Logan (Agencia Pipen 5) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—Yavor Vasilev, sesenta años —leyó Louie, evidentemente extractando la información que leía—.

Entre 1992 y 1995 integró la Brigada Vardar, una unidad irregular dedicada a escoltar convoyes de armas durante las guerras yugoslavas —informó Louie—.

Hace quince años, un tribunal ruso lo condenó a seis años por tráfico de armas y pasaportes falsos para una organización mafiosa; cumplió cuatro en una colonia penitenciaria cerca de San Petersburgo antes de ser deportado a Bulgaria.

Nadia abría los ojos a medida que la información fluía.

—Decir que trabajar en Rusia como mecánico.

No sabían de sus antecedentes. Él se coló en su vida a fuerza de pequeñas ayudas y lo que parecía verdadero interés familiar. ¡Con qué facilidad las había engañado!

—Prometer que cuidar de mi madre. Mi hermana… Y me vendió…

Las paredes comenzaron a cerrarse. Había demasiados hombres, demasiadas pantallas, demasiados ojos sobre ella.

Se puso de pie, mareada, y la silla chocó contra el suelo.

Logan se levantó al mismo tiempo y la tomó de la cintura.

Ella se pegó a él como si fuera su salvavidas, la frente contra su pecho, respirando fuerte.

—Shh, tranquila, estás bien, respira. Estás a salvo. Respira, lento, eso es.

Obedeció. Escuchó el sonido de pasos pesados. Los hombrones salían y le dejaban espacio.

—Estás protegida. Nada va a pasarte. Respira. Te vamos a ayudar, y a los tuyos. Exhala. Eso. Otra vez.

Su voz guiaba y la sacaba del ruido de su cabeza y del miedo de su corazón. Logan. Estaba con él, la había salvado, la protegía. Creía en él. La ayudaría, él sí.

—Lógan —susurró.

—Aquí estoy. Ven, vamos a sentarnos. Sigue respirando, eso es.

Solo después de varios minutos, Nadia sintió que volvía a recuperar el control de su cuerpo y sus pensamientos.

—Mi madre… Mi hermana… ¿Qué decir chicho? ¿Creer que morir?

Su voz sonaba quebrada.

—No podemos saberlo.

—Poder hacer daño a ellas.

—No dejaremos que lo haga.

La seguridad de su respuesta consiguió eliminar los últimos rastros del pánico.

Nadia lo miró. Logan no podía saber si cumpliría aquella promesa.

No sabía adónde estaba su madre ni qué hombres rodeaban a Yavor.

Sin embargo, lo dijo como si la distancia entre Providence y Varna fuese un problema que ya hubiera comenzado a resolver.

—¿Cómo estar seguro?

—No lo estoy.

La sinceridad dolió y, al mismo tiempo, la sostuvo.

—Pero ahora tenemos su nombre. Louie puede encontrarlo. Hasta entonces, no haremos nada que le indique que estás viva.

Nadia cerró los ojos y dejó fluir las lágrimas que la ahogaban.  Logan extendió una mano, pero se detuvo antes de tocarla. La dejó abierta entre ambos. Nadia contempló aquella palma grande y callosa. No la tomó. En cambio, dio un paso hacia él hasta que su hombro quedó cerca de su pecho.

Logan bajó lentamente la mano. No la rodeó. Permaneció quieto, permitiéndole utilizar su cuerpo como un límite contra el resto del mundo. El calor que desprendía era sólido. Real. Nadia respiró.

—Querer continuar.

—No tienes que hacerlo hoy.

—Mi familia, Elena y las otras…  No tener… tienen tiempo. No esperar a que yo estar preparada.

Logan cerró los ojos un instante. Cuando volvió a abrirlos, había orgullo y algo más oscuro en su mirada.

—Entonces continuamos a tu ritmo.

Nadia se secó las mejillas y regresó a la mesa. Logan fue a la puerta. Los hombres esperaban en el corredor hablando bajo. Scott se despegó de la pared e ingresó, seguido del resto.

—¿Quieres que terminemos?

Ella negó con la cabeza.

