Capítulo 28
Nunca creí que ver un amanecer me emocionaría tanto. Ha sido una noche complicada. Después de que los médicos se llevaran a la teniente, arrestaron a Rubén junto con el resto de los infiltrados.
Estuve hablando con un par de militares, insistiendo, casi suplicando, para que no le pasara nada a Rubén. No sé si me habrán hecho caso.
Gabriel está sentado a mi lado. O más bien, su cuerpo. Tiene la vista perdida en algún universo. Después de lo que le hizo al culturista se ha quedado bloqueado. Supuse que beber su sangre lo recuperaría, sin embargo, da igual cuántas bromas e insultos le suelte, no reacciona.
Intentaron encerrarlo con el resto de los infiltrados; se puso tan violento que parecía un anémico recién infectado. Para mi suerte o desgracia, aún me reconoce, por lo que me han endosado el paquete. Aunque me parece mono que actúe así.
Un poco más allá, Julia está hablando con el médico. La pobre tiene los ojos hinchados de llorar, sin escuchar del todo lo que le están explicando, solo esperando sentada a que le digan algo, lo que sea, sobre cómo está la teniente.
A mí, sinceramente, Laura no me preocupa tanto.
Esa mujer es fuerte, seguro que aguanta.
Lo que de verdad me inquieta son los niños.
¿Qué habrá pasado ahí fuera mientras nosotros estábamos con lo del metro?
Después de que nos trajeran a la zona médica, se oían disparos y gritos desde el otro lado de la barricada, durante horas.
Puede que no estemos tan a salvo como pensábamos. Espero que Joel y Lucas estén bien.
—Ya podéis pasar a verla —nos anuncia el enfermero.
—¿Por qué no vas tú primero? —le propongo a Julia.
Ella clava la mirada en el pomo de madera, vuelve a mirarme a mí y un temblor rápido le recorre los labios. Niega despacio, incapaz de articular palabra.
—Venga, te acompaño —digo poniéndome en pie. Gabriel también se levanta, igual que un perrito. ¿Si voy al baño, entrará conmigo? Luego hago la prueba.
—No quiero que pase él —susurra Julia, señalándolo con la barbilla.
Gabriel le lanza una mirada de esas que matan. Antes de que la situación se complique, le cojo la mano.
—No te preocupes. Lo tengo bien adiestrado.
Gabriel responde con un gruñido grave dirigido a Julia. Ella da un pequeño paso atrás.
—... Sí. Eso veo.
Entramos. Un cuarto entero para ella sola. Qué privilegiada, me digo, aunque enseguida me arrepiento en cuanto la veo.
Laura está incorporada sobre la cama. Las ojeras le oscurecen el rostro y los ojos parecen hundidos por completo.
La sábana cubre casi todo su cuerpo. Excepto el brazo izquierdo.
O, mejor dicho, lo que queda de él. Del codo hacia abajo solo hay un grueso vendaje que envuelve el muñón.
Espero que esa palidez sea por la pérdida de sangre.
Y no por lo otro. Aunque me temo lo peor.
El médico termina de revisar el gotero antes de girarse hacia nosotros.
—Ha perdido muchísima sangre. Sinceramente, es un milagro que siga con vida.
Julia se muerde el labio inferior, aguantando el tipo.
—¿Cómo... cómo ha podido sobrevivir?
El doctor vacila un instante, sopesando las palabras.
—Creemos que la propia infección ha ralentizado el deterioro de su organismo. En circunstancias normales habría sido imposible estabilizarla.
—No… —Julia se lleva las manos a la boca, conteniendo el llanto—. No, va a…
Laura estira despacio la única mano que conserva.
—No te preocupes. —Su voz suena débil, pero firme—. Si llego a convertirme en una de esas cosas, me pegaré un tiro antes de poneros en peligro a ninguno.
—No sea tan dramática, teniente. —Cruzo los brazos—. Seguro que los médicos pueden hacer algo.
—Sobre eso… —El doctor carraspea—. Ahora mismo no disponemos de ningún tratamiento capaz de detener la infección una vez ha comenzado. Lo único que podemos hacer es mantenerla estable, controlar los síntomas y trasladarla a una zona de aislamiento hasta que el equipo científico complete la cura.
—Será de las primeras, ¿no? —insiste Julia, con un brillo de esperanza en los ojos.
—Por supuesto. Haremos todo lo posible para que se recupere y pueda reincorporarse al servicio.
—Vaya… Ni perdiendo un brazo consigo que me den unas vacaciones.
Una pequeña risa recorre la habitación. Hasta Julia consigue sonreír entre lágrimas.
El comandante acaba de entrar. Julia, el doctor y teniente, con el brazo derecho, hacen el saludo militar. Por el contrario, Gabriel se echa un paso atrás, poniéndose detrás de mí. Qué tierno.
—Me alegro de verla entera, teniente Ortega. —Es la primera vez que le veo sonreír. Perturbador.
—No sé yo. —Mueve el muñón con otra mueca—. Depende de lo que usted entienda por "entera", comandante.
—Vengo a darle el parte de lo sucedido anoche —continúa él, recuperando el gesto sobrio—. La situación no se ha estabilizado hasta hace apenas un par de horas.
