Capítulo 7
El desierto de Nuevo México parecía extenderse más allá de cualquier medida humana.
Desde la elevación rocosa donde Logan permanecía apostado, Albuquerque se percibía como una mancha lejana de luces anaranjadas bajo un cielo negro y abarrotado de estrellas.
El aire ya no ardía y se deslizaba entre las piedras con una frialdad que se metía por las costuras de la ropa.
Logan llevaba más de dos horas vigilando desde la zona exterior del campamento donde se celebraba el Military Challenge . No le gustaban estos eventos. Nunca le habían gustado. Los organizadores insistían en llamarlo una competición de élite, pero tenía demasiado de escaparate.
Celebridades del cine y las redes sociales con patrocinadores que competían por quien tenía el ego más subido jugando a pruebas que eran de risa o, peor, peligrosas y poco cuidadas.
Durante el día había soportado drones grabando entrenamientos, cámaras siguiendo a los favoritos y hombres y mujeres maquillados discutiendo sobre quién había hecho el mejor tiempo en una carrera de obstáculos.
Uno de ellos incluso había exigido repetir una prueba porque el polvo le había perjudicado la visibilidad.
Logan había tenido que alejarse antes de decir algo que Matt habría considerado poco diplomático.
Su colega pensaba lo mismo, pero su objetividad estaba comprometida.
La atracción le hacía eso a un hombre, y Matt estaba perdido, pobre gilipollas.
No obstante, eso lo hacía mas consciente de los peligros hacia su protegida, y la agencia no estaba allí por el espectáculo.
Una amenaza vinculada a Natasha, la estrella de realities por la que Matt bebía los vientos, había convertido el Challenge en una operación de riesgo y Logan tenía que ser los ojos en las sombras que detectaran lo que a Matt se le pasaba.
Precisamente por eso Logan no conseguía relajarse. Desvió la vista para buscar la posición de su compañero. Matt se encontraba a unos cien metros, y su mirada iba de su protegida a la hermana de esta. Logan apretó la mandíbula. No necesitaba preguntar para saber por qué. Dos mujeres. No una. Dos .
Matt llevaba varios días funcionando con la mitad de la atención que Logan le había visto en otras misiones.
Seguía siendo rápido, seguía siendo bueno, pero había pequeñas fallas.
Una comprobación que tardaba demasiado. Una mirada al teléfono en un momento en que no debía hacerlo.
Una respuesta que llegaba medio segundo tarde por el comunicador.
Logan siguió observando el perímetro. Su mente le decía que era demasiado duro con Matt.
Estás siendo hipócrita . Encajó la mandíbula y demudó la expresión.
Era lo irritante. Dos meses atrás habría jurado que Matt se estaba volviendo idiota.
Ahora no estaba tan seguro. Estaba viviendo lo que era venir a una operación con la cabeza comprometida.
—No es lo mismo —murmuró.
Lo suya era preocupación. Tenía en casa a una mujer extranjera que no hablaba el idioma y que había sido traficada. Había tanto por resolver que no sabía por dónde empezar o qué hacer. Era un camino muy difícil.
Ella quería volver con su familia, por supuesto, pero… De allá la habían extraído. No podía simplemente llevarla a su ciudad natal. Ni hablar que no era solo cuestión de meterla en un avión. Ella era una indocumentada, una… Deja de pensar en eso, no ahora, no aquí.
Se movió hacia otro sitio desde donde podía ver los accesos a la locación.
El acosador que tenía a la estrella de reality en vilo podía estar escondido, no debía distraerse.
Pasaron otros veinte minutos. Treinta. El frío se hizo más intenso y las conversaciones del recinto comenzaron a extinguirse a medida que los participantes se retiraban a las instalaciones.
Logan comprobó la hora. Llevaba esperando aquel momento desde hacía buen rato.
Nadia debía estar esperando su llamado. Metió la mano en el bolsillo interior del chaleco y sacó el teléfono satelital para marcar el número del teléfono que le había dejado.
El tono sonó dos veces hasta que la llamada conectó.
No hubo saludo, solo respiración. Ella esperaba, temerosa, sin darse a conocer. Logan apoyó ligeramente la nuca contra la roca y sonrió. Buena chica.
—Hola, Nadia. ¿Cómo estás?
Ella mejoraba su inglés día a día, con increíble facilidad. Por supuesto, los idiomas eran lo suyo, pero también su dedicación casi exclusiva. Poder comunicarse le daría mayor autonomía y eso era vital.
— Zdes . Estar bien. ¿Tú?
Una tibieza que se le estaba volviendo costumbre lo aisló del desierto y se dejó seducir por el momento y la voz suave que era consonancia perfecta para esa hermosísima mujer que era Nadia Vasileva. La mujer que rescató, su huésped, su protegida. Pajarito .
Había llevado el teléfono consigo a la espera del llamado que ya se había vuelto costumbre.
Desde que él se había marchado, Nadia transcurría, y las comunicaciones telefónicas eran el momento en que su seguridad volvía.
Las esperaba con ansiedad, y a medida que la tarde pasaba, comprobaba la pantalla cada vez que cambiaba de habitación.
Lo dejaba junto a la tableta cuando estudiaba, junto al fregadero cuando preparaba café o bocadillos, sobre la mesilla cuando intentaba dormir.
Aquella noche estaba sentada en la cama, con las piernas recogidas escuchando música relajante cuando el teléfono vibró.
Lo cogió tan deprisa que casi se le cayó. Esperó.
— Hola, Nadia. ¿Cómo estás?
La voz de Logan llegó distorsionada por la conexión, más áspera de lo habitual, pero reconocible. La tensión que llevaba horas instalada entre sus costillas cedió de golpe. Nadia cerró los ojos y sonrió, respirando mejor.
— Zdes —susurró en ruso—. Estoy muy bien, ¿y tú?
Hubo un silencio breve al otro lado.
— Bien. ¿Comiste?
Nadia abrió los ojos y asintió como si él pudiera verla. La charla era siempre así: breve, con preguntas simples y cortas, las que ella podía entender bien y a las que podía contestar. El ruso se había convertido en auxiliar cuando el inglés fallaba, pero la barrera idiomática era más baja.
Las preocupaciones de él eran su seguridad, su alimentación, su bienestar.
Ese guardaespaldas serio y lacónico se esforzaba por hablar para ella.
Cada acción de Logan era de un cuidado, de una consideración que la emocionaba.
Para otros tal vez era un hombre ajeno y letal, pero con ella era cálido y gentil.
No con grandilocuencia ni aparatosidad, no con palabrería, sino con gestos.
Había muchos: la nevera siempre repleta de alimentos, las bolsas de ropa en su talle que llegaron el segundo día y el séptimo, las visitas de las mujeres, Louie comunicándose con ella para saber cómo estaba y sugerirle programas de idiomas o películas traducidas, estos llamados, la seguridad que la rodeaba. Cada acción denotaba cuidados.
—Da. Gracias —Demoró en continuar mientras buscaba las palabras—. Venir las esposas de amigos. Isabel, Bianca,Cassandra. Traer mucha comida.
Escuchó algo parecido a una exhalación al otro lado.
—Bien.
—Alcohol también.
Hubo una ligera vibración en su oreja y Nadia imaginó la expresión de Logan.
—Esas mujeres… ¿Bebiste un poco? ¿Te sientes bien? Debes tomar suficiente agua.
Ella sonrió más ante su tono más urgente. Estaba muy bien. El ligero cosquilleo de su pecho y su cabeza relajada eran de agradecer. Buenos martinis.
—Estar bien. En Bulgaria haber rakia. Invierno requerir bebida fuerte.
—Rakia, ¿eh?
La manera en que pronunció el nombre la hizo reír. Fue una risa breve, todavía extraña para ella después de tanto sin utilizarla. Del otro lado se alargó el silencio.
—Las… Las mujeres decir… Decir...
—Ah, eso me preocupa más que la bebida. Esas mujeres son terribles. Aunque por fortuna he podido frenar la visita de Elijah.
Nadia parpadeó, pero sonrió. El tono era sufrido, paciente y aunque no entendió todas las palabras, era claro que no estaba molesto.
—Decir que tú... —buscó la construcción correcta—. Que cuidar a mí.
Silencio. Esta vez más largo. Nadia dejó de sonreír. ¿Había dicho algo incorrecto?
—¿Lógan?
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Joder. Aquella frase lo encontró desprevenido. Logan mantuvo la mirada fija en la oscuridad del valle. Que la cuidaba. Era una descripción demasiado simple para algo que empezaba a resultarle incómodamente difícil de clasificar.
Había cuidado a personas antes, esa era la definición del trabajo en la agencia.
En su tiempo como soldado había protegido objetivos, civiles, compañeros, testigos.
En condiciones terribles, entre heridos, sangre, muerte.
Apenas su labor finalizaba, se retiraba.
Nunca había vuelto a chequear, no se obsesionaba.
Lo contrario de lo que estaba ocurriendo.
Era consciente de que comprobar dos o tres veces diarias que el sistema de seguridad estuviera activo era ridículo.
A pesar de eso, no lo evitaba. Nunca antes había despertado en mitad de una operación preguntándose si alguien habría tenido una pesadilla a cientos de millas de distancia.
Pero las pesadillas existían y la acosaban; ella sollozaba en sueños.
La había escuchado varias noches, había hecho guardia en el pasillo, como un cateto. Así que él se lo preguntaba.
—Aquí estoy. ¿Duermes bien? —respondió finalmente.
—Mejor —susurró ella.
Logan cerró los ojos un instante. Había dudas y preguntas silenciosas que se hacía sobre su cautiverio.
Su respuesta solo le haría acumular más odio por sus captores.
No sabía cuánto tiempo había estado en manos de aquella gente antes de subir al barco.
Sabía que la habían golpeado, había visto las marcas. La habían privado de agua y comida.
Pero había cosas… La sola posibilidad de que la hubieran tocado, humillado, incitaba a la idea de sembrar violencia y le pegaba en el estómago. Pero eso era suyo, no de ella. Nadia no tenía por qué soportar su rabia además de sus propios recuerdos.
Scott había intentado presionarlo antes de la misión. Habían discutido en Providence. Inaudito. El jefe Pipen era el mejor, un hombre íntegro, que sabía lo que era proteger a una mujer perseguida. Bianca fue eso y se convirtió en su mundo.
« Necesitamos una declaración complet a » , había insistido Scott. « Si queremos encontrar a la familia, necesitamos nombres, fechas, lugare s» .
« Cuando ella esté preparad a» .
« Logan, no podemos dejarla congelada en tu cas a» .
« No está congelad a» .
« Sabes lo que quiero deci r» .
Sí, claro que lo sabía. Pero Nadia no estaba entera, había peligro desconocido para ella y Logan la dejaría ir cuando estuviese seguro de que estaría bien. No iba a convertir la seguridad en otra forma de cautiverio. Ella hablaría cuando quisiera y él escucharía y la ayudaría.
La voz de Nadia volvió por el teléfono.
—Lógan.
—Estoy aquí.
—Buenas noches —dijo ella.
Logan miró las estrellas.
—Spokoynoy nochi, Ptichka.
Escuchó el sonido de la grava detrás y miró por encima del hombro. Matt. Lo ignoró. Su atención estaba millas lejos. Nadia respiró hondo y su voz sonó divertida.
—Tu ruso ser terrible.
Logan frunció el ceño.
—Eso sí lo has entendido perfectamente.
Una risa suave llegó por la línea. Logan bajó la cabeza y sonrió.
—Duerme.
—Tú también.
—No puedo. Tengo que estar alerta.
—Cuidar tú. No poder morir.
La sonrisa desapareció de su rostro. La frase tenía miedo debajo.
—No tengo intención.
Logan cortó la llamada. Se giró lentamente. Matt caminaba el perímetro decenas de metros adelante. Logan volvió a observar el complejo y suspiró, meneando su cabeza. Concéntrate, cateto.