Locos por la sangre Capítulo 19
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Capítulo 19

—Qué manera más pacífica de saludar. —La teniente arquea una ceja.

—Pues si solo le hubiese dado uno...

Los puñetazos me salían solos, uno detrás de otro, descar­gando semanas de rabia acumulada.

—¡Para! ¡Erika, para! —suplicó Gabriel mientras intentaba cubrirse la cara con los antebrazos—. ¡Per favor, para! ¡Escol­ta'm!

—¡Tú, maldito ladrón de coches! —le aparté los brazos—. No pienso parar.

Le estampé otro puñetazo en la nariz, en el hombro, daba igual.

Él se defendió, me empujó y caí al suelo.

Eso nos sor­prendió a los dos: a Joel, porque no se imaginaba que aún tu­viera fuerza suficiente para tumbar a un tío de casi metro ochenta; y a mí, porque no esperaba que se liberara tan pronto.

Gabriel se incorporó despacio, se limpió la sangre del labio con el dorso de la mano y volvió a recogerse el moño que yo le había deshecho.

Había perdido ese bronceado tan sexy que te­nía, ahora podía competir conmigo para ver quién de los dos parecía más un fantasma, y sus ojos apenas dejaban entrever ese verde puro de antes.

—Che, estás loca, dóna. Te he dicho que pararas. —Esperé a que recuperara el aliento—. Sé que estarás enfadada conmigo.

—No sabes cuánto.

—Pero tienes que entender, yo…

—¿Este es el tío que te robó el coche? —interrumpió Joel, mirándolo con desconfianza.

—Sí. Gabriel, Joel. Joel, el fill de puta de Gabriel.

—No te lo tomes así —él levantó las manos—. Sé que te hice una putada, pero...

—¿Una putada? —Lo corté enseguida—. Una putada es que te baje la regla el día que te tienen que sacar una muela. Lo que tú hiciste fue condenarme a muerte. ¿Qué esperabas que pasa­ra, eh? No solo te llevaste mi coche. Te llevaste los suministros, las herramientas... ¡Hasta mi buena suerte!

— No era la meua intenció perjudicarte.

—¿Me lo dices en serio? —Volví a acercarme, con el puño ya medio cerrado otra vez—. ¿Te parece normal lo que hiciste? Te ayudé. Te di comida, te di refugio. Y mira cómo me lo pagaste.

—Espera. —Joel se metió entre los dos—. Vamos a calmar­nos. Erika... respira.

Inspiré hondo. Me contuve, aunque me costó más de lo que me gustaría admitir.

—Gracias, chaval. Por lo menos el crío tiene dos dedos de frente.

—Tú ni me hables —le espetó Joel, sin ninguna intención de ser amable.

—¿Y ahora qué he fet ?

Tuve que contener una sonrisa.

—Está bien… —Suspiré—. Al final, ¿qué? ¿Conseguiste ver a tus padres? Me imagino que por eso me robaste el coche, ¿no? ¿O era mentira?

La expresión de Gabriel cambió por completo. Toda la tran­quilidad desapareció de su cara.

—Sí... llegué. —Bajó la mirada.

—Ah, bien. ¿Y… dónde están?

Se quedó callado, por lo que deduje el resto.

—Vale… ¿Y qué haces aquí?

—Voy hacia Tarancón.

Un viento helado me recorrió la espalda al oír ese nombre.

—¿Po-por qué vas hacia allá?

—De ahí quiero bajar a Madrid.

—Eso es muy sospechoso —comenta Ortega, cortándome—. ¿Por qué justo tenía que ser ese pueblo?

—Sí. A mí también me lo pareció.

—¿Vas al refugio de Madrid? —le pregunté a Gabriel.

—Eh… Sí, sí. Claro. Por eso voy.

—Guay… —entrecerré los ojos—. Nosotros también nos diri­gimos hacia allí.

—¿Cómo? —La sonrisa de Gabriel se desvaneció—. No... quiero decir... ¿por qué vais a Madrid?

—Porque hay un refugio. ¿No es obvio?

