Capítulo 5
El crujido del motor enfriándose fue el único sonido que rompió el silencio cuando el todoterreno se detuvo frente a la casa de dos plantas en una zona arbolada y de casas espaciadas.
Un suburbio. Habían llegado a la ciudad cuando ya anochecía y después de casi dos mil millas de carreteras interminables, gasolineras iluminadas en mitad de la nada y horas en las que Logan apenas había pronunciado una palabra.
—Providence —dijo él.
El nombre de la ciudad era algo así como Провидънс.
Próvidans pronunció la aplicación. Aquí la trajo Logan, que había conducido con concentración, cambiando de ruta cuando era necesario, deteniéndose solo para repostar y comer.
Nadia había permanecido despierta durante buena parte del trayecto, acurrucada en el asiento trasero.
En algunos momentos había cerrado los ojos, pero el sueño demoraba en llevársela del todo.
Cada vez que el vehículo reducía la velocidad, despertaba.
Cada vez que una luz se acercaba demasiado al cristal, abría los ojos.
El cuerpo había aprendido que dormir profundamente era un lujo peligroso y no se relajaba.
Ahora, habían llegado a destino. Logan apagó las luces del salpicadero y miró por el retrovisor.
Ella parpadeó y dejó de mirarlo, su mirada atravesando el cristal tintado.
La casa no se parecía a nada de lo que conocía de Varna.
No era un edificio de hormigón gris con balcones estrechos ni un bloque comunitario donde las ventanas de los vecinos parecían vigilarse unas a otras.
Era una construcción de madera oscura, piedra y grandes ventanales, rodeada por árboles altos que se agitaban bajo el viento nocturno. A primera vista, parecía una casa aislada y tranquila. A segunda vista, no. Nadia inclinó la cabeza y atisbó mejor.
Había una cámara entre la hiedra del porche. Otra junto al garaje. Y, casi imperceptible bajo el alero, un pequeño punto rojo que aparecía y desaparecía a intervalos regulares. No sabía qué clase de hombre era, pero empezaba a entender que no confiaba en su entorno.
—Llegamos —dijo él.
Logan tomó el teléfono y habló. Desde el interior de la casa llegó un chasquido metálico.
Después otro. Los cerrojos magnéticos de la reja principal se desbloquearon.
Él condujo con lentitud para ingresar y entraron a un estacionamiento enorme donde había otro coche.
Bajó primero y fue por las bolsas y la funda alargada del fusil del compartimento trasero, que depositó en una mesa larga adosaba a una pared. Luego rodeó el vehículo.
Cuando abrió la puerta de Nadia, no le tendió la mano. Se limitó a colocarse ligeramente de lado. Ella salió por sus propios medios. El tobillo resistió. Solo cuando estuvo erguida cerró la puerta del vehículo. Logan comenzó a caminar hacia la casa y ella lo siguió.
Al cruzar el umbral, Nadia se detuvo a mirar. El vestíbulo se abría hacia un salón amplio, con vigas de madera vistas y ventanales que desaparecían en la oscuridad de un bosque. Parpadeó y cojeó con ligereza, acercándose a mirar. Sí, había una profusa arboleda a una decena de metros.
Se dio la vuelta y su mirada recaló en una escalera de madera que ascendía hacia la planta superior.
Aspiró. El ambiente olía a madera, al cuero de los dos impresionantes sillones oscuros que dominaban el salón.
Se movió y miró la cocina, visible desde el recibidor.
Tenía encimeras de granito oscuro y un frigorífico de acero inoxidable tan grande que Nadia tardó un instante en comprender qué era.
Se quedó mirando. En su casa de Varna, su madre había aprendido a aprovechar cada centímetro de una cocina pequeña.
Había días en los que Nadia contaba las patatas antes de decidir cuántas podían comer esa noche.
Había conocido el lujo de tener comida suficiente mucho antes de conocer el lujo de tener espacio para almacenarla. Aquella casa tenía ambas cosas.
Esta amplitud le resultaba casi más extraña que la estrechez del cautiverio. El silencio se volvió opresivo y movió sus ojos. Él la observaba.
—Este es el piso de abajo. La habitación en la que te quedarás está arriba.
Nadia lo miró mientras escuchaba la traducción. Un dormitorio. Para ella.
—Tiene baño propio. La puerta se cierra por dentro. Nadie va a entrar.
Nadia sintió que la garganta se le cerraba y los ojos se le anegaban. Nadie va a entrar. Eso era… Tranquilizador y cuidadoso.
Logan ya había guardado el teléfono.
—Blagodarya —murmuró ella.
Logan no respondió, aunque entendió que ella le estaba dirigiendo una palabra de agradecimiento.
Mierda . ¿Por qué le ponía así observarla?
Sus ojos iban a ella de manera repetida cuando no lo miraba.
Vigilante. Protector. Era como si estuviera en sintonía con lo que ella sentía, como si adivinara lo que pasaba detrás de ese pecho que subía y bajaba con agitación.
Apretó sus labios y se instó a subir las escaleras delante de ella. Lo hizo despacio, adaptando el ritmo al paso irregular de Nadia. Contuvo el deseo de llevarla en andas para evitarle dolor. Ella lo vería como una intrusión y se asustaría con la invasión.
