Locos por la sangre Capítulo 24
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Capítulo 24

—Sabemos que la reunión es en Tarancón —comenta un hom­bre, firme—. Nuestra propuesta consiste en enviar un pelotón antes de que comiencen a concentrarse. Si actuamos con rapi­dez, podemos eliminar al líder antes de que organicen un nuevo ataque.

Ah, ya decía yo que me sonaba su voz, es el mismo hombre con el que habló la teniente cuando me dejó solita en la sala de interrogatorios.

—Comandante, con todo respeto —lo interrumpe Julia—. Seguimos sin saber cuándo planean atacar Madrid. Puede ser mañana... o dentro de un mes.

—Según el testimonio de Erika y de Joel —interviene la te­niente—, Gabriel tenía prisa por llegar. No creo que tarden mu­cho en venir hacia aquí.

—Razón de más para adelantarnos nosotros —corta el co­mandante—. Si esperamos a que den el primer paso, pondremos en riesgo a los civiles.

Otro militar levanta la mano y empieza a decir algo sobre reforzar las defensas del perímetro norte. No le presto dema­siada atención.

Qué reunión tan aburrida. En las de contabilidad por lo me­nos nos daban café y un cruasán para desayunar.

Aquí ni eso. Me han hecho madrugar, me han sacado sangre, me han metido no sé cuántas cosas por una vía, y luego me han traído directa­mente aquí, así que ahora mismo estoy más pa allá que pa acá.

No tengo muy claro qué pinto yo en esta sala llena de militares, si ni siquiera me estoy enterando.

—¿Crees que podrás hacerlo?

Todos me están mirando.

—¿Eh? ¿El qué?

La teniente suspira. Julia me dedica una sonrisa comprensi­va.

—Queremos que vengas con nosotros a Tarancón. Para poder hablar con Gabriel y convencerlo de que se una a nosotros, o al menos de que nos dé información.

¿Cómo? ¿Que salga? ¿Ahora que por fin he conseguido entrar en Madrid? Ni de coña. Aquí estoy la mar de a gusto. Dejadme aquí con mi cruasán y mis medicamentos, no quiero saber nada más de vosotros.

—¿Es necesario que vaya? —Es lo único que consigo decir en voz alta.

—Tienes que estar ahí —sentencia Ortega sin rodeos—. Tú entrarás primero conmigo. Nos infiltraremos antes de que lle­gue el resto del operativo. Así es más fácil que puedas acercarte a él para hablar.

—No lo veo, mi teniente. —Asiento, ignorando las caras de los militares—. Yo creo que mejor vais, les pegáis cuatro tiros y volvéis a tiempo para la cena.

Escucho varios suspiros repartidos por la mesa. No saben reconocer un buen plan. El comandante se inclina hacia la te­niente y le susurra algo. ¿Ese hombre no se acuerda de que tengo buen oído?

—¿Ves? Por eso te dije que no podíamos confiar en ella. De­bería volver al laboratorio.

—Es más útil de lo que parece —contesta la teniente, sin al­zar la voz.

Hombre, teniente, gracias por defenderme.

Pero estoy con el comandante. Deberíais dejarme aquí.

Sobre todo después de las pruebas de esta mañana.

Yo creo que lo que necesito ahora mismo es un bañito, unas palomitas, una peli tranquila y luego una partidita de cartas con Lucas.

Con eso me conformo. No necesito nada más.

Los presentes continúan observándome con una mezcla de cansancio y desesperación.

—Erika. —Ortega me hace un gesto con la mano—. Por favor, vuelve a los laboratorios, a ver si así te encuentras mejor. Luego seguimos hablando del plan.

—No me lo digas dos veces. —Les sonrío, levantándome tan deprisa que casi tiro la silla.

Salgo de la sala antes de que a nadie le dé tiempo a cambiar de opinión.

Un momento… Giro la cabeza hacia ambos lados.

Los guardias están distraídos hablando… ¿Por qué debería ir a los laboratorios?

Ni siquiera llevo escolta. Qué confianza me tienen de repente.

