Capítulo 22
—¿En serio pensaste que eso iba a funcionar? —Ortega arquea una ceja.
—A veces me dan brotes de optimismo. —Me encojo de hombros—. Pensé que los lloriqueos de unos niños ablandarían vuestros fríos corazones.
La teniente deja escapar un suspiro largo. Después hace un pequeño gesto con la mano para que continúe.
Había estado en túneles antes. Ninguno como aquel.
Las escaleras descendían hacia una oscuridad tan densa que parecía tragarse la poca luz que llegaba desde la superficie.
El aire era frío, húmedo y olía a óxido, polvo y agua estancada.
Cada paso hacía resonar un eco que regresaba desde algún lugar imposible de calcular.
Lucas soltó un «ah» corto, nada más bajar. Ese sonido rebotó contra las paredes durante varios segundos, creciendo hasta cubrir todo el lugar. Noté cómo se me tensaba todo el cuerpo, apreté a Lucas en mi pecho sin darme cuenta. Joel se acercó tanto que noté su hombro temblando contra mi brazo.
Saqué la linterna de dinamo de la mochila. Un haz de luz triste iluminó apenas unos metros de vía. Solo se escuchaban nuestras pisadas, alguna gota cayendo desde el techo y el zumbido lejano del túnel. Entre eso y el clac, clac de la linterna, caminábamos con una banda sonora muy inquietante.
—¿Al menos sabías a dónde ibas? —pregunta la teniente.
—No tenía ni puñetera idea.
—¿Alguna vez habías montado en el metro?
—En Elche no hay metro. Y en el de Madrid creo que he subido un par de veces como mucho. Sabía que ese túnel tenía que conectar en algún punto con alguna estación dentro de la zona segura. ¿Cuál era? Ah. Sorpresa.
Tras unos minutos, Joel intentó hablarme.
—Erika. Yo...
—Ahora no. —No aparté la vista del túnel.
—Pero quiero hablarlo.
—Ahora no, Joel.
—Qui-quiero arreglarlo.
—Tenemos cosas más importantes.
Ni siquiera hacía falta girarme para imaginar la cara que llevaba.
Seguimos avanzando durante varios minutos hasta que apareció la primera estación.
Subí las escaleras casi corriendo. Durante un instante incluso pensé que habíamos tenido suerte.
Sin embargo, al llegar arriba me encontré un muro de hormigón reforzado, vigas metálicas soldadas y varias placas de acero bloqueando la salida.
—Nada. Está tapiada. Por aquí no se puede subir.
Seguimos avanzando por encima de las vías, con cuidado de no torcernos un tobillo con las traviesas. Nos encontramos con varias estaciones, todas cerradas.
—¿Te imaginas que ahora viniera el metro? —comentó Joel, al cabo de un rato—. Sería bastante gracioso, ¿no? Con todo lo que ha pasado, que nos atropellara un tren.
No contesté. Seguí con la vista en frente, vigilando que Lucas no se cayera.
—Aunque seguro que fue lo primero que pararon —siguió, sin que le respondiera—. Nunca he estado en el metro de Madrid. Me gusta más el de Valencia. Por lo menos está más limpio.
—Calla.
—¿Ahora tampoco puedo hablar?
—No. He escuchado algo.
Dejé de girar la dinamo. El túnel quedó completamente en silencio. Entonces volvió a escucharse. Un gruñido. Un sonido ronco, húmedo, animal. Cerca. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Avancé despacio unos metros, iluminando el túnel. La tenue luz alcanzó la siguiente estación.
Decenas de siluetas se movían entre los andenes. Algunas caminaban de un lado a otro. Otras golpeaban las paredes. Varias permanecían inmóviles, olisqueando el aire. Eran demasiados.
—Mierda...
Tuvimos que dar media vuelta y volver a la estación anterior.
No había forma de pasar por ahí sin que nos oyeran, o nos olieran, o lo que sea que los alerte.
El eco de los gruñidos nos siguió durante un buen trecho, cada vez más lejano, hasta que solo quedó el chirrido de mi linterna y el sonido de nuestra propia respiración.
—¿Y ahora qué… qué hacemos? —jadeó Joel, nada más llegar—. No podemos avanzar… Ni… tampoco podemos… quedarnos.
—Aquí —dijo Lucas, de repente, señalando el suelo con su dedito regordete.
No pude evitar soltar una risa por la nariz.
—Pues sí, peque. Nos vamos a tener que quedar aquí.
—No. ¿Y si vienen mientras dormimos? —protestó Joel—. No es seguro.
—Lo sé.
Permanecí unos segundos observando la oscuridad.
Entonces algo empezó a hacer clic dentro de mi cabeza.
Todas las estaciones por las que habíamos pasado estaban vacías.
Ni un solo anémico. Y, de repente, aparecía una estación abarrotada.
¿Por qué? Volví a mirar el túnel. Ellos no se estaban acercando. Seguían concentrados allí.
—Espera...
—¿Qué? —Joel me miró.
—Puede que allí haya una salida.
—¿Eh? ¿Cómo lo sabes?
—Si todos están concentrados justo ahí... es porque tienen algo que les interesa. Puede que esa estación no esté cerrada. —Sonreí un segundo antes de apartar la mirada de Joel—. Eso nos dejaría una vía de escape.
Joel se llevó una mano a la barbilla unos segundos, luego observó el túnel.
—No es mala teoría… pero da igual. ¿Cómo pasamos por en medio de todos esos?
—Esperaremos a que sea de día.
—No creo que tengan un reloj para saber que ha amanecido si no les llega la luz. Y dudo mucho que la linterna sirva de algo.