—Hablar de las otras. Ser importante.

Se acomodaron.

—Empieza por la primera que recuerdes —le dijo Nathan, que parecía ser el que comandaba la acción después de Scott.

—Elena — Pronunciar el nombre produjo otro dolor, pero Nadia continuó—. Ser búlgara, de Sofía. Tener veintidós años. Prometer trabajo en un hotel.

Nathan anotó los datos.

—¿Apellido?

—Petrova. Elena Petrova.

Louie comenzó a buscar.

—¿Cuándo la viste por última vez?

—Cuando el hombre que Logan…

—Furtado.

—Llegar al galpón donde tenernos. Separarme de ellas, llevarme lejos…

Su voz se quebró, pero continuó. Habló de una mujer rumana que no dejaba de rezar. De otra que podía ser ucraniana y había tenido fiebre gran parte del viaje, Amina. De una muchacha muy joven cuyo nombre nunca llegó a conocer. De la mujer que hablaba inglés.

—¿Cuántas eran? —preguntó Nathan.

—Ocho.

—¿Los hombres utilizaban nombres? —preguntó Darius.

Nadia pensó.

—No con nosotras.

—¿Estás segura? ¿Cómo se llamaban entre ellos cuando discutían? ¿Qué gritaban desde otra habitación? ¿Qué nombre hizo que alguno reaccionara?

Nadia cerró los ojos. Voces detrás de una pared. Ruso. Español. Un poco de rumano. Pasos. Una puerta metálica cerrándose.

—Maksim —dijo—. Uno se llamaba Maksim. O los otros lo llamaban así.

Louie lo anotó.

—También escuchar Santiago. Y alguien al que decir Doctor...

Nathan levantó la vista.

—¿Estás segura?

—Él elegir a las mujeres antes de los traslados.

El bolígrafo de Nathan se detuvo. Nadia sintió que Logan se volvía completamente inmóvil a su lado.

—¿Las elegía cómo? —preguntó Scott.

Ella contempló sus manos. Sus mejillas hervían recordando la humillación.

—Mirándolas.

Nadie pidió más detalles. Fue Elijah quien rompió el silencio.

—Los nombres pueden ser falsos.

Nathan asintió.

—Probablemente lo sean.

—Pero esas mujeres, podemos intentar rastrearlas —continuó Elijah.

Scott lo miró.

—¿Qué propones?

—Busquemos denuncias de desaparición, organizaciones de búsqueda y expedientes. Podemos preparar una selección por fechas, edades y nacionalidades.

Louie ya estaba escribiendo.

—También puedo cruzarlas con los países de origen y las rutas de las empresas. Serán muchas fotografías, me temo.

Nadia levantó la cabeza.

—Tener que verlas.

Logan giró hacia ella con seriedad y la miró con calidez.

—No hoy. Esto ha sido intenso.

La respuesta salió demasiado rápida, una orden que la sorprendió. Nadia lo miró y comenzó a ensayar una protesta:

—No haber tiempo…

Él sostuvo sus ojos y se corrigió:

—No todas hoy. Esto ha removido tus recuerdos y tus miedos.

No era una orden esta vez. Era una preocupación convertida en propuesta.

—Da —dijo ella.

Nathan cerró el cuaderno.

—Logan tiene razón. Tomará tiempo acceder a esos datos.

—Puedo tener algunas para mañana —agregó Louie.

Scott se puso de pie.

—Bien, es suficiente por hoy. Nadia, bien hecho. Sabemos que esto es durísimo, pero eres valiente. Y una sobreviviente. No te culpes de nada, ¿okay? Esos hombres son como aves de presa, depredadores. Saben qué decir y cómo actuar para tomar ventaja de las debilidades de hombres y mujeres.

Nadia asintió y susurró un gracias tan leve que pareció flotar en su boca. Sus recaudos iniciales ante estos hombres duros y serios estaban por el suelo. Eran prácticos, gente de acción con muchos recursos, y decían que la ayudarían.

Sus mujeres la habían reconfortado. Logan confiaba en ellos, y ella en él. Haría lo que le dijeran.