Logan (Agencia Pipen 5) Capítulo 4
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Capítulo 4

Al otro lado de la persiana de plástico, el letrero de neón del motel arrojaba una luz amarillenta que se filtraba por las rendijas y convertía el cuarto en una sucesión de franjas oscuras y doradas.

Entró primero, la rutina del guardaespaldas imponiéndose.

Recorrió el baño con una mirada rápida, comprobó el espacio detrás de la cortina de la ducha, inspeccionó el armario abierto y la zona junto a la ventana.

Nada. Ninguna sombra, ningún ruido, ningún movimiento.

Solo entonces se hizo a un lado y extendió su mano para habilitar el ingreso.

—Pasa.

Nadia cruzó el umbral con cautela, cargando el peso sobre una pierna para no cargar el otro tobillo, que estaba hinchado. Llevaba una manta liviana ajustada alrededor de los hombros como si todavía necesitara una barrera entre su cuerpo y el mundo.

Antes de dar un segundo paso, sus ojos recorrieron la habitación. Puerta. Ventana. Baño. Las camas. La mesa. Cuando terminó de evaluar todo, se dirigió hacia la esquina más alejada y quedó junto a la pared, cerca del televisor, desde donde podía ver la puerta sin quedar atrapada contra ella.

Logan cerró y echó el cerrojo de cadena.

Después corrió la cortina hasta bloquear el resplandor del exterior y dejó la funda del arma contra la pared.

Se quitó el chaleco táctico y lo dejó sobre una silla.

Debajo llevaba una camiseta gris que se ajustaba a sus hombros y a la espalda, húmeda por el sudor del viaje.

Cogió el botiquín y lo dejó sobre la colcha de una de las camas. La habitación estaba tibia, agradable, pero Nadia no se quitó la manta. Logan no hizo ningún comentario. Sacó la tableta del bolsillo lateral, activó el comunicador y se colocó el auricular intrauditivo.

—Louie. Traduce…

—Te acabo de instalar la aplicación en tu teléfono.

—¿Cómo…?

—De nada.

Logan sopló y meneó su cabeza. Joder, no había nada que estuviera a salvo del hacker si se lo proponía.

Encendió el dispositivo y encontró la aplicación.

Era sencilla. Se acercó a la cama, se arrodilló junto al colchón y abrió el botiquín.

El movimiento redujo su altura y, sobre todo, eliminó parte de la sensación de amenaza que podía producir un hombre de su tamaño. Señaló el tobillo de Nadia y habló:

—Necesito ver esa herida. Se va a infectar si no la limpiamos.

La voz metálica de la aplicación repitió la frase en búlgaro.

Nadia bajó la mirada hacia la mano que él había utilizado para señalar.

Probablemente la veía enorme, con los nudillos marcados y la piel endurecida alrededor del pulgar y del índice.

Una mano que manipulaba armas, callosa. Después miró su rostro.

Logan procuró destensar su mandíbula y la miró con determinación.

—Siéntate. Extiende tu pierna y déjame curarte. Eso nos evitará problemas. No querrás que te duela y debamos ir a un hospital.

La aplicación tradujo. Muy despacio, Nadia dio un paso hacia la cama y levantó la pierna para colocar el pie en el borde del colchón.

Su mano tiró del pantalón y dejó al descubierto la piel pálida del tobillo, manchada de sangre seca y polvo negro.

La herida no era profunda, pero el corte se había abierto con el movimiento y estaba hinchada y los bordes estaban irritados.

Logan extendió la mano y se detuvo antes de tocarla, sus dedos suspendidos a escasos centímetros de su piel.

Levantó la mirada y esperó. Nadia sostuvo sus ojos durante un segundo.

Su respiración se había acelerado, pero no retrocedió.

Finalmente asintió. Solo entonces Logan apoyó la mano sobre su empeine.

El contraste era extraño: sus dedos gruesos y ásperos rodeaban con facilidad un pie pequeño y delgado.

Sin embargo, no hubo brusquedad. Sostuvo con firmeza suficiente para impedir el movimiento y abrió una gasa esterilizada con la otra mano.

Cuando el antiséptico tocó la herida, Nadia inspiró fuerte y sus dedos se cerraron con fuerza sobre el borde de la manta.

Logan levantó los ojos un instante, comprobando su reacción, y después volvió al trabajo. Limpió la sangre seca y el polvo con movimientos lentos y precisos, retirando cada resto de suciedad antes de aplicar la pomada antibiótica.

Sus manos se movían con cuidado. No había prisa en ellas, tampoco había intimidad. Solo concentración. Cuando terminó, cubrió la herida con una gasa limpia y la aseguró con cinta, comprobando después que el vendaje no estuviera demasiado apretado.

—Listo.

Retiró la mano de su tobillo con cuidado y se puso de pie. La vio retraerse levemente cuando la diferencia de tamaño entre ambos volvió a hacerse evidente y Logan dio un paso atrás. Nadia bajó el pie del colchón y comprobó el vendaje. El dolor seguía allí, pero el ardor había disminuido.

Logan volvió a agacharse frente a la mesa de noche para recoger el material utilizado.

