Logan (Agencia Pipen 5) Capítulo 12
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Capítulo 12

Ochenta y siete fotografías. Nadia observó las filas de archivos de imagen distribuidos en la pantalla y sintió que el desayuno se convertía en una masa pesada dentro de su estómago.

Estas eran víctimas como ella. Mujeres con un pasado, con ilusiones, con fantasías y problemas, con familias, que habían sido arrancadas de cuajo de sus espacios.

Y eran una pequeña selección de un esquema más amplio.

Logan dijo que Louie había reducido más de dos mil expedientes a ochenta y siete mujeres desaparecidas.

Había cruzado fechas, edades, nacionalidades, rutas migratorias y denuncias procedentes de cinco países.

Y, aun así, eran demasiadas. Ochenta y siete mujeres.

No había denuncia sobre ella, eso había sido comprobado dos veces y hacía que todos pensaran que Yavor estaba encubriendo la situación engañando a su madre con mentiras viles o estratagemas en las que Nadia no quería pensar, pero la desvelaban.

—No tienes que mirarlas todas hoy —dijo Logan.

Nadia se volvió hacia él. Estaba apoyado contra la pared con los brazos cruzados y una expresión que habría intimidado a cualquiera que comenzara a conocerlo.

Ella ya sabía interpretar algunas. La mandíbula rígida significaba que algo lo preocupaba.

El dedo índice golpeando contra el brazo indicaba impaciencia.

Los ojos entrecerrados, análisis. La forma en que miraba alternativamente la pantalla y a Nadia, que estaba inquieto por ella y deseaba apagarlo todo y sacarla de allí. Era un protector por naturaleza.

—Debo. Quizás Elena o alguna de las otras chicas esté aquí.

—Pues no demoremos más —dijo Elijah, que se encontraba sentado al otro lado de la mesa—. Nadia es menos delicada de lo que parece, Logan. No seas tan quisquilloso. Entiendo que quieres poner alambre de púa alrededor de ella, pero no es necesario.

La mirada que Logan le dirigió acobardaría a cualquiera, pero Elijah sonrió con gozo. Nathan, que acababa de ingresar, suspiró.

—¿Podemos empezar antes de que Logan atice a Elijah?

—Oh, por favor, como si pudiera conmigo. Sin su rifle y en el gimnasio es carne de cañón.

—Como digas, chico rudo —gruñó Logan.

Nadia se mordió el labio para contener la sonrisa. Eran hombrones atléticos, ex militares, pero tenían chisporroteos de adolescentes.

—Ochenta y siete imágenes —repitió Nathan, el ordenado, intentando que regresaran al asunto.

Los otros se pusieron serios de inmediato. Nathan ocupó la silla frente a ella.

—Louie las dividió en grupos. Comenzaremos con las mujeres desaparecidas en Bulgaria durante los últimos seis meses. También incluimos algunos casos anteriores porque no sabemos cuánto tiempo estuvieron retenidas antes del traslado.

Nadia asintió.

—Primero nos dices si reconoces el rostro —continuó Nathan—. No te mostraremos nombres ni información.

—Para saber si no equivocar —dijo ella, asintiendo.

—Para estar seguros de no influir en tus recuerdos —corrigió Logan con suavidad—. Confundirse sería normal después de lo que atravesaste.

Nadia miró la pantalla.

—Entender.

Logan se apartó de la pared y ocupó la silla a su derecha. Dejó una botella de agua delante de ella y se hizo atrás, observándola con intensidad. No dijo nada, pero su actitud era suficiente para hacerla sentir tranquila.

—Cuando quieras —dijo Elijah, tomando el control de la pantalla.

La primera fotografía ocupó el centro. Una mujer rubia que no podía tener más de dieciocho años sonreía delante de un edificio blanco. Nadia negó. La siguiente tenía el cabello oscuro y ojos cansados. Tampoco era una de ellas. Después apareció otra. Y otra.

Algunas fotografías eran retratos formales. Otras habían sido recortadas de fiestas familiares, documentos o publicaciones de internet. Casi todas mostraban mujeres sonriendo, ajenas al hecho de que algún día un grupo de desconocidos estudiaría sus rostros para averiguar adónde habían desaparecido.

Nadia sintió un nudo en la garganta. Aquellas no eran solamente posibles compañeras del contenedor. Eran mujeres que no estaban en sus casas. Mujeres a las que alguien esperaba. En la fotografía diecisiete pidió que se detuvieran.

—Espera.

Se inclinó hacia la pantalla. Cabello castaño. Rostro redondo. Una pequeña separación entre los dientes delanteros. Se parecía a la ucraniana.

—Tal vez.

—¿Qué recuerdas?

Nadia intentó cubrir mentalmente aquel rostro limpio con suciedad. Lo imaginó bajo la luz escasa del contenedor, con el cabello pegado por el sudor y los labios partidos por la falta de agua. Luego, negó.

—No. Se parece, pero no es ella.

Elijah pasó a la siguiente sin demostrar decepción. Después de treinta fotografías, los rostros comenzaron a confundirse. Nadia se restregó los ojos y trató de concentrarse.

—Descansa si lo necesitas —dijo Logan.

—Estoy bien.

—No dije que estuvieras mal. Pero la vista sufre con estas cosas, debes parar.

Ella giró la cabeza.

—Eso sonar como orden.

—No es orden, es consejo

Elijah bajó la vista hacia sus papeles. Los hombros le temblaron y Logan sacudió su cabeza con frustración.

—Ni una palabra.

—No he dicho nada.

