Locos por la sangre Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

Se me escapa una risa floja. Me molesta el sol, eh.

Lo bueno es que por fin veo la ciudad. Viva.

Hay colas para conseguir su­ministros, gente cargando cajas, carteles pegados en una pared pidiendo información sobre desaparecidos.

Y sin embargo, en mitad de todo eso, hay niños jugando en la calle.

Riéndose. Co­rriendo detrás de una pelota medio deshinchada.

Sus risas lle­nan la plaza. Durante unos segundos cuesta recordar que, más allá de aquellas barricadas, el mundo se ha terminado.

Sonrío sin querer. Un momento.

—¿Sabe dónde están Joel y Lucas? —le pregunto al soldado que me acompaña—. Los niños que llegaron conmigo.

—Sí, sígame.

Lo sigo por varios pasillos hasta llegar a una sala amplia donde han improvisado una especie de guardería.

Hay colcho­nes en el suelo, cajas llenas de juguetes rescatados de quién sabe dónde y varias personas entreteniendo a un grupo de niños.

En cuanto cruzo la puerta, una vocecita me hace girar la cabeza.

—¡Eri!

No puedo evitar sonreír. Me agacho justo cuando llega hasta mí y lo levanto en brazos.

—Ay, mi peque. —Le lleno la cara de besos—. ¿Cómo está mi regordete favorito?

Me responde con un balbuceo ininteligible y me agarra la cara con las dos manos. Un agradable olor a lavanda emana de él. Ay, Dios, este niño está para comérselo.

—¡Eri!

—Sí, sí, ya sé que me has echado muchísimo de menos.

Le hago cosquillas en la barriga y vuelve a estallar en carca­jadas. Si solo pudiera quedarme así para siempre. La mirada de Joel me despierta de mis pensamientos. Está más serio de lo que esperaba. Me alegra ver que le han dado ropa limpia y se ha podido lavar; el pobre olía peor que yo.

—¿Estáis bien?

—Sí. —Evita mirarme a los ojos.

—He oído tu declaración. Sobre lo que pasó.

Se gira hacia otro lado.

—Gracias por no contar… algunos detalles.

—Tampoco quería perjudicarte.

Vuelve el silencio. Esta vez aún más pesado. Observo a Lucas, que juega con un mechón de mi pelo ajeno a todo aquello. Me voy a sentar en esa cama.

—Joel… Lo de vuestra madre... yo...

—Da igual —me corta—. Murió por la enfermedad. No por ti.

Nos quedamos mirándonos un rato. Tiene más ojeras que cuando nos arrestaron.

—¿Esto significa… que volvemos a ser amigos? —Esa pre­gunta tan inocente me desarma.

—No lo sé, Joel. —No puedo evitar apartar la mirada—. No sé si fiarme de ti.

Se sienta a mi lado y comienza a molestar un poco a su her­mano.

—Lo entiendo… No voy a volver a engañarte. —Se le quiebra un poco la voz—. Pero por favor, no nos abandones aquí.

—¿Por qué piensas eso?

—Te conozco. —Sonríe con tristeza—. Seguro que ya te han dado esa opción. Si te vas… no volverás a por nosotros. Y me niego a que te separes de Lucas.

¿De Lucas, eh? Miro un instante al soldado que permanece junto a la puerta. Me acerco un poco más a él y bajo la voz.

—Puede que no estemos a salvo aquí, Joel.

—¿Eh?

—Sé por qué Gabriel insistía tanto en que no viniéramos. Pero da igual. No vamos a poder escapar de todos modos.

Joel baja la cabeza. Lucas empieza a jugar con mis dedos como si fueran muñecos. Durante un rato ninguno decimos nada. Solo escuchamos las risas del resto de niños.

—Si pudieras ayudar a proteger Madrid —le pregunto, al cabo de un rato—, ¿lo harías?

—Claro. —No lo duda ni un segundo—. Lo último que quiero es morirme.

—¿Aunque tuvieras que vender a un amigo?

Esta vez tarda un poco más.

—Si es necesario para salvar a mi hermano, o a ti... —Se en­coge de hombros—. Sí. Lo haría.

La respuesta me golpea más de lo que esperaba. Me tenías que decir que no. Agacho la cabeza. Lucas intenta ponerme uno de sus juguetes sobre la nariz y sonríe orgulloso. No puedo de­volverle la sonrisa.

—¿Por qué lo dices? —Joel me observa preocupado—. ¿Por qué estás tan rara? Pensaba que ibas a seguir sin hablarme.

Suelto un suspiro largo.

—Me he cansado de estar enfadada contigo. —Sonrío con tristeza—. No sé si podré perdonarte algún día. Pero por ahora me alegro de que estéis a salvo.

A salvo. La palabra se me queda enganchada en la cabeza. ¿A salvo de qué? Fuera hay monstruos que pueden matarnos y es­tamos bajo riesgo de ataque. Bajo la vista hacia Lucas. Lo úni­co que me queda son estos dos. Y hasta Joel me ha traicio­nado. Estoy… sola. Siempre he estado sola.

¿Para qué seguir sobreviviendo? ¿Para protegerlos? Eso solo es una excusa. Una perfecta para no pensar. Para no admitir que, cuando ellos ya no te necesiten… Volverás a quedarte sola.

Puede, pero aún puedo ser útil para algo más.

Sí, claro. Traicionando a Gabriel. Se me encoge el estómago.

Gabriel no es mi amigo. Me robó. Me mintió.

Me utilizó. Entonces… ¿Por qué duele tanto siquiera pensarlo?

No eres esa clase de persona. No traicionas a quien confía en ti. Aunque él sí lo hiciera.

—Oye, Erika. —La voz de Joel me saca de golpe de la espiral—. ¿Estás bien? Te has vuelto a quedar en babia.

Observo a Lucas una última vez. Después a Joel. No es la decisión que quiero. Es la única que puedo tomar. Dejo despa­cio a Lucas en el colchón.

—Sí, Joel. —Sonrío con una mezcla de tristeza y resignación—. Creo que ya sé lo que tengo que hacer.

Cuando cae la noche vuelvo a la sala de interrogatorios. Esta vez entro sin escolta. Sin esposas. Ortega ya me está esperando. Permanece sentada al otro lado de la mesa.

—¿Qué has decidido? —pregunta, en cuanto me siento en­frente—. ¿Vas a ayudarnos?

—Prométeme que los niños estarán a salvo, pase lo que pase.

—Por supuesto.

—Y que no le haréis daño a Gabriel.

—Haremos todo lo posible para que no sufra.

Respiro hondo.

—De acuerdo. Os ayudaré.