Locos por la sangre Capítulo 17
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Capítulo 17

No estaban las mochilas, ni el arco, no había nada. Se lo habían llevado todo. No sabía si reír o llorar.

—Nos han robado. —Joel ya estaba mirando hacia la puerta, con Lucas apretado contra el pecho—. ¿Ahora qué hacemos? ¡Tenemos que ir a por ellos!

Hizo el amago de salir corriendo. Le cogí del brazo.

—No. Espera. —Miré por la ventana. Estaba anocheciendo—. Fuera está infectado de anémicos. No se van a atrever a salir. Seguirán dentro del museo.

Me sorprendió lo tranquila que estaba en ese momento. Su­pongo que todavía no me creía que mis amigos me habían trai­cionado así, sin más. O porque en el fondo quería pensar que simplemente se habían agobiado y que me estaban gastando algún tipo de broma pesada.

—Si siguen en el edificio —Joel volvió a observar el pasillo—, lo mejor sería cerrar la entrada, para que no puedan salir. Y buscarlos.

—Sí. Vamos a hacer eso. Tú ciérrala. Yo voy a buscarlos. Nos vemos en la entrada.

—No, no, no. Mejor los buscamos juntos.

—No. Quédate tú con Lucas. Iré yo. —Ya me estaba dando la vuelta—. Soy yo la que ha discutido con ellos. Así que seré yo la que lo arregle.

Noté que Joel no estaba nada convencido. Hizo el gesto de cogerme del brazo para pararme, pero, para cuando quiso reaccionar, yo ya iba hacia las escaleras.

—Dos de dos, ¿eh? —comenta la teniente, sin levantar la vis­ta de sus notas.

Suelto una risa amarga. Creo que debería saltarme esta parte.

—Sí. Bueno. Puede que peque de confiada, es verdad. Pero no me esperaba que tomaran esa decisión, de repente. Y menos sabiendo que no iban a poder llegar muy lejos.

El museo tenía tres plantas. Subí por las escaleras revisando cada sala que encontraba. Exposiciones vacías, vitrinas rotas, restos de cerámica esparcidos por el suelo. El eco de mis propios pasos era el único sonido que me acompañaba. O eso creía.

Cuando llegué a la segunda planta algo me detuvo en seco. Un ruido crujiente, húmedo e irregular. Similar al sonido de una sandía recién abierta. Una punzada de alivio me atravesó el pe­cho. Di media vuelta con intención de bajar a avisar a Joel. Pero algo, no sé el qué, me dijo que no lo hiciera.

Al acercarme a la sala de donde provenía el ruido, me llegó un olor denso y metálico.

Mi estómago se contrajo. Todo el en­fado que llevaba acumulando desapareció de golpe.

Solo podía pensar en una cosa. Que no les haya pasado nada.

Recordé to­dos los cadáveres que habíamos encontrado al entrar en el museo.

¿Y si habían muerto huyendo de algo? ¿Y si lo que los había matado seguía allí?

Corrí hacia la sala. Lo que vi confirmó la peor de mis pesa­dillas.

Las paredes estaban salpicadas de sangre.

Los tapices colgados de los muros aparecían desgarrados y ennegrecidos por enormes manchas oscuras.

Varias vitrinas quedaron hechas añicos sobre el mármol.

Entre los cristales distinguí las mochi­las y…

Andrea… yacía en el suelo, inmóvil, junto a… Mari. Dios, pobre Mari. Ambas estaban igual que los cadáveres de la entra­da. Arrugadas, con pequeñas heridas en el cuello. Entonces vi a Miguel. O, mejor dicho… Vi quién lo sostenía.

En el centro de la sala había una figura de pie.

Una mujer, alta, esbelta con un mono verde demasiado elegante para la ocasión.

Su piel era tan pálida que parecía confundirse en la penumbra.

Sujetaba a Miguel por el cuello con una sola mano mientras hundía sus dientes en la herida abierta de su garganta. Él apenas se movía.

Al terminar, lo soltó. Su espalda atravesó una vitrina con un estruendo seco antes de desplomarse entre una lluvia de crista­les. El corazón empezó a golpearme con tanta fuerza que casi podía oírlo. Mi respiración se volvió corta.