—¿Qué ha pasado fuera? ¿Cómo está la situación? —Yo también me pregunto lo mismo, Julia.
—El ataque comenzó al ponerse el sol. Gracias a vuestra rápida actuación cerrando la salida del metro, no hemos sufrido tantas bajas como podríamos haber tenido.
Y gracias al aviso —nos mira de reojo a Gabriel y a mí—, pudimos reorganizarnos a tiempo para reforzar las zonas más vulnerables de la barricada.
Ah, bien, bien, estoy esperando un gracias de su parte, comandante. O una estatua.
—Pocas horas después del anochecer, cientos de anémicos se lanzaron contra las líneas de contención.
Por todos los puntos del perímetro a la vez.
Durante las primeras horas conseguimos contenerlos.
Nuestros tiradores estaban eliminándolos antes de que alcanzaran las defensas.
Sufrimos bajas, por supuesto, pero la situación permanecía bajo control.
—Frunce el ceño—. Hasta que vimos, en una azotea a lo lejos, a un grupo de siete u ocho personas.
Entre ellas, un hombre alto, moreno, que parecía dirigir al resto.
—Esteban —murmura Gabriel. Es la primera palabra que suelta desde hace horas.
—Eso confirma nuestras sospechas —asiente el comandante—.
Acto seguido, ese grupo empezó a lanzar bolsas y cubos llenos de lo que parecía sangre contra la barrera.
Hasta ese momento muchos de los anémicos simplemente permanecían alrededor.
Algunos atacaban, otros solo vagaban sin un objetivo claro. Eso jugaba a nuestro favor.
Ahora viene el pero.
—En cuanto la sangre impactó, comenzaron a atacar en serio. La presión sobre el perímetro aumentó de forma drástica. Desde las posiciones elevadas seguíamos teniendo ventaja, pero en los tramos más bajos algunos anémicos lograban alcanzar a nuestros soldados.
—¿Y luego? —quiere saber Julia, y yo también.
—Horas después comenzó una segunda oleada. Aparecieron los fase cuatro.
No, más de esos no, por favor.
—Según los informes, había cuatro o cinco repartidos entre los distintos sectores. Yo personalmente llegué a ver dos. —Cruza los brazos—. Su comportamiento era... extraño. Avanzaban hacia las defensas, pero cada vez que encontraban un cadáver de un anémico se detenían para alimentarse.
—Por lo menos ellos pudieron comer. —Vale, me callo, no hace falta que me miréis así.
—Eso nos daba pequeñas ventanas para dispararles —prosigue el comandante, ignorándome—. Aunque no servían de mucho, tienen la resistencia de un elefante.
El silencio vuelve a instalarse en la habitación.
—En estos momentos todos los anémicos comunes han sido neutralizados.
Sin embargo… esos cuatro o cinco individuos continúan merodeando por el exterior de Madrid.
Se acercan, olisquean toda la sangre acumulada y vuelven a alejarse.
Mientras sigan ahí, salir o entrar en la ciudad resulta demasiado peligroso.
Fantástico. Encerrados. Otra vez. Me tienen que ir preparando un sitio en este cementerio.
—Lo único positivo —añade el comandante— es que el grupo liderado por ese hombre desapareció durante la segunda fase del ataque.
Así que, por el momento, la situación permanece estable.
Solo nos queda resolver el pequeño inconveniente de esos fase cuatro.
—Deja escapar una pequeña sonrisa cansada—.
Aunque, si dependiera de mí, ya estaría solucionado.
—Temo preguntar cómo. —Laura arquea una ceja.
—Un C-90 en la boca a cada uno y asunto resuelto. —El comandante tuerce el gesto—. Lástima que los de arriba no me den la autorización.
—Como siempre, mi comandante... tan moderado —comenta Laura dejando escapar una pequeña risa nasal.
—En cualquier caso —carraspea el comandante—, hemos conseguido capturar cinco individuos en fase cinco. Eso debería acelerar la investigación de la cura.
Se me ilumina la cara al oírlo. Le doy un meneo a Gabriel, sacándolo un poco de su nube.
—¿Ves, Gabri? Vas a poder curarte. Qué bien, ¿no?
—Erika... no podemos ser tan optimistas. —¿Por qué me miras así, doctor?
—¿Cómo que no? Si hacéis una cura, Gabriel se cura, yo me curo, la teniente se cura, todo el mundo se cura, final feliz, hakuna matata, ¿no?
Me miran todos con una cara que no presagia nada bueno.
—Si conseguimos una cura, o una vacuna —explica el doctor, muy despacio—, podremos prevenir que más gente se infecte.
Puede que las primeras fases, la uno, la dos, incluso la tres con suerte, logren curarse del todo.
Pero la fase cuatro... ¿quién se acercaría lo suficiente a uno de ellos como para probarlo?
Y los fase cinco están demasiado avanzados.
La enfermedad ya forma parte de su organismo a un nivel que no sabemos si se puede revertir.
Noto un nudo formándose en el estómago. Doy un paso atrás, agarrando a Gabriel.
—Entonces… ¿Gabri y yo… vamos a ser esto… para siempre?