Locos por la sangre Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

Los dos caníbales están a apenas un metro de ella. Laura no retrocede. No creas que te dejaré morir así. La agarro con todas mis fuerzas del otro brazo y tiro hacia atrás. Uno de los caníba­les alcanza a cerrar sus mandíbulas sobre el antebrazo justo cuan­do consigo apartarla. ¡Mierda!

Laura se resiste a gritar. Qué fuerza tiene. ¡Suelta el brazo de mi teniente! Durante una fracción de segundo ambos forcejea­mos por ella. Hinco las botas contra las baldosas, me van a arrastrar con ella. ¡No lo pienso permitir!

¡Crac! ¿Un chasquido? ¡Crac! El caníbal da un último tirón salvaje hacia atrás.

Su… su brazo… ya no… Ambas caemos al suelo.

Ese monstruo retrocede con el brazo entre los dientes.

Laura aprieta los labios con tanta fuerza que apenas consigue contener el grito.

La sangre empieza a extenderse por la plaza.

—¡¡Laura!!

La inercia del tirón ha hecho que el culturista pierda el equi­librio. Gabriel y Rubén llegan al mismo tiempo. Sin detenerse. Los dos embisten a los caníbales. El impacto los hace retroce­der, cayendo escaleras abajo a la boca del metro.

—¡¡AHORA!!

Gabriel y Rubén, junto con los pocos soldados que quedan en pie, empujan las enormes planchas metálicas.

Arrastran una furgoneta policial para bloquear el acceso.

Después varias ba­rreras, contenedores, vigas, todo lo que encuentran.

¡BUM! ¡BUM! ¡BUM! A-aguanta, aguanta. Antes de poder reaccionar, la teniente activa el detonador.

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¿Eh? No pasa nada. ¿Por qué no pasa nada? Miro el hueco del metro, esperando. ¿No me digas que las hemos puesto mal?  Se me acelera el corazón, ya no sé si es por el miedo o por la desesperación.

—Dale otra vez —le susurro a Laura—. A ver si es la señal.

Pulsa el botón una, dos, tres veces. Nada. Se acabó. Reza Erika, no veo salida. Laura se está desangrando, no tene­mos ningún plan de emergencia, y en cuanto esos terminen de comerse los picadillos, volverán a subir. Y—

¡¡¡¡BUUUUM!!!!

Toda la boca del metro estalla hacia arriba en una explosión roja.

La onda expansiva nos tira a todos hacia atrás.

Una lluvia de sangre me baña tras levantarme.

¿Es esto una bendición? Mis manos, cubiertas de estas lágrimas, tiemblan.

La calle que había justo encima del túnel se hunde sobre sí misma.

Espero que eso los entierre. Nos quedamos todos en silencio, mirando el agu­jero humeante.

—Ya-ya está —suelto con una risa nerviosa, limpiándome la cara—. Lo-lo hemos conseguido.

—No me creo que esto haya funcionado —murmura Rubén, todavía tirado en el suelo.

La teniente suelta un suspiro largo, casi de alivio.

—Ya puedo morir en paz.

—No, no, no. —La zarandeo con cuidado—. Teniente, no. No te duermas. Despierta.

—Espera. —Gabriel levanta la mano—. Esto no ha acabado.

Se oye un ruido. Piedras moviéndose, arrastrándose. Algo sale de entre los escombros del socavón, apartando bloques en­teros de hormigón.

—No... dejáis... comer... tranquilo.

¿Qué coño se ha metido este tío? ¡Que comparta! Lo único bueno es que lleva una viga atravesada en la espalda y cojea, pero sus ojos están tan cristalinos que brillan incluso en la pe­numbra.

¿Opciones? Laura no puede disparar más, está en las últimas. Rubén es un inútil en el mejor de los casos. Y Gabri no va a po­der aguantar mucho más tiempo.

—Yo me encargo.

—¿Eh? ¿Qué dices, Gabriel? Podríamos intentar huir apro­vechando a los soldados caídos que quedan.

—No. —Ni se digna a mirarme—. Este es mi momento. Por todo lo malo que he hecho. Matando a este hombre salvaré a miles de civiles. Vidas que saldarán mi deuda.

¡¿Qué?! No hace falta que hagas de salvador, idiota. Los hé­roes acaban muertos, o sin brazo. Pobre Laura, a ver si le puedo hacer un torniquete.

Se lanza contra él, desarmado. Intenta usar lo que sabe de autodefensa, esquivando lo justo para no encajar el impacto pleno.

No es suficiente. Cada golpe del culturista que llega a to­carlo suena a un hueso quebrándose; un martillazo que lo des­estabiliza y lo tira contra las piedras.

