Capítulo 23
—Por eso queremos proponerte algo.
—No. —Las esposas tintinean al golpear la mesa—. Yo no soy como ella. No soy como ellos. No soy una asesina. No soy un monstruo.
—Yo no he dicho eso.
Mi pierna comienza a botar, otra vez. Me estoy golpeando con la mano a ver si para, sin soltar la mirada de la teniente. Aunque tengo asumido que no va a dejar de moverse.
—El SHD no es una enfermedad cualquiera —empieza a explicar—.
Creemos que se contagia por fluidos corporales o por vía área.
Al principio parece una anemia normal. Cansancio, mareos, debilidad...
Por eso, cuando tu padre enfermó, nadie pensó que fuera algo grave.
Pero conforme avanza, el organismo entra en un estado de carencia extrema.
Necesita sangre para seguir funcionando.
¿De qué está hablando? ¿Sangre? Si se comen el cuerpo entero.
—En la fase tres aparece lo peor. La necesidad de sangre es tan intensa que el cerebro deja de funcionar correctamente.
Pierden toda la capacidad de razonar y atacan a cualquier persona sana.
Los primeros pacientes tardan días o semanas en incubar el SHD, pero una vez en la fase tres, se transmite en minutos.
¿Por eso mi madre se volvió loca en cuestión de horas?
—Sin embargo, conforme van consumiendo más, van recuperando la cordura. Ahí empiezan a confundir cuerpos sanos con enfermos.
—Los caníbales —susurro.
—Llega un punto en el que pueden volver a la "normalidad" si consumen suficiente sangre. Es el caso de la mujer del museo y, probablemente, el de Gabriel. No sé si tú también lo eres.
—Pues claro que no. —Se me quiebra un poco la voz—. Yo no tengo nada que ver.
—¿Ah, no? —Levanta una ceja—. ¿Cómo explicas la fuerza para atravesarle el cuello a aquella mujer con una flecha? ¿O tumbar a Gabriel?
—Adrenalina.
—Ajá. ¿Y los ataques de hambre?
—Ansiedad. No me estoy tomando la medicación.
—¿Y los de ira?
Me encojo de hombros con una risa seca.
—Vale, sí, puede que necesite un psicólogo. Después de la peli en la que estamos sería raro no necesitarlo.
Suspira y se frota el puente de la nariz con dos dedos.
—¿Y el arañazo? Tu madre te arañó al principio de la infección. Clara te mordió después. Ambas infectadas. Y aquí sigues, sentada delante de mí.
—Por eso te digo que soy inmune.
Vuelve a suspirar. Esta vez va directa a la última hoja de mi carpeta.
—Este es el informe médico completo que te hicieron cuando te arrestaron.
—Empieza a leer—. «Paciente con presencia del Síndrome Hemático Degenerativo.
Alteraciones hematológicas compatibles con infección avanzada.
Sin signos de deterioro cognitivo, psicosis infecciosa ni pérdida de funciones superiores…
» —Levanta la vista—. En otras palabras… Estás infectada, pero no loca.
Cierra la carpeta a medias, con el dedo marcando la página.
—Tu cuerpo mantiene una especie de simbiosis constante con la enfermedad.
No lo elimina, pero tampoco deja que tome el control.
Es como si compartierais piso, ninguna de las dos puede echar a la otra.
Los infectados en fase cinco necesitan mucha sangre para mantener la cordura.
Tú, en cambio, necesitas comida. Por eso, cuando dejas de comer, empeoras. Y por eso cada vez necesitas comer más.
—Eso es una tontería. —Intento que suene firme, pero hasta a mí me suena a excusa—. Puede que coma más. ¿Y? Repito que no tengo mis pastillas.
—¿Segura? ¿No estás más tranquila desde que te has comido el bocadillo?
—Eso no tiene nada que ver.
—¿Te gustaría comerte otro ahora?
Me quedo callada un segundo.
—Por supuesto.
—Ahí tienes el síntoma.
Aparto la vista, con las manos apretadas contra el regazo, intentando que no me tiemblen. Tiene que haber otra explicación. Siempre la hay.
—Vale. —Trago saliva—. ¿Y por qué no me atacaban a mí, y a Gabriel sí?
Ortega tarda unos segundos en responder.
—Por lo que hemos podido deducir, Gabriel ha consumido tanta sangre que está más cerca de ser un humano sano que un enfermo. Los anémicos lo asocian con comida, por así decirlo. Tú, por el contrario, estás en una especie de limbo. Un híbrido. Con eso, no saben qué hacer.
Vienen a mi mente todas las veces que se me acercaron y se quedaron ahí, olisqueando, confundidos. El tuerto fue el único que me atacó de día, junto con esa mujer del museo. El resto solo de noche. El sol… cada vez me molestaba más, el hambre, las lagunas… Mierda, todo encaja.
Me da la risa. Una risa floja, histérica, de esas que no controlas antes de ponerse a llorar.
—Entonces, ¿qué soy? —Me limpio los ojos con el dorso de la mano, todavía esposada—. ¿Una casa con okupas? ¿Qué vais a hacer conmigo, eh? ¿Me vais a matar? ¿Torturarme? ¿O me vais a hacer lo mismo que a esas otras personas, Ortega?
—No tendrías que haber escuchado eso.
—Vais a deshaceros de mí, ¿verdad?
La teniente guarda silencio unos segundos antes de contestar.
