Capítulo 15
Lo primero que hice, nada más abrir los ojos, fue acercarme a Lucas.
Seguía dormidito. Le puse la mano en la frente para comprobar que no tuviera fiebre, le revisé un poco la cara y, en cuanto vi que estaba bien, no pude evitar ponerme a jugar con sus mofletes un rato.
Se veía tan mono durmiendo, tan gordito, que durante unos segundos me olvidé de dónde estábamos.
—No toquetees a mi hermano.
Joel acababa de despertarse y ya estaba dando órdenes. Le saqué un poco la lengua con media sonrisa y me levanté.
Fui a mirar por las ventanas mientras el resto empezaba a removerse entre la paja.
Mayo empezaba a pintar de verde los campos.
Las viñas ya enseñaban los primeros brotes tiernos, pequeños y brillantes, que contrastaban con la tierra oscura que alguien había arado antes del brote.
Era precioso, si no fuera por los cuatro anémicos que había en medio.
El señor, que por la ropa deduje que era el agricultor, cogía una azada del suelo, la volvía a dejar, la volvía a coger, la volvía a dejar, así en bucle.
El niño jugaba con unas hojas, se quedaba quieto mirando al vacío, y volvía a jugar con ellas.
Me dio pena verlos. Parecían una familia; una enferma.
—No veo a la mujer del agricultor —le susurré a Joel.
María se estaba despertando en ese momento.
—Es una señora muy mona —bostezó, medio dormida, recogiéndose el pelo—. La típica abuela de campo. Llevaba un vestidito hecho de croché, de esos que haces tú, Eri.
—Pues no la veo. —Busqué por las otras ventanas, por si acaso—. ¿Os ha hablado alguno de ellos?
Los cuatro me miraron como cuando les dije que me iba a tintar el pelo de verde el día de la graduación de la uni. Salí guapísima en esas fotos.
—Eri, tía, ¿qué te has fumao?
—Si no está cerca, a lo mejor es nuestra oportunidad de salir. —Andrea terminó de incorporarse, sacudiéndose el vestido con asco—. Al final es la que casi nos pilla la última vez.
—Tampoco hay que confiarse —negó Rubén, ordenando su mochila—. No sabemos ni a qué reaccionan.
—Es obvio que al ruido, ¿no? —asumió Miguel.
Tuve que reconocer que el comentario de Rubén era bastante más inteligente de lo que parecía. Yo también había dado por hecho que reaccionan al ruido. Pero… ¿Y si no es así? Antes de que pudiera contestarle, Miguel ya había cogido una caja de madera.
—Vamos a comprobarlo —sonrió, lanzando la caja por la ventana.
El ruido del vidrio rompiéndose retumbó en todo el viñedo. Los cuatro infectados se giraron hacia la caja destrozada, y luego continuaron con lo que estaban haciendo.
—Qué raro... —murmuró Miguel.
—¿Ves? —Rubén cruzó los brazos—. Si no es al ruido… ¿al olor?
—Puede ser o a…
—Vale, cambio de planes. —Andrea me cortó antes de terminar la frase—. Si la señora no está, vámonos. Ya que ahora sí que vemos, ¿no?
—Vale —contesté, ignorando la indirecta—. Coged lo que tengáis a mano.
Mientras todos recogían sus cosas, Miguel metió tres botellas de vino en su mochila.
—¿Para qué quieres eso? —lo miré extrañada.
—A falta de agua… Además, si hace falta quemar algo, igual nos sirve.
No estaba convencida de que aquel vino tuviera suficiente alcohol para arder.
Pero tampoco tenía una idea mejor. Nuestra situación con el agua empezaba a ser preocupante.
La poca que llevaba desde Valencia ya se había terminado.
Lo único que seguía intacto en mi mochila eran las pastillas potabilizadoras.
Hasta entonces había bastado porque siempre intentábamos movernos cerca de ríos. Sin embargo, ahora éramos siete.
Bajamos las escaleras en silencio. Salí primero para comprobar si veía a la mujer. Llevaba a Lucas colgado del pecho y la mochila a la espalda. Joel iba justo detrás de mí. Lucas se despertó en ese momento y empezó a hacer ese ruidito suyo, entre risa y queja.
—Shh, tranqui, peque —le tapé la boca con cuidado—. Luego te doy de comer. No llores.
—Controla al niño. No quiero morir por su culpa —soltó Andrea desde atrás, sin mirarme.
Si te soy sincera, esa señora me daba igual. Lo que me tenía en tensión era el caníbal del día anterior. Vigilaba hacia todas las direcciones rezando para que no apareciera. Apenas habíamos recorrido unos metros cuando María se quedó inmóvil.
—Mierda...
Seguí la dirección de su mirada: la mujer del agricultor estaba allí.
Vestía un sencillo vestido de croché color crema, manchado de tierra.
Sus ojos incoloros estaban fijos en nosotros.
Nos quedamos quietos observándola. De pronto, avanzó a paso lento.
Sentí un escalofrío. Nosotros hicimos lo mismo.
Ella continuó, sin correr, cada vez más cerca, sin apartar la vista de nosotros.
Se me empezó a cerrar el pecho. No podía dejar de pensar en el caníbal, en cómo se había acercado así antes de lanzarse a por nosotros.
—Nos va a matar... —susurró Andrea, temblando.
—Seguid andando —murmuré, acelerando el paso.
Notaba el sudor frío en la nuca, la respiración de Lucas contra mi cuello, los pasos de los demás cada vez más rápidos detrás de mí. Por suerte, al salir del viñedo, la mujer se quedó quieta en la puerta, observándonos.
— Mare de Déu, qué suerte... —soltó Miguel cuando paramos después de estar corriendo para perderla de vista.
—A lo mejor no tenía hambre —aventuró María, cojeando un poco por los escarpines.
—O no le interesamos —jadeó Andrea, intentando quitarse la suciedad del vestido.
Joel caminó hasta ponerse a mi lado. Miró una última vez hacia el viñedo.
—Esta sí que era normal.
—Sí… Menos mal. —Lo miré de reojo, intentando recuperar el aliento—. No os paréis, aún no estamos a salvo.
Nos alejamos de los viñedos y continuamos por un camino de tierra que serpenteaba entre campos y pequeñas parcelas.
A un lado se extendían interminables hileras de viñas; al otro, almendros y algunos pinares rompían el paisaje.
Al mínimo ruido de anémicos cambiábamos de dirección.
Supongo que por eso no vimos casi ninguno.
Ahora bien… Andrea… Dios. No recuerdo haber conocido a nadie capaz de quejarse tanto durante tantas horas seguidas. «¿Podemos parar cinco minutos?» «No puedo más». «¿Falta mucho?»
—¿Te sorprende? —La teniente Ortega levanta la vista de la carpeta—. No estaban acostumbrados.
—Ya, ya lo sé. Tuvimos suerte con los anémicos, sino habría tenido un motivo real para gritar.
La teniente deja escapar una sonrisa antes de hacerme un gesto para que continúe.
Cuando el sol empezó a esconderse encontramos una pequeña explanada rodeada de pinos, apartada de la carretera.
Decidimos acampar ahí. Miguel y Rubén fueron a buscar maleza y ramas secas para la hoguera.
Rubén, muy orgulloso, sacó su mechero, cogió un poco de algodón de la mochila y, tras un par de intentos, le prendió fuego.
—¿Ves, Erika? —sonrió, con la cara iluminada—. ¿Ves?
—Joder, cada vez se te da mejor —Miguel le dio una palmada en la espalda—. Las pillas rápido, tío.
—Muy bien, hermanito —añadió María, con un tonillo que dejaba claro que era medio en broma—. Por fin no tardas media hora.
Andrea también comentó algo parecido, y los cuatro se giraron hacia mí, esperando mi reacción.
—Ah, sí. Muy bien.
Era una tontería, hasta Joel podía encender una hoguera, pero Rubén sonrió tan orgulloso que preferí guardarme el comentario.
—Gracias… —agachó la cabeza intentando disimular que le había hecho ilusión.
Mientras el fuego empezaba a calentar, dejé la mochila en el suelo.
