Locos por la sangre Capítulo 25 #2
84%

Capítulo 25 #2

—Apártate.

—Necesitamos llevarlo con la teniente. Es importante.

—Tú eres una infectada. No nos podemos fiar de tu palabra. Dejadnos hacer nuestro trabajo.

Ni caso. Deberías escuchar más a los civiles. Un segundo… oigo a alguien hablar… esa voz…

—¡Teniente! —grito—. ¡Teniente Ortega! Tengo a Gabriel. Por favor, abran las puertas.

Seguro que Gabriel se está preguntando en qué momento aceptó seguirme. Lo veo en su cara.

—¡Laura, por favor!

Las puertas se abren. Sale la teniente, con cara de estar es­perando lo peor. Detrás de ella aparece el comandante.

—Apartaos —les ordena a los guardias, sacando su propia pistola—. Erika, ¿qué haces con él?

—¿No queríais que lo sedujera? Pues aquí lo tenéis.

—Seducir dice… —murmura Gabriel con media sonrisa.

—¿Pretendes que nos lo creamos? —El comandante da un paso adelante—. ¿Cómo ha conseguido entrar aquí?

—A eso venimos. Nos están atacando ya.

La teniente baja un poco el arma.

—No ha habido ningún incidente. Solo un avistamiento de anémicos a las afueras. Nada preocupante.

Gabriel se quita la gorra.

—Eso es porque ya estamos dentro.

El comandante busca con la vista a Ortega, que le devuelve un gesto desencajado. Ninguno de los dos sabe muy bien qué responder.

—Bajad las armas —ordena la teniente, al fin—. Que entre.

Los soldados aseguran las puertas a nuestra espalda. La ha­bitación queda sumida en un silencio tenso con nosotros cuatro dentro. Ortega saca unas esposas metálicas. Gabriel no opone resistencia y entrega las muñecas.

—Habla. ¿Cómo van a atacar Madrid?

—Fácil. Cuatro o cinco de los míos entran, buscan las com­puertas principales y las abren durante la noche para dejar paso a los anémicos —lo suelta con una sonrisilla que les saca de quicio a ambos.

—Exageras —niega el comandante—. Los anémicos no obe­decen órdenes. ¿O resulta que ahora podéis controlarlos?

—No. Nadie puede. Pero es fácil dirigirlos.

—¿Cómo? —La teniente frunce el ceño.

—Si pones un filete delante de un mendigo muerto de ham­bre, irá corriendo a por él solito —intervengo.

La teniente y el comandante cruzan miradas en silencio. Creo que se están debatiendo en si creernos o no. Me gustaría estar mintiendo, teniente, de verdad.

—Vale —suspira Ortega, al rato—. Os vamos a esconder. Hay que dar la alarma. Que todo el mundo baje a los búnkeres pro­visionales. Lo primero es encontrar a los traidores. Gabriel, ¿podrías identificar a los otros infiltrados?

—No les he visto nunca. —Se lo piensa un momento—. Pue­de… por el olor. Vosotros, los sanos, oléis distinto a nosotros. —Me señala sin darse cuenta.

—No me incluyas —le susurro, más seca de lo que pretendía.

—Haremos un reconocimiento —organiza la teniente—. Iré con Gabriel, daremos vueltas por el perímetro hasta dar con ellos.

—Yo también voy, puedo ayudar.

—No. —Ni se lo piensa—. Tú te vas con los niños al búnker.

—Mi olfato es casi tan bueno como el de él. Ahora bien, me prestáis un par de soldados, que yo pelear poco.

—No. Eres demasiado valiosa. No podemos permitirnos perder la posible vacuna.

—Ah, ¿no? —Sonrío con malicia—. Pues si me rajo el cuello aquí mismo… me habréis perdido igual.

El silencio es inmediato. Hasta Gabriel se vuelve brusca­mente hacia mí.

—No te atreverías —ríe el comandante.

—¿Quieres apostar?

Lo digo con una calma que hasta a mí me sorprende.

—No vas a hacer eso, tenemos a los niños —amenaza la te­niente.

—¿Vas a jugar esa carta? —Le clavo la mirada sin pestañear—. Sé que no vas a tocarles ni un pelo. Así que mejor déjame ir con el pelotón a buscar a los traidores, porque si no es por mi olfato o el de Gabriel, no los vais a encontrar antes del anoche­cer.

—Estáis perdiendo el tiempo —comenta Gabriel—. Dejadla venir. Los buscaremos nosotros mientras vosotros os aseguráis de que nadie ponga más sangre en ninguna puerta.

Eso, gracias, Gabri. Se vuelven a quedar callados. Estos dos piensan demasiado. Al final, la teniente asiente, muy a regaña­dientes. Cuando salimos del edificio, las sirenas ya están avi­sando a toda la población.

La gente empieza a correr hacia los búnkeres. Los soldados organizan filas. Otros empiezan a cerrar calles enteras con ba­rricadas. Todo ocurre tan deprisa que apenas tengo tiempo para asimilarlo. Entonces veo dos caras conocidas.

—¡Erika!

Joel viene corriendo hacia mí con Lucas de la mano. Lucas se suelta de su hermano y corre directo hacia mí. Se abraza a mi pierna como si llevara semanas sin verme. Solo de verlos la sonrisa me sale sola. Me agacho y lo alzo en brazos.

—Hola, peque. —Me rodea el cuello con los brazos.

—¿Qué está pasando? —pregunta Joel, respirando agitado.

—Nos van a atacar. —Mi sonrisa desaparece—. Pero no te preocupes, hay un plan.

—¿Cómo quieres que no me preocupe? —Se le nota el pánico en la voz—. Vamos a escondernos.

—Coge a Lucas e id al búnker.

—¿Y tú qué vas a hacer?

—Me quedo. Debo encontrar a los infiltrados.

—No, no, no. —Me agarra de la manga—. No nos dejes aquí. Vente con nosotros.

—La única forma de manteneros a salvo es encontrar a los infiltrados. Así que, por favor, meteos en ese búnker.

Lucas levanta la cabeza y me mira con esos ojos enormes que tiene. Casi hace que se me rompa el corazón. Lo beso en la frente.

—Cuídalo mucho. —Se lo entrego a Joel en brazos.

—¿Te volveremos a ver? —No me pongas esa cara.

—Claro. —Le guiño un ojo—. Cuando Madrid esté a salvo.

Asiente, aunque veo duda en su rostro, y se va con el grupo de militares. Sed fuertes, chicos, volveré a por vosotros. Espe­ro…

Las siguientes horas se convierten en un auténtico caos. Equipos recorriendo calles. Militares registrando edificios. Personas entrando en los refugios. Órdenes por megafonía, ca­rreras, gritos y nosotros buscando entre miles de personas a solo unos pocos infiltrados. Está siendo complicado.

La parte buena es que Gabri ha encontrado a tres, menudo olfato tiene el chaval. En mi caso… he encontrado a uno… mejor eso que nada… supongo. Queda el último, pero el sol empieza a descender. Las sombras se alargan sobre las calles. Cada minu­to pesa más que el anterior.

—Se nos acaba el tiempo —me mete prisa uno de los solda­dos que me acompaña, con la voz cada vez más tensa.

Respiro hondo una vez más. Intento concentrarme. Nada. El olor de cientos de personas me desorienta.

—No puedo… —Vuelvo a intentarlo. La frustración empieza a apoderarse de mí—. No lo encuentro.

Noto cómo el corazón me golpea cada vez más deprisa. ¿Dónde se ha escondido? Tiene que estar aquí. Tiene que es­tarlo. NiiiIIIII... La sirena. ¡Mierda, llegamos tarde!