Locos por la sangre Capítulo 27
92%

Capítulo 27

—¿Rubén?

Intenta retorcerse para quitarse a Gabriel de encima, sin éxito. En cuanto consigue girar el cuello y cruzar la mirada conmigo, la cara se le desencaja por completo.

—¿Erika? —Casi se le escapa una risa amarga—. ¿Cómo no estás muerta?

—¿Eres uno de ellos? —Se me hace un nudo en la garganta al decirlo—. ¿Eres un traidor?

Agacha la cabeza un segundo. Cuando vuelve a levantarla, ya no queda nada del chico despreocupado que conocía.

—No me quedaba otra —murmura con la voz rota, casi en un ruego—. Si no lo hacía… No quería acabar igual que mi herma­na.

Le observo en silencio. Tengo sentimientos encontrados. Me alegro de verle casi tanto como me decepciona.

—¿De qué conoces a este? —interviene Gabriel.

—Es un amigo. —Me cuesta procesarlo al decirlo—. Pero no lo entiendo. Hace... ¿qué? ¿Dos semanas? Tres como mucho que te contagiaste. ¿Cómo es posible que ya estés...?

Rubén guarda silencio. Gabriel aprieta los puños, su respi­ración vuelve a acelerarse.

—Maldito Esteban está creando más como nosotros. —escu­pe entre dientes—. Nos usa como arma para sus planes.

—¿Pero con qué objetivo? ¿Qué clase de maníaco querría atacar a una ciudad entera? Él también es humano.

—¿No es obvio? —sonríe Rubén, desde el suelo, con un tono que no reconozco—. Tiene hambre. Igual que todos nosotros.

El sonido de los disparos y lamentos, a la vuelta de la esqui­na, es lo único que se escuchan.

—Levántalo, Gabriel. Vamos a llevárselo a la teniente.

—¡No! ¡Si me entregas a los militares, me mataran!

Me acerco despacio hasta plantarme a medio metro de él.

—Has condenado a esta ciudad. No debería importarte lo que pase contigo.

—¿Desde cuándo eres tan fría conmigo, eh? —Se le quiebra la voz—. ¿Ya se te ha olvidado todo lo que pasamos juntos? Los cumpleaños. Las salidas. Cuando rompías con tus novios y ve­nías corriendo a buscarnos a Mari y a mí. Somos amigos, Erika.

Siento un pinchazo en el pecho. Claro que me acuerdo. Cómo olvidarlo, pero…

—Sí. Recuerdo cómo intenté salvaros de aquella mujer, en el museo. Y cómo huiste, llamándome monstruo.

—No me culpes por eso —aprieta los labios—. Lo que vi no era normal. Vi a mi amiga de toda la vida cortándole el cuello a alguien con una flecha, como si fuera una psicópata. No puedes culparme por asustarme.

Le dedico una sonrisa triste.

—No te culpo. De verdad que no. Pero me hace gracia que el mismo que me llamó monstruo se haya convertido en uno. So­mos amigos, Rubén. No voy a dejar que te maten. Ni a ti tam­poco, Gabriel. Pero los dos tendréis que responder ante la jus­ticia. Eso ya no me compete a mí.

—¿Y a ti te parece bien? —Rubén gira la cabeza hacia Gabriel—. Tú y yo podemos con ella. Es más débil que nosotros dos juntos.

—Puede —suspira Gabriel, sin soltarlo—. Pero tiene razón. Andando.

Regresamos a la plaza. Esto está peor que antes. Hay cientos de cuerpos inertes en el suelo. Solo quedan unos pocos soldados luchando. Todos malheridos.

—¡¿Dónde estabais?! —nos grita la teniente al vernos.

—Hemos encontrado al infiltrado.

—Tarde. —Aprieta los dientes, recargando el arma con ma­nos temblorosas—. Ya da igual. Hemos acabado con todos los anémicos normales, pero a estos tres no les hacemos nada. Si salen de la plaza, se van a comer a todos los civiles de la ciudad.

Otro soldado sale despedido varios metros tras recibir un golpe. Los demás consiguen arrastrarlo antes de que uno de los caníbales lo aplaste.

—Se acabó. Ya no hay nada que hacer. —se ríe Rubén con amargura—. ¿Nos piramos?

—No, no somos unos cobardes como tú —le espeta Gabriel con asco—. Lo vamos a solucionar.

—Se aceptan sugerencias —suspira la teniente, con la voz tensa—. Mis hombres están a punto de caer.

—¿Cuántos soldados quedan? —pregunto al ver tan pocos.

—Cinco. Están reteniendo a los dos caníbales como pueden. El tercero se ha puesto a comer los cadáveres del suelo.

—Por lo menos ese no pierde el tiempo.

Se está comiendo su… ¿hígado? Creo que voy a vomitar. Es­tamos bastante jodidos. Si al menos tuviéramos un poco más de ayuda, o un par de...

—Oye. —Me giro hacia la teniente—. ¿Tenemos explosivos?

—Sí, claro. Pero no podemos tirar bombas a lo loco, podría­mos destruir media plaza, y a lo mejor todavía queda algún civil sin evacuar.

—No, no me refería a eso. —Miro a Rubén—. Ayúdanos.

—¿A qué?

—Esos bichos siguen el olor de la sangre. —Me giro hacia los demás—. Por eso no han salido de la plaza. Si metemos todos los cadáveres en el túnel, volverán a entrar detrás. Y los ence­rramos.

—Ya, muy bonito —se burla Rubén—. ¿Y luego qué? ¿Espe­ramos a que vuelvan a salir?

—No, si sellamos el metro —capta Gabriel.

—Eso solo retrasará el problema —insiste Rubén—. En cuanto se acabe la comida volverán a salir.

