Capítulo 25
—Madrid está siendo atacada.
—¿Eh?
Parpadeo varias veces. De golpe siento como si la niebla que tenía en la cabeza se deshiciera. ¿De qué coño está hablando? ¿Cómo que están atacando, si yo lo veo todo tranquilísimo? El palacio ahí, la gente paseando, los chavales jugando...
—¿Por qué crees que estoy aquí? —añade.
Las palabras tardan unos segundos en hacer clic dentro de mi cabeza.
—No. —Doy un paso atrás, sin darme cuenta—. No, no, no. ¿Eres un topo? ¿Ha-hay más como tú aquí dentro?
El hecho de que guarde silencio me sirve de respuesta.
—La teniente tenía razón… estáis más sanos que enfermos… —Vaya mierda de controles—. Vosotros abrís las puertas para que ellos entren… Pero, ¿cómo? No van al ruido.
—No. Van a la sangre.
¿A la sangre? Claro. Claro. La necesitan para sobrevivir. Es lógico. Cuando se acercaban a olfatearme… Nunca buscaban personas. Buscaban sangre sana. Por eso parecían idos cuando detectaban a alguien. No era violencia. Era hambre. Están locos por la sangre.
—¿Y cuál es el plan?
—Que te vayas de Madrid.
—Otra vez con lo mismo —mascullo, echando a andar de un lado a otro—. No, no, no. Sabiendo esto, tengo que poner a los niños a salvo. Espera. La teniente. Esto tiene que saberlo.
—No. —La respuesta cae seca, sin dejarme espacio para replicar—. Coge a los niños y márchate. Madrid va a caer sí o sí. No hay nada que puedas hacer para evitarlo.
—¿Cómo que no podemos hacer nada? Todavía no han atacado.
—No pienses que estoy solo. —Acorta la distancia entre los dos, bajando la voz—. Hay más como yo escondidos por toda la ciudad.
—Sí… pero… hay cientos de militares también. Entre todos podemos pararlos antes de que abran las puertas.
—No hay esperanza. —Su voz suena más cansada que otra cosa. Aprieta la mandíbula—. No puedes ir en contra de… Ese hombre va tres pasos por delante. Por favor, Erika. Huye.
Me toma las manos de golpe. Sus dedos están helados. Sostiene su mirada en la mía con una intensidad que casi me incomoda.
—Por favor. Huye. Solo te pido eso. Ponte a salvo.
Me quedo unos segundos mirándolo. Le suelto las manos.
—Qué manía. No necesito que me protejas, Gabriel. Sé cuidarme sola.
—Lo sé. —Desvía la cara un instante—. Desde que te robé el coche…
no he… no he podido dejar de pensar en ti.
—Baja los ojos hacia mí—. Creía que habías muerto por mi culpa.
Necesitaba ver a mis padres, aunque para qué me sirvió…
—Una pequeña sonrisa le suaviza el rostro—.
Cuando te volví a ver, viva… No sabes la alegría que me dio.
—¿Alegría o alivio? —le corto, dudando de sus palabras.
—Puede que ambas. Ese día me juré que no iba a dejar que te volviera a pasar nada.
—No me hace falta tu caridad —aunque en el fondo, algo se me ablanda un poco al oírlo—. Pero si tanto quieres protegerme, ven conmigo a buscar a la teniente. Hay que avisarla.
—No. En cuanto me vean me pegarán un tiro. No van a escucharme. Somos monstruos, Erika. Aunque te hagan pruebas, aunque te traten bien, no te engañes: para ellos somos asesinos.
—No. Somos gente enferma. —Tiro de su brazo, obligándolo a que me mire a los ojos—.
Están buscando una cura, Gabriel. Con tu sangre y la mía podrían conseguir una vacuna, un tratamiento, algo.
No eres un asesino. Eres un enfermo, igual que yo.
—Acaricio su mejilla—. Podemos curarnos.
Podemos salvar Madrid. Podemos arreglar todo esto.
Solo tienes que confiar en mí. Tenemos que ir con la teniente.
Gira la cabeza a ambos lados, se detiene en mí un instante y vuelve a vigilar la entrada del portal. Se pasa una mano por la nuca con los labios apretados.
—No sé, Erika. Si Esteban se entera de que...
—Esteban no está aquí —lo interrumpo—. Él está fuera. No vamos a dejar que entre. Ni él, ni nadie. —Le tiendo la mano—. Per favor , Gabriel. Si quieres una oportunidad para redimirte, es esta.
Permanece inmóvil. Los segundos pasan. Baja la vista hacia mi mano. Aunque pongas esa cara no voy a dejar que te me escapes.
—Vale. —Aprieta mi mano—. Pero si me matan, espero que a ti también te maten después.
Se me escapa una risa.
—Trato hecho. Me suicidaré por ti, si hace falta.
Ambos sonreímos y nos ponemos en marcha.
—¿Sabes dónde está tu querida teniente?
—Ni idea. Pero sé dónde va a comer hoy su sargento.
—¿Cómo sabes eso?
—Me lo dijo Joel. Él la ha visto un par de veces. —Parece que eso lo ha terminado de convencer.
Encontramos a Julia sentada en una terraza improvisada, con una bandeja de comida militar delante que no tiene muy buena pinta. En cuanto repara en Gabriel a mi lado, se pone de pie de un salto, derribando casi la banqueta.
—¿Este quién es?
—No te asustes, te presento a Gabriel.
No me da tiempo a añadir nada más. Julia saca la pistola y le apunta.
—¡Julia, espera! —Me cruzo delante de ella.
—Apártate. Laura confía en ti. —Mantiene el pulso firme—. Yo no. Por favor, apártate. Ese chico es peligroso.
