Locos por la sangre Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

—No te apartes de mí —me ordena, acercándose otra vez. No pilla las indirectas.

—Me estás asustando un poquito.

—¡Te estoy protegiendo!

—¡Ya, pero das miedo haciéndolo!

—Tú concéntrate en darle a alguno.

—Estoy en ello, ¿vale? No me juzgues.

A pesar del festival de cadáveres, estamos avanzando. Los soldados mantienen la línea. Los cuerpos empiezan a acumu­larse delante de la entrada del metro. Cada vez salen menos. No me lo creo. Lo estamos consiguiendo. Dios, no nos abandones ahora, por favor, que lo vamos a lograr.

¿Qué es ese olor? Parece el mismo de antes. Más intenso. No. No, no, no. Deben de ser las drogas de esta mañana, que me si­guen haciendo efecto. No puede ser él.

Un rugido grave retumba dentro del túnel.

Los disparos em­piezan a disminuir. Todos se giran hacia la oscuridad.

Algo enorme está subiendo por las escaleras del metro.

Un hombre. Debe medir casi dos metros. Su cuello parece más ancho que mi cintura.

Los músculos tensan la ropa desgarrada. Mare, pare, preparadme un cuarto que ahora voy.

Mi estómago se encoge. No. Se parece demasiado.

Demasiado al tuerto. Doy varios pa­sos hacia atrás sin darme cuenta.

—¿Qué pasa? —Gabriel me sigue la mirada.

Al culturista con esteroides le siguen una mujer y otro hom­bre, más bajo que Gabriel.

—Mierda… ¡Caníbales! —grito, mientras voy con la teniente.

Se le nota el miedo en el rostro en cuanto lo oye. Incluso los reclutas más curtidos reaccionan con un murmullo de pánico. Pese a todo, alza la voz hacia sus hombres.

—¡Sacad las armas de alto impacto! Estos engendros aguan­tan más de lo que parecen.

Esa es mi teniente, siempre tan resolutiva.

Los soldados va­cían los cargadores de las ametralladoras pesadas contra los tres monstruos en un ataque desesperado.

El ruido me molesta en los oídos. Cada disparo levanta pequeños chorros de sangre y trozos de piel.

Pero no caen. Ni siquiera parece dolerles.

Siguen caminando, lentos, tranquilos. Igual que el tuerto, no se van a rendir hasta que nos coman.

La caníbal agarra a uno de los soldados por el cuello, lo le­vanta del suelo, y le clava los dientes en el hombro con tal fuer­za que le arranca un pedazo de carne.

El hombre cae de rodillas sujetándose la garganta mientras intenta respirar entre borbo­tones de sangre.

Ella ni siquiera espera a que muera. Sigue arrancándole trozos con una calma enfermiza.

Voy a tener pe­sadillas con sus alaridos, si consigo salir de aquí.

El culturista se acerca a una militar, le agarra la cabeza con una sola mano. La soldado le dispara a quemarropa. El caníbal aprieta hasta que el casco se deforma junto con el cráneo. La sangre brota entre los dedos del monstruo antes de que el cuerpo caiga desplomado.

Hace unas horas estaba pensando en hacerme una foto en esta plaza y ahora… ahora parece que estamos en La Tomatina.

—¡Nos están mutilando! —solloza un soldado, con la voz rota—. ¿Qué hacemos, teniente?

Ortega grita algo por la radio, pidiendo refuerzos, pidiendo a alguien, a quien sea, que venga. Los disparos ya no sirven para mantener la línea. Solo consiguen retrasarlos unos segundos.

No me puedo mover. Esto va mal. Esto va muy mal.

¿En qué momento acepté hacer esto? No tendría que haber venido.

Debí quedarme en casa. Al menos estaría con mis padres.

¿Qué hago aquí? Hace dos meses estaba peleándome con un Excel por una fórmula.

Mi mayor preocupación era que mi jefe encontrara un error en una factura.

Y ahora… hay un monstruo comiéndose la cabeza de un soldado delante de mí.

¿A quién le pareció buena idea que yo participara?

No soy militar. No soy policía. Ni si­quiera sé sujetar una bendita pistola.

Solo soy una contable. Voy a morir. Da igual cuántas bromas haga al respecto, voy a morir.

No sirvo para esto. No sirvo para nada de esto.

—¡Erika!

Gabriel me zarandea de los hombros, sacándome de golpe de mi propia cabeza.

—¡Tenemos que salir de aquí!

—¿Eh? —Parpadeo, intentando volver a la realidad.

—¡Corre!

—Sí, sí, vale. Hay… hay que escapar.

Espera, es ese olor otra vez. Está cerca.

Entre el humo, los cadáveres, los anémicos que todavía se retuercen por el suelo…

Veo una figura alejándose. Camina deprisa hacia una de las bocacalles, intentando pasar desapercibida mientras todo el mundo está concentrado en los caníbales. Mi corazón se acelera.

—¡Gabriel! —Él sigue la dirección de mi dedo—. ¡Ese! ¡No dejes que escape!

Gabriel desaparece de mi lado. Corre igual que un animal. La figura, al verlo, acelera, demasiado tarde. En cuestión de se­gundos, lo derriba de un placaje. Los dos ruedan por el suelo. El desconocido intenta zafarse. Pero mi Gabri le inmoviliza los brazos y lo aplasta contra el asfalto.

—¡Lo tengo! —exclama, clavando la rodilla sobre su espalda—. Es el otro infiltrado.

Eso me temía. Empiezo a correr hacia ellos. Cada paso hace que el olor sea más intenso. Se me hace un nudo en el estómago antes incluso de llegar a verle la cara del todo. Gabriel le obliga a levantar la cabeza. La respiración se me corta.

—¿Rubén?