—Esas personas eran… experimentos. —No parece orgullosa de decirlo—. Hace un tiempo capturamos a una serie de personas que acaban de infectarse y… bueno… Queríamos confirmar algunas hipótesis. Entre ellas, saber cuánta sangre necesita un anémico para evolucionar.
Espero que no diga lo que estoy pensando.
—Conseguimos que recuperaran parte de la conciencia, pero… al darse cuenta de… Murieron ese mismo día.
Está evitando mirarme, se fija en mi carpeta. Es cierto, yo no soy un monstruo, lo sois vosotros.
—Con eso llegamos a la conclusión de que la sangre los mantiene cuerdos. Y que si no la toman retroceden… y mueren. —Alza la vista—. Pero tu caso es peculiar. Tiendes a la irritabilidad y a la apatía cuando no comes.
Se me acelera el corazón. Las esposas tintinean contra la mesa otra vez, sin que pueda evitarlo.
—Si me vais a matar, por lo menos que no sea delante de los niños.
—No vamos a matarte, Erika.
¿Ah, no? Pues tengo todas las papeletas.
—Tu metabolismo es distinto al de cualquier otro infectado que hayamos estudiado.
Nos gustaría hacerte algunas pruebas. No invasivas —añade rápido, antes de que pueda protestar—.
Creemos que podrías ser clave para encontrar una cura.
También nos gustaría contar con tu apoyo para capturar un fase cinco. A poder ser lo antes posible.
—¿Y esas prisas? —pregunto, cruzando las piernas—. ¿Por qué es tan urgente?
—La ciudad está bajo alerta de ataque.
—Tch. No me digas que te crees esas teorías de que hay alguien atacando las zonas seguras.
—No es una teoría. Es un hecho. En Valencia hubo alguien que dejó entrar a los anémicos, y en varias capitales más. Toledo, entre ellas. Por eso hemos reforzado los controles de entrada. No nos podemos fiar de nadie ahora mismo.
—¿Entonces qué? ¿Quieres que me acerque a Gabriel para servirtelo en bandeja? —Se me escapa una risa amarga—. Està clar , necesitáis cobayas nuevas.
—No solo eso. Tiene información sobre los ataques.
—No creo.
—Por Dios, Erika, date cuenta. —Da un golpe con la palma sobre la mesa—. La mujer del museo te dijo que iba a Tarancón. Gabriel iba al mismo sitio. Hay una reunión de fase cinco prevista ahí. ¿De verdad no ves la relación?
—Iba a buscar a unos amigos, no ha…
Espera. Por eso insistía tanto en que no fuéramos a Madrid. Por eso estaba tan nervioso todo el rato. Por eso, cuando le dije que iríamos a Toledo, se puso tan contento. Ay, mare . No. No creo que sea eso… Él no…
—¿Qué quieres entonces? —susurro.
—Quiero que os quedéis aquí. Tú y los niños. Te prometo que estaréis a salvo, que tendréis comida todos los días. No te haremos ninguna prueba invasiva. Pero si conseguimos localizarlos, quiero que hables con Gabriel. Que lo convenzas de ponerse de nuestro lado.
No sé qué decir. Gabriel no es mi amigo, creo. Mínimo ya no le odio. Le guardo rencor, claro, pero usarlo así, entregarlo... algo dentro de mí se resiste.
Ortega deja escapar una breve exhalación y se pone en pie. Rodea la mesa. Se agacha junto a mí. Escucho el clic metálico de las esposas. Espera, me ha…
—Considéralo un gesto de buena fe. —Me froto las muñecas—. Puedes ir a ver a los niños. Pasear por la ciudad, si quieres. Tendrás escolta, por supuesto. —No la escucho; en mi cabeza solo oigo la canción Libre de Nino Bravo—. Quiero que vuelvas esta noche con una respuesta.
¿Eh? ¿Qué ha dicho? Se dirige hacia la puerta.
—Laura, espera. —Se gira—. ¿Y si… no soy capaz?
—Entonces Madrid está condenada —sentencia firme, marchándose.
Se va… me ha dejado solita en la sala de interrogatorios.
¿Qué acaba de pasar? ¿Me suelta y se pira?
Qué confianzas. Lo que pide yo no… ¿Cómo voy a hacer eso?
No soy una espía, soy una oficinista. ¿De verdad se piensa que puedo convencer a Gabriel?
¡Si apenas nos conocemos! Pide demasiado.
Yo no puedo, no puedo salvar a nadie. ¿Quieres usarme de ingrediente para tu vacuna?
Adelante, os dejo pinchar donde queráis.
Pero esto… significaría que Gabriel es más peligroso de lo que me pensaba, y menos idiota.
No, seguro que es otra víctima. En ese caso lo podría convencer…
pero ¿y si no? ¿Me mataría? A ver, me robó el coche sin remordimiento…
Mis muñecas están marcadas por el roce de las esposas. El arañazo que me hizo mi madre no está… estoy… enferma… Respira, no es tan malo. Al menos… no te has comido a nadie… Mis pobres periquitos… Ay, y los peces, puff. Paso, voy a salir a despejarme. Ya que me dejan.
Cruzo el pasillo acompañada por un soldado. Este tampoco ha tenido un buen día. Ya veo la salida. La luz del sol me golpea de lleno en la cara.
—Joder… —Me llevo una mano a la frente—. Cada día me cae peor el sol.