Logan (Agencia Pipen 5) Capítulo 9
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Capítulo 9

Nadia abrió los ojos y permaneció unos segundos inmóvil bajo el plumón, escuchando. Había adquirido aquella costumbre sin proponérselo; antes incluso de recordar dónde estaba, identificaba los sonidos.

Si se escuchaba brisa soplando contra los cristales. El sonido del aire acondicionado. El murmullo distante de vehículos. Cuando no escuchaba voces masculinas altas, cuando asomaba la nariz y no la golpeaba el olor a encierro, cuando su mente se ubicaba, respiraba mejor.

Estaba en Providence, Estados Unidos. En la casa de Logan.

A salvo. Y Logan había vuelto. El recuerdo de la tarde anterior apareció con nitidez y Nadia cerró los ojos, atribulada.

Había actuado con una emocionalidad que no reconocía, pero…

¿Cómo no cambiar después de vivir experiencias tan traumáticas?

Ella solía ser medida en sus expresiones.

Compuesta. Nada de eso existió ayer. Verlo en el vestíbulo, cubierto de polvo, agotado, con la barba crecida y la bolsa colgándole del hombro, bajó sus defensas.

Se vio a sí misma atravesando la cocina, rodeándole la cintura con los brazos y enterrando la cara contra su pecho como si fuese su amado.

—Bozhe moy...

Se cubrió el rostro con ambas manos. ¿Qué demonios le había ocurrido? No era que… No era el abrazo en sí lo que la avergonzaba. Había abrazado a hombres antes. Amigos de la universidad, familiares, profesores a los que no veía desde hacía años.

Era la manera. Había abrazado a Logan como si quisiera retenerlo para ella. Con los dedos aferrados a su chaqueta, con el rostro pegado contra él. Y aquella exhalación que había salido de sus pulmones cuando sintió que finalmente la rodeaba con los brazos… Absurdo.

Magnífico. Solo le había faltado preguntarle por qué había tardado tanto y echarse a llorar.

Se incorporó y apartó el plumón con más energía de la necesaria.

Había pasado demasiados años solucionando problemas sola como para sentirse cómoda necesitando a alguien.

Cuando su padre desapareció de sus vidas, ella había ayudado a su madre.

Cuando llegaron las primeras facturas médicas, había buscado más trabajo.

Cuando la enfermedad empeoró, aprendió a discutir con médicos, funcionarios y administradores.

Y cuando Yavor apareció con una solución, había aceptado porque nuevamente creyó que le correspondía a ella arreglarlo todo. Aquello había terminado en un contenedor. No quería cambiar una forma de dependencia por otra. Mucho menos convertir a Logan en el hombre sin cuya presencia no podía dormir.

Se levantó, se recogió el cabello en una trenza y buscó la bata. Después se miró en el espejo.

—Fue un abrazo —le dijo a su reflejo en búlgaro —. La gente se abraza.

Su reflejo no pareció particularmente convencido. Nadia levantó la barbilla y salió de la habitación. Cuando descendía, la alcanzó el olor a café. Avanzó, se detuvo, volvió a avanzar, inhalando para llenarse de valor. No podía enrarecer el aire entre ellos, mezclar las cosas.

Él estaba en la cocina, junto a la encimera, vestido con un pantalón gris de algodón. Sin remera. Descalzo. Sus abdominales imponentes, su pecho desarrollado, sus hombros anchos… Dios, era guapísimo. No pudo despegar sus ojos, y por fortuna él no prestaba atención; no la había escuchado.

Su mirada fue a sus pies y los miró con fijeza. Era una estupidez, pero hasta entonces Logan había existido para ella siempre preparado para marcharse a alguna parte: botas tácticas o zapatillas de entrenamiento.

La cafetera produjo un borboteo agónico y entonces Logan pareció salir de su ensimismamiento.

Sus manos fueron al aparato, levantó la tapa y una nube de vapor le golpeó la cara.

Él frunció el ceño y meneó la cabeza. Luego, cerró la tapa.

Nadia tuvo que apretar los labios para no reír ante el gesto enfurruñado. Al menos esto la sacó de ideas raras.

—Buenos días —saludó.

Sus ojos la enfocaron con intensa atención.

—Buenos días —respondió.

Logan tomó una taza del armario y Nadia se acercó a la isla. Dudó unos segundos antes de hablar, pero tenía que hacerlo.

—Lamentar… Ayer estar fuera de lugar.

Logan comenzó a servir el café.

—¿Qué cosa? —preguntó.

Nadia levantó los ojos. Él alistaba unos baggels en un plato. Parpadeó. No podía hablar en serio.

—Yo… El abrazo…

Logan dejó el plato en la mesa y le hizo un gesto con el brazo para que se sentara. Nadia dudó un momento y luego fue a la silla.

—Okay.

Eso fue todo. Nadia esperó. Logan bebió un sorbo largo. Nadia miró fijo el bíceps flexionado y luego el rostro masculino. Finalmente él levantó una ceja, como si no entendiera.

—¿Qué?

—Estar mal. Disculpas.

—Te escuché. No necesitas explicar nada. No conmigo.

Nadia abrió y cerró la boca sin saber cómo explicar que le avergonzaba su debilidad. O, mejor, que él creyera que ella quería… Sus emociones eran ya de por sí confusas, pero no poder expresarse con fluidez lo complicaba todo.

