Locos por la sangre Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

Solo se escucha el pitido constante del monitor que vigila el pulso de Laura.

Se me cierra la garganta de golpe. No, no puede ser verdad.

Caigo al suelo. Me cuesta respirar. Mi pecho sube y baja sin control.

No consigo llenar los pulmones. Otra vez no.

Intento tragar saliva. No puedo. Las manos empiezan a tem­blarme.

No mires a nadie. Respira. Respira. No entra aire.

Las paredes parecen acercarse poco a poco.

Las voces empiezan a sonar lejanas. No… debe… debe ser un error. No puede…

—Erika.

Levanto la vista. Gabriel está delante de mí. ¿Cuándo se ha acercado? Me coge una mano entre las suyas. Están frías. Sus ojos vítreos me buscan con una fijeza desesperada.

—Sopla —me dice con voz suave—. Tranquila. Sopla.

Soplo. Una vez, dos veces, con el pecho todavía demasiado apretado, hasta que el aire empieza a entrar otra vez. Las lágri­mas empiezan a caer solas.

—Me... me habéis mentido… —Se me quiebra la voz—. Me dijisteis que podíais ayudarnos… que podíais salvarnos. —Miro a los tres—. Que podríamos curarnos. Pero no. Lo único que queréis es nuestra sangre. Para curaros vosotros.

Laura baja la mirada, incapaz de sostener la mía.

—Erika… —suspira con dolor—. Lo siento. De verdad creía que podríamos salvaros a todos.

Sus ojos reflejan la misma decepción que siento yo. No esta­ba mintiendo.

—¿No hay ninguna manera de curarles? —interviene Julia.

—Hasta que no hagamos más pruebas, no lo sabremos con certeza. Pero, siendo realistas... las posibilidades son muy bajas.

Aprieto los puños y me levanto de golpe.

—Espera. ¿Qué pasa con Gabriel? ¿Y con los otros fase cinco? Si no consumen sangre sana, retroceden y mueren. ¿Vuestra solución es dejarlos encerrados en una jaula hasta que se mue­ran de hambre?

—Por eso necesitamos hacer las pruebas cuanto antes —zanja el doctor.

Gabriel da un paso al frente, despertando en parte. Sus ojos se aclaran conforme se acerca al comandante.

—Nunca os hemos importado —les echa en cara, con la voz áspera—. Sois peores que Esteban. Al menos él no nos da falsas esperanzas de volver a ser normales.

El comandante no se achanta y se acerca a nosotros. Su ex­presión es mucho más seria que de costumbre.

—Este país está en deuda con vosotros. Por eso, haremos todo lo que esté en nuestra mano para manteneros con vida el mayor tiempo posible.

—Me mira directamente—. Aunque ten­gamos que racionar la comida entre todos los demás, te lo juro por mi familia, que está viva gracias a ti, en esos búnkeres: re­cibirás toda la comida que llegue.

Toda. Si tengo que pasar hambre yo, la pasaré.

Pero no voy a dejar que tú mueras después de lo que has hecho por nosotros.

No sé dónde mirar. Esto es muy incómodo.

—Tampoco hace falta ponerse tan dramático… —Me seco las lágrimas—. ¿Y Gabriel? ¿Qué pasa con él?

—Podría alimentarse a base de transfusiones —interviene el doctor—. Pero necesitamos voluntarios y la mayoría iría para ayudar a los heridos tras el ataque.

Claro, es lógico salvar a los soldados primero. Al fin y al cabo, Gabriel es uno de los causantes del ataque. Un momento, a mí el SHD ya no me afecta. Y si me van a alimentar, no creo que haya problema.

—Cómeme —le ordeno a Gabriel, mirándolo a los ojos.

Se hace un silencio bastante incómodo. Creo que Gabriel me ha malinterpretado, se ha puesto rojo de repente.

—Es una posibilidad —asiente el doctor, al cabo de un mo­mento, sin mucho entusiasmo—.

Tu sangre está, digamos, me­dio sana. Podría funcionar.

Pero no sabemos cuánto tiempo podrías sostener eso.

Y regenerar tu cuerpo constantemente para compensar la sangre perdida podría acelerar tu propia enfermedad, Erika.

—Me da igual. Ya tengo asumido que acabaré en un manico­mio.

Eso saca una risa a los presentes. Gabriel da un paso hacia mí. Tiene los ojos empañados.

—¿Qué? No, no, no llores. ¿Po-por qué lloras?

—Porque... —sonríe entre lágrimas—. Si tú vas a cuidar de mí… —Aprieta mi mano—. Yo prometo cuidarte para siempre.

No, por Dios; nunca me han gustado los perros.

—Me da que aquí hay boda —susurra Julia, con un tono pí­caro.

Empujo suavemente a Gabriel justo cuando parece dispuesto a abrazarme. Él se queda a medio camino con una cara de pena que da hasta lástima.

—No saques conclusiones. —Aparto la mirada disimulando el ardor en las mejillas.

La puerta se abre de golpe. Un soldado acaba de entrar co­rriendo.

—¡Mi comandante! —jadea, haciendo el saludo militar—. Todos los civiles ya han abandonado los búnkeres. No ha habi­do ninguna baja entre la población civil.

Creo que todos hemos suspirado al mismo tiempo.

¡Qué buena noticia! Tras oír eso, salgo corriendo.

Debo comprobar que ellos están bien. Noto los pasos pesados de Gabriel si­guiéndome a dos metros.

Cruzamos pasillos, bajamos rampas de hormigón y sorteamos literas hasta alcanzar la en­trada principal de los refugios.

Al entrar, nuestros ojos se encuentran. Joel empieza a correr. Va tan deprisa que incluso deja a Lucas de pie en mitad del pa­sillo. Cuando llega hasta mí, me abraza con tanta fuerza que casi me deja sin aire. Es la primera vez que lo hace. Y creo que nin­guno de los dos quiere soltarse.

Un segundo después noto dos bracitos rodeándome la pier­na. Bajo la vista. Lucas levanta los brazos riéndose. Lo columpio en el aire de un tirón y lo estrujo contra mi pecho. Están vivos. Las lágrimas vuelven, pero esta vez ya no intento frenarlas.

—Estáis bien. —Miro a Gabriel por encima de la cabeza de Joel—. Estáis a salvo.