Capítulo 20
La segunda noche ocurrió algo parecido. Después de cenar, Joel se acercó a mí.
—Hoy quiero que duermas con nosotros —sentenció, poniendo a Lucas entre nosotros para convencerme.
Miré la tienda. Aunque habíamos intentado limpiarla con el agua que encontramos durante el camino… Seguía oliendo fatal. El agua estaba estancada y aquello había dejado un olor todavía peor.
— No puc .
—No —protestó Joel—. Si te quedas hablando con él no vas a dormir nada y mañana no estarás atenta. Nos pueden atacar. Tienes que estar alerta por si aparece algo.
Razón no le faltaba. Intercambié una mirada con Gabriel.
—Si quieres, puedo dormir yo en la tienda con el peque —propuso—. No me importa que esté sucia.
—¡NO! —los dos nos giramos hacia Joel. Su respiración se aceleró—. Ni se te ocurra tocar a mi hermano.
—Tranquilo, Joel. —Me acerqué despacio—. Dormid vosotros. Luego iré yo.
No pareció convencerle, pero no dijo nada más. Esa noche volví a dormir afuera.
Bajo el sol del mediodía, llegamos a una pradera plagada de anémicos. Buscamos otras rutas; para mi desgracia esa era la zona menos abarrotada.
—Vamos a jugárnosla.
—¿Cómo? —Gabriel me miró como si me hubiera vuelto loca—. ¿Quieres pasar por el medio de todos esos?
—Sí, claro. No creo que nos hagan nada. Y si Joel se queda entre nosotros dos, no le pasará nada a él.
—¿De dónde te sacas eso?
—¿A ti te atacan los anémicos?
—¡Pues claro que me atacan! ¿Por qué no iban a hacerlo?
Nos quedamos los dos mirándonos, sin saber muy bien qué hacer con esa información.
—Otra idea —dijo Joel, de repente—. Que Erika vaya primero hacia esa pinada, con Lucas, a ver si los puedes distraer. Luego Gabriel y yo los rodeamos.
El plan era simple, factible además. Ahora bien… ¿Por qué Joel querría quedarse con Gabriel si no lo soporta? Raro, ¿no crees? Aunque, como siempre, pasé de mi instinto. Tampoco teníamos un plan mejor.
Me adelanté con Lucas. Esto no se lo cuentes a Joel. Rubén tenía razón, no reaccionan al ruido, por lo que hacer que se movieran era complicado. Menos mal que tenía el cebo perfecto.
—No me digas que usaste al bebé. —Ortega se tapa la cara con la mano.
—Nah, no fue para tanto. Lo dejaba en un sitio y cuando se movían hacia él lo apartaba. Ninguno le hizo daño al pequeñín.
—Debería encerrarte por tentativa de homicidio y abandono peligroso de menores.
—Ay, teniente, ambas sabemos que quieres que te cuente más —le contesto con una gran sonrisa.
Cuando ya estaban lo bastante alejados, les hice la señal para que pasaran. En cuanto empezaron a correr la marea blanca se les echó encima. Los árboles apenas me permitían verlos bien. Al cabo de un rato, solo volvió Joel.
—¿Dónde está Gabriel?
—Ha salido huyendo hacia el otro lado. Quería usarme de cebo para poder pasar. Pero le han seguido a él.
Eso no tenía sentido. Si… si no paraba de decir que nos ayudaría…, pensé. Otra vez me confié.
—Toma a Lucas. Voy a por él.
—¿Eh? ¡No! —Me cogió del brazo—. Ya es mayorcito. Sabrá apañárselas.
—No pienso abandonarlo.
—¡Es peligroso! —Joel respiraba cada vez más deprisa—. Es… es igual que aquella mujer.
—¿Có-cómo sabes eso?
—Os escuché. A mí no me engaña. Deberíamos dejarlo ahí.
Un calor ascendió desde mi estómago.
—¿Por qué? ¿Qué manía te ha entrado con Gabriel? ¿Qué te ha hecho para que le tengas tanta tirria? ¿Por qué eres así de repente, Joel?
No esperé su respuesta. Le dejé a Lucas y fui a por Gabriel. El pobre huía desesperado, esquivando a los anémicos tras él. Antes de que lo alcanzaran, corrí hacia él y lo rodeé con mis brazos.
—Erika, ¿qué…?
—Shh…
Los anémicos llegaron hasta nosotros. Estábamos rodeados. Uno olisqueó tan cerca de mi cuello que noté su respiración. No nos movimos hasta que se marcharon. Tras unos minutos, Gabriel seguía pegado a mí. Me abrazaba con tanta fuerza que casi no podía respirar.
—Oye, ya me puedes soltar. Ya se han ido.
—No, no, yo sigo viendo alguno por ahí. Deberíamos quedarnos así un poco más.
—No veo ninguno. Suéltame.
Muy despacio aflojó el abrazo y pude apartarlo.
—Al final ha salido bien el plan del chaval —jadeó mientras volvíamos con Joel.
—¿Qué plan?
—Me dijo que los distrajera. Así él podía ir a avisarte, como es más rápido, y luego venías a rescatarme.