—Ya... claro... sí… —Se rascó la nuca—. ¿Y qué ruta vais a seguir?

—Por Chinchón.

—Ah, menos mal. —Soltó un evidente suspiro de alivio—. Bueno, pero ¿por qué tiene que ser Madrid? A lo mejor podría­mos ir a otro refugio.

—¿Podríamos? —repitió Joel, con retintín.

—Bueno... vosotros...

—A ver —le corté—. Nosotros vamos a ir a Madrid. Tú haz lo que quieras. Pero preferiría no volver a verte en mi vida. Por cierto... ¿y mi coche?

—Se perdió.

—¿Cómo que se perdió?

—Es… una historia un poco larga.

—¿Me estás diciendo que mi cochecito, el que estuve años ahorrando para comprarme, está… perdido?

—Sí…

—Yo a este me lo cargo —murmuré, avanzando con ambos puños cerrados.

—No, tranquila, Erika, tranquila. —Joel se puso otra vez en medio, con una mano en mi brazo—. Nosotros podemos seguir nuestro camino. Deja que ese también se pierda.

—¿Ese? —Gabriel frunció el ceño—. ¿Y este mocoso de qué va?

—Tienes razón —respiré hondo, dándome la vuelta—. Nos vamos.

Apenas habíamos dado tres pasos cuando Gabriel volvió a hablar.

—No, no, no, esperad. —Corrió detrás de nosotros—. ¿Pu-puedo ir con vosotros?

—Anda que tienes cara. —Me giré hacia él—. Después de ro­barme, ¿quieres venir con nosotros? ¿Qué pasa? ¿Quieres sa­carme algo más? —Señalé mi mochila—. No tenemos comida. Así que poco vas a poder robarnos.

—No, Erika, redéu, no es eso. Yo no quería... —Se pasó una mano por la cara—. Déjame compensártelo. Os… os puedo lle­var a Madrid. Conozco el camino. He estado varias veces por la zona, tengo familia cerca de Chinchón. ¿Per favor ?

Joel negó con la cabeza. Bajé la vista a Lucas. Él me devolvió una mirada de no tener ni idea de qué estaba pasando. Volví a mirar a Gabriel, malditos eran aquellos ojos.

—Venga, va. Vale. Vente —suspiré.

—¿Qué? —protestó Joel—. ¿Por qué tenemos que viajar con un criminal?

—Porque, aunque sea idiota, sigue siendo una persona, y no quiero cargar con otra muerte en la conciencia. Además… —sonreí con malicia—, nos servirá de cebo si nos persiguen.

—Oh, gracias… Espera, ¿qué?

Y así fue como Gabriel se unió a la partida, otra vez.

—Qué bien tratas a la gente que te roba —dice la teniente, con media sonrisa.

—Podría haberlo dejado ahí tirado, la verdad. Pero no sé. Me dio penita. Estaba solo, hecho polvo, sucio... A veces pienso que soy demasiado buena.

—O demasiado ingenua. —Soltó una risa por la nariz.

—También.

Estuvimos con él tres días. Casi hasta llegar a Madrid. Du­rante todo el camino, daba igual que estuviéramos saqueando un súper, descansando en una gasolinera o caminando por una carretera desierta. Siempre me sacaba el mismo tema.

—Erika, deberías replantearte lo de Madrid.

—Otra vez… —Solté un suspiro.

—Hay otras opciones. Toledo, por ejemplo. O cualquier otra capital. No tiene por qué ser Madrid.

—Qué manía tienes. —Me giré hacia él—. ¿Qué pasa? ¿Por qué no quieres que vayamos?

—Es que... seguro que también la han atacado. —Evitó mi­rarme—. O, si todavía no lo han hecho, será la siguiente.

—¿Por qué dices eso? —Joel frunció el ceño.

Gabriel comenzó a sudar, a mover mucho las manos y seguía sin dirigirme la mirada.

—Por… estadística, ¿no? Lo último que supe es que habían ido a por Barcelona. Si siguen avanzando, tarde o temprano llegarán a Madrid.