Guardó el material en el botiquín y cerró la tapa.

Durante unos segundos permaneció de pie en medio de la habitación, sin saber qué hacer.

No solía compartir su espacio, como no fuera en misión con alguno de sus colegas.

El sitio era pequeño y el temor y la suspicacia de ella eran evidentes.

Finalmente, él tomó el paquete de tabaco que había comprado en la gasolinera de paso.

Lo había adquirido casi sin pensar. Dos años sin fumar y había bastado una noche para que el viejo hábito regresara a su cabeza como si nunca hubiera desaparecido.

No dependía del cigarrillo, pero lo necesitaba en este momento.

—Quédate dentro. Puerta echada.

La aplicación tradujo la orden. Ella asintió. Logan salió al pasillo y cerró detrás de sí. El aire nocturno de Nuevo México le golpeó el rostro. Era frío y seco, muy distinto del calor atrapado dentro de la habitación.

Se apoyó contra la pared de estuco, abrió el paquete y armó el cigarrillo. La llama del mechero iluminó durante un instante la línea de su mandíbula. Aspiró profundamente y mantuvo el humo en los pulmones antes de expulsarlo hacia la oscuridad.

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Nadia permaneció junto a la puerta hasta escuchar cómo sus pasos se alejaban. Entonces dejó que el cuerpo perdiera la tensión y se deslizó lentamente hasta quedar sentada sobre la alfombra, contra la pared y con la piernas sana recogida contra el pecho.

Le dolían las costillas. El pómulo seguía palpitándole y el tobillo le ardía bajo el vendaje recién colocado.

Eran dolores concretos. Dolores que podía identificar y soportar.

Había pasado muchos días aprendiendo a dividir el miedo en pequeñas partes manejables.

Hambre. Sed. Frío. Dolor. Espera. Cada cosa tenía un lugar. Cada una podía soportarse por separado.

Lo que no sabía dónde colocar era a este desconocido que la había salvado. Era difícil de interpretar, intenso en su mirar, pero a la vez… La dejaba ser. No forzaba sus espacios. Miró las dos bolsas de plástico que él había dejado sobre la otra cama.

Se estiró para tomarlas y abrió la primera. Dentro había ropa nueva: pantalones de chándal, camisetas gruesas de algodón y un jersey con capucha. Prendas sencillas, anchas, sin colores llamativos. Nada que la hiciera sentir expuesta.

Nadia tomó una de las camisetas y la acercó al rostro. Olía a algodón nuevo. A limpio. Cerró los ojos. Durante incontables días había olido podredumbre, óxido, gasoil, sudor, humedad. Ahora aquel olor limpio y neutro le resultaba casi doloroso.

No te descuides. Los hombres mienten. No sabes qué intentará.

La idea apareció sin que pudiera evitarlo.

Chicho Yavor también había sido amable, amoroso.

Les llevaba comida, a veces medicina para su madre y algún pañuelo o cinta para ella o su hermana.

Las trataba con una sonrisa afectuosa y les prometía que todo saldría bien. Después, la había vendido.

Nadia abrió los ojos y miró la puerta. ¿Qué quería su salvador?

Логан. Lógan . La pregunta llevaba horas creciendo dentro de ella.

¿Qué obtenía a cambio de haberle disparado a ese hombre, sacarla de allí, conducir durante horas y detenerse en un motel para curarle el tobillo?

¿Qué esperaba de ella? No encontraba la respuesta.

Y eso la inquietaba más que una amenaza evidente.

Se incorporó y se sentó sobre la cama. Observó sus manos.

Habían dejado de temblar. Recordó el momento en que Logan había parado y mirado atrás.

Cada vez le dio espacio, como si leyera sus emociones.

Hablaba poco, se movía ágil y con economía de gestos.

Mantenía la distancia. Incluso hacía instantes, al curarle la herida, había esperado su permiso antes de tocarla.

Eso no era suficiente para confiar a ciegas, pero sí para hacerla dudar de cualquier mala intención.

Se cambió de ropa con velocidad. El jersey gris le quedaba grande; las mangas le cubrían parte de las manos y el cuello se le abría alrededor de la clavícula, pero el tejido era grueso y cálido.

Tenía frío, probablemente se le había metido en los huesos.

Se envolvió otra vez con la manta y caminó hacia la ventana.

Corrió la cortina con su mano y lo vio. Logan estaba al otro lado del estacionamiento.

La llovizna había empezado a caer sobre el asfalto y las luces del motel se reflejaban en los charcos.

Él permanecía apoyado contra la pared, fumando en silencio.

La silueta recortada bajo el neón parecía llenar aquel espacio miserable, y no había nada amenazante en su postura.

Nadia lo observó levantar la cabeza y recorrer el lugar con la mirada.

Cada pocos segundos comprobaba las entradas, los vehículos, la carretera.

No descansaba, entendió. Vigilaba. Sus ojos vinieron a la ventana y ella soltó la cortina, sonrojada de pronto.

No quería que pensara que lo observaba. Aunque era lo lógico, ¿o no?

No sabía quién era en verdad o si podía confiar, pero era obvio que su única esperanza estaba con él.