—Se secó el sudor de la frente—. No tenía muy claro cómo lo ibas a hacer, pero uff, gràcies.
—¿De qué estaba hablando?— Ese crío confía mucho en ti, ¿sabes? Aunque.. ¿por qué no nos han matado?
No le respondí, solo le sonreí. Una sonrisa cálida que aguardaba un pozo de sospechas. Cuando ambos se encontraron, ninguno comentó nada al respecto, yo tampoco, sin embargo, ese malestar se me clavaba en la cabeza igual que una migraña.
Aquella noche fue la tercera que pasamos con Gabriel. Ya estábamos muy cerca de Chinchón. Si todo salía bien, al día siguiente llegaríamos allí y, desde ese punto, Madrid quedaba a menos de un día de camino.
Después de cenar, Joel se llevó a Lucas a la tienda. Como de costumbre, Gabriel y yo nos quedamos junto al fuego. Cenamos uno al lado del otro. Durante un buen rato ninguno habló. Solo escuchábamos el crepitar de la leña. Hasta que fue él quien rompió el silencio.
—Erika… —Levanté la vista—. Creo que mañana me iré.
—¿Por qué?
—No puedo seguir con vosotros. Debo… —Agachó la mirada—. Ya casi habéis llegado… No puedo convencerte de ir a Toledo, ¿verdad?
—Sigues con eso —suspiré, terminando una de las pocas bolsas de patatas que quedaban.
—Sí.
—¿Qué pasa en Madrid? —Le levanté el rostro, obligándolo a mirarme a los ojos—. Dímelo.
— No puc —me apartó la mano.
—¿Por qué?
—Si te lo cuento… Te pondría en peligro. Solo… confía en mí.
—¿Pretendes que confíe en ti? —resoplé—. Me gustaría pensar que estás siendo sincero, pero… no puedo perdonar lo que me hiciste.
—Lo entiendo. —Su respiración se aceleró—. De verdad que lo entiendo. Pero… por favor, hazme caso esta vez. Si vas a Madrid… yo no…
Se quedó mirándome con esa cara de cachorro abandonado que llevaba poniéndome desde que nos reencontramos, la que siempre acababa convenciéndome.
—Vale… Iremos a Toledo.
—¿En serio? —Su rostro se iluminó al instante, hasta parecía haber recuperado algo de color.
—Tampoco está tan lejos, ¿no?
—Solo un par de días más —sonrió él.
Aquello pareció hacerle tanta ilusión que se levantó de golpe. Antes de que pudiera reaccionar, me rodeó con los brazos.
—¡Gracias!
Me quedé rígida, tenía tanta fuerza que casi me ahoga.
—Gabriel… —jadeé, golpeándole el brazo.
Se separó apenas unos centímetros, lo justo para que pudiera respirar. Durante una décima de segundo, juraría que iba a besarme.
—Ni se te ocurra. —Le di un manotazo que lo desequilibró.
Gabriel dio dos pasos hacia atrás intentando recuperar el equilibrio.
—¡Ay! —Se llevó una mano a la mejilla—. Qué bruta eres.
—Y da gracias de que solo haya sido eso.
—Che, había que intentarlo —Se frotó la cara mientras sonreía.
Por la mañana recogimos el campamento. No tardamos demasiado.
—Bueno… —Se pasó una mano por la nuca—. Pues me voy para Tarancón.
—¿Seguro que tienes que ir justo ahí?
—Sí… He quedado allí con unos amigos, a ver si siguen vivos. Luego ya iré para Madrid.
—Vale. Pues ten mucho cuidado por esa zona, ¿eh? Es que nos han contado cosas que...
Joel me dio un codazo disimulado antes de que terminara la frase.
—¿Qué pasa? —Gabriel sonrió—. ¿Estás preocupada por mí, preciosa?
—No te pongas así, que me van a entrar ganas de que te coma uno de esos anémicos.
Gabriel soltó una carcajada.
—Uy, yo esperaba que me comiera otra cosa. Pero bueno…
—Anda, vete ya de una vez. —No pude evitar reírme.
—¿Me vas a despedir así? ¿Ni un bon viatge , ni un besito de despedida?
—Buen viaje, Gabriel —dije, lo más fría y sarcástica que pude—. Espero que nos volvamos a ver.
Eso le sacó una sonrisa. Luego se agachó para despedirse de Lucas y le acarició el moflete.
— Adeu , pequeñín. —Se giró hacia Joel—. Adiós, mocoso.
—Piérdete.
Gabriel soltó una última sonrisa resignada, nos dedicó un pequeño gesto con la mano y echó a andar por el camino. Se volvió varias veces, sonriendo cada vez que nos veía.
—¿De verdad vamos a ir a Toledo? —me preguntó Joel, en cuanto lo perdimos de vista.
—No me gusta que me espíes.
—No te iba a dejar a solas con ese.
—No. Seguiremos nuestro plan.
Joel me miró sorprendido.
—¿Entonces por qué le has dicho...?
—Quiero saber por qué insistía tanto. —Apreté un poco la manita de Lucas—. Y la única forma de averiguarlo… es ir a Madrid.