—Encima que os hago el trabajo. —Levanto las manos, sin moverme de donde estoy—. Está de nuestro lado. ¿Ves? He cumplido.
Julia sigue apuntándole. Gabriel permanece inmóvil a mi espalda. Los dos se observan sin pestañear. Para que conste, no me gusta nada tener una pistola a milímetros de mi frente, gracias. O lo matas o nos ayudas, ¿te decides ya?
—¿Dónde está la teniente? —Aparto lentamente el arma con la mano.
—Está con el comandante, en la torre central —cede y baja el arma, aunque sin enfundarla—. Ha habido un...
No espero a que termine la frase. Agarro a Gabriel de la muñeca y echo a correr hacia allá.
—¡Aunque lo lleves con ella —me grita Julia desde atrás—, el resto de militares no os dejarán pasar!
Ignorando su advertencia, llegamos a la torre, un edificio de oficinas alto que domina toda la esquina. Desde la azotea sobresalen antenas, radares y varios puestos de vigilancia improvisados. A su alrededor hay vehículos militares, cajas de munición y soldados entrando y saliendo sin parar.
—¿Estoy a tiempo de volver al plan de invadir Madrid?
—No. —Le respondo de reojo, apretando el paso.
—¿Seguro?
—Segurísimo. Ya no se aceptan cambios de equipo.
— Quina mala sort tinc.
Vale… Esto está complicado. No es como en los videojuegos.
Aquí no puedo abrirme paso cargándome a medio equipo para llegar hasta el jefe final.
Además, seguramente acabaría siendo yo el colador.
La entrada está clara. Lo que no tengo tan claro es cómo quitar de en medio a los dos mastodontes que la están vigilando.
Estamos jodidos. Le hecho un ojo a Gabriel.
—¿Tienes alguna idea?
Él se encoge de hombros.
—Yo te estoy siguiendo la corriente. Apoyo lo que hagas.
Lo observo unos segundos. Vaya ayuda. Qué poco resolutivo es este hombre. No arregla na… Mi atención se desvía hacia uno de los soldados. Se separa del grupo y empieza a caminar hacia unos baños portátiles colocados junto a un lateral del edificio. Una sonrisa empieza a dibujarse sola en mi cara.
—¿A dónde vas? —Gabriel me sigue de cerca mientras me acerco al baño.
Esperamos unos segundos. Se oye el típico sonido de una cremallera bajando desde el interior. Perfecto. Abro la puerta de golpe. El soldado se gira sobresaltado en mitad de... bueno.
—¿Pero qué co...?
Le regalo una sonrisa exagerada.
—Bon dia, senyor. Necesitamos su ropa.
Le hago una sutil señal con la cabeza a Gabriel. Él intercambia la vista entre el soldado y yo. ¿Puedes noquearlo ya?
—Perdón —suspira resignado.
El militar cae desplomado dentro del baño portátil. Buen chico Gabri, no hacía falta que le dieras tan fuerte, pero buen trabajo. Se queda observándolo unos segundos. Cinco minutos después, Gabriel sale vestido con el uniforme del militar.
—No lo veo.
—Tú tranqui y sígueme la corriente. Toma, ponte la gorra, que no se te vea la cara. Hazte un moño alto, ¿o te lo corto?
—Mi pelo no se toca.
—Vale, vale.
Nos plantamos en la entrada. Los dos soldados cruzan los fusiles bloqueando el acceso.
—Zona restringida.
—Lo sé. —Les sonrío con educación—. Necesito hablar con la teniente Ortega. Tengo información relevante.
Ambos intercambian una mirada. Luego escanean a Gabriel de arriba abajo.
—¿Tú de qué sección eres? Tu cara no me suena.
Me adelanto antes de que a Gabriel le dé por abrir la boca.
—Es… del laboratorio. Me lo han prestado para acompañarme a buscar a la teniente. —Pongo mi mejor cara de niña buena—. El asunto es urgente —advierto al guardia, ladeando un poco la cabeza, con toda la sensualidad que puedo reunir—. ¿Nos dejas pasar, por favor?
Se queda mirándome, luego a Gabriel, vuelve a mí. Por favor, trágatelo. Me estoy muriendo de vergüenza ahora mismo.
—Venga, vale. Está en la última planta.
—Muchísimas gracias.
Cruzamos antes de que pueda arrepentirse. En cuanto las puertas batientes se cierran a nuestra espalda, Gabriel se pega a mí.
—No me creo que haya funcionado.
—Yo tampoco. —Suelto una risa nerviosa—. Pensaba que me iban a arrestar otra vez.
—¿Nos has puesto en peligro sin tener ni idea de si colaría?
—Sinceramente, ni yo me lo hubiese creído.
Me mira de reojo; creo que todavía está intentando entender cómo sigo viva.
Subimos las escaleras. Gabriel está tenso como una soga, mirando hacia todos lados.
Ni que fuera la primera vez que te cuelas en un sitio.
Cuando llegamos a la última planta desaparecen las risas.
Al fondo, vemos unas puertas dobles custodiadas por dos soldados armados.
Ambos nos impiden el paso. ¿Colará la misma estrategia?
—¿Quién es este? —inquiere uno de los guardias, inspeccionando a Gabriel sin disimulo—. ¿En qué sección está?
—Es del laboratorio —vuelvo a sonreir, ya me duele la cara.
—A mí no me suena. —El otro guardia se acerca, receloso—. Yo tengo turno de laboratorio, y no conozco a nadie tan alto. Ni tan pálido. Parece que esté un poco...
—Enfermo —completa el primero.
Los dos desenfundan las pistolas. Gabriel comienza a sudar al ver las armas apuntando a su cabeza.
—No. —Me coloco delante de él—. No está enfermo. Solo… le falta tomar el sol.