Mi vista viajó desesperada por la sala buscando mi arco. Es­taba detrás de aquella cosa. Vi una de las flechas, la más cerca­na, tirada entre los cristales. Me lancé hacia ella y la agarré con tanta fuerza que me clavé la punta en la palma.

—¿De verdad crees que eso va a servirte de algo? —habló con una tranquilidad que resultaba mucho más aterradora que cualquier gruñido—. Eso no me va a hacer nada.

—¿Pu-puedes... hablar?

Una sonrisa calmada apareció en su rostro manchado.

—Puedo hacer mucho más que eso. —Dio un paso hacia mí.

—¿Qué-qué? —Retrocedí por puro reflejo. La flecha me temblaba entre las manos.

No podía apartar la vista de aquella mujer, acababa de ex­primir a Miguel igual que a una naranja. Antes de poder reac­cionar, escuché una tos. Al girar la cabeza, vi a Rubén abrir un ojo, seguía respirando.

—E… Erika...  huye…

La mujer siguió mi mirada. Se volvió hacia él con cierta cu­riosidad.

—Vaya…

Se acercó caminando con absoluta tranquilidad y le dio una patada en el costado. Rubén salió despedido varios metros, quedando inconsciente.

—Bueno… —comentó encogiéndose de hombros—. Ya me lo terminaré luego.

—¿Qué les has hecho a mis amigos? —Se me quebró la voz—. ¿Los… Los has matado?

La mujer me observó con auténtica extrañeza.

—Pues claro. Tenía hambre, aunque estaban desnutridos —Ladeó la cabeza—. Ah. ¿Eran tus presas? Ay, perdona, querida. No sabía que había más de los nuestros por aquí.

—¿Qué?

—¿No? Espera... ¿De verdad eran amigos tuyos?

Asentí sin dejar de apuntarla con aquella miserable flecha.

—Entonces les he hecho un favor —suspiró, limpiándose las manos—. Si tienen suerte, revivirán.

—¿A qué se refería con revivir? —me corta la teniente.

—Ni idea. No podía procesar ni una palabra de lo que decía.

Siguió acercándose, despacio.

—No. Para. ¡Aléjate de mí!

Ella frunció el ceño, poniendo cara de lástima.

—Qué mala eres conmigo, si no te he hecho nada.

Noté cómo la rabia empezaba a abrirse paso entre el miedo.

—¡Has matado a mis amigos!

—No te alteres por eso. —Su voz sonaba maternal—. Esto solo es un proceso. Un paso intermedio hacia algo más grande. Tú no tienes por qué preocuparte, querida.

Pasó justo a mi lado. Yo no me moví. No podía. Estaba pa­ralizada, con la flecha todavía apretada en el puño, sin saber qué hacer con ella. Me puso la mano en el hombro al pasar, un gesto casi cariñoso.

—Nos vemos en Tarancón —sonrió, girándose hacia la puer­ta—. No llegues tarde a la reunión. Agur.

Entonces até cabos. Joel estaba en la entrada. No podía dejar que esa cosa saliera de ahí. Giré sobre mis talones. Con todas mis fuerzas hundí la flecha en su espalda.

La mujer soltó un grito agudo. Aproveché ese instante para echar a correr. Agarré el arco del suelo. Cogí las flechas que quedaban esparcidas por el suelo, tensé la cuerda y la apunté.

—¿Pero qué haces? —Se giró hacia mí con un gesto de des­concierto—. ¿Por qué me atacas?

—No creas que te vas a ir de rositas.

La mujer dejó escapar un largo suspiro.

—Insisto… No deberías preocuparte tanto por ellos. No están muertos. Solo están…

—¡Están muertos! —chillé entre lágrimas—. ¡Los has asesi­nado!

—Veo que no lo comprendes. Esteban no te ha explicado nada, ¿verdad?

Debí de poner cara de no saber quién era ese tal Esteban, porque volvió a suspirar.

—Ah. Entiendo. Es eso. Tú no eres de los nuestros. Eres… una solitaria. —Frunció el ceño y empezó a olfatear el aire—. No. Tu olor es… diferente. ¿Qué eres?

—Soy humana. —Me temblaba la voz—. Una humana nor­mal.

—No. —Sentí un escalofrío recorrerme la espalda al ver aquella sonrisa—. Interesante. No sé que eres… Vente conmigo. Seguro que a Esteban le encantaras.

