Locos por la sangre Capítulo 21
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Capítulo 21

—Entonces, desde ahí bajasteis hasta Madrid —deduce la te­niente mientras entrelaza las manos sobre la mesa—. Lo que no entiendo es cómo acabasteis desnudos en el metro.

—Sí, no, si la bajada fue… sencilla. Pero hubo un pequeño problema.

—¿Un problema? —Ortega arquea una ceja—. ¿Os atacaron o algo?

—No, no. —Suelto una risa corta—. Ojalá hubiese sido eso.

Desde Chinchón hasta Madrid apenas encontramos resis­tencia. A esas alturas ya conocíamos el horario de los anémicos casi mejor que el de los autobuses antes del brote, así que avanzábamos durante las primeras horas del día. Fue al coronar una pequeña colina cuando lo vimos. Torrespaña.

—¡Erika! ¡Mira! —gritó Joel señalándolas con una enorme sonrisa—. ¡Ya se ve Madrid!

Sentí cómo Lucas empezaba a removerse entre mis brazos.

—¡Ta! ¡Ta! —balbuceó dando pequeños saltitos de emoción mientras intentaba señalar también hacia delante.

No pude evitar sonreír. Después de tantas semanas cami­nando, por fin parecía que habíamos llegado.

No había colum­nas de humo. No se escuchaban explosiones.

Desde aquella distancia la ciudad parecía...

intacta. Solo quedaba encontrar la zona segura.

Y, sin embargo… Había algo que seguía clavándose en mí cabeza.

—¿A qué te refieres? —La teniente frunce el ceño.

Siempre pensé que Joel era un niño demasiado listo para su edad. Había tenido que crecer de golpe y cargar con una res­ponsabilidad que ningún crío debería soportar. En algún mo­mento empecé a notar que algo no cuadraba.

—Mira, mira, Erika, ya se ven mejor las torres —sonrió mientras revolvía el pelo de Lucas—. Ya casi estamos. Qué bien, ¿no?

Lucas soltó una carcajada y trató de agarrarle un dedo. Du­rante unos segundos volví a ver al Joel que debería haber co­nocido desde el principio. No era el niño que intentaba com­portarse como un adulto. Solo un chaval ilusionado.

—Ya queda menos. —Le devolví la sonrisa.

Empezamos a caminar por las afueras. Las calles estaban plagadas de anémicos a la sombra, observándonos. Una nueva normalidad a la que nunca me podré acostumbrar.

—Joel. ¿Sabías que Mari no soporta los mejillones? —co­menté de pronto, tras pasar un par de manzanas vacías.

—¿Eso a qué viene ahora? —Se paró en seco.

—No sé… Me acabo de acordar. —Él pasó por mi lado sin es­perar a que terminara—. Es curioso.

—¿El qué?

—Cuando sacamos las latas de su mochila, había muchas de mejillones. Y ella los detesta. ¿No te parece… extraño?

—Lo extraño es que saques ese tema justo ahora. —No se dignó a mirarme—. Sé que lo de tus amigos te dolió. Pero lo mejor que podemos hacer por ellos es llegar al refugio. Estar a salvo.

—Sí, sí. Tienes razón. —Seguí caminando a su lado—. Aunque hay otra cosa que tampoco me cuadra.

Joel dejó escapar un suspiro, sin dejar de andar.

—Gabriel me dijo que estaba esperando que yo fuera a sal­varlo.

—Ese tío no tiene vergüenza —bufó, acelerando el paso.

—Ya, bueno. También dijo que tú le habías dicho que yo iría a buscarlo. Y sin embargo, yo recuerdo que te dejó tirado, ¿ver­dad? Así que me resulta un poco extraña la reacción de Gabriel, ¿no crees?

Joel tardó unos segundos en contestar.

—A lo mejor lo entendió mal. O yo lo malinterpreté. ¿Qué más da? Ya no está aquí. Estamos a punto de llegar. Vamos. Deberíamos darnos prisa. —Me miró de reojo—. Si no puedes correr más, dame la mochila. O a Lucas.