—Joel, ve montando la tienda.
Él asintió y comenzó a sacarla. Por otro lado, Andrea se acercó a paso rápido al verla.
—Erika, ¿tienes tiendas de campaña?
—No, solo tengo una pequeña. Es la única que me cabía en la mochila.
—Ah, una. —Se le iluminó la cara—. ¿Y podríamos dormir ahí?
Miré de reojo a Joel antes de contestar.
—A ver, la tienda es para dos. Y los niños y yo ya estamos demasiado apretados. A menos que te encojas…
Sé que Andrea se mosqueó. Estaba claro que prefería dormir en la tienda antes que en el suelo. Sin embargo, también sé que, justo después, pensaría que tampoco iba a dejar a dos niños fuera. Por eso no protestó. Y como no se quejó, yo tampoco le di más vueltas.
—Lo que podemos hacer —propuso María— es que Joel duerma en la tienda con las mochilas, así estarán más seguras.
—Ah, ¿y yo dónde duermo?
—Pues con nosotros —sonrió Miguel, dándole una palmadita a la tierra—. Bajo las estrellas. Así es más justo.
Rubén soltó una risita floja, avivando las brasas con un palo.
—Al final sí que vamos a acampar juntos.
Me reí también, aunque con poca gana. Terminamos de organizarnos alrededor del fuego. Cuando ya empezaba a anochecer propuse hacer turnos de guardia.
—No te preocupes —negó Andrea—. Con lo asqueroso que está esto, a mí no me va a costar quedarme despierta. No todos podemos dormir en una tienda o con un saco.
—Pensaba se lo ibas a dar al crío —comentó María, mirando mi saco.
—No, qué va, no le gusta, le da mucho calor. —Me encogí de hombros—. Yo con tal de no tocar el suelo. Seguro que hay un huevo de bichos.
—No digas eso —protestó Andrea—. Aunque sea verdad, no lo quiero saber.
Me reí por lo bajo.
—Por cierto. ¿Cómo lleváis los pies?
—Fatal. Entre las ampollas y las rozaduras de los muslos.
María también se había quitado los escarpines para descansar los pies. Las miré con pena y rebusqué en mi mochila los pantalones que tenía al principio.
—Toma, Andrea. Así por lo menos no te rozarán tanto.
—Ay, tía, muchísimas gracias. —los cogió, los miró—. Aunque hubiese sido mejor si fuesen de otro color. Ya sabes que yo no tolero el negro.
—Bueno, si no los quieres, los guardo.
—¡No, no! Los quiero, los quiero. —Se los puso por debajo del vestido, ahí mismo—. Uff… Si mi estilista me viera ahora...
Miguel soltó una carcajada, tumbándose sobre la hierba.
—Pues si mi entrenador me viera aquí, eso sí que sería gracioso.
—Es verdad. ¿Cómo te fue al final el último partido? —pregunté, mirando a los niños que ya se habían dormido.
—Nos dieron una paliza. Metieron una canasta en el último segundo y nos reventaron. No sé, tío. A veces pienso que no soy lo bastante bueno para seguir jugando.
—No te desanimes —le sonrió María, dándole un apretón afectuoso en la rodilla—, es cuestión de tiempo.
—¿Cuestión de tiempo? —Rubén negó con la cabeza—. Tío, eso ya da igual. Seguramente no vuelvas a jugar al baloncesto hasta que esto se solucione.
Miguel se giró hacia las mochilas. Alargó el brazo y sacó una de las botellas de vino. La descorchó, le dio un buen trago y se la tendió a Rubén.
—Deja de decir cosas tristes y bebe.
Yo los regañé, no estábamos en situación de ponernos a beber. Pero Andrea aceptó la botella igual, luego Mari también… en fin, que a regañadientes nos pusimos a beber riéndonos de la situación. En mitad de una anécdota me rugieron las tripas tan fuerte que se oyó por encima de las risas.
—Uy —Andrea se giró hacia mí—. Erika, sí que tienes hambre, tía. ¿Es que no habéis comido o qué?
—No, qué va.
Abrí mi mochila, saqué una bolsita pequeña llena de barritas energéticas, y volví a cerrarla.
—Buah... pues sí que tienes —comentó Miguel, sacando la poca comida que les quedaba del granero—. Eso te da para varios días.
—¿Días? —Ya estaba abriendo la primera con los dientes—. Yo creo que me lo puedo comer todo ahora.
Andrea me observaba desconcertada, cogiendo una lata de atún, mientras me comía una tras otra.
—Tía... pero si tú antes no comías casi nada.
— ¿Què dius? Si yo siempre he comido mucho.
—No, tía. Si cuando te pones con algo a full se te olvida comer. ¿Cómo es posible que ahora comas tanto?
—Yo qué sé. Será la ansiedad —supuse, terminando otra barrita.
—¿No te estás tomando las pastillas? —preguntó Rubén.
—¿Tú crees que me estoy tomando alguna pastilla? —solté una risa—. Salí de mi casa con lo puesto. Hasta me dejé el móvil.
Se miraron entre ellos en silencio mientras yo seguía comiendo la mar de a gusto.
—¿Y te queda mucha comida? —preguntó Miguel, mirando mi mochila.
—No mucha. Potitos y algunas latas. Esto casi no lo abro, por eso están un poco derretidas. —Saqué una para enseñársela—. Pero si queréis, os doy una.
—Sí, sí, dame —asintió Rubén enseguida, alargando la mano. Terminé repartiendo una a cada uno.
Para ahorrarte el rollo. Al final nos quedamos toda la noche hablando. Creo que el único que se durmió fue Rubén. Entre chisme y chisme, nos acabamos las botellas de vino.
—¿En serio? —La teniente levanta una ceja—. O sea, de los creadores de First Date apocalíptico llega emborracharse en la vendimia.
—Que no estaba ligando con Gabriel, qué manía. —Suspiro—. Pero sí… pasó eso.
Al día siguiente, el que nos tuvo que despertar a todos fue Joel.
—Erika. Erika, despierta.
Me dió pataditas en la pierna. Yo seguía medio dormida, cubriéndome los ojos de la luz del sol con el brazo y con la cabeza dándome vueltas.
—¿Qué pasa, Joel? —me senté despacio—. Uf, qué mareo.
—Tenemos que irnos —dijo él, con la mochila ya cargada.
—Sí, sí. Tienes razón. ¿Has desmontado la tienda?
—Sí, está todo listo. Podemos irnos ya.
—Vale, vale, vale.
Le di un golpe suave a María, que seguía tirada a mi lado.
—Mari. Mari, levanta, coño.
Se fueron levantando todos entre quejidos, arrastrando los pies, con una cara de sueño.
—Ay, ¿por qué nos haces madrugar, Eri? —protestó Miguel—. Déjanos dormir un poco más.
—Venga, chicos. Joel tiene razón. Cuanto antes lleguemos a Madrid, antes estaremos a salvo.
—Vale, vale —bostezaron, resignados.
—Por lo que me cuentas... —comenta la teniente, anotando algo—, el viaje fue bastante entretenido.
—Bueno…
La ruta de Requena hasta Utiel fue tranquila. Nos guiamos por los carteles y señales, por eso me acuerdo de los nombres. Joel no se llevaba bien con ninguno de ellos. Tenias que haber visto las caras que ponía. Al único que soportaba era a Rubén, se ve que tenían gustos parecidos.
Durante tres o cuatro días no hicimos otra cosa que buscar comida, refugio y caminar. Antes la comida la repartía entre Joel, Lucas y yo. Ahora éramos siete. Y, cuanto más caminábamos… más hambre tenía. Llegó un punto en que ya no podía pensar en otra cosa.
Recuerdo cuando llegamos a una estación de tren abandonada… Tenía un hambre terrible. Tanta, que mirando a Lucas pensé: «Qué mono que es, está para…»
—No me digas que te dio hambre el niño —me corta la teniente.
—No sé. Pero cada vez que lo miraba… Me sonaban las tripas. Vamos a dejar el tema ahí.
Total, que al llegar a esa estación yo estaba famélica.