Capítulo 26
Soldados corren de un lado a otro arrastrando cajas de munición, levantando barreras improvisadas y gritando órdenes que se pisan unas a otras.
Los focos iluminan la noche con destellos blancos mientras, a lo lejos, las sirenas no dejan de aullar.
Los cuatro infiltrados, tres mujeres y un hombre, permanecen de rodillas, con las manos atadas a la espalda, rodeados por varios militares que no apartan los fusiles de ellos ni un solo segundo.
Ortega observa todo con el ceño fruncido.
—Tenemos que reforzar las puertas —ordena, señalando con la barbilla la barricada que nos rodea—. Hay que evitar que se acerquen los anémicos.
En mitad de todo este caos, me llega un aroma tenue.
Ese olor… lo conozco. Mi respiración se ralentiza mientras intento identificarlo entre la sangre y el sudor que impregnan el aire.
No. Me lo estoy imaginando. Veo fantasmas donde no los hay: bueno, más bien los huelo. Un soldado se acerca corriendo.
—Teniente Ortega, solo hemos encontrado una puerta ensangrentada —informa—. Las demás están todas limpias.
—¿Cómo explicas eso? —se gira hacia Gabriel.
— Això... això no pot ser. —Él niega con la cabeza—. Yo dejé la mía preparada anoche. Cumplí con mi parte. ¿Vosotros no?
Los cuatro sonríen al mismo tiempo. Qué perturbadores.
La primera es una mujer rubia de pelo corto que debería cortarse un poco con la base del maquillaje.
A su lado hay una mujer alta de piel oscura, con la ropa militar desgarrada; sus ojos son incluso más cristalinos que los de Gabriel.
La tercera es la que he atrapado yo, una chica morena, la pobre no deja de temblar.
—Qué decepción, Gabriel —comenta el hombre del grupo.
—Esteban tenía razón —añade la morena, castañeteando los dientes—. Eres un traidor.
—Por eso no se fía de ti —remata la rubia con tono burlón.
—¿De qué estáis hablando? —Gabriel se queda paralizado.
—¿Aún no lo entiendes? —masculla la más alta, fingiendo cierta lástima.
El silencio que sigue vale más que cualquier explicación. Gabriel retrocede un paso, buscándome con la mirada.
—Yo… no-no lo sabía. Te lo juro, no puede ser, ese hombre...
Empieza a respirar demasiado rápido. Su pecho sube y baja con violencia. Las pupilas se le dilatan a toda prisa. Aprieta los puños con tanta fuerza que los nudillos se le vuelven blancos.
—Eso te pasa por intentar dejar de alimentarte —le suelta la alta, con crueldad—. Si sigues así, vas a retroceder.
—¡Callaos! —grita Gabriel, con una voz que retumba por toda la plaza.
Que susto. Aquello hace que varios soldados levanten inmediatamente los fusiles. Me acerco despacio hasta él y le sujeto la cara entre las manos.
—Gabri. Mírame. Tranquilo. —Sus ojos tiemblan—. Ya sé que no es culpa tuya. Pero tenemos que encontrar al que falta.
Bien, bien, eso es, Gabri. Respira... Parece que está un poco mejor. Me giro hacia los cuatro.
—¿Quién es el otro infiltrado? Dadnos una descripción.
—¿Por qué íbamos a hacer eso? —suelta el hombre, con desprecio.
—Bien…
Antes de que nadie pueda reaccionar, le arrebato el cuchillo del cinturón a la teniente.
Paso el filo por mi antebrazo. Un corte limpio.
La sangre empieza a deslizarse por mi piel.
Duele, pero apenas me detengo en ello. Gabriel clava los ojos en la herida al instante, sin poder evitarlo, controlando su respiración.
—¿Qué haces? —se alarma Ortega, alternando la atención entre el corte y la cara hambrienta de Gabriel.
Extiendo el brazo frente a los cuatro. Mi sangre cae gota a gota sobre las baldosas.
—Supongo que llevaréis días infiltrados aquí dentro. Sin comer. Seguro que estáis hambrientos. —Me acerco la herida a los labios y lamo un poco de la sangre con una sonrisa, despacio, exagerando el gesto—. ¿No os apetece un tentempié?
La rubia traga saliva de forma audible. El hombre tensa el cuello hasta marcar los tendones.
—No nos engañas. —Su voz suena firme, aunque algo en sus ojos empieza a titubear—. Podemos aguantar. No somos monstruos descerebrados.
Sonrío un poco más. Paso un dedo por la sangre. Después me lo llevo lentamente a la boca. La punta de mi lengua recoge la gota con una calma provocadora, sin apartar la mirada de él. Los cuatro siguen cada movimiento sin pestañear. El olor invade el ambiente.
—¿Estás seguro? —Me relamo los labios.
Sus pupilas se vuelven completamente cristalinas. Da un tirón tan fuerte hacia delante que dos soldados tienen que sujetarlo. Abre la boca dispuesto a morderme.
—No sucumbas, Marcos —le advierte la más alta.
Él sigue forcejeando. Jadea como un animal. ¿Tan mal están que no pueden aguantar?
—¿Que no sois monstruos? —me sale una carcajada demasiado fría —. Si eso fuera verdad, nos diríais dónde está el que falta. ¿No veis lo que estáis haciendo? Si seguís callados, toda esta gente va a morir.
—¿Y a mí qué me importa? —exclama la morena, con un hilo de voz—. Ya estamos muertos.
—Importa porque hay una cura. —Los cuatro alzan su vista sobre mí—.