—No hace falta. Yo puedo con todo.

Continuamos caminando unos metros en silencio.

—También es raro que te pillara trasteando las mochilas —añadí sin apartar la vista de la carretera—. Y nunca me expli­caste qué hacías.

—Eso ahora no importa.

—Ya... aunque, si me pongo a pensar, la única persona que estaba junto a las mochilas cuando ocurrió lo de mis amigos… eras tú.

Joel dejó de andar. El ruido del viento moviendo las cajas por la acera era el único que se escuchaba. Se giró hacia mí. Esos ojos, Dios, esa no era la mirada de un chaval de trece años.

—¿Qué estás insinuando, Erika? —Su voz sonó fría y distante.

—Nada, nada… Yo solo comento. —Sostuve su mirada unos segundos antes de continuar andando—. Aunque tienes razón. Habrá que seguir para estar a salvo.

Joel apretó la mandíbula y aceleró el paso. Al poco tiempo llegamos a una intersección.

—Vamos por la derecha —propuso él.

Me quedé mirando ambos caminos durante unos segundos.

—No. Por la izquierda.

—¿Por? —Se giró hacia mí—. ¿Has oído algo?

—No. Soy más de izquierdas.

Joel suspiró, pero no discutió, solo me siguió. Cinco minutos después apareció otra bifurcación.

—Creo que será mejor ir a la izquierda otra vez, veo menos anémicos.

—Nah. —Señalé el otro camino—. Por aquí.

—¿Por qué?

—Soy más de derechas.

Volvió a apretar la mandíbula. Seguí así un par de veces más.

—¿Te gusta tocarles las narices a los niños? —me corta la te­niente.

—No. Puede. Estaba intentando ver cuánto tardaba en per­der los nervios.

No aguantó mucho, la verdad. A la cuarta o quinta intersec­ción en la que le puse pegas sin sentido, se cabreó.

—¡Erika! —Se paró en seco—. Deja de joder. Como sigamos dando vueltas en círculos, no vamos a llegar a la zona segura antes de que anochezca. Y cuando oscurezca todos esos anémi­cos dejarán de esconderse.

—Lo sé.

—¿Y te da igual? —Su voz subió un tono—. ¿Ahora ya no te importamos?

—Claro que me importáis. —Miré un instante a Lucas, que seguía dormitando sobre mi hombro—.

Me importas tú. Me importa este renacuajo.

—Volví a mirar a Joel—. Y también me importaban mis amigos.

—Entrecerré los ojos—. Los mismos que murieron después de una absurda discusión… sobre unas latas en sus mochilas.

El color desapareció del rostro de Joel.

—Yo-yo no tengo nada que ver. Ellos fueron los que te trai­cionaron, Erika. No me acuses sin tener pruebas.

—¿Pruebas? —Comencé a rodearlo despacio, sin dejar de caminar—.

Vale. ¿Quién era el que siempre se quedaba vigilan­do las mochilas?

¿Quién era el que se quedaba solo con ellas mientras los demás hablábamos?

¿Quién se quedaba esperando fuera cada vez que yo buscaba comida?

—Le sostuve la mirada. Intentó defenderse, no le dejé—.

Puede que sean paranoias mías. No sería la primera vez.

Pero… ¿por qué querías abando­nar a Gabriel?

—Vi cómo desviaba la vista apenas un instante—.

Nos estaba ayudando. Nos ahorró un día entero de camino. ¿Por qué querías deshacerte de él?

Joel levantó la cabeza de golpe.

—¿Vas a creer antes la palabra de un anémico que la mía? —Su voz tembló—. ¿La de un ladrón? ¿La de un criminal? —Apretó los puños—. Yo soy tu amigo, Erika.

Me acerqué despacio, acaricié sus mejillas y le obligué a mi­rarme.

—Sí. Eres mi amigo, Joel. Por eso te lo estoy preguntando —le advertí mientras le arreglaba los rizos—. ¿Tuviste algo que ver con la muerte de mis amigos?

Joel abrió la boca, sin embargo, no salió ningún sonido. Apartó la mirada.