Ortega se queda pensando un momento. Intercambiamos una mirada. Luego hace una señal a uno de los soldados. Un minuto después, aparecen con varias mochilas.

—Escuchad. —Su voz recupera toda la autoridad—. Mis hombres mantendrán ocupados a los fase cuatro. Mientras tanto… —Nos señala a los tres—. Nosotros bajaremos al metro y colocaremos las cargas.

—No. —Gabriel niega con la cabeza—. Me quedo a defender­los. Sin ánimo de ofender, teniente, pero sus hombres no son lo bastante fuertes para esto.

—Aunque me pese admitirlo, tienes razón. —Abre el cargador de su pistola—. Las balas no les hacen nada, y apenas nos queda munición.

Estiro la mano hacia Gabriel, pero la recojo antes de tocarle.

—¿Crees que podrás? —Me cruzo de brazos—. Dan más mie­do que tú.

—Uy —sonríe de lado, acercándose un paso—. Tranquila. Volveré a sacarte de ese túnel en cuanto termine.

—No me hace falta tu ayuda. —Le devuelvo la sonrisa.

Rubén nos observa a ambos con una ceja levantada. No sé qué le sorprende. Suelo tener buenas ideas.

Antes de bajar al túnel, Gabriel coge un adoquín del suelo y se lo lanza directo a la cabeza del culturista. El caníbal se gira hacia él, gruñendo.

—Eh, musculitos. —Gabriel se unta la sangre de los cadáve­res del suelo en los brazos—. ¿Quieres cenar o qué?

Le tiembla la voz al decirlo. Su respiración se acelera, sus manos se agitan. No te la juegues tanto, por favor. Entre tanto, nosotros empezamos a arrastrar cuerpo tras cuerpo hacia la boca del metro. El olor a sangre se vuelve cada vez más intenso.

Gabriel espera hasta el último segundo y se aparta de un salto. El anémico pasa de largo. En ese momento aprovecha para empujarlo contra la otra caníbal. Ambos chocan.

—¿No sabéis que para bailar hace falta una pareja?

Los dos rugen al mismo tiempo y salen tras él. Corre, por Dios, corre. Los cinco soldados aprovechan para mantener vi­gilado al tercer caníbal, el único que continúa alimentándose. Laura nos hace una señal. Ya están todos los cuerpos en el me­tro. No te mueras, Gabri, volveré.

Los tres descendemos al interior del túnel. No veo nada, está demasiado oscuro. Hay un olor fuerte a anémico muerto que me revuelve el estómago.

—Buah. Qué asco. —Rubén se tapa la nariz con la manga.

—Concentraos —corta la teniente—. Coged un par de cargas cada uno. Os voy a explicar cómo funcionan.

Colocamos los explosivos en los puntos que nos indica, a ciegas.

Rubén tropieza con algo. Ay, pobre. ¡Ah!

¿Con qué me he tropezado? Sabes, mejor paso.

Por el contrario, Laura ni se in­muta. Coloca una carga, la programa, pasa a la siguiente.

Creo que ya lleva tres o cuatro puestas y yo aún voy por la primera.

Qué se note que trabaja de nuestros impuestos.

Diez minutos después, todas las cargas están colocadas. La teniente comprueba el temporizador de la última y hace una señal con la cabeza.

Nada más salir, nos apartamos de la entrada. El caníbal que estaba alimentándose levanta la cabeza, olfatea el aire y entra despacio en el túnel.

—Bien. Uno menos. Faltan dos.

—¿Y cómo vamos a atraer a los otros? —Buena pregunta, Rubén.

Gabriel está intentando arrastrarlos hacia la boca del metro, esquivando golpes, ganando terreno, pero los dos caníbales que quedan no terminan de morder el anzuelo.

La teniente aprieta la mandíbula. Sin decir nada, me arreba­ta el cuchillo del cinturón. Se hace un corte profundo en el ante­brazo. El olor invade la plaza. Ambos caníbales giran la cabeza al mismo tiempo. Ella alza el brazo ensangrentado justo en la entrada de las escaleras.

—¿Tenéis hambre? Pues venid a por mí.

—¡Laura! —Corro hacia ella—. ¿Qué estás haciendo? ¡Te van a matar!

El olor a sangre fresca los distrae al instante. Se abalanzan hacia ella con una velocidad que no deja tiempo para pensar.

—Es mi deber proteger a mi pueblo —sonríe sin pestañear—. Y sería un honor morir por él.

—¡Estás loca! —me planto a su lado—. ¡Tu vida vale mucho más que la nuestra!

Laura ni siquiera me mira. Mantiene el brazo cubierto de sangre en alto mientras los dos caníbales se acercan. Si no huyo ya, me atraparán a mí también.

—No digas tonterías.

—¡No son tonterías! ¡Utiliza a uno de esos soldados si hace falta! No malgastes tu vida así.

La teniente me dedica una mirada entre cansada y divertida.

—Soy la oficial al mando —sentencia, firme—. Si alguien debe sacrificarse… soy yo.

Los dos caníbales ya casi han llegado. Mi corazón se dispara.

No, no, no. Van a matarla. Van a llegar.

Van a… ¿Qué hago? No puedo hacer nada. No puedo…

No pasa nada si muere. Aprieto los dientes.

Es una desconocida. No. La conoces desde hace apenas un par de días.

Pero… No es tu amiga. Ya no es una desconocida.

¿Vas a sacrificar tu vida por alguien que apenas conoces?

Mi respiración se acelera. No merece la pena.

Solo espera. Si el plan funciona, ellos entrarán en el metro.

Todo habrá terminado. Estás a punto de volver a estar a salvo.

Puede ser, pero yo quería que todos volviéramos a la normali­dad. Y eso también incluye a Laura.

—¡No! —Me acerco a la teniente.

—¡Erika! —grita Gabriel.