Pues nada. Cambio de dirección. Voy a dar una vuelta. A ver si encuentro a los peques.

Camino por los pasillos de la instalación sin tener ni idea de por dónde tirar, doblando esquinas al azar, hasta que, por pura suerte, encuentro una puerta que da al exterior.

Qué bien, poder salir a la calle por la tarde sin tener que ir vigilando a cuarenta lados por si hay algún anémico siguiéndo­me. No se oyen disparos ni gritos… Oye, qué bonito es el cielo. No sé por qué, pero hoy estoy de buen humor.

Empiezo a recorrer la zona protegida de Madrid sin rumbo fijo.

La zona segura cubre más o menos el Retiro, el Palacio, y los alrededores más cercanos, no podían hacerla más grande sin perder el control del perímetro, pero a mí me parece inmenso después de tantas semanas viendo solo carreteras vacías y pue­blos abandonados.

Las fachadas siguen mostrando cicatrices, pero alguien ha limpiado las aceras, retirado coches y colocado puestos impro­visados donde la gente vuelve a hablar, a reír e incluso a discu­tir por tonterías. Suena hasta normal.

Paseo junto al Palacio Real, la Puerta del Sol, el Kilómetro Cero. Qué mala suerte haber dejado el móvil en casa el día del brote. Todo es tan chulo. Sigo caminando, veo otra fachada bo­nita, otra plaza. Joe, qué mal. ¿Y si sustraigo una cámara a al­guien? Mínimo me quitaría el mono de hacer fotos.

—¡¿Erika?!

Me giro, con esa sonrisa tonta que no me abandona desde hace un par de horas.

—¿Sí? Dígame.

Ese hombre que me llama con cara de haber visto a su madre muerta me suena. ¿No es…?

—Hombre, Gabriel —le sonrío de oreja a oreja, enfocando la vista—. El chico al que quería ver. ¿Qué haces tú por aquí?

Tiene los ojos muy abiertos. La mandíbula tensa. Incluso da un paso hacia mí con cierta inseguridad.

— Un moment, com has entrat?

Él acelera el paso. Conforme me tiene enfrente, me sujeta la cara con ambas manos.

Me gira un poco la cabeza hacia un lado, luego hacia el otro, observándome con una mezcla de alivio e incredulidad.

Antes de que pueda preguntarle qué narices está haciendo, me abraza con tanta fuerza que casi me deja sin aire.

—Ea, ea... ya, ya, Gabriel. —Le doy un par de palmaditas torpes en la espalda—. Yo también me alegro de verte.

Él se aparta apenas unos centímetros. Tiene los ojos hume­decidos.

—Dios... cómo me alegro de que no me hicieras caso —sollo­za sin soltarme—. No sabía que también iban a atacar Toledo... Lo siento, Erika. Lo siento muchísimo.

Lo observo unos segundos.

—No te preocupes. —Me encojo de hombros.

Gabriel se pasa una mano por los ojos para secarse las pe­queñas gotas que le caen.

—Pero... ¿por qué estás aquí? Te dije que no vinieras a Ma­drid.

—Tranqui, Gabri. Aquí estamos a salvo, de momento. Lo que me extraña es que tú estés aquí.

Él suelta una risa incómoda.

—¿Y tú por qué estás así?

—¿Así cómo?

Hace un gesto con la mano señalándome de arriba abajo.

—No sé... pareces… como si hubieras salido de una despedi­da de soltera.

—Esa es una buena comparación —le sonrío. El pobre parece agotado. No es solo lo hundidos que tiene los ojos, ya los tiene casi transparentes, sino su piel. Está mucho peor que la última vez. ¿Cómo es posible? Se supone que ellos mejoran con la sangre, a menos…

—Te están usando de cobaya, ¿verdad? —me suelta de pron­to, sacándome de mis teorías.

—No sé de qué me hablas. —Le aparto por fin, qué agobio me estaba dando.

—Vamos, admítelo —se ríe—. Eres una de nosotros, así al menos podrás…

—No. —Cruzo los brazos—. Yo no soy como vosotros.