Los dos nos quedamos mirando el túnel, sin encontrar ninguna solución.
—¿A quién se le ocurre tener anémicos sueltos en los túneles? —le comento a la teniente—. ¿No podíais haberlos limpiado antes de cerrar el metro?
—Primero, en ningún momento pensamos que alguien sería tan insensato como para intentar entrar sabiendo que los habíamos clausurado. Y segundo... ¿Para qué íbamos a gastar recursos eliminándolos? En teoría nadie debía bajar.
—Bueno —suspiro—. Sigo.
Dormimos en esa estación vacía, turnándonos para vigilar, aunque no recuerdo haber dormido gran cosa. Por la mañana, me incorporé de golpe.
—Vale —le dije a Joel—. Tengo un plan. Quítate la ropa.
—¿Para? —bostezó.
—Esos bichos no se me acercan. Ahora es de día. Aunque aquí abajo no entre la luz, quizá podemos aprovecharnos.
—O quizá no.
—Ya. Bueno. ¿Se te ocurre algo mejor?
—Puff, ¿qué propones? ¿Vas a cruzar tú sola?
—No. Te vas a poner mi ropa. Debajo de la camiseta ponte a Lucas, pegado al cuerpo. Si oléis a mí a lo mejor también pasan de vosotros.
—¿Y tú te vas a quedar desnuda? —A Joel se le puso la cara colorada solo de pensarlo.
—No, en ropa interior.
—Pero...
—Estoy abierta a sugerencias, si tienes otro plan.
Eso no le hizo mucha gracia. Se acercó un poco al túnel, escuchó los gruñidos que venían de la oscuridad, y suspiró.
—Venga. Vale.
Dejamos la mochila en el suelo. Lo primero que hice fue quitarle la camiseta a Lucas.
—¿Por qué a él también?
—Por si acaso la tela confunde a los anémicos. Lo metemos todo en la mochila. A malas, si hace falta, la tiramos hacia otro lado para despistarlos.
—Cierto…
Le quité la ropa a Lucas hasta dejarlo solo en pañal, Joel se desnudó también. Los dos se quedaron ahí, en cueros, esperando. Luego le pasé mi camiseta, pero justo cuando me estaba bajando los pantalones Joel murmuró:
—Espera. —Me quedé congelada con los pantalones en los tobillos—. He escuchado algo.
Giré la cabeza. Al fondo, por el túnel contrario al que estaban los anémicos, apareció un pequeño punto blanco. Durante un segundo pensé que me lo estaba imaginando. La luz aumentaba poco a poco. Cada vez era más intensa.
—Veo una luz al final del túnel —susurró Joel, abrazando a Lucas.
—Ambos nos giramos hacia allí… y PUM. Aparecisteis vosotros —le explico a la teniente, sin poder evitar reírme.
—Los mejores actores de la obra —ironiza Ortega.
—Sí, bueno. Pedazo susto que nos disteis.
La luz terminó iluminando las paredes del túnel.
—¡Vosotros! —gritó alguien, apuntándonos con una linterna mucho mejor que la mía—. ¿Qué hacéis ahí? ¡Manos arriba!
Obviamente le hicimos caso, más o menos. Ahí estábamos los tres, desnuditos, en mitad del metro de Madrid, con las manos en alto.
—Me gustaría saber cómo nos pillasteis tan rápido.
—Os vimos a través de las cámaras del metro.
—Ah… Claro… Supuse que estarían apagadas. Fallo mío. Aunque, técnicamente, mi plan funcionó. Entramos a Madrid. Para que luego digas que soy demasiado optimista.
La teniente deja escapar una sonrisa casi imperceptible.
—Tras el arresto, hicimos todo el papeleo, me dejasteis ducharme, cosa que agradezco muchísimo, y aquí estamos.
—Una historia interesante —comenta la teniente, empezando a recoger los papeles de la mesa.
—Bueno, pues dime. —Apoyo los codos sobre la mesa—. ¿Cuál es tu veredicto?
—¿Mi veredicto? —Se detiene—. ¿A qué te refieres?
—¿No querías saber si era una terrorista? ¿Ves cómo no? Desde el principio nuestra única motivación es estar a salvo. Y no tengo relación alguna con esos "amiguitos" que decías. ¿Me soltáis ya?
—No es tan sencillo, Erika —suspira, dejando de recoger.
—¿Eh? ¿Por qué no? He sido sincera contigo. Y si hay algo que no te cuadra, ahí tienes la declaración del crío para comprobarlo. ¿O tampoco te fías de él?
—No es eso. Es... complicado.
—Yo no le veo ninguna complicación.
—Los niños pueden quedarse. Les buscaremos un hogar, los pondremos bajo protección de menores, los ayudaremos en todo lo posible. Pero tú...
—Si tengo que irme, me iré —la corto con una sonrisa—. No pasa nada. Solo te pediría un par de mochilas con comida antes de echarme. Ya sabes… para no atracar a nadie.
—No es eso, Erika.
Se queda mirándome un momento. Si se está pensando tanto si decírmelo, bueno no será.
—Estás infectada.
Una risa nerviosa se me escapa sola.
—No estoy infectada, teniente. Ya te lo dije. Soy inmune. Como mucho, asintomática.
—No, Erika. Estás infectada. Tienes el SHD. No eres inmune, ni asintomática. Tienes todos los síntomas. Lo que pasa es que en ti se manifiesta distinto.
—Distinto… —Noto que se me acelera el pulso—. Claro. Porque no…
—Por eso queremos proponerte algo —me corta, clavando esos ojos marrones en mí.