—Eso pensaba.

Lo dejé atrás y seguí caminando.

—Erika... espera. ¡Erika! —Apreté el paso—. No era eso... Solo quería...

—Me da igual. —Me giré de golpe—. Desde que Clara… Pero esto… ¿a santo de qué, Joel?

Sus ojos se humedecieron; siempre contenía las lágrimas delante de mí para no preocuparme. No pude; eso solo me en­cendió más.

—Por tu culpa han muerto personas.

—Yo…

—Y Gabriel también podría haber muerto. Solo porque deci­diste que sobraba.

—No fue así...

—Ni siquiera te arrepientes, ¿verdad?

Joel bajó la cabeza.

—Para mí eran desconocidos —susurró—. Nos estaban re­trasando.

—Eran personas. —Señalé hacia los anémicos que se veían a lo lejos, entre los edificios—. ¿Ves toda esa gente?

Él asintió muy despacio.

—Ellos ya no tienen salvación. —Mi garganta se cerró—. Mis padres tampoco. María, Andrea, Miguel, Rubén, ellos sí podían haberse salvado. Gabriel todavía puede salvarse. Pero tú… Tú querías deshacerte de ellos. —No me respondió—. Os llevaré a Madrid. Y luego me marcharé.

—¡¡No!! —Dejó de contener sus lágrimas—. ¡Por favor, no! No nos abandones, tú también no. Lo-lo hice por ti, por noso­tros, para sobrevivir.

Aquellas palabras me hicieron más daño que cualquier otra.

—No necesitaba tu ayuda.

—Sí… porque tú también estás enferma.

El mundo pareció detenerse en esas palabras.

—Yo no estoy infectada.

—A mí no me engañas. —Su voz sonaba rota, pero firme—.

Aunque ahora estés mejor, te he visto. Cuando te quedabas mi­rando hacia la nada y daba igual lo que te dijera, no reacciona­bas.

Tus brotes de ira, los ataques de hambre, lo sé todo…

hasta lo que no recuerdas. —Guardé silencio—.

Sé que eres peligrosa, pero también buena.

Solté una carcajada sin humor.

—¿Buena? ¿Yo? ¿Desde cuándo?

—Nunca has dejado de protegernos —sollozó—. Seguro que pensaste en dejarnos, y aun así nos ayudaste. Hemos llegado hasta aquí gracias a ti. —Se limpió las lágrimas con la manga—. No podía permitir que te pasara algo. Por eso yo…

—No necesito tu ayuda —Me di la vuelta y seguí caminando.

—Me sorprende que llegaras a discutir de esa manera con él —comenta Ortega, con una media sonrisa que no me hace nin­guna gracia.

Permanezco unos segundos en silencio.

—A mí también. Supongo que no esperaba que me lo confir­mara. —Bajo la vista hacia mis manos—. Han pasado apenas un par de días desde entonces. Y sigo sin asimilarlo.

No volvimos a dirigirnos la palabra hasta que empecé a es­cuchar un murmullo. Fuimos acercándonos, procurando no hacer demasiado ruido. Cada paso hacía que las voces fueran más claras. Al doblar una esquina lo entendí todo. La entrada. O, mejor dicho… la cola para intentar entrar.

Pedazo de cola, parecía que ahí regalasen algo. Cientos de personas esperaban pacientemente bajo el sol formando una fila que parecía no tener fin.

Había familias enteras cargando maletas, ancianos apoyados sobre carros de la compra y niños dormidos sobre cajas de car­tón. Llevaban mochilas, bolsas, mantas, todo cuanto habían lo­grado salvar. Sus rostros reflejaban el mismo optimismo que yo al ver mi cuenta bancaria a final de mes.

Sin embargo, aquello no fue lo que más me llamó la atención. Habían montado un control tremendo. Militares armados vigi­laban cada acceso mientras varios sanitarios examinaban uno por uno a los supervivientes.

—¿Te sorprende? —me interrumpe la teniente—. No dejamos entrar a cualquiera.