Podéis volver a ser humanos. Sanos. Sin tener que ir por ahí cada noche buscando el cuello de alguien.
—Sus ojos reflejan la primera duda—. Pero si preferís seguir siendo monstruos, por mí perfecto.
—Clavo la vista en ellos—. Porque en cuanto encuentre al que falta…
Os convertiré a todos en carne picada y haré hamburguesas con vosotros.
Oh, qué bien me ha salido la amenaza. Fría y sin emoción. Seguro que piensan que estoy loca, otra vez. Se han quedado todos en silencio, normal, hasta el pobre Gabri ha retrocedido un paso. No os asustéis. Tampoco ha sido para tanto, ¿no?
—N-no podemos… —La morena rompe en llanto—. Si-si Esteban se entera… Nos matará. Al menos vamos a llevarnos algunos aperitivos.
—Eso es traicionar a vuestra nación, para empezar —interviene la teniente—. ¿De verdad crees que a Esteban le importáis? Os ha enviado aquí porque sois reemplazables. Si de verdad os valorara, estaríais con él, fuera. No aquí dentro, arriesgándoos a que os capturaran. Para él no sois nada.
Los cuatro permanecen en silencio.
—Pero para mí sí. Podemos curaros. Decidnos por dónde van a atacar.
Se miran entre ellos, un intercambio silencioso que dura demasiado para mi gusto.
—Por Sol —murmura al final la alta de piel oscura—. Van a atacar por el metro de Sol.
Qué jodíos. Van a usar a los anémicos que hay atrapados en el metro. Agarro a Gabriel de la muñeca y salgo disparada hacia la avenida. La teniente nos sigue de inmediato, con todo el pelotón.
—¡Id a por refuerzos! —ordena a un par de soldados, sin dejar de correr—. Nos vemos en Sol.
Mientras corremos por las carreteras, Gabriel carraspea.
—Oye. Lo de hacerlos carne picada... no iba en serio, ¿no?
A ver. Técnicamente tengo hambre. No voy a comerme a una persona, claro que no. Pero… mejor que no me tienten. Decido no contestar, vaya a ser que me malinterprete.
Llegamos a Sol apenas unos minutos después. En cuanto pisamos la plaza, tanto Gabriel como yo notamos un olor a sangre tan intenso que casi puedo saborearla.
—Es aquí —confirma Gabriel.
Todos se ponen en guardia. Se supone que las entradas al metro están tapiadas con placas metálicas y vigas. Así que… ¿Qué son esos golpes? ¡BUM! Todo el suelo vibra. ¡BUM! Las placas de acero se arquean hacia fuera.
—Preparados... —advierte la teniente.
¡¡BOOOOM!!
Las soldaduras revientan. Las planchas salen despedidas como si fueran de cartón.
Un bloque gigantesco pasa a milímetros del rostro de Ortega, acariciándole el pelo antes de estrellarse contra la fachada de detrás.
Ella apenas consigue apartarse. El soldado a su lado no ha tenido tanta suerte.
El impacto lo estampa contra la pared del edificio tras nosotros.
Se oye un crujido húmedo. No pienso mirar.
—¡Disparad! —ordena la teniente a pleno pulmón.
Una lluvia de balas rompe la noche. Empiezan a salir. Ay, Dios, ¿cuántos hay? No recuerdo que hubiese tantos ahí abajo. ¿Habrán traído más? No paran de subir, pisoteándose los unos a los otros, escalando sobre montañas de cuerpos que se asfixian en las escaleras.
Acabo de caer en una cosa. No sé pelear.
Estoy desarmada. Tampoco puedo salir de aquí.
Somos la última barrera antes de que estas cosas lleguen a toda la gente que hay dentro de los búnkeres.
¿Qué hago? ¿Huyo? ¿Me pongo detrás de Gabriel y dejo que él...
? No. No voy a usar al pobre Gabri de escudo humano. Tiene que haber otra solución.
—Toma. Úsala.
La teniente me pone una pistola en la mano. Me quedo observándola un segundo. ¿Esto? ¿Con esta pistolita crees que me puedo defender?
—A ver si has mejorado tu puntería —sonríe, girándose hacia el metro.
¿Que si he mejorado? Ahora vas a ver lo buena que soy. Que se note los cientos de horas de shooter en RV. Aunque es la primera vez que pillo un arma de verdad. No será muy distinto.
Me tiemblan las manos. Todo el cuerpo, en realidad.
El corazón me va tan rápido que lo noto hasta en los oídos, y cada anémico que sale corriendo hacia nosotros me parece más grande, más rápido, más terrorífico que el anterior.
Disparo. Mierda. Lo vuelvo a intentar. Dios, ¿por qué no acierto? A la tercera va la vencida.
¡Le he dado! En la pierna, pero le he dado.
Tú puedes, Erika; solo te tienes que acostumbrar, vamos.
Cuarto disparo, quinto, sexto, empiezo a corregir la puntería.
Le doy a otro en el brazo. Después a otro en el hombro.
Estoy fallando menos. Las balas empiezan a encontrar cabezas en lugar de extremidades. ¡Bien!
Por otro lado, cada vez que un anémico consigue acercarse demasiado a mí, Gabriel le asesta un puñetazo que lo revienta contra el asfalto.
Otro se me abalanza. Él lo golpea con el antebrazo.
El cuerpo sale despedido varios metros antes de partirse contra una farola.
Yo, como el que no quiere la cosa, me estoy intentando alejar de él.