Locos por la sangre Capítulo 18
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Capítulo 18

La teniente se queda mirándome durante unos segundos. Am­bas permanecemos en silencio. Todavía estoy esperando eso que quiere contarme. ¡PUM! Las dos giramos la cabeza al mis­mo tiempo hacia el enorme cristal de la pared.

—Ahora vuelvo —suspira Ortega, y se levanta con las carpe­tas.

¿Eh? ¿Me va a dejar sola? No creo, ¿no? Se está yendo. ¿Por qué te vas? La sigo con la mirada mientras abre la puerta y desaparece por el pasillo. Qué tía, me ha deixat sola. ¿Y ahora qué hago? ¿Me pongo a contar las manchas de humedad? Bueno, ya volverá… ¿verdad?

Oye, ya lleva un rato fuera. ¿No era ella la que tenía prisa?

A ver si le ha pasado algo. Mierda, me está dando el temblor de la pierna otra vez, además de un bocata debería pedir un par de ansiolíticos.

Pues jugueteo con su boli, hala. Si no se hubiera llevado las carpetas, ahora podría cotillear a Joel, jo.

Esto no es normal. ¿Cuánto lleva ya? ¿Una hora? A lo mejor… puedo escucharla. Si me concentro, como me enseñó Gabriel… Así me entero de qué está pasando.

Cierro los ojos. Intento ignorar el zumbido de las luces, mis tics, el roce de las esposas. Poco a poco empiezan a aparecer sonidos. Reconozco la voz de la teniente. Otra, más aguda… Julia. Y una tercera.

—...confesión... suficiente... prueba... —No reconozco esa voz, es un hombre. ¿Quién será?— ...es... un... fase cinco.

¿Fase cinco? ¿Hablan de mí? ¿En serio piensan que tengo algo que ver? Ya está, presa. Si es que lo veía venir.

—Como... bien ha dicho Erika... la otra... también se sor­prendió... ocurrido  —contesta la teniente— ...eso significa... que son diferentes... y puede ser... útil para la investigación.

—¡¿Desde cuándo... defiendes... a una asesina?! —grita el hombre. Ah, entonces no hablan de mí.

—Laura... tú sabes... que lo que dice... puede no ser verdad —le recuerda Julia—. Joel confirma... lo de... los amigos... pero también sabes que...

—Lo sé. —Uy, le ha cortado la teniente—.

Puede que tengáis razón y que la chica de ahí dentro sea un monstruo.

—¿Yo? Si soy un cielo—. Pero lo que yo creo es que es una chiquilla con una enfermedad que le está afectando a la mente.

Y, al menos, está siendo sincera. No como otros.

—Aquí hay chisme, eso úl­timo ha sonado a reproche.

—No teníamos otra opción —replica el hombre—. Ya habían perdido su humanidad.

¿Quiénes? ¿Tienen a más gente siendo interrogada? No me digas que se los han cargado y yo soy la siguiente. No, eh. Si me van a matar exijo una última comida en un buffet, qué me­nos.

—Ella es mi problema. —Ese tono tan calmado me da esca­lofríos—. Tiene más información de la que cree. Y nos será útil.

—¿Estás segura, Laura? —La voz de Julia suena preocupada.

—Sí. Confiad en mí.

Oh, se acerca. Menos mal. Abro los ojos justo cuando el pomo empieza a girar. Vuelvo a dejar el bolígrafo exactamente donde estaba y apoyo las manos sobre la mesa.

La teniente entra con la misma expresión seria de siempre. La observo unos segundos. Curioso. Hace apenas unas horas estabas convencida de que yo era una psicópata infiltrada. Ahora resulta que me defiendes. Interesante. No sé si eres muy valiente… o estás tan loca como yo.

—Por fin vuelves. ¿Sabes lo aburrida que he estado?

Se sienta enfrente de mí y, nada más dejarlas en la mesa, abre mi carpeta.

—Solo he salido veinte minutos. —Está mirando algo en la carpeta de Joel—. Vamos a seguir.

—¿Qué era lo que me teníais que decir? —le suelto, sin poder aguantarme—. ¿De qué habéis hablado ahí fuera?

Me mira un momento antes de volver a las carpetas.

—Continúa.

—Ortega. Dime lo que me quieres contar. ¿Qué es lo que no sé?

Durante unos segundos no responde. Me observa. Después dirige la mirada hacia el cristal. Vuelve a mí. Parece debatirse entre callárselo o hablar.

—Puede que no estés loca —suspira, cogiendo el boli.

—¿Por qué lo dices?

Se frota el puente de la nariz con sus dedos. Si no me lo quiere contar… ¿por qué insiste?

—Casi al principio de levantar esta zona segura llegó una mujer desde un pueblo cercano.

Estaba... muy afectada psico­lógicamente.

Había sobrevivido sola varios días y apenas era capaz de construir una frase seguida.

Decía cosas incoherentes. Que los anémicos la perseguían.

Que habían matado a su mari­do. Que… los había escuchado hablar.

—¿Un caníbal?

—Según contó, el ser con el que se encontró era un hombre. Se había perdido. Ella y su marido confiaron en él. Cuando supo la ruta hasta Madrid… devoró a su marido enfrente de ella.

Se queda callada un segundo, mantiene la vista fija en la mesa.

—La mujer pudo escapar. Corrió hasta que salió el sol, y esa cosa dejó de seguirla.

Llegó al refugio diciendo cosas que no te­nían sentido.

