Capítulo 16
Aquel sitio era horrible. En serio, de los peores en los que habíamos estado hasta entonces. Todo cubierto de una capa de polvo tan gruesa que se levantaba en nubes con cada paso, los andenes llenos de escombros, cristales rotos por todas partes, algún banco volcado. Daba asco solo mirarlo.
Y olía fatal. No solo a polvo, que también, sino a orina, a humedad, a animales muertos, a grasa rancia, a basura fermentada... Era un olor tan fuerte que casi podía distinguir cada cosa por separado. Ahí empeoré. Parecía que me había bajado la regla, del dolor de cabeza que tenía.
Nada más entrar sentí que las piernas me fallaban.
La cabeza empezó a darme vueltas con tanta intensidad que pensé que iba a caerme allí mismo.
El cuerpo me pesaba una barbaridad y un dolor sordo me atravesaba el vientre.
Apoyé la espalda contra una pared desconchada mientras sujetaba a Lucas con todas mis fuerzas para no dejarlo caer.
—Erika. —Joel se acercó enseguida—. ¿Estás bien?
—Sí, sí, estoy bien —forcé una sonrisa—. Coge un poco a Lucas, porfa.
Joel lo sujetó enseguida, luego me volvió a mirar.
—Erika, estás muy pálida. —Se acercó, casi tocándome la cara—. Más de lo normal. Y tus ojos...
—No me toques. —Le aparté la mano de un manotazo.
Ambos nos quedamos en silencio. Joel dio un paso atrás, apretando a su hermano, sin apartar la vista.
—Estoy bien, ¿vale? Solo… solo necesito descansar un poco.
Él no parecía convencido, pero terminó asintiendo.
Se llevó a Lucas hacia una esquina del andén donde los demás estaban dejando las mochilas.
Yo me quedé unos segundos apoyada contra la pared, intentando que dejara de girarme todo.
Esperé a que Joel consiguiera dormir otra vez a Lucas antes de volver con los demás.
Nos sentamos todos cerca de una de las vías.
—¿Cuánto creéis que tardaremos en llegar a Madrid? —quiso saber Andrea, limpiando el suelo antes de sentarse.
—Si no pasa nada raro... una semana… puede que un poco más. Tenemos que seguir dirección Cuenca.
—Una semana más andando... —María se tapó la cara con las manos—. Menos mal que pudimos pasar por una tienda y pillar unos deportivos. ¿Verdad, Andrea? Porque si no ya estaríamos... ¿Tú sabes cómo tenemos los pies?
—Ya... vuestros pies huelen a sangre.
Se hizo un silencio extraño. Los cuatro se giraron hacia mí a la vez.
—Bueno, sangre no sé —dijo Andrea, toqueteando la falda del vestido—, pero olemos fatal, todos. Podíamos haber parado en algún río para lavarnos.
—No pasa nada —sonrió Miguel, intentando aligerar el ambiente—. Esto es el olor del superviviente. Mejor esto que estar muerto, ¿no?
Nadie se rio; el eco de su voz se perdió entre los raíles.
—Solo nos falta una semana más… —murmuró Rubén—. El problema no es el tiempo, sino...
Nos giramos hacia la montaña de mochilas que custodiaba Joel.
—¿Creéis que habrá más súpers de aquí a Madrid? —susurró Mari.
—Haber habrá —respondió Andrea—. Que todavía tengan comida es otra historia.
—Yo creo que tuvimos mucha suerte con los primeros —suspiró Miguel, dejándose caer un poco hacia atrás sobre los codos—. Los últimos estaban vacíos. No sé yo si...
—No te desanimes —le cortó María con una sonrisa cansada—. Cuando lleguemos cerca de Cuenca seguro que encontramos algo. Es una ciudad grande.
—Tendremos que rodearla —interrumpió Rubén—. Las ciudades tienen demasiados anémicos.
Andrea resopló, apoyando la espalda contra una columna.
—Es increíble, tío. Ir a Madrid, que está a cuatro horas de Elche, nos va a llevar dos semanas andando. ¿Para qué? Para llegar y descubrir que también está hecha mierda.
—No digas eso. —Miguel se acercó para calmarla—. Seguro que Madrid aguanta. Ahí están el presi y toda la gente importante. Tiene que resistir.
—Eso, eso —asintió María—, no penséis así. Se-seguro que todo está bien.
Se les notaba en los gestos vacilantes que no se creían lo que decían. Yo estaba bastante ausente de la conversación, jugueteando con un trozo de cristal roto entre las botas.
—Todo sería más fácil si no tuviésemos que llevar tanta carga —comentó Andrea, mirando de reojo a los niños.
—No pienso abandonar a los chiquillos —Mi voz salió más seca de lo que pretendía.
—Yo no he dicho nada. —Levantó las manos.
Noté cómo la mandíbula se me tensaba.
—Por lo menos Joel es útil. No como una señorita que no sabe orientarse.
—Bueno, si dos pueblos se llaman casi igual, es normal equivocarse. ¿Y? Al final no nos desviamos tanto.
—Nos desviamos un día entero, Andrea. Un día. ¿Sabes lo que es eso? No estamos para malgastar energía tontamente. No tenemos comida.
—Bueno —Miguel estiró las manos entre las dos para intentar rebajar la tensión—, aún nos queda la de tu mochila.
Sin pensar siquiera, agarré la mochila y la acerqué a mi cuerpo.
—No seas así, Eri —me riñó María—. Todos nos estamos muriendo de hambre. Hay que repartirlo bien pa que aguante lo máximo posible, aunque comamos poco.
