Capítulo 16 #2
Bueno… Cuando nos volvíamos a encontrar, les decía que solo quedaba eso y listo.
Creo que al principio se lo creían, luego ya…
Tampoco podía evitarlo. Era tal el hambre, que saqueaba hasta lo que estaba medio podrido.
Joel era el único que lo sabía, era el encargado de vigilar la entrada de las tiendas y las mochilas cuando descansábamos.
—¿No volvisteis a ver ningún fase cuatro? —quiere saber la teniente.
—En ese momento no. También te digo, que al mínimo susurro que escuchaba de parte un anémico salía corriendo.
Así estuvimos, creo, dos o tres días más. En total, con ellos estuvimos una semana o semana y poco. Llegó un punto en que yo ya no pude más. Ni ellos tampoco. Y discutimos.
—Me lo imaginaba —suspira la teniente, apoyando la barbilla en la mano.
Encontramos un museo arqueológico abierto y decidimos pasar allí la noche. Me hizo gracia, la verdad, ver el esqueleto de mentira que tenían expuesto en la entrada, después de haber visto ya unos cuantos humanos reales por el camino.
Nada más cruzar la puerta tuve una sensación extraña.
Lo normal era encontrar cadáveres despedazados, esqueletos o restos de personas medio devoradas.
Allí no. Los cuerpos seguían enteros, arrugados.
Con pequeñas heridas, como si algo les hubiese mordido...
y después les hubiese vaciado por dentro.
Igual que una bolsa de yogur líquido succionada.
Además, apenas olía a sangre; aun así se me revolvió el estómago solo de verlos.
Fue una escena muy perturbadora. Sin embargo, no nos hizo dar media vuelta.
Nos metimos en una de las salas, la más cerrada, que daba a la calle, así podíamos controlar bien esa zona.
Abajo seguían deambulando decenas de anémicos.
Ver una ciudad así siempre me recordaba lo mal que estaba el mundo.
Por el campo aún podías olvidar el desastre durante unos minutos. Allí era imposible.
Me dejé caer contra una pared. Estaba agotada, tenía hambre y el dolor de cabeza no hacía más que empeorar. Solo quería descansar y que me dejaran tranquila.
—Oye, Eri. —Rubén se me acercó—. ¿Te encuentras bien?
—Sí. —Contesté con la vista en el suelo.
—Hoy hemos encontrado poca comida.
—Ya.
—No… no habrás encontrado algo más… y…
—No —le corté, alzando la cabeza.
Rubén miró de reojo a su hermana. María intervino enseguida.
—No pienses así, Rubén. Ella no es de esas. Seguro que todo lo que encuentran nos lo da para repartir. ¿Verdad, Eri?
—Por supuesto —lo dije muy seria, tal vez demasiado.
—¿Sí? —resopló Andrea—. Pues enséñanos tu mochila.
—No tengo por qué enseñaros nada.
—¿Ah, no? —cruzó los brazos con prepotencia—. Si no quieres enseñarla será porque Rubén tiene razón. ¿Nos estás ocultando comida?
Hizo el amago de tirar de mi mochila. La aparté antes de que pudiera tocarla. Con el impulso perdió el equilibrio y estuvo a punto de caerse sobre el arco.
—Qué exagerada eres. No os miento.
Andrea me fulminó con la mirada.
—¿Exagerada? Si encuentras algo, lo lógico es decírnoslo. Somos tus amigos.
—Ah. ¿Los mismos que han estado guardando comida sin que yo lo supiera? ¿Esos amigos?
—No sé de qué hablas, Erika. —Miguel frunció el ceño—. Nosotros no te hemos ocultado nada.
—¿Ah, no?
Todas las mochilas estaban en el suelo. Cogí una que no era la mía, le di la vuelta y la vacié ahí mismo. El estruendo de las latas engulló sus palabras.
—¿Y esto qué es? —Las fui removiendo con el pie—. Uy, mira, de mejillones. Uy, mira, esta de merluza. Qué extraño, ¿no? ¿Cómo han acabado ahí?
Se quedaron petrificados. Andrea intercambió una mirada con María, a la vez que Miguel se giró hacia su mochila.
—A ver qué encuentro en esta… —Me incliné para abrir otra.
—¡Espera! —exclamó María, alzando las manos—. Yo no... no sé qué hace eso ahí. No he… yo no he metido ninguna lata, os lo prometo. Todo lo que he encontrado lo he puesto para compartir, lo juro.
Los observé unos segundos. En aquel momento interpreté aquellas caras de desconcierto como puro teatro. Aunque parecían genuinamente sorprendidos.
—Claro… —Solté una risa seca—. O sea que han aparecido por arte de magia en tu mochila. Seguro que en las otras también han usado el mismo hechizo.
María comenzó a respirar rápido, demasiado, supuse que tenía miedo de que le hubieran pillado.
—¿De qué nos estás acusando? —Andrea se cruzó de brazos, poniéndose en medio—. Si ella dice que no las ha metido, será que no lo ha hecho. Si ninguno lo hemos hecho… A lo mejor… a lo mejor ha sido Joel. Él está siempre con las mochilas.
Me quedé mirándola sin creerme lo que acababa de escuchar.
—No metas a los niños en esto. —Mi voz salió mucho más fría de lo que pretendía—. Ellos no tienen nada que ver.
—Erika, en serio. —Miguel se colocó delante de Andrea—. No sabemos cómo han llegado ahí.
