Capítulo 14
—¿Un qué en qué?
Ortega se frota el puente de la nariz antes de apoyarse sobre los codos.
—Síndrome Hemático Degenerativo. Es el nombre que le hemos dado a… la enfermedad.
La miro un momento.
—Vaya mierda de nombre. Anémicos caníbales mola más.
—Es una clasificación provisional. Aún no sabemos si es un virus, una bacteria o cualquier otra cosa, pero sí sabemos que evoluciona. Por eso hablamos de fases.
—Ah, entiendo… O sea, que el correcaminos tuerto estaba en la cuarta. ¿Entonces hay más?
La teniente entrelaza los dedos sobre la mesa.
—Eso creemos. Durante semanas recibimos informes de supervivientes que aseguraban haber visto infectados capaces de hablar.
Algunos decían que pronunciaban palabras sueltas.
Otros afirmaban que mantenían frases sencillas.
Pensamos que eran delirios provocados por el estrés.
Gente agotada que confundía ruidos con voces.
—Mira de reojo las carpetas—. Pero después de escucharte a ti...
y a Joel... empiezo a creer que esos informes eran reales.
Apoyo la espalda en la silla con una sonrisa.
—Me alegro de que me creas, teniente.
—Tú sigue —me ordena, dando un par de toques con el boli sobre el papel—. ¿Con quién os encontrasteis en ese granero?
—A ver si lo adivinas.
—Erika… —resopla.
—Te va a hacer gracia, de verdad. —Ella me clava esa cara de no tener ninguna intención de jugar conmigo—. Vale, vale. Voy.
Cuando entramos una voz femenina nos asustó desde la oscuridad.
—¿Quiénes sois? ¿Qué hacéis aquí?
Apenas distinguía las vigas del granero. Veía sombras moviéndose entre montones de cajas junto con el ruido de botellas rodando. Instintivamente me puse delante de Joel mientras sujetaba a Lucas con más fuerza. Entonces una linterna se encendió. El haz de luz iluminó su rostro.
—¿Erika? —La chica pestañeó rápidamente, tapándose los ojos del choque de luz.
Me costó reconocerla por las pintas que llevaba.
—¿María?
Las dos nos quedamos inmóviles, como si estuviéramos intentando decidir si la otra era real. Hasta que soltó la linterna sobre una caja.
—¡Eri, tía!
Corrió hacia mí y me abrazó con tanta fuerza que casi me tira a Lucas, haciéndome dar un paso atrás para no perder el equilibrio. Yo tardé un par de segundos en devolverle el abrazo, rodeándola a duras penas con el brazo libre.
—Mari... ¿pero… qué haces aquí? Pensaba que estabais en Tuéjar.
Ella se apartó lo justo para mirarme. Tenía el pelo castaño recogido en una coleta despeinada, la cara llena de suciedad y unas ojeras que parecían pintadas.
—Tía, ¿tú has visto cómo está el panorama? —María seguía sin soltarme—. Pensaba que estabas muerta.
—Tranqui, tía. Os llamé un montón de veces.
Andrea intervino desde el fondo, con ese tono de pija tan característico. Hacía tanto que no la veía que hasta lo echaba de menos. La pobre llevaba el vestido lleno de barro y aún seguía con los escarpines. Creo que Mari también los llevaba.
—No teníamos casi cobertura y los móviles están sin batería. No nos enteramos de todo esto hasta que cogimos el coche para volver a casa el lunes por la tarde.
—Qué casualidad. Otros que no se enteran hasta el martes.
—¿Y esos críos de dónde los has sacado? —Miguel dio un paso hacia nosotros, cruzándose de brazos para observar al pequeño.
—Os presento a Joel y a Lucas. —El chiquillo tenía cara de estar calculando cuántas salidas tenía ese granero en vez de prestar atención—. Joel, estos son mis amigos. Esta es Mari —señalé, apartándola un poco—. La rubia es Andrea, el alto es Miguel y… supongo que la sombra que queda es Rubén, ¿no?
—Exacto —confirmó él, pegándose la linterna a la barbilla para alumbrarse la cara desde abajo.
Joel asintió despacio, aunque no parecía demasiado convencido. Se echó un poco hacia atrás, ocultándose tras de mí. Me tiró de la manga para que me agachara, aprovechando que los demás estaban hablando entre ellos.
—No sé si deberíamos fiarnos... Si están aquí será por algo.
—Tranquilo. Son majos —le susurré al oído sin apartar la vista de mis amigos—. Seguro que os llevareis bien.
Ahora bien, entendía el porqué de su desconfianza. Y para serte sincera… yo pensaba igual, solo que no se lo dije.
—Otra cosa... ¿Qué es ese olor? —El aroma a vino pasado me revolvió el estómago.
Andrea arrugó la nariz y se cruzó de brazos, poniendo esa cara de ofendida que llevaba desde que la conocía.
—Alejaos un poco de la puerta —advirtió María, ignorando mi pregunta.
—No deberíamos hacer tanto ruido —susurró Rubén, casi sin mover los labios—. Por si el matrimonio sigue cerca.
—¿Qué matrimonio?
—Ahora te lo contamos. —María intercambió una mirada rápida con los demás—. Subamos. Aquí no estamos a salvo.
Los seguimos por una escalera de madera que crujía a cada paso.