—Ya, eso me lo esperaba. Lo que no era que les sacaran san­gre, que les tomaran la temperatura... Desde donde estaba vi que les hacían demasiadas pruebas.

Ahí pensé: «Vale, ni de coña me dejan pasar». Por lo que agarré la muñeca de Joel y lo conduje hasta el final de la cola.

—Erika, ¿qué haces? —Se dejó arrastrar, confundido.

—Esperaremos aquí hasta que os toque.

—¿Qué?

—Cuando os hagan las pruebas entraréis, vosotros.

—No. —Su respiración empezó a acelerarse—. No tienes por qué hacer eso. Por favor, Erika, no. Entra con nosotros. Seguro que pasas esas pruebas. No estás...

—¿Qué? —Le sostuve la mirada—. ¿Que no estoy qué?

El niño guardó silencio.

—Tú mismo lo dijiste, ¿no? —Me encogí de hombros—. Me pegarán un tiro en la cabeza en cuanto entre. No pienso arries­garme. Así que cuando estéis dentro, me piro.

Lucas comenzó a removerse contra mi pecho, mirándome. Apoyó su cabecita en mi hombro extendiendo sus manos en lo que intuí que era un abrazo.

—¡Eri...! ¡Eri!

Eso hizo que varios de los que estaban cerca se giraran a mi­rarnos. Empezaron a murmurar cosas del tipo «pobrecitos», «seguro que han perdido a sus padres», «qué raro que vayan solos».

—Tranquilo, peque —le susurré, forzando una sonrisa—. No me voy a ir… todavía.

El tiempo empezó a pasar. Una hora. Dos. La cola apenas avanzaba.

—Erika, cálmate —dijo Joel, cuando por fin dimos un paso.

—Estoy muy calmada.

—Te está dando el tic de la pierna otra vez.

—Eso no tiene nada que ver.

Me froté las manos contra el pantalón, intentando que deja­ra de temblar, sin éxito.

—No vamos a entrar antes de que anochezca —insistió Joel, intercambiando la vista entre la cola y el sol—. Y si nos pilla aquí fuera...

—Tendrán que habilitar alguna zona de espera, ¿no? No pueden dejar a toda esta gente fuera, sin más.

—Ojalá. —La señora que estaba delante de nosotros soltó una risa seca—. No les importamos. —Señaló varios edificios cerca­nos—. Los militares nos han dicho que nos refugiemos ahí has­ta el día siguiente.

—¿Son seguros? —preguntó Joel.

La mujer soltó otra risa amarga.

—Se supone que están "limpios". Pero ayer vi a uno de esos monstruos entrar en el bloque donde dormíamos. Por eso hoy hay tanta cola. La gente está desesperada por entrar. Cada día hay más de esas cosas en la ciudad y menos sitios donde escon­dernos.

El resto de las personas de la fila asintieron tras sus palabras. Estaba claro que llevaban días esperando.

—¿Ves? —me susurró Joel—. Hay que buscar otra manera de entrar.

No quería darle la razón. De verdad que no. Pero la cola se­guía sin moverse. Y el sol continuaba descendiendo. Dado que la base estaba en el centro, tuve una idea.

—Vale. Ven.

Lo cogí otra vez de la mano y nos acercamos a la boca de metro más cercana que vi.

—Si no podemos entrar por la puerta principal… —Sonreí de medio lado—. Probaremos por la de atrás.

—¿No crees que habrán cerrado los túneles? Si no, se cola­ría la gente.

—Puede ser.

—Entonces...

—Aunque estén cerrados, seguro que habrá soldados vigi­lándolos. —Empecé a caminar hacia las escaleras—. Les expli­caremos el panorama, tú les lloras un poco, ponemos a Lucas para que haga ojitos y seguro que nos dejan pasar.

—No lo veo, Erika...

—¿Tienes un plan mejor? —Me temblaban las manos—. Es eso, o esperar en la cola del paro a que nos coman. Tú verás.

Joel miró de reojo la masa de gente de la fila. Soltó un sus­piro amargo, dándose por vencido.

—Venga, va, vale. Bajemos al metro.