—Últimamente estás muy rara —asintió Rubén con el ceño fruncido—. ¿Por qué no confías en nosotros? Te estamos diciendo la verdad.
—A las pruebas me remito. —Señalé las latas esparcidas por el suelo.
Rubén se agachó hacia su mochila, por la cara que puso imaginé que había más comida en la suya. Eso me lo terminó de confirmar. Antes de que pudiera decir algo, Andrea resopló con desprecio.
—¿Y qué si han ocultado comida? Tú no paras de comer. Seguro que has hecho lo mismo y te la has guardado para ti. Siempre has sido muy egoísta.
Tragué saliva. Noté cómo el corazón empezaba a golpearme con fuerza. Me gustaría decirte, teniente, que respiré hondo, me calmé y les dije que se fueran a la mierda mientras me marchaba con Joel y Lucas. Me encantaría decirte que pasó así. Pero no. No sé qué me dio.
—¿Tuviste una de tus lagunas?
—No. Bueno… casi. Fue… parecido. Esta vez recuerdo lo que pasó. Borroso, pero lo recuerdo.
Ortega abre la carpeta de Joel casi sin hacer ruido. Mientras me escucha, sus ojos recorren unas líneas escritas a mano.
Empujé a Andrea contra la pared. Puse la mano al lado de su cabeza, atrapándola ahí, para asustarla.
—Mira. —Le susurré al oído, con la voz más gélida que pude—.
No quiero que una niñita de papá me dé órdenes.
Sé perfectamente lo que debo o no hacer.
¿Eh? Estaríais muertos sin mí. Metidos en ese granero, ahogándoos en alcohol.
Pero no, decidí ayudaros. Dios sabe que lo intenté. ¿Y vosotros queréis joderme?
La amenacé con algo chungo, pero no me acuerdo con qué. Ortega sigue leyendo la carpeta, por la cara que acaba de poner… no hace falta ser muy lista para imaginar qué bonito no fue.
Andrea empezó a hiperventilar, pegando la espalda a la pared. Me aparté y miré a los otros; temblaban, habían dado un paso atrás sin darse cuenta.
—Nuestro objetivo es llegar a Madrid. Y vamos a llegar todos, os guste o no. Si no queréis hacerlo a mi manera, desapareced de mi vista.
Nadie respondió. Entonces vi el rostro asustado de Joel. En cuanto nuestras miradas se cruzaron sentí como si me despertara de golpe. ¿Qué estaba haciendo?
Aparté la vista. Sin decir palabra me di media vuelta y salí de la sala. Entré en los baños del museo dando un portazo y me acerqué al lavabo por inercia. Apoyé ambas manos sobre la porcelana y levanté despacio la cabeza hacia el espejo.
Por un instante… no me reconocí. La piel era blanca, los labios grises, los ojos… Parecía… parecía… Al parpadear, solo estaba yo, normal.
—¿Estás bien, Erika? —Joel golpeó la puerta.
—Eri. Eri. ¿Tá bien? —repitió Lucas, imitando a su hermano.
—Tranquilos... —respondí intentando que mi voz sonara neutral—. Estoy bien, Joel. Ya salgo.
Me encerré en aquel baño durante varios minutos. No quería salir. Apoyé la espalda contra la puerta y me dejé caer hasta quedarme sentada en el suelo. Era incapaz de respirar despacio.
Fue como... como si de repente todo estuviese demasiado cerca.
Olía a polvo, a moho, a lejía, a un montón de cosas.
Podía escuchar los pasos de los anémicos que había fuera.
Escuchaba cómo golpeaban las ventanas. Era demasiado.
Todo era demasiado fuerte. No podía concentrarme.
Me dolía la cabeza. Tenía hambre. Me costaba respirar...
—Erika… Has sido un poco dura con ellos —dijo Joel desde el otro lado—. Pero creo que alguien tenía que ponerlos en su sitio. Son muy... niños.
No pude evitar una pequeña sonrisa. Un crío de trece años diciendo eso de cuatro adultos.
—Siempre se están quejando. Siempre discuten. Siempre hacen ruido. Más de una vez casi nos matan por su culpa. Son un lastre.
Lucas soltó una risita. Oí cómo Joel le hacía cosquillas un momento antes de seguir hablando.
—Yo sé que haces lo que puedes, y te agradezco mucho que nos protejas a Lucas y a mí. Pero… Si de verdad somos una carga para ti...
Abrí la puerta de golpe antes de que terminara la frase. Joel estaba apoyado en ella. Se echó hacia delante tan rápido que estuvo a punto de caerse encima de su hermano.
—Joel. —Me agaché delante de él—. Tú no tienes la culpa de nada.
—Pero...
—Ni tú. Ni Lucas. —Miré al pequeño, que nos observaba sin entender nada—. Solo sois víctimas. ¿Entendido?
Joel me miró fijamente y terminó asintiendo.
—No vuelvas a pensar eso. Si ellos no quieren entenderlo… nos iremos.
Una sonrisa se dibujó en el rostro de Joel, creo que fue la primera que le vi.
—Vamos con el resto.
Caminamos juntos por el pasillo del museo pensando en cómo pedirles perdón. A lo mejor aquello tenía una explicación. Había perdido los nervios. Ellos también se habían equivocado, pero yo había ido demasiado lejos.
—Chicos... —empecé a decir—. Sé que antes os he hablado un poco mal y...
La sala estaba vacía. No había nadie. Todas las mochilas y el arco habían desaparecido. Sentí cómo el estómago se me encogía de golpe. Se habían ido.