La segunda planta estaba mucho más iluminada.
El tejado tenía varios agujeros y algunas ventanas estaban rotas, por lo que la luz entraba en haces que atravesaban el polvo suspendido en el aire.
Al observarlos mejor, vi que estaban muchísimo peor de lo que había imaginado.
Tenían las mejillas hundidas, la piel apagada y unas ojeras enormes.
La ropa parecía la misma con la que habían salido de acampada…
solo que ahora estaba rota, manchada y endurecida por días de suciedad.
Aquella imagen hizo que se me humedecieran los ojos.
—Tíos tenéis una pinta horrible. ¿Qué os ha pasado?
María resopló, apartando algunas botellas vacías para sentarse.
—Pues fuimos a Tuéjar… nos… —esbozó una sonrisa culpable—. Nos lo pasamos súper bien, pa qué mentir.
Me alegro de que os lo pasaseis tan bien sin mí, eh, qué buenos amigos sois.
—Bueno… por lo menos habéis disfrutado.
Joel me lanzó una mirada de reojo.
—Ay, sabía que lo entenderías, tía —me sonrió María—. Tú siempre eres tan buena.
Asentí sin decir nada, desviando la vista de Joel.
—Total —siguió, acomodándose la coleta despeinada con ese tono choni que pone cuando cuenta algo—.
El lunes por la tarde recogimos todo pa volvernos.
Pero como estábamos ma o meno cerca, dijimos de pasar por un par de sitios más para bañarnos antes de volver a Elche.
Por eso seguimos vestidos así. —Se señaló el pantalón corto y el bikini.
—Guardamos todo en el coche y nos subimos —añadió Miguel, apoyando la espalda en una viga de madera.
—¿Y no pensasteis en cambiaros? —le corté—. Aunque fuerais a otro sitio. Conducir en bañador es un asco.
—Ya, sí —admitió Miguel—. Pero daba igual, se suponía que solo íbamos a estar un par de horas más en el coche.
—Tendrías que haber venido —murmuró Rubén, sentado en el suelo mientras rayaba la madera con una piedra, tan bajito que casi no lo oí.
Nos giramos todos hacia él. Miguel le dio un pequeño golpe con el pie.
—Pues sí, tenías que haber venido porque nos lo pasamos genial.
—Sí, tía —añadió Andrea, sacudiéndose unas pajitas del vestido—. Fue muy divertido.
En cambio, Rubén soltó la piedra y negó con la cabeza.
—Que no te engañen —soltó de repente, poniéndose recto—.
No supimos encender el maldito fuego. Tuvimos que buscarlo en internet, y tardamos dos días en pillarle el truco.
Acabamos llenos de picaduras de bichos, porque se nos olvidó el antinsectos.
Además, no había quien entendiese las instrucciones de la tienda. Y…
Andrea y María le clavaron una mirada asesina. Rubén cerró la boca al instante.
—Sí... bueno... Rubén tiene razón —Miguel soltó una risilla y le pasó un brazo por el cuello, despeinándolo un poco—, pero da igual, al final nos apañamos.
Los observé a todos alzando una ceja. Sabía que me echarían de menos. Lo de ir de acampada lo propuse yo.
—Bueno... ¿y luego qué?
María volvió a ponerse seria.
—Cuando íbamos de camino hacia Elche empezamos a ver gente corriendo por la carretera. Muchísima.
—Pensamos que había un accidente —añadió Miguel—. Así que paramos a mirar. Y vimos a esas cosas atacando a la gente.
—Intentamos volver al coche y salir de allí —continuó María, abrazándose las rodillas—, pero era imposible. Todo estaba bloqueado. La gente había dejado los coches atravesados. Cogimos las cosas del camping y nos fuimos andando.
—Espera... ¿Os estaban persiguiendo y os parasteis a coger las mochilas?
—¿Veis? —María señaló a los demás, orgullosa—. No soy la única que piensa que fue una mala idea.
—Yo ni de broma me iba a ir sin mis cosas —protestó Andrea—. Antes me dejaba comer —Sopló hacia arriba para apartarse un mechón del rostro—. Aunque al final la tuvimos que tirar por el camino, cuando nos volvieron a perseguir.
—Fue horrible —suspiró Miguel—. Encima el GPS no funcionaba, no sabíamos ni dónde estábamos. Andamos… Dios… la tira de tiempo. Hasta que llegamos a Requena. Erika, ¿te acuerdas cuando fuimos al castillo de excursión en el cole?
—Sí. De hecho, yo también me orienté gracias a eso.
—Ya, bueno. ¿Y de qué nos sirvió? —Andrea le dio una patada a una caja vacía, volviendo a cruzarse de brazos—. El pueblo estaba contagiado.
—Por eso lo rodeamos —continuó María—. Encontramos este granero y nos lo agenciamos. Pero no había ni una uva.
—Las uvas salen por octubre.
Los cuatro dejaron de moverse, clavándome la mirada con cara de ilusos.
—¿En octubre?
—Más o menos.
—Con razón… Pensábamos que, si esto iba pa largo, podríamos vivir de algún huerto... pero aquí solo hay viñas. Y todo lo que había en este granero ya nos lo hemos comido o bebido.
Crucé una mirada con Joel. Creo que pensamos lo mismo.
—¿Y los dueños? