Capítulo 6
Un crujido leve en la madera de la planta baja hizo que Nadia quitara su atención de la tableta en la que estaba inmersa.
Se fijó en la hora. Eran las seis de la mañana.
Se había despertado hacía una hora y había decidido continuar con sus practicas, empeñada en manejar lo básico del idioma para funcionar con independencia de la aplicación.
Su formación académica ayudaba, su facilidad para los idiomas le permitía avanzar, pero todavía era rústica. Habían pasado diez días en los que pudo establecerse y recuperar cierta normalidad. Todo lo otro era nuevo: la comida, las herramientas, los programas de televisión, la cultura.
Entonces llegó otro sonido. La madera sonó de nuevo y reconoció el sonido de una pisada. Se puso la bata y cerró el cinturón alrededor de la cintura. Caminó hasta la puerta y la abrió apenas unos centímetros. El pasillo estaba oscuro. Nadia avanzó hasta la balaustrada y asomó la cabeza.
Abajo, una luz amarillenta entraba desde el porche y dibujaba una franja sobre el suelo del vestíbulo.
Logan estaba junto a la puerta. Vestía los pantalones tácticos oscuros, botas negras y una chaqueta ceñida que hacía más evidente la anchura de sus hombros.
Una bolsa militar descansaba sobre la mesa de café.
Él hablaba con brevedad, el teléfono pegado a su oído.
—Sí, Scott. Tengo todo claro. Salgo para el aeropuerto en diez minutos.
La voz llegó amortiguada al piso superior. Nadia se quedó inmóvil. Aeropuerto . ¿Se iba? No supo por qué aquellas palabras le produjeron una reacción tan inmediata, pero así fue. Quizá porque llevaba demasiado tiempo esperando que algo cambiara.
Desde que había llegado a esta casa, Logan había estado presente incluso cuando no estaba en la misma habitación. Era el sonido de sus pasos abajo. La voz grave que llegaba desde la cocina. La certeza de que si alguien intentaba entrar, tendría que pasar primero por él.
Ahora se iba. ¿Adonde? ¿Qué haría ella? El pecho se le cerró.
Nadia apretó los dedos alrededor de la barandilla.
Era absurdo. Era absurda. Logan no le pertenecía.
No era su familia. No era su amigo. Era un guardaespaldas, tenía un trabajo, una agencia, un jefe al que responder.
Sin embargo, la idea de que atravesara aquella puerta y desapareciera en la oscuridad dejándola sola le produjo una sensación demasiado parecida al miedo.
Tal vez, en su desazón, hizo algún sonido, porque Logan levantó la cabeza y sus miradas se encontraron.
La expresión de él cambió de inmediato. No fue una transformación evidente.
El no era de los que hacían grandes demostraciones expresivas.
Apenas un relajamiento de la mandíbula, una disminución de la tensión alrededor de los ojos.
Logan no parecía molesto por encontrarla despierta. Parecía preocupado. Terminó la llamada.
—Sí. Nos vemos allá —dijo antes de colgar.
Guardó el teléfono en el bolsillo y levantó la mirada otra vez.
—Nadia.
Ella tragó saliva mientras le veía subir las escaleras. Se detuvo al llegar al último escalón.
—¿Irte?
Logan comprendió la pregunta, aunque ella la formuló en inglés con una pronunciación todavía insegura. Asintió. Sacó su móvil y habló.
—Ha surgido una emergencia en el sur. Un compañero necesita apoyo. Tengo que irme unos días .
Unas días.
—¿Es peligroso?
Logan la observó un momento. Negó y habló:
—No te inquietes, es algo de rutina. Puedes estar tranquila. Mi amigo Darius y el resto del equipo tienen la casa monitorizada. No hay nada de qué preocuparse.
Nadia asintió e hizo un mohín involuntario.
—Pero tú no estarás.
Logan la miró con sorpresa. Nadia se arrepintió inmediatamente de haberlo dicho. Apartó la mirada.
—Lo siento.
Logan guardó silencio un momento, luego levantó la mano con lentitud y la acercó. Nadia se tensó y él suspendió la mano y luego la bajó.
—Vuelvo pronto, lo prometo—dijo Logan.
Nadia cerró los dedos alrededor del cinturón de la bata.
—Ten cuidado.
Logan la observó y su mirada se hizo menos intensa
—Lo haré. Te llamaré.
Bajó dos escalones mirándola y ella asintió con lentitud. Entonces él se dio la vuelta y bajó el resto de la escalera con agilidad. Nadia permaneció en el pasillo hasta escuchar la puerta principal abrirse. Solo entonces fue hasta la ventana que observaba el frente de la casa.
Vio como las luces del vehículo se encendían y los neumáticos crujían sobre la grava.
El coche se alejó lento. Esperó a que el sonido desapareciera por completo.
Solo entonces se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración.
Estaba sola. Por primera vez en mucho tiempo estaba sola. El mundo parecido encogerse sobre ella.
Logan miró el retrovisor hasta que la casa desapareció detrás de los árboles.
No le gustaba irse. Eso era lo primero que tenía que admitir.