—Ya, pero por esa regla de tres, puede que no le haya pasado nada todavía. Barcelona está bastante lejos. ¿Y por qué lo dices como si alguien lo estuviera planeando? Si Barcelona ha caído, seguro que ha sido por algún descuido.

—No, no. Es solo una teoría que le escuché a unos supervi­vientes.

—Ahora que lo pienso. —Joel levantó la vista—. Los que en­contramos en Valencia pensaban lo mismo.

—No digáis tonterías. ¿Por qué motivo iba alguien a destruir una base segura? Es contraproducente. Si quieres salvarte, lo lógico es crearlas, no destruirlas. No tiene ningún sentido.

—¿Y si quien la destruyó no fueron humanos? —teorizó Joel.

Vi cómo Gabriel tensaba la mandíbula. El olor a sudor en sus palmas era insoportable.

—Ay, Dios, Joel, per favor. —Me llevé la mano a la cara—. No empieces con teorías conspiranoicas, ¿vale? Que no. Seguro que tiene una explicación normal y corriente. Vamos a ir a Madrid, ¿de acuerdo, Gabriel? Me da igual cuántas veces intentes con­vencerme.

Aquella noche montamos el campamento junto a una antigua área de descanso. El viento aullaba entre las mangueras de ga­solina vacías, sumergidos en un eco de gruñidos lejanos. Joel estaba terminando de preparar la tienda cuando se giró hacia mí.

—¿Hoy duermes con Lucas y conmigo?

Miré la tienda. Todavía tenía demasiadas manchas. La san­gre se había secado sobre la tela después de todo lo ocurrido en el museo. Noté un nudo en el estómago.

—Mejor no peque.

—¿Por?

—Hasta que no pueda lavarla… Creo que dormiré fuera.

Joel frunció el ceño, me miró con esos ojos suplicantes, pero no cedí, sabía que si dormía en esa tienda volverían los recuer­dos y las pesadillas.

A regañadientes se metió a dormir con su hermano.

Solo quedamos Gabriel y yo, separados por una pe­queña hoguera, cenando un par de latas de fabada.

Fue… cu­rioso, no me esperaba volver a verlo.

Lo miré un par de veces, a ver si me decía algo, pero siempre apartaba la vista cuando lo hacía, sonrojado.

—Esto me recuerda al día que nos conocimos —sonrió con cierta nostalgia, después de estar más de una hora en silencio.

—A mí también me recuerda cómo me robaste el coche.

—¿No hay alguna manera de que te olvides de eso?

—Sí. Que me devuelvas mi coche con todas mis cosas.

—Una forma realista.

Me quedé observando las llamas un momento. Después le­vanté la vista.

—Cuéntame qué pasó con tus padres.

La expresión de Gabriel se torció. Apartó la mirada.

—No quiero hablar de eso.

—Me mangaste el coche para ir a verlos. Lo mínimo es que sepa qué les pasó, ¿no?

Sin girarse, suspiró.

—Supongo que tienes razón.

Se quedó unos segundos en silencio antes de empezar.

—Llegué hasta Alicante y los encontré. Estaban en el campo con otros vecinos. Al principio todo iba bien. Seguían vivos... y gracias a la comida que llevaba en el coche...

— Mi comida. —Levanté una ceja.

—Sí... tu comida —sonrió con culpa—. Conseguimos aguan­tar unos días.

Pero empezaron a llegar más vecinos. Cada vez más.

Todos sin sitio donde ir... Mis padres eran incapaces de dejar a nadie fuera.

Era insostenible. Entonces uno decidió salir a buscar comida.

Cuando volvió ya estaba infectado, pero nadie lo sabía.

Tragué saliva, ya imaginaba el resto.

—Empezaron las discusiones. Que si tú estás enfermo. Que si tú también. Que si no te acerques. Cundió el pánico. Fue una masacre. —Su voz se quebró—. Mis padres… no lo soportaron. Cogimos el coche y nos fuimos.

Bueno por lo menos amortizaron mi coche, pensé.