—Ni de coña. A mí no me vas a llevar, ni con ese ni con nadie.

Solté la cuerda. La fecha pasó rozándole la mejilla y se es­trelló contra una vitrina al fondo del pasillo.

Ella dio dos pasos rápidos hacia mí. Cogí las cuatro flechas que me quedaban cer­ca y empecé a dispararlas, una detrás de otra, sin apenas apuntar.

Por suerte, la tercera se le clavó en el hombro.

—Me estás empezando a cabrear. Y no te gustaría verme en­fadada.

Se abalanzó sobre mí. Me lancé hacia un lado justo a tiempo, esquivándola. Aproveché el movimiento para clavarle otra fle­cha en la espalda mientras corría hacia la última que quedaba en el suelo. Cuando ella terminó de arrancárselas, yo ya estaba frente a ella. Acerté entre ceja y ceja.

Las dos nos quedamos inmóviles. Ella parpadeó y se llevó una mano a la frente, sacando la flecha con calma.

—¡Joder! Para una que acierto.

La mujer soltó una risita, limpiándose la frente con los dedos. Apenas salía sangre.

—Sé que ahora mismo nos tienes miedo. Por eso voy a pasar por alto esta… insolencia. —Me  tendió una mano—. Ven con­migo. Cuando conozcas la verdad...

—No. Antes muerta que irme con una asesina —solté, aga­rrando el arco igual que un bate.

—Qué lástima. —Sus ojos cristalinos perdieron toda calidez.

Huí hacia la puerta. Ella era mucho más rápida que yo. Ni siquiera la vi moverse.

—Ah, ah, ah. —Movió un dedo delante de mi cara, cortándo­me el paso—. Tú de aquí no sales, ratoncita.

Retrocedí. Sabía que no podía vencerla, así que intenté tan­tearla o engañarla, lo suficiente como para abrir una brecha en su defensa y escapar. Qué ingenua fui. Daba igual lo que pla­nease, ella siempre se interponía con aquella sonrisa burlona. No me atacaba, quería que me cansara.

En uno de esos esquives, ella me interceptó. Sentí sus uñas atravesarme el abdomen, un dolor limpio y ardiente que me dobló por la mitad. La sangre me empezó a empapar la ropa al instante.

—¿Ves? —Lamió mi sangre de sus dedos—. Ya te estás cu­rando. Acéptalo y ven.

—No —jadeé, sintiendo cómo la piel perforada tiraba de sí misma.

Me di cuenta de que no tenía nada que hacer; estaba atrapa­da. Entonces vi los enormes tapices medievales. Sin pensarlo, esperé a que se acercara, los agarré y tiré con todas mis fuerzas.

El tapiz se descolgó junto con los soportes, golpeando la pe­sada estela funeraria de piedra de al lado.

Todo ocurrió en ape­nas un segundo. La piedra tambaleó.

Aquella mujer apenas tuvo tiempo de levantar la cabeza antes de que la estela se desplo­mara sobre ella.

El estruendo del impacto hizo temblar toda la sala, levantando una nube de polvo.

Las tornas cambiaron a mi favor. Verla en el suelo, con el torso atrapado por la pesada estela de piedra, encendió en mí una furia ciega, un instinto salvaje de cazador. Ya no era su presa; ahora ella era la mía.

Recogí las flechas del suelo. Me abalancé sobre ella. Agarré la primera pegada a la punta de acero y, con una fuerza sobre­humana que me quemaba las venas, se la clavé en un ojo. El metal perforó la cuenca y crujió contra el fondo del cráneo.

— ¡Alu halakoa! ¿Cómo te atreves? —chilló ella, retorciéndo­se bajo la estela.

Repetí el proceso en el otro ojo sin piedad.

Ese ser gritó, in­sultándome en euskera, mientras hundía en su cuello una ter­cera flecha.

El tubo de aluminio se doblaba y me cortaba las manos con cada impacto, pero seguí golpeando, chas, chas, chas .

Machacaba la carne y las vértebras, con las manos tem­blando, hasta que dejó de hablar, hasta que dejó de moverse, hasta que ya no quedaba nada que clavar.

La teniente lleva un rato callada. Hace una mueca de autén­tico asco, pero no comenta nada, extraño. Sabía que no debía contar esta parte, me van a meter presa o algo peor. Pero el es­pectáculo debe continuar.

