Locos por la sangre Capítulo 19 #2
59%

Capítulo 19 #2

—Lo que no sabíamos era que ma mare ya estaba infectada.

—Giró la cabeza a los camiones volcados—.

Cuando se dio cuenta... pidió que la dejáramos volver.

Decía que, al menos allí, estaba todo vallado.

Si se quedaba dentro, no pondría a nadie más en peligro.

—Se quedó unos segundos mirando las brasas—.

Mon pare bajó del coche con ella. Le rogué que no lo hiciera, que era un suicidio volver.

Se giró y me dijo: «No pienso dejar que tu madre muera sola.

El día que nos casamos le prometí estar juntos hasta la muerte.

Y en esta familia cumplimos nuestras promesas».

No pude convencerle. Nos despedimos y ambos se marcharon.

Durante unos segundos solo se escuchó el crepitar de la ho­guera.

— Mare meua… Tu padre era todo un hombre. No como otros que roban coches.

Gabriel soltó una risa resignada.

—¿Vas a sacar el temita todo el rato?

—Probablemente —le sonreí—. Siento lo de tus padres. Al menos no están juntos.

—Ya. Bueno. —Se quedó mirando el fuego—. Después de aquello no pude recuperarme. Volví al campo. No debí hacerlo. Verlos así hizo que me desmoronara. Tanto que no me di cuen­ta de que tenía uno de los anémicos justo detrás… y me mordió.

Me levanté de golpe, con el corazón a mil, tapando la entrada de la tienda.

—Serás... ¿estás infectado? —Cogí las latas de fabada que acabábamos de cenar y se las lancé a la cabeza—. No te...

—Eso fue hace un mes —me cortó, esquivando la segunda lata—. Y sigo aquí.

Me quedé inmóvil. No tenía sentido, debería ser un monstruo descerebrado, pero… Ahí me surgieron varias teorías. La pri­mera fue que me estaba mintiendo. La segunda… que quizás era un inmune.

—¿Un inmune? —La teniente agita el bolígrafo—. ¿Por qué pensaste eso?

—Me habían arañado y mordido, hasta había tenido sangre de anémico en mis manos, pero… sigo siendo yo. Por eso ima­gino que soy inmune, ¿no?

Ortega guarda silencio. Ni afirma ni desmiente mi teoría, ¿por qué? Sabe algo que yo no, eso no me gusta.

—Y como él parecía estar bien —continuo—, asumí que tam­bién lo sería. Casi me hizo ilusión, la verdad, encontrar a alguien parecido. Mala suerte que tuviera que ser Gabriel, pero bueno.

Estuve un rato levantada, dándole vueltas a la situación. No sabía si creerle o no. Al final, me volví a sentar.

—¿Cómo es que sigues vivo?

Se quedó callado un buen rato, mirando a los alrededores, antes de arrancar.

—Cuando me mordieron... empecé a encontrarme fatal.

No me había sentido así en toda mi vida.

Era como si me faltara algo pero… no sabía el qué.

Me dolía todo. Apenas podía pensar. Poco a poco...

dejé de ser consciente de lo que hacía. —Tragó saliva—.

No sé cuánto tiempo pasó. Horas... días...

ni idea. Pero cuando desperté... Estaba rodeado de cadáveres.

El crepitar de la hoguera llenó el silencio.

—Mis manos temblaban, de la boca me caía un líquido rojizo. Grité hasta quedarme sin voz. Aterrado y confundido, un hom­bre me encontró.

—¿Un hombre? —Noté un escalofrío—. ¿Cómo era?

—Más o menos de mi estatura, moreno con unos ojos desco­loridos. Tenía la piel súper pálida. Más pálido que tú, para que veas.

—Hombre, gracias.

—Cuando lo vi, pensé que era un anémico y salí corriendo. Pero me cogió del brazo. Me dijo: «no te vayas, hermano. Has renacido como uno de los nuestros».

Intercambio una mirada con la teniente. Ambas nos queda­mos calladas. Procesa lo que acabas de escuchar, si es que yo aún no me lo creo. Parece que va a comentar algo.

—Espera —la corto, levantando la mano—. Ahora viene lo mejor.

—Yo no entendía nada —siguió Gabriel—. Pensaba que esta­ba en el cielo. Pero mis padres no estaban ahí, así que deduje que estaba en el infierno.

—Eso me cuadra más…

Sonrió apenas un instante.

—Aquel hombre me dijo que me enseñaría a controlar... esto.  Lo que somos.

—¿Somos? Serás tú. A mí no me metas en el mismo saco.

—¿Ah, no? ¿Tú no te has despertado nunca sin saber qué ha pasado, rodeada de sangre, con hambre a todas horas?

Cuando lo dijo, me vino el recuerdo de mis periquitos.

De la cocina de mi casa. Fue bastante macabro, la verdad, pero con­taría como «comerme algo», ¿no?

Y luego me dio el brote de hambre. ¿Sería algo parecido a lo que le pasó a él?

No lo sé. Era todo muy raro, y me estaba costando comprender lo que me contaba.

—Es una locura. ¿En serio esperas que te crea? ¿Estás con esa mujer?

—¿Qué mujer?

—Una anémica muy parlanchina con un mono muy mono, ¿te suena?

Gabriel bajó la vista. No respondió. Que se callase justo ahí me alarmó.

—¿La conoces?

—He... oído hablar de gente parecida.

Se quedó a gusto con esa respuesta. No quería obligarlo a hablar, pero me estaban entrando ganas de volver a pegarle.

—¿Tú eres como yo? —me preguntó, de repente, buscando mis ojos.

—No.

—¿Segura?

—No quiero que nos sigas acompañando. Mañana te mar­chas.

—Erika...

—No pienso viajar con una bomba de relojería.

—No soy una amenaza para vosotros.

—Eso no lo sabes.

— Per favor, déjame compensártelo.

—¿Cómo?

—Protegiéndoos. Al menos hasta que lleguéis a Madrid. O hasta que te convenza de ir a Toledo.

—Qué manía —resoplé, avivando las brasas.