Nadie la creyó. Se asumió que se acababa de in­fectar y ellos no lo detectaron a tiempo.

Sin embargo, ella lo negó. Decía que ese hombre sabía lo que hacía.

Mientras se co­mía a su marido, la miraba a ella.

Sentía que le decía: «Tú eres la siguiente».

—Y pasasteis de ella, ¿verdad?

—El comandante consideró que podía ser un caso aislado. Estrés, trauma, una crisis nerviosa. Después llegaron los infor­mes de la fase cuatro, seres capaces de recuperar parte de la ra­zón. Y luego… apareciste tú. ¿Casualidad?

—Yo no soy una de ellos. —Se me acelera el pulso—. Yo no soy… un monstruo.

—Puede que sí. Puede que no. Eso es lo que quiero averiguar. —Cierra la carpeta un momento—. Así que continúa. Salisteis del museo, ¿no?

—Eh… sí. —Me apoyo en el respaldo de la silla.

Tras eso yo… no era capaz de… pensar o gestionar lo que es­taba sintiendo. Mis ojos no podían apartarse de los… Joel se encargó de todo. Creo que todavía quedaba algo de comida dentro de la mochila de Rubén y la pasó a la mía. Dejamos el arco junto con las flechas rotas y nos marchamos.

Al salir, la puerta del museo estaba abierta. Supuse que Ru­bén había conseguido escapar. Aunque... Ahora que lo pienso... Si Rubén consiguió escapar… pero ese monstruo llegó a atacar­lo... a lo mejor él también… No, no debería pensar en eso. Se­guro que está… bien…

Salimos de Cuenca ese mismo día. Admito que mis amigos a veces me sacaban de quicio. Teníamos nuestras diferencias, sí, discutíamos mucho, por supuesto, pero… eran mis amigos. Los únicos.

Mari, Rubén y yo éramos amigos desde siempre, nuestros padres eran socios.

En el cole Mari se ligó a Miguel y fuimos inseparables.

Tras cortar, en bachiller, se unió Andrea.

Después de la universidad nos distanciamos, por eso insistí tanto en esa acampada, por eso me dolió tanto que me dejaran, por eso…

Pasé todo el camino siguiendo a Joel igual que una Roomba a la suciedad. Solo existía, no tenía ni fuerzas ni ganas para seguir.

—Teniente, ¿sabes cuántas personas se suicidan al día en España?

—Pues no, la verdad —contesta, sorprendida.

—La última vez que lo miré eran once. No sé si habrá subido con todo esto que está pasando, supongo que sí. Once personi­tas al día deciden que ya no quieren seguir. —La miro a los ojos—. Ese día… yo iba a ser la número doce.

Ortega permanece callada. Se nota que quiere decirme algo, tal vez consolarme. No necesito tu consuelo. Eso no me devol­verá a mis padres, ni a mis amigos, ni mi vida.

—Tranquila, teniente. No era la primera vez que tenía ese pensamiento. —Se me escapa una risa baja—. Ni será la última.

Ahora bien, no sé si era por el atracón sobre fiambres o por la adrenalina del momento, que después de aquello empecé a encontrarme mejor. Ya no estaba tan mareada, ni famélica. Así que no me descuadra lo que dice Joel. Es importante comer bien, eh.

Pasamos así un par de días. Nos faltaba poco más de una se­mana para llegar a Madrid. Supongo que al estar tan cerca, me fui animando. Pero seamos realistas, en ese punto yo estaba pensando en dejar a los niños ahí y marcharme.

—¿Y eso?

—Después de lo del museo no podía quitarme una idea de la cabeza. —Me llevo la mano a la pierna, a ver si así deja de mo­verse—. Ese monstruo me… reconoció.

Hasta ese momento nunca me lo había planteado.

Bueno... sí, había cosas raras. Dejando lo del tema del hambre, las heri­das se me cerraban demasiado rápido.

Había cargado con Lucas y con esa mochila que pesaba un huevo durante todo el camino, casi sin esfuerzo.

Estaba tan obsesionada con llegar a Madrid que ni siquiera me paré a pensar en ello.

¿Estoy enfer­ma? ¿Sigo siendo yo? No podía evitar escuchar esas preguntas rondándome la cabeza.

Ni dejar de pensar que era un peligro para los chiquillos.

Pero obviamente es solo mi mente dando por culo.

Yo estoy más sana que un roble, ¿verdad?

—No sabría decirte.

—Tienes ganas de asustarme, eh. Podrías ser un poco como Joel, no se cansó de intentar animarme. ¿De qué le sirvió? No puedes ayudar a quien no quiere que lo ayuden. Al menos… tú eres más sincera que él.

Cambiando de tema, en algún punto del camino reconocí un olor, uno muy familiar, uno imposible de ignorar. Una mezcla de sudor, olivo y traición. En cuanto lo noté, sentí una rabia que me hizo temblar y eché a correr hacia donde provenía.

Ahí estaba. Agachado en el suelo. La ropa estaba desgastada por semanas de viaje, pero seguía teniendo esa expresión tran­quila que tanto me había desconcertado la primera vez que nos conocimos.

Al escuchar mis pasos levantó la cabeza. Sus ojos verdes se abrieron de par en par.

—...¿Erika? No-no puede ser... —Se incorporó de golpe con una sonrisa—. Erika… yo…

No le dejé terminar. Cerré el puño y le estampé un puñetazo en toda la cara.