Nadia sonrió y la presión dentro de su pecho disminuyó un poco. Logan aprovechó el momento para abrir la botella e instarla a beber.

—Cinco minutos.

—Bien —aceptó.

Nadia bebió agua y movió su cabeza de un lado al otro.

Estaba tensa, sus músculos sufrían la ansiedad de querer ubicar a esas mujeres, ponerles nombre, para sentir que hacía algo para ayudarlas.

Tomó un sorbo más largo e hizo una seña para que Elijah pasara la pantalla.

Pasaron diez rostros más. La fotografía número cuarenta y dos mostró a una muchacha de cabello cobrizo.

Nadia negó. Elijah avanzó. Y entonces, la cuarenta y tres detuvo el mundo.

—¡Elena! ¡Es esa, Elena!

Nadia se agitó y su índice tembló mientras apuntaba la pantalla.

—Es ella —repitió—. ¡No tengo dudas, es Elena!

Se acercó a la pantalla sin apartar los ojos de la fotografía.

Elena aparecía en una playa. El viento llevaba su cabello hacia atrás y sus pies se hundían en la arena.

Sonreía, con su cara redonda vuelta hacia el sol.

Parecía más joven. Feliz. No era la mujer demacrada que había compartido agua con Nadia utilizando la tapa de una botella.

No era la que se acurrucaba a su lado durante las noches y se tapaba la boca para que los hombres no la escucharan llorar. Era Elena antes del horror.

—Es ella —susurró otra vez, de pronto muy cansada.

No tenía idea de qué había pasado con ella. Si vivía, cuánto sufría. No dudaba de que, donde estuviera, el horror la rodeaba. Se estremeció.

—Dinos algo que no aparezca en la fotografía —demandó Nathan, y Nadia se volvió a concentrar.

Pensó por un momento.

—Tiene una marca de nacimiento en su muslo derecho, con forma de maní, rosa.

Nathan miró hacia la cámara situada sobre la pantalla.

—Louie.

Se escuchó el tecleo a través de los altavoces.

—Confirmado —respondió el hacker—. La marca aparece en la descripción de la denuncia.

Nathan abrió el expediente.

—Elena Petrova. Veintidós años. Residente en Sofía. Desapareció hace siete semanas después de aceptar un supuesto empleo en un hotel de lujo.

Nadia sintió que sus piernas perdían fuerza. Era lo que le había contado.

—Está denunciada —dijo ella.

—Sí —confirmó Louie—. Su familia reportó la desaparición menos de setenta y dos horas después de perder contacto. Pero no tuvieron éxito.

La emoción la golpeó con tanta fuerza que no supo si era alivio o tristeza. La estaban buscando. Elena no había desaparecido sin dejar rastro. Alguien sabía que no se había marchado voluntariamente. Alguien continuaba esperando.

—¿Su madre? —preguntó Nadia—. ¿Ella hacer denuncia?

Nathan consultó el expediente.

—La denuncia inicial fue presentada por su madre. Después aparece otra persona incorporada como representante de la familia.

—¿Quién? —preguntó Logan.

Nathan leyó el nombre y levantó la vista.

—Sergei Petrov.

Elijah dejó de sonreír. Logan se enderezó, de pronto en alerta. Las miradas entre los tres desconcertaron a Nadia.

—¿Será él?

—Tal vez.

Nathan giró el expediente hacia Logan, que miró el expediente y tornó su expresión más dura.

—¿Conocer…?

—Si es quien creemos, sí —respondió Elijah—. Y a los hombres con los que trabaja.

—Lo vimos una vez —dijo Nathan—. Hace unos años, durante una extracción.

—¿Qué clase de trabajo hace?

—Uno parecido al nuestro —explicó Logan.

Louie volvió a intervenir por el sistema de sonido. Nadia se sobresaltó, desconcertada.

—Sergei Petrov. Sí, coincide con lo que dicen. Destacado ex combatiente. Hay comentarios en los archivos de la policía búlgara.

¿Comentarios? ¿Cómo podía saberlo Louie? Nadia miró al altavoz con desconcierto y luego a Logan.

—¿Cómo saber?

—Lou es brillante y puede entrar donde sea —dijo Elijah con expresión de orgullo.

—Petrov lleva siete semanas siguiendo la desaparición. Solicitó acceso a movimientos fronterizos y registros portuarios.

Nathan se levantó y se acercó a la pantalla secundaria.

—Esto juega a nuestro favor.

—Tener que avisar —dijo Nadia, de pie, exaltada.

Ese hombre debía estar tan triste. Este buscaba, no vendía, como hizo chicho Yavor.

—Sergei trabaja con Ivan, y este es cerrado. No confían en nadie si pueden evitarlo —añadió Scott desde la puerta.

Nadia no lo había visto llegar. El jefe entró en la sala y observó la fotografía de Elena.

—¿Están seguros?

—Nadia describió una señal identificativa antes de que abriéramos el expediente —respondió Nathan.

Scott contempló el archivo.

—Sergei es bueno encontrando personas. Pero buscaba en el continente equivocado.

Nadia volvió a mirar la fotografía.

—Tener que saber que ella viva.

—Lo sabrá —dijo Scott.

Sacó el teléfono y buscó un número.

—¿Ahora? —preguntó Nathan, elevando la ceja.

—No podemos perder tiempo —Antes de realizar la llamada, Scott la miró con seriedad. Ella no bajó sus ojos—. El hombre con el que hablaremos es cortante. Parco, pero directo. Tengo las mejores referencias de él, no debes temer. ¿Puedo decirle lo que nos contaste?