Hay muchas cosas de ese momento que apenas recuerdo. Ya no sabía si era yo la que lo estaba haciendo o si estaba viéndolo desde fuera. Lo único que sé con certeza es que, cuando termi­né, solo sentía una cosa. Hambre.

Escuché un cristal crujir. Rubén estaba despierto de nuevo. Mi alegría fue tal que corrí hacia él sin pensar en nada más.

—¡Rubén! —Me arrodillé a su lado—. ¡Rubén! ¿Estás bien?

Él tardó unos segundos en enfocar la vista. Recorrió la sala con la mirada, su expresión cambió por completo al verme. Re­trocedió, clavandose los cristales rotos en las palmas.

—N-no…

Vi miedo en sus ojos, un terror profundo que… que no supe gestionar. Yo no… Tanteó el suelo a su alrededor sin apartar la vista de mí, agarrando una de las mochilas. Luego se levantó tambaleándose.

—¡No te acerques! —Balanceó la mochila.

Mis lágrimas empezaron a caer sin control.

—Escúchame… Yo…

—¡Eres un monstruo! ¿Cómo… cómo has…? Aléjate, tú… tú no puedes ser Erika no… no puedes…

—No es lo que parece, os… os he salvado.

—Los has matado… han… han muerto por tu culpa.

Tras eso salió corriendo por la puerta. No fui detrás de él, ni siquiera era capaz de moverme.

Bajé la vista. Mis manos esta­ban bañadas en sangre, goteando sobre los cadáveres de mis amigos.

Al verlos, recordé aquellos días jugando en el cole, estudiando en bachiller y riendo en la uni. Mari… Miguel… Andrea… ya no…

—Perdón teniente, es solo que… —Intento secarme las lágri­mas, no tendría que haber contado esto. Lo tengo demasiado reciente.

—No te preocupes, continúa cuando puedas. —Me da un pa­ñuelo, el paquete se está acabando. Si no me encierra, le com­praré un par.

—Me quedé allí mirando sus… hasta que llegó Joel. Después ya nos fuimos.

—A ver… —Ortega señala la carpeta azul—. Según esto, Joel se cruzó con Rubén a la salida.

—¿Ah, sí?

—Como bien dices, él estaba en la entrada, cerrando el acce­so, cuando escuchó ruidos y se asustó. Empezó a subir por las escaleras a buscarte.

—Ese crío no me hace caso ni aunque se lo pida bien.

—Se cruzó con Rubén en las escaleras. Chocaron.

Rubén balbuceó algo sobre que estabas loca y siguió corriendo, sin más explicación.

Se le cayó la mochila en el choque y no la recogió.

Joel la cogió y siguió subiendo, preocupado por ti, con Lucas en brazos.

Cuando llegó arriba... Erika, no sé si debería leerte esto.

—¿Por qué no? A ver, solo estaba llorando, ¿no?

—Bueno... —Carraspea—. «Vi a Erika de espaldas, junto a una de las mochilas.

Le pregunté si estaba bien y qué había pa­sado.

Cuando vi a todos los demás en el suelo, me asusté.

No quise molestarla, pero me acerqué y le toqué el hombro.

Se giró. Estaba llorando, y al mismo tiempo se estaba comiendo las la­tas, con las manos ensangrentadas, con ansia.

Daba igual cuánto le hablara, no me respondía.

Revisé las demás mochilas. Ya no quedaba nada.

Se lo había comido todo». Por lo que cuenta Joel, estuviste así toda la noche, hasta que te calmaste, y a la mañana siguiente salisteis del museo.

Me quedo callada mirando un punto fijo de la pared.

—Por lo menos esta vez... —empieza a decir Ortega.

—No. No es eso lo que estoy pensando.

Levanto despacio la cabeza para mirarla a los ojos.

—Esa mujer... Habló de una reunión. Y de alguien llamado Esteban.

Ella no era como los otros. Era consciente de lo que hacía.

Eso no… no puede existir… ¿Verdad, teniente?

Me lo imaginé. Joel no dice nada sobre eso, ¿no?

Seguro que fue una alucinación… debe de serlo.

—¿Por qué me río?—. Me estoy volviendo loca.

La teniente cierra la carpeta despacio.

—Puede ser. Pero la verdad, Erika, es que tengo algo que contarte.