Capítulo 2 #2
El pensamiento fue peor que la visión del cadáver a sus pies.
Nadia se apartó del cuerpo desmadejado hasta que su espalda volvió a tocar el muro.
Tenía que moverse. Quedarse allí era una estupidez.
La policía llegaría. Los esbirros de este hombre, los que esperaba. La volverían a atrapar, la venderían.
Piensa, tonta . Quien acababa de matar a su captor no podía estar lejos.
Tal vez la miraba y… Tenía que correr. ¿Adónde ir?
No sabía exactamente adónde estaba. En Estados Unidos, eso sí.
Había visto la bandera, había reconocido palabras en carteles y, durante el último traslado, había conseguido leer Arizona en una señal antes de que le cubrieran otra vez la cabeza.
La garganta se le apretó mientras se levantaba con torpeza. Su cabeza era un caos. No tenía pasaporte. No tenía teléfono. No tenía dinero. No sabía dónde estaban las otras mujeres. La pobre Elena, ¿qué sería de ella? No sabía si su madre seguía viva. No…
Muévete. Piensa luego, muévete. Obligó a sus piernas a responder. El tobillo protestó, pero no hizo caso. La decisión la llenaba justo cuando vio venir un hombre entrar en el callejón desde el extremo opuesto. Era alto y caminaba con la decisión del que dominaba la escena.
Nadia se quedó paralizada. Vestía ropa oscura y una funda larga colgaba de su hombro.
Era… Esa era un arma. El tirador . Venía por ella.
Su corazón golpeó tan fuerte que le dolió.
El hombre avanzó con calma, sus ojos oscuros fijos en ella, su expresión calma.
No había ira, malicia o maldad en ellos.
Nadia solo había visto eso en los que la habían atrapado, castigado, maldecido.
Inmóvil, sus ojos grandes fijos en él, lo vio llegar cerca.
Decirle algo sin levantar su voz, que sonó grave y con una cadencia peculiar.
El idioma era inglés, por supuesto, reconocía la estructura, pero no lo manejaba.
Siempre había querido, pero en su país era más útil el ruso.
Ahora lamentaba no saber, aunque sí captó una palabra. Dead. Muerto.
Miró a su carcelero, ese bastardo que la había acosado estos pasados días. Después al desconocido. Él volvió a hablar. Nadia no entendió. El hombre llevó una mano hacia su ropa. Ella retrocedió inmediatamente y levantó ambos brazos, a la defensiva.
—Не! Не ме докосвай!
No. No me toques.
El desconocido se detuvo. Sacó una billetera y extrajo papeles. Dinero. Nadia frunció el ceño. ¿Qué quería? ¿No iba a matarla? Él levantó las manos y volvió a hablar. Despacio, como si pronunciar las palabras más lentamente pudiera convertirlas en búlgaro. Nadia negó.
—Не разбирам. Аз съм българка. Не разбирам.
No entiendo. Soy búlgara. No entiendo.
El hombre la observó. Por primera vez pareció desconcertado. Se tocó algo junto a la oreja.
—Louie...
Nadia tensó los músculos y miró con más atención. El desconocido dijo unas palabras rápidas. Después la señaló. Ella lo miró con desconfianza. Él hizo un gesto indicando su boca, la lengua, mientras le ponía delante un pequeño dispositivo.
Ah. Estaba hablando con alguien. ¿Qué quería de ella? Nadia no hizo nada. No podía confiar. El hombre repitió el gesto.
—Какво искате от мен? —preguntó ella finalmente—. Кой сте вие?
¿Qué quiere de mí? ¿Quién es usted?
Él escuchó. Esperó. Después dijo algo más. De pronto una voz diferente salió del dispositivo. Ella parpadeó. El tono era mecánico, artificial, pero las palabras eran en búlgaro.
— No va a hacerte daño. Quiere ayudarte. Necesita saber si tienes algún lugar seguro adonde ir.
Nadia contuvo el aire por un segundo. Después de días de ruso, rumano, otro que suponía era español, escuchar su idioma natal le produjo un golpe doloroso debajo del esternón. Miró al hombre enfrente. Él esperaba, sus brazos cruzados en su pecho.
Nadia tragó saliva. ¿Qué hacer? Si él entendía que no tenía a nadie que la buscara, que… Puedes darte por muerta si no respondes , pensó. Al menos él estaba intentando comunicarse.
—No tengo ningún lugar.
La voz tradujo al inglés. Entonces una voz masculina diferente habló, y la metálica tradujo.
Le preguntó quién era, qué hacía aquí. Con vacilación, Nadia respondió.
El rostro del desconocido cambió apenas, pero no vio compasión en la expresión.
Tampoco rabia. Era otra cosa. ¿Fastidio, quizá?
Como si su respuesta acabara de endosarle un problema.
—¿Quién es el hombre que mató a mi captor? —preguntó Nadia.
El hombre del teléfono habló y la traducción sonó áspera.
—Logan.
—¿Es policía?
No lo creía, a menos que en este país mataran sin voz de alto. Su captor no había sabido lo que lo mató. Y todo en este desconocido desprendía peligro, cautela, cálculo. Esperó que la ¿máquina? ¿aplicación? tradujera.
—No.
—¿Militar? —volvió a preguntar.
Pausa.
—Ya no.
Nadia miró al hombre enfrente y preguntó.
—Mató a este hombre. ¿Por qué?
Logan escuchó y sostuvo su mirada.
—Lo merecía.
Nadia sintió un escalofrío. Tan simple como eso. El hombre señaló el dinero. Dijo algo más y la máquina tradujo:
—Este dinero te servirá. Eres libre, puedes marcharte.
Nadia miró los billetes. Después la calle adelante.
Marcharse. Esa era una palabra maravillosa, pero también una posibilidad complicada.
¿Adónde ir? Podía caminar quizá un par de calles antes de que alguien reparara en ella.
No hablaba inglés. No tenía documentos. No sabía utilizar el transporte. No conocía a una sola persona.
Puedes ir a la policía .¿Y decir qué? ¿Que había sido sacada de Bulgaria, encerrada en un barco, transportada, y acababa de ver morir de un disparo al único hombre que podían interrogar?
Logan extendió el dinero. Nadia no lo cogió. Él esperó unos segundos. Después pareció decidir algo. Guardó los billetes. Se dio la vuelta. Y se marchó. Nadia desorbitó los ojos y abrió la boca, sin saber qué hacer o decir…