No porque Nadia no estuviera segura. Su casa era uno de los lugares más protegidos, después de la agencia y de los hogares de sus compañeros, que cuidaban a sus esposas e hijos con celo.
Darius había activado vigilancia externa, cámaras térmicas y sensores perimetrales. Y ahora que se iba, habría una guardia permanente circulando la zona, hombres patrullando las carreteras de acceso y un protocolo de respuesta preparado por si alguien se acercaba demasiado.
Nadia estaría bien. Pero estar seguro no siempre implicaba sentirse a salvo. No le gustaba no estar allí para ella. Apretó el volante.
—Mierda.
La palabra salió entre dientes. No debería importarle tanto, eso era un problema.
No debería importarle la manera en que ella lo había mirado desde la escalera.
No debería haber sentido aquella punzada en el pecho cuando ella preguntó si se iba.
Y, sobre todo, no debería haber querido quedarse. Pero, joder, vaya si lo había querido.
Soltó el aire y razonó. Tenía un trabajo que hacer. Esta era su vida, su trabajo. Lo había sido por una década. Y, cuando terminara, volvería a Providence. A ella. No permitió que su mente avanzara más allá. Su disciplina tenia que ayudarlo.
Las primeras horas después de la partida de Logan fueron las más largas. La casa parecía haber cambiado de tamaño. Cuando Logan estaba allí, el silencio tenía límites. Ahora se extendía por las habitaciones como una sustancia invisible.
Nadia intentó ser productiva. Dominar el inglés era vital. Era un idioma. Ella entendía los idiomas. Durante horas, trabajó sin levantar la cabeza. Escuchar, leer, ejercitar, volver a escuchar, pronunciar.
A media mañana preparó café. A mediodía olvidó comer. A las tres de la tarde se descubrió mirando hacia la ventana. No estaba pensando en Logan. Volvió a la tableta. Una hora después volvió a mirar.
Al caer la tarde, la luz sobre los pinos se volvió cobriza y las sombras se alargaron sobre el jardín.
Nadia cerró el archivo y apoyó los dedos sobre sus ojos.
El silencio era demasiado grande. La casa tenía ruidos propios.
El sistema de calefacción. La madera acomodándose.
Las tuberías. El viento golpeando alguna rama contra el tejado.
Todos esos sonidos deberían haber sido normales.
Pero el cuerpo de Nadia no entendía la diferencia entre un crujido inocente y unos pasos acercándose.
Cada vez que la madera sonaba, su espalda se tensaba.
Cada vez que un vehículo pasaba por la calle lento, dejaba de respirar.
La seguridad no se instalaba en el cuerpo tan rápidamente como una cerradura en una puerta.
Eso necesitaría tiempo. Mucho tiempo. Y quizá nunca volvería a ser como antes.
Al día siguiente, a media tarde, sonó el timbre. Nadia cerró inmediatamente la tableta y se puso de pie. Su primer impulso fue esconderse. El segundo fue acercarse a la ventana. El tercero, mucho más racional, fue recordar que la casa estaba vigilada. Aun así, no abrió de inmediato.
Miró por la mirilla de la puerta. Tres mujeres esperaban. Una de ellas sostenía una bandeja cubierta con papel de aluminio. Otra llevaba bolsas de papel. La tercera tenía una pequeña nevera portátil. Las reconoció, aunque no los nombres. Abrió apenas unos diez centímetro.
La mujer del frente sonrió.
—Hola, Nadia —. Hablaba despacio. Nadia activó el traductor en su versión escrita, por costumbre, aunque ya entendía—. Soy Isabel, ¿me recuerdas?
Asintió. Isabel. Esta era la mujer por la que Logan había matado a Furtado. La que supuso que debía ser algun amor, pero luego estuvo en su boda y comprobó que era la esposa de un colega y hermana de otro. Así lo describió Louie.
Nadia la observó. No había compasión incómoda en su rostro. No la miraba como si fuera una criatura herida. Aquello le gustó. Isabel levantó la bandeja y sonrió más.
—Logan nos dijo que estarías sola, probablemente aburrida. Te trajimos comida —hizo una pausa. Hablaba con una cadencia interesante, distinta a la de Louie o Logan. Hizo una pausa—.Y compañía, si quieres.
Nadia bajó la mirada hacia la comida. El olor llegaba fuerte. Carne especiada, tal vez cilantro. Su estómago respondió antes que ella, que se sonrojó, e Isabel rio brevemente.
—Creo que eso ha sido un sí. Okay, esta es Bianca, la esposa del jefazo Scott, y Cassandra, casada con Nathan.
La saludaron con amabilidad. Nadia abrió y se apartó. Las tres mujeres entraron y en menos de veinte minutos, la casa de Logan dejó de parecer una fortaleza. Isabel tenía una energía imposible de ignorar.
Abrió las bolsas, organizó los recipientes y comenzó a hablar mientras hacía todas esas cosas, como si llevar comida a la casa de un francotirador y encontrarse allí con una mujer rescatada fuera una actividad normal para una tarde cualquiera.