Logan (Agencia Pipen 5) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

A las dos y diecisiete de la madrugada, Logan seguía despierto, tendido de espaldas, con una mano detrás de la nuca y la otra sobre el abdomen. El silencio, que solía ser su santuario, hoy se sentía hostil. Su cabeza era un caos.

Nadia dormía arriba. En paz, resguardada.

Ajena a lo que provocaba en él. Como la luna quieta que movía las mareas.

Cerró los ojos y volvió a verla en la cocina, riéndose.

Hostia puta . La risa había sido el catalizador, no el principio.

Nadia sosteniendo su taza con ambas manos, probando el café y mirándolo como si acabara de descubrir un defecto moral imperdonable en él.

La indignación en aquellos ojos verdes. El gesto de su boca antes de dictaminar que su café era alquitrán.

Después la carcajada, inesperada y limpia, que había llenado una cocina donde Logan llevaba años desayunando solo.

Abrió los ojos.

—Duerme, gilipollas.

Su cuerpo no tenía ninguna intención de obedecer. Se giró de lado. Ahora, la imagen que vino fue de su cuello gracil, de su silueta recortada contra el ventanal, mirando afuera. Sus senos insinuados por el sweater, las caderas abrazadas por los jeans flojos.

Logan soltó el aire lentamente. No . Había líneas que un hombre decente no debía cruzar ni siquiera dentro de su propia cabeza. Nadia confiaba en él. La orden mental debería haber funcionado, pero no bastó, porque la memoria le trajo la imagen de su boca.

La curva de sus labios cuando decía su nombre. Lógan . Más grave de lo que esperaba, arrastrado por el acento búlgaro. Su entrepierna se rebeló, para su desesperación. No era amo de sus reacciones.

—Mierda.

Se sentó y dejó caer los pies al suelo. Necesitaba una ducha fría que le quitara de este estado de querer. O flexiones. Cincuenta, cien. Podía salir a correr. No. Ella quedaría sola. Eso no.

Entonces se quedó inmóvil. Sonido. Su instinto primó y fue a la puerta, que entreabrió. Aguzó el oído y entonces distinguió pasos. Leves. Nadia. Probablemente iba al baño. Logan retrocedió y se sentó en el lecho hasta que volvió a escuchar una puerta cerrándose con suavidad.

Eso debería haber acabado con su insanía, pero tuvo el efecto contrario. Ella estaba a pocos metros, tibia bajo las sábanas. Logan se tumbó otra vez y se cubrió los ojos con el antebrazo.

Con los dientes apretados y los ojos cerrados, recordó un viejo ejercicio militar y se concentró en recitar la secuencia que se le había grabado a fuerza de horas inmóvil con su arma como única compañera.

Posición. Respiración. Pulso. Enfoque. Presión.

Seguimiento. Antes conseguía reducir el mundo a seis palabras: silenciar el cuerpo, ordenar la mente, esperar.

Posición . Estaba tendido de espaldas, mirando el techo. Respiración . Era demasiado rápida, alterada.  Pulso . Este era peor; las palpitaciones delataban el impulso del cuerpo. Enfoque . Nadia. Apretó los párpados y empezó otra vez. Abandonó al tercer intento fallido y esto fue derrota.

La mano descendió y se detuvo sobre la cintura del pantalón. Logan soltó una maldición y finalmente cedió. Estaba claro que no podría dejar de pensar o dormir hasta que solucionara la urgencia con la que lo bombardeaban sus hormonas.

No hubo nada pausado. Ningún intento de convertir el momento en otra cosa que una necesidad acumulada durante demasiados días. Cerró los ojos, respiró hondo y buscó alivio. Bajó el viejo pantalón de chandal hasta que quedó debajo de sus testículos. Su polla se balanceó, erecta, desafiante, urgida.

Envolvió su mano derecha en ella y la deslizó arriba y abajo, distribuyendo con su dedo índice la humedad de su glande, cubriendo el largo. El placer atravesó su cuerpo como un shock. Apretó su polla con fuerza, castigándola por querer, por pulsar.

La imagen de Nadia se abrió paso entre las frases mentales con las que se fustigaba por ser débil.

Sus enormes ojos, sus labios rosa entreabiertos, su cuerpo escultural.

Intentó, desesperado, recordar a la mujer de Albuquerque con la que falló, pero no hubo caso.

Su cerebro tenía dueña y no se avenía a razones. Era inevitable.

Su mano redobló la apuesta, bombeando, tomando ritmo, azuzado por el deseo.

La sangre acumulada en la base de su verga pulsaba, sus testículos llenos.

Llevó su mano izquierda y apretó las dos bolsas mientras cambiaba la velocidad de la masturbación e imaginaba que su miembro entraba en la cueva femenina, tibia y perfecta, que lo sobaba como el coño especial que era.

Único. A su medida. ¿Existía eso? En su imaginación sí, y tenía rostro y nombre.

—Nadia. Ptichka.

La fantasía cambió y con ella su respiración. Ahora imaginaba sus manos de dedos largos sobre él. La curiosidad sustituyendo al miedo. La boca de Nadia recorriéndolo porque quería descubrirlo, no porque él tuviera derecho alguno sobre ella.

—Nadia...

Su nombre se perdió en la oscuridad. Clavó sus talones en el lecho mientras imprimía ritmo feroz a su mano.

El sonido lascivo no hizo más que enardecerlo.

Cuando el orgasmo llegó, lo golpeó con brutalidad, azuzado por una imagen que Logan habría dado cualquier cosa por arrancarse de la cabeza: Nadia debajo de él, el cabello oscuro extendido sobre su almohada y los ojos cerrados mientras el éxtasis la atravesaba.

Durante varios segundos solo existió su respiración. Después regresó el silencio. Y con él, la realidad. Logan abrió los ojos y los clavó en el techo. Se quedó completamente quieto, un buen rato. Luego, se movió para asearse.

No sintió vergüenza por haberse masturbado; era un hombre adulto con necesidades.

El problema era otro. Había intentado reducir lo que sentía, etiquetarlo como protección.

Nadia había aparecido en mitad de una operación y él había hecho lo que estaba entrenado para hacer: detectar una amenaza, sacar a una civil de ella y mantenerla con vida.

Si no la hubiese llevado a su casa… La responsabilidad mutó a preocupación. Eso era lo que se había dicho. Una mentira bastante cómoda. Logan abrió la ducha y el agua fría lo golpeó. Dejó que lo sacudiera por unos minutos, que lavara su debilidad. Se envolvió en una toalla y fue al lavabo.

Se observó. El hombre del espejo estaba cabreado. Tenía motivos: acababa de quedarse sin mentira, sin fachada. Deseaba a Nadia. No a pesar de lo que había vivido. No por lo que había vivido.

Eso no iba a salir bien para él. Sacudió su cabeza y salió del baño. Mañana tendría que sentarse frente a ella. Tendría que verla beber té mientras insultaba su café. Tendría que escucharla decir su nombre con ese acento peculiar.

Y tendría que hacer todo lo posible para que no descubriera que el hombre en quien había empezado a confiar la deseaba a morir.