo pensó por unos segundo y se mordió el labio inferior, para luego asentir.

—Querer ir.

Logan tomó su chaqueta antes de que pudiera arrepentirse, con una sonrisa amplia.

Le mostraría que podía salir, disfrutar, sin inquietarse ni mirar por encima del hombro.

Vivir esto como una cita normal y… Una bocina de fantasía sonó en alguna parte de su cabeza.

Esta no es una cita, gilipollas, espabila.

Suspiró y le abrió la puerta del vehículo como un puto caballero y luego condujo el vehículo con fija concentración.

Esto fue un esfuerzo, pero era la manera de no mirarla con ojos de carnero degollado.

Dios, eres lastimoso. Tres décadas y media, casi un metro noventa, capaz de acertarle a un blanco a kilómetros, y no puedes concentrarte a su lado.

El bistró ocupaba la planta baja de una casa antigua, en una calle alejada del centro de Providence.

Tenía pocas mesas, paredes de ladrillo, fotografías antiguas de la ciudad y lámparas que arrojaban círculos cálidos sobre los manteles.

No había música estridente ni pantallas, sí conversaciones bajas y risas ocasionales.

Logan eligió una mesa al fondo, con la pared a su espalda y una visión directa de la entrada.

—Es bonito y calmo —dijo ella, mirando alrededor con una sonrisa cálida, aliviada tal vez.

—¿Imaginaste que te llevaría a uno de esos restaurantes ruidosos y con olor a frito?

—Es un poco el cliché —dijo ella ruborizada.

La camarera se acercó antes de que Logan pudiera contestar.

Era una mujer de unos sesenta años que lo conocía desde hacía años y que tuvo la delicadeza de no preguntar por Nadia, aunque le hizo un gesto de satisfacción, como aprobando.

Logan se hizo el desentendido. No iba a aclarar nada, no había nada que aclarar.

La mesera se enfocó en Nadia, sonriéndole con amplitud, le entregó una carta y recomendó los platos del día.

Nadia asintió, aunque Logan supo que los nombres de los platos la desconcertaron.

—Danos un momento, Patty —dijo a la mesera, que asintió y dijo que iba por agua.

Nadia abrigo el menú y leyó en silencio con el ceño fruncido en concentración.

—¿Qué ser meatloaf ?

—Carne molida horneada.

—¿Como albóndiga gigante?

Logan consideró la descripción.

—Más o menos.

—Extraño.

Logan se inclinó sobre la carta y señaló varios platos; Nadia acercó la cabeza para seguir su dedo hasta que sus cabellos rozaron la mejilla de él.

—También tienes chowder de almejas, clam cakes y stuffies .

—¿ Stuffies ? —repitió ella, tan cerca que Logan sintió su aliento sobre la mandíbula.

Su aroma se le envolvió y Logan contuvo el aire, como un cateto. Se hizo atrás.

—Son almejas quahog picadas, mezcladas con pan y especias, y horneadas dentro de la concha. Son típicas de Rhode Island y deliciosas. Pide eso. Si no te gusta, te comes mi hamburguesa.

La camarera regresó y Nadia señaló el plato. También pidió una limonada.

—¿Haber pastel de manzana? —preguntó, y la camarera sonrió.

—El mejor del Estado, querida.

Nadia sonrió y miró a Logan.

—Como en las películas, ser la respuesta perfecta.

Logan rio bajito.

—Por supuesto.

Nadia miró alrededor. En una de las mesas, una pareja mayor compartía un postre. Cerca de la ventana, tres jóvenes reían con tanta fuerza que uno tuvo que secarse los ojos. Nadie miraba hacia ellos. La tensión abandonó lentamente los hombros de Nadia.

—Gustar.

—Sabía que lo haría.

—¿Venir mucho?

—A veces.

—¿Solo?

—Generalmente.

Ella bebió un sorbo de agua y Logan se hizo atrás, pensando qué decir que no trajera el tema del día, pero ella se adelantó y fue directo a eso.

—Los hombres del teléfono —dijo—. El tío de Elena y el otro…

Logan asintió. Ella tenía preguntas, por supuesto.

—¿Qué ocurre con él?

—Sonar desesperado.

—Sí.

—¿Creer que estar enojado conmigo?

Logan arrugó el ceño, sorprendido, y luego se adelantó para tomar la mano femenina entre las suyas. Suave, delicada, contra su piel callosa. Fue instinto, y quiso deshacer la acción, pero ella apretó sus dedos y lo miraba con seriedad.

—¿Por qué lo estaría? Ey, Nadia, estás segura, estás protegida, no tengas temor. Él vendrá y querrá hablar contigo, pero solo si quieres y con mi… con la protección de todos en la agencia.

Su determinada diatriba hizo que ella parpadeara y asintiera. Nadia bajó la mirada hacia sus manos.

—Deber dudar por qué yo escapar y no sobrina. Pero…

—Es un hombre de acción, acostumbrado a la lucha, al rescate de rehenes, Nadia. Sabe cómo son estas cosas. No culparía a una víctima de las acciones de criminales.

—Ser familia de Elena. Tener derecho a …

—No tiene derecho a hacerte daño para saber lo que ocurrió. Y no lo hará, lo conozco. Es un buen hombre, algo brusco.

Todos esos cabrones que Ivan comandaba lo eran, pero no le diría eso. Ella volvió a mirarlo, y la confianza en las pupilas verde que lo desarmaban lo entibió. Era débil, puta hostia, tan débil por esos ojos, por esta mujer.

Ella sonrió y algo de picardía vino a su rostro.

—Algunos de tus compañeros también resolver mucho con gruñidos. Nathan, por ejemplo. Y Elijah decir que tú…

Resopló y meneó su cabeza.

—Elijah es un bocazas y le encanta el chisme. Por eso es el más ocupado de la agencia, Scott lo saca a pasear para ocuparlo.

En realidad, su colega era muy bueno y socializaba excelente con sus protegidos, que lo preferían. Pero no diría esto en voz alta.

La llegada de la comida cortó el diálogo. El stuffie llegó servido dentro de una enorme concha, con el relleno dorado y todavía humeante. Nadia lo examinó con curiosidad, tomó una pequeña porción con el tenedor y sopló antes de llevársela a la boca.

Logan observó cómo sus labios se cerraban alrededor del cubierto y cómo tragaba lentamente, siguiendo el movimiento delicado de su garganta. Una miga quedó adherida a su labio inferior y Nadia la recogió con la punta de la lengua.

—Ser bueno —decidió, tomando otra porción.

Logan apretó los dedos alrededor de su vaso.

—Me alegra.

Su cuerpo reaccionaba con una intensidad que lo irritaba. No perder el control era lo primero que se aprendía en su oficio, y él fallaba en reprimir sus impulsos.

—¿No comer? Tu hamburguesa ver rica.

Logan miró su plato y asintió. Comieron durante unos minutos. Ella degustaba, asentía, hacía ruiditos de satisfacción. Logan sufría. Por fin, a mitad del plato, pareció satisfecha. Era extraño verla así, relajada, probando comida, haciendo bromas y observando a las personas a su alrededor.

Esta no parecía la mujer que había encontrado junto al cadáver de Furtado ni la víctima de secuestro que fue. Era una joven hermosa cenando con un hombre que babeaba por ella en silencio. Tragó el último bocado y procuró distracción.

—Háblame de Varna —dijo.

Nadia apoyó los codos sobre la mesa.

—¿Qué querer saber?

—Lo bueno de tu vida allá.

La expresión de ella se suavizó.

—El mar.

—Eso es amplio.