Al llegar al primer dormitorio del pasillo, abrió la puerta y se apartó.
Era la habitación de huéspedes, una que no los había tenido antes, y que Louie había venido a preparar en la mañana, a su pedido.
Logan casi podía ver a Elijah fisgoneando y lanzando comentarios sobre su colección de béisbol, juzgando sus gustos en muebles. Pff .
Las paredes eran de un beige cálido. La cama estaba tendida con sábanas blancas con florecitas y un cobertor en un bordó profundo.
La cómoda de madera tenía un espejo y sobre ella había un cepillo de cabello y una tableta.
Sobre la mesilla había una jarra de cristal llena de agua y un vaso.
En el baño, visible a través de la puerta entreabierta, había un cepillo de dientes, pasta, jabón y otros productos básicos.
Nadia entró. Se quedó en el centro de la habitación y miró alrededor, como si necesitara comprobar que aquello era real. Después volvió la cabeza. Logan permanecía en el umbral.
—Yo duermo abajo —dijo, señalando con el pulgar hacia las escaleras, el dispositivo en su mano, la aplicación como puente entre ambos—. Si necesitas algo, hay comida en la cocina. Puedes usar esa tableta, que es vieja, pero tiene cargada una aplicación de traducción.
Logan dio un paso atrás. Entonces escuchó su nombre.
—Lógan.
Se detuvo. Nadia lo había pronunciado con cuidado, como si quisiera asegurarse de decirlo bien. Era la primera vez que utilizaba su nombre desde que se habían conocido. Logan volvió la cabeza, a su pesar impactado. Gilipollas que era.
Ella avanzó dos pasos hasta quedar cerca del umbral, pero sin cruzarlo. Sus ojos verdes se encontraron con los de él.
—Spasibo.
La palabra salió en ruso. Gracias . Nadia hizo una pausa y continuó, en su idioma. La voz de la aplicación era una afrenta al lado del tono dulce de la búlgara.
—Por todo. Por salvar. Por… respetar.
Logan parpadeó y asintió. No respondió de inmediato. Había escuchado agradecimientos antes. Después de una misión, después de una extracción, incluso después de salvar vidas que otros ya habían dado por perdidas. Pero esto se sentía… Era diferente.
Nadia no le estaba agradeciendo haber matado a Furtado ni haberla sacado del callejón. Le estaba agradeciendo algo mucho más sencillo. Había respetado su cuerpo. No había intentado cobrarle el favor.
Era obvio. Logan sostuvo su mirada y después retrocedió.
—Duerme, ptichka —murmuró.
La palabra sonó clara en la aplicación, más que cualquier otra. Ptichka. Quedó suspendida entre ambos. Pajarito .
Ella estaba con los ojos grandes y la boca entreabierta. Logan tomó el pomo y comenzó a cerrar la puerta desde fuera. Lo hizo despacio, sin golpearla, hasta que el pestillo encajó. Luego, se maldijo.
No podía involucrarse ni permitirse sensiblerías. Pero… Eso era ella a sus ojos. Un pajarito frágil, lastimado, al que habían intentado cortar las alas. Pero perfecto en su belleza.
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Unos golpes secos despertaron a Nadia, que abrió los ojos, sobresaltada.
Durante unos segundos no supo dónde estaba y su pecho se desbordó.
El techo era desconocido. La cama era demasiado blanda.
La habitación estaba silenciosa. Su mano salió disparada hacia la mesilla, buscando algo que pudiera utilizar como arma antes de que la memoria regresara.
La casa de Logan. Providence. A salvo . Se incorporó e hizo una mueca cuando su tobillo punzó.
Se movió más lento. Otra vez escuchó golpes.
Era la puerta, imaginó. Nadia permaneció inmóvil unos segundos, escuchando.
No había gritos. No había pasos acercándose por un pasillo oscuro.
No había cerrojos. Solo voces lejanas en la planta baja.
Se incorporó. Miró la claridad colarse por algunos puntos de la ventana. Tomó la tableta que había dejado sobre la mesita de luz. Eran las nueve de la mañana. Había dormido seis horas. Seis horas seguidas.
La cifra la sorprendió más que cualquier otra cosa. Estaba en un lugar nuevo, acababa de salir del infierno, un desconocido la tenía en su hogar… Pero había dormido profundamente.
Se vistió con el chándal gris, se recogió el cabello oscuro en una coleta y bajó las escaleras descalza, apoyando con cuidado el pie vendado. Llevaba la tableta en su mano. La voz que escuchó al llegar al último escalón no pertenecía a Logan.
—Vaya.
Nadia se detuvo y parpadeó. Un hombre joven estaba de pie junto a la isla de granito con una taza de café en una mano y dos maletines rígidos sobre la encimera.
Era delgado, llevaba gafas de pasta negra y una sudadera con capucha.
Parecía demasiado relajado para encontrarse en la casa de un hombre que había matado a otro a sangre fría.
El desconocido miró a Nadia con una gran sonrisa. Después miró a Logan. En el ínterin, Nadia se apresuró a conectar la aplicación.