—¿Todavía sigues con eso?

—Claro. —Levanto la barbilla con orgullo—. Yo soy un híbri­do.

—¿Enchufable? —Gabriel arquea una ceja.

Nos quedamos mirándonos unos segundos. Admito que ese comentario me ha hecho gracia.

—No me cambies de tema —digo enseguida—. ¿Qué haces aquí? Se supone que estabas en Tarancón con los otros mons­truos.

La sonrisa desaparece de su cara. Levanta un dedo delante de los labios a toda prisa.

—Shhh.

Mira a ambos lados de la calle. Después me coge del brazo y me conduce hasta un callejón estrecho, lejos de la gente que pasea por la avenida. Espero que no se propase. Solo cuando estamos ocultos entre dos edificios vuelve a hablar.

—¿Cómo sabes eso? —susurra, sin dejarme escapar.

—La mujer del museo también dijo que iba para allá. Un poco sospechoso, ¿no?

—¿Y sabiendo eso has venido a Madrid? —suspira, claván­dome esos ojos verdes.

—Yo quería confiar en ti. Pero estás con ellos. ¿Eres un ase­sino?

Gabriel se aparta de la esquina y da un paso hacia mí.

—No soy un asesino —murmura; noto ira en su voz—. No quería que vinieras aquí. Solo intentaba protegerte a ti y a… ¿Y los niños?

—Están bien. —Me aparto de él—. Los tienen en una especie de guardería dentro de la base militar.

—Perfecto. —Está respirando fuerte—. Pues ve a por ellos y largaos de Madrid.

—¿Por qué? El que está en territorio enemigo eres tú. Ahora mismo llamo a un guardia y acabas detenido.

Gabriel empieza a sudar, se está alterando. Su respiración se vuelve pesada y rápida. Mira una vez más hacia la calle. Se pasa una mano por la coleta. Me agarra de ambos brazos antes de que pueda reaccionar.

—¡Erika! ¿No lo entiendes? —Me menea—. Madrid está en peligro.

—Ya. —Sonrío para tranquilizarlo—. Sé que planeáis atacar Madrid, pero los militares ya lo saben. No te preocupes. Seguro que todavía pueden salvarte.

—¿Salvarme?

—Claro. Tú estás con ellos contra tu voluntad, ¿no?

No sé por qué está tan sorprendido. Me acerco a él y le lim­pio una de las lágrimas que le quedan con el pulgar.

—Tú no eres igual de malo que ellos, Gabriel.

Se ha callado, qué extraño. Con lo parlanchín que es. Solo me observa. Con una mezcla particular de tristeza... y algo que no consigo identificar. Una pequeña sonrisa se dibuja en su rostro.

—Pensaba que seguirías odiándome.

—Digamos que ya no te odio… —resoplo—, pero me sigues cayendo mal, don ladrón.

Se le escapa una risa suave. Luego vuelve a buscar mis ojos de esa manera tan extraña. Nos quedamos mirándonos en si­lencio, escuchando a los ancianos quejarse al fondo. ¿Se le ha­brá ido la olla? Porque esa cara no es normal. Sacude la cabeza de repente, como si intentara espabilarse.

—Da igual. —Su voz vuelve a sonar seria—. Tenéis que iros de aquí.

—Qué pesado… —Salgo del callejón y vuelvo a caminar por la calzada—. Yo no me quiero ir. ¿Tú sabes el pedazo de cena que nos dieron ayer? Creo que no he comido tanto en toda mi vida. Y Joel… —Me entra la risa solo de acordarme—. Creo que el chaval se comió su peso. Claro, como está tan delgadito...

Gabriel aparece otra vez delante de mí, cortándome el paso. Me arrastra hacia un portal. Esta vez ya no sonríe. Tiene la res­piración acelerada.

—Erika. —Su voz tiembla—. Márchate. Ya.

—Que no pasa nada.

—No, no lo entiendes. Madrid no va a ser atacada… —Traga saliva—. Está siendo atacada.