Sentí un tic en el ojo. ¿Poco? Esta semana que llevamos juntos he comido menos que en todo el viaje desde Elche.
Nosotros compartimos todo lo que encontramos.
Pero vosotros… Vosotros os lo repartís entre los cuatro, seguro.
Solo nos dais algo cuando Joel o yo os vemos hacerlo.
Ahí es cuando decís «ah, sí, esto también es para vosotros».
Si no, no nos lo dais. No tengo pruebas, pero tampoco dudas.
Todo eso lo pensé. No lo dije. Me quedé mirándolos, nada más.
—¿Qué? —Andrea se removió, incómoda—. ¿Por qué me miras con esa cara de asesina? No me puedes juzgar, ¿eh? Qué tú eres la qué más comes. Vas a acabar engordando.
Algo dentro de mí terminó de romperse.
—¿A ti qué te importa lo que yo haga? ¿Eh? —me puse de pie de un salto—. No os importó dejarme sola. ¿Y ahora de repente te preocupa lo que como?
Andrea soltó una risa seca, apartándose un mechón de la cara con chulería.
—Ya sabía yo que ibas a sacar el tema. Siempre igual, Erika. Qué rencorosa eres.
—Habíamos cambiao el plan como cuatro veces —intervino María—, y con un puente tan bueno... No lo hicimos por fastidiarte, tía.
—Claro —añadió Miguel, acercándose a mí—. A la próxima vamos los cinco juntos.
—Podríamos haber esperado. En agosto tenemos vacaciones todos. Pero no. Siempre tengo que ser yo la que lo organiza. Siempre soy yo la que se adapta. La que cede.
Andrea chasqueó la lengua y rodó los ojos.
—No me hables con ese tono, Erika. Si quieres comportarte como una cría porque piensas que pasamos de ti, adelante. Pero no nos culpes de tus tonterías.
Eso me cabreó. Todavía me cabrea solo de acordarme de esa vocecita de pija que se le pone cuando quiere sonar razonable y en realidad solo está siendo una zorra.
—¿Tonterías? —Me quedé de pie, respirando fuerte, con el puño apretando el asa de la mochila—. Tonterías es intentar ayudaros.
María bajó la vista. Miguel miró hacia un lado, incómodo.
Rubén ni siquiera se atrevía a levantar la cabeza.
Por el contrario, Andrea seguía con los brazos cruzados y la barbilla alta.
No tenía fuerzas para seguir discutiendo.
Me di la vuelta y me marché hacia donde dormían los niños. Escuché sus voces tras de mí.
—Qué dramática es siempre, tío. Hace un drama de todo...
—Hombre, Andrea... —respondió María con un suspiro pesado—. Estamos todos cansados.
—Ya, pero es raro que se altere así —comentó Miguel—. Normalmente es más...
—Tranquila —terminó Rubén en voz baja—. ¿Le pasará algo?
No quise seguir escuchando. Avancé por el andén hasta encontrar a Joel. Estaba sentado junto a Lucas. En cuanto me vio, apartó la mirada. Había estado escuchándolo todo.
—¿Qué haces despierto todavía? —le solté, regañándolo—. No deberías espiar, ¿sabes?
Se echó un poco hacia atrás.
—Lo siento… No… no quería molestarte.
En ese momento me di cuenta del tono tan duro con el que le había hablado.
—No. Lo siento yo. Perdona, no tenía que haberte hablado así —suspiré, dejándome caer de rodillas a su lado—. Vamos a descansar, ¿vale? ¿Lucas ya se ha dormido?
—Sí.
Se estiró hasta el montón, apartó el resto de mochilas y cogió la suya antes de que nadie pudiera acercarse a ella. Aquella noche apenas hablamos.
Al día siguiente llegamos a Cuenca. Necesitábamos suministros, y encontramos un supermercado que estaba a rebosar de anémicos. De normal lo que hacíamos era esperar a que se marcharan, o hacer ruido en algún sitio para que se movieran. A veces funcionaba, a veces no.
En ningún momento les dije que a mí los anémicos no me atacaban. La verdad es que no me apetecía contárselo. Y en ese momento estaba harta. Enfadada con Andrea por cómo me había hablado la noche anterior, y no quería que ellos entraran antes que nosotros.
—Oye, Mari, Joel y yo vamos a limpiar este. Creo que he visto un bazar en la calle de arriba. ¿Por qué no vais vosotros ahí?
—¿Pero vais a poder entrar? —María miró hacia el escaparate—. Yo ahí veo muchos bichos de esos.
—Tranquila, nosotros nos apañamos.
Vi cómo sus ojos bailaban de un lado a otro durante medio segundo.
—Vale, ir con cuidao —aceptó, demasiado rápido para mi gusto.
Joel esperó a que los demás se alejaran unos metros para acercarse.
—Vas a entrar tú sola, ¿verdad?
—Claro —le sonreí de lado, guiñandole un ojo.
Esperé a que el grupo desapareciera calle arriba.
Después respiré hondo y crucé la entrada.
Los anémicos ni siquiera me olisquearon.
Caminé entre ellos como si no existieran.
Recogí las latas, conservas y frutos secos que quedaban, que eran pocos, y los fui metiendo en mi mochila.
Solo lo que no cabía lo ponía en la bolsa para repartir.
—En ese momento estaba enfadada y fui un poco hija puta, la verdad.
—¿Solo un poco? —La teniente arquea una ceja.