—Necesitabas un abrazo —Hizo una pausa, buscando palabras que ella pudiera entender sin necesidad del traductor—. Me abrazaste —Otra pausa y la mirada fija en ella—. Está bien.

La simplicidad de la respuesta era un alivio. Quitaba lo raro que ella había instalado. Logan no daba significado vergonzoso ni aprovechaba el momento para reclamar… Algo más.

—Además —añadió Logan—, después de dos días en aquel desierto rodeado de egos infernales, yo también necesitaba uno.

—¿Ser complicado?

Logan resopló y tomó uno de los bagels. Lo cortó y le tendió una de las mitades. Nadia lo tomó con suavidad y le dio un mordisco.

—Lo fue —señaló Logan, masticando con energía y bebiendo un sorbo más del brebaje—. Prefiero tratar con criminales o abusivos. Sé que hacer en esos casos.

—Tu colega, Matt…

—Matt. Está bien, y también la cliente. Ella y su hermana —hizo una pausa larga y pareció perderse en su cabeza.

Nadia asintió y continuó comiendo la masa.

Miró el café e hizo un mohín. A él le gustaba negro como el alma de su chicho .

Bien, su humor regresaba. Acercó la taza a la nariz.

El aroma era intenso, amargo y probablemente  quemado.

Probó un sorbo y el sabor áspero le golpeó la lengua. Hizo una mueca.

—Bozhe moy —murmuró.

Logan frunció el ceño.

—¿Qué?

—No ser café. Alquitrán.

Logan miró la taza. Después a ella.

—Es café.

Nadia negó.

—Lo preparo así todos los días.

Eso no lo hacía mejor.

—Bianca tener razón.

Eso consiguió una reacción de asombro.

—¿Bianca habló de mi café?

Nadia sonrió.

—Nada bueno salir de eso, ella decir —apuntó su dedo a la cafetera.

Logan dejó lentamente su taza sobre la encimera.

—Bianca es italiana y cree que lo que los estadounidenses hacemos con el café es un crimen contra la humanidad.

Nadia levantó una ceja.

—Ser inteligente.

—Es esnob —retrucó él.

Nadia soltó una risa. No pudo evitarlo. Fue breve al principio, un sonido que intentó contener detrás de la mano, pero la expresión ofendida de Logan empeoró las cosas.

Acabó riéndose abiertamente, inclinando la cabeza mientras él defendía con seriedad una taza de líquido que habría podido utilizarse para retirar pintura.

Cuando consiguió recuperar el aliento, Nadia levantó la vista. Él la estaba mirando. La sonrisa desapareció poco a poco de sus labios. Había algo diferente en aquella mirada. No supo identificarlo y tampoco pareció que Logan supiera muy bien qué hacer con ella.

—Mejor beber té —decidió Nadia.

—Eso puedo ofrecerte —se levantó y fue al mueble aéreo para abrir las puertas.

Sacó varias cajas y Nadia se acercó para examinarlas.

Earl Grey. English Breakfast. Manzanilla.

Menta. Había demasiadas opciones para un hombre que consideraba aceptable hervir carbón y llamarlo café.

Eligió Earl Grey y puso agua a calentar.

De reojo, lo vio recostarse contra la isla y beber, sus ojos mirándola con atención, siguiendo sus movimientos.

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Logan llevaba diez minutos intentando no denunciarse con la mirada. No funcionaba, pero al menos su voz y su expresión no lo delataban. Desde anoche estaba movilizado. Verla otra vez, sentir su abrazo, su cuerpo recostado contra el suyo, había sido distinto a cualquier contacto anterior.

Ella había pedido disculpas, avergonzada por su reacción emotiva. Si supiera que él había estado despierto un buen rato sintiendo la tibieza, el volumen que ocupaba junto a su pecho. Era importante no expresarlo, no volver las cosas raras entre ambos.

La miró por encima del borde de su taza. Sus labios se estiraron. Sí, su café era horrible, las quejas sobre este iban lejos en el tiempo, mucho antes de la era de Bianca. Ella aspiró el aroma del té y llevó su mano a la base del cabello recogido . Su cuello largo se beneficiaba del peinado.

La risa reciente resonó en su cabeza. Hasta hoy, ella no había reído abiertamente. Incluso cuando estaba tranquila, una parte suya parecía escuchar algo que los demás no podían oír. Puertas. Pasos. Motores. Amenazas.

Durante unos segundos, mientras se burlaba de su café, aquello había desaparecido y Logan había atisbado a la mujer que existía debajo. Sarcástica. Engreída cuando creía tener razón. Probablemente insufrible si la dejaban tomar confianza. Le gustaba. Mucho.

Ella volvió a su lado y empezó a hablar mientras bebía, mezclando las palabras inglesas que conocía con frases en ruso y alguna que otra en búlgaro.

Su comunicación mejoraba. Le preguntó por Albuquerque y Logan le contó sobre el Challenge y sobre los imbéciles que participaban en él.

Nadia parecía fascinada por el concepto de mostrarse en un programa para que todos vieran.

La conversación fluyó sin esfuerzo. Logan se sintió más y más cómodo. En casa, sin el peso de la soledad que había elegido por años. Podía acostumbrarse, podía… No. Ella no se quedaría. Su familia, su vida, la esperaban en un mundo ajeno. De pronto, el café sí le supo amargo como alquitrán.