Se levanta. Recibe otro. Vuelve a ponerse en pie, jadeando.

Conforme avanza la pelea, parece que algo empieza a cam­biar en él.

Con cada golpe que da y recibe, sus ojos pierden su verde habitual, volviéndose más y más cristalinos, opacos, has­ta que la pupila y el iris desaparecen bajo una capa helada y vítrea.

Se me va. Tiene que parar; si sigue así retrocederá. A cambio va ganando fuerza.

Empieza a devolver los golpes con la misma contundencia destructiva, redirigiendo el peso del culturista, hasta que con­sigue plantarle cara de verdad. Aun así, llegan a una especie de empate técnico. Ninguno de los dos cede, pero ambos están al límite, jadeando entre el barro rojo.

Piensa. La teniente no puede ni levantarse. Gabriel… no pa­rece él. A Rubén ni lo miro, no va a poder hacer nada. Mis ojos se desvían a una pistola en el suelo.

Está cubierta de sangre pegajosa. De repente me entra un calor abrasador en el pecho, un fuego rabioso que me quema por dentro.

Me vienen recuerdos de golpe, crueles y desordenados: mis padres, María, Andrea, Miguel, Joel, Lucas.

¡A la mierda! Que sea lo que Dios quiera.

Agarro el arma y corro hacia ellos sobre los escombros resbaladizos.

—¡Gabriel! ¡Dale la vuelta! ¡Sujétalo!

En un último y agónico segundo de lucidez, algo en sus ojos todavía me reconoce. Con un rugido animal, Gabriel rodea al culturista por la espalda, le tuerce los brazos hacia atrás con una potencia que no sabía que le quedaba y expone su pecho hacia mí.

Avanzo temblando. Vacío el primer cargador contra su cue­llo. Recargo y vacío el segundo también, cada vez más cerca, hasta que estoy prácticamente a quemarropa.

Apenas he conseguido abrirle un agujero en la garganta.

No es suficiente. El culturista, furioso, lanza un cabezazo hacia adelante intentando morderme la cara.

Del susto doy un paso atrás, la suela me resbala en el charco de sangre húmeda de las ruinas y me caigo de espaldas al suelo.

¡No, el arma! Me cuesta levantarme, veo el metal brillando entre los escombros, pero no consigo alcanzarlo.

Al verme caer, Gabriel entra en furia. Una ira salvaje le de­forma el rostro.

Sin pensarlo un segundo, mete los dedos de ambas manos en la herida del cuello del culturista, tirando ha­cia los lados.

Lo abre de arriba a abajo, igual que una cremallera, con un sonido húmedo y desgarrador.

Ha-ha caído, ¡lo ha con­seguido! Se ha cargado a un caníbal.

Una lluvia de sangre tibia empapa a Gabriel. Él se queda de rodillas sobre el cadáver. ¿Se está… chupando los dedos? Pese a la estampa tan desagradable, no puedo dejar de mirarle. Hay algo en él que en vez de generarme terror, me genera…

—¿Por qué has hecho eso? —me susurra Laura con un hilo de voz—. No tenías por qué jugártela así.

—No podía quedarme mirando cómo morías —le digo, sa­cándome el cinturón para improvisar un torniquete en el mu­ñón

—Estaba preparada. Iba a morir como una soldado. —Suelta una risa floja, sin fuerza—. Ahora lo haré infectada. ¿Para qué te has metido?

—No seas tonta. Estamos a las puertas de una cura. —Noto cómo la voz se me quiebra—. Es mejor sobrevivir mañana que morir hoy, ¿verdad?

Desvía su mirada hacia los cuerpos de sus compañeros antes de volver a mí.

—Te arrestamos. Te tratamos como una terrorista. Te esta­mos utilizando.

—Sí. ¿Y? —Intento contener las lágrimas tras una sonrisa—. Todos queremos lo mismo. No pienso dejar que tires por la borda todo por lo que has luchado, Laura.

—No merece la pena…

—Claro que la merece. —Me seco los ojos y le doy un golpe­cito en el hombro sano—. Además… no puedes dejar a Julia sola.

Laura intenta esconder una pequeña sonrisa.

—Ella estará bien sin mi. Hay más tenientes.

—A mí no me engañas. He visto cómo te mira, pillina. —Se lo digo con un poco de picardía—. Así que aguanta hasta que lle­guemos a la zona médica.

—Eres incorregible. —Deja escapar un suspiro resignado.

Le devuelvo la sonrisa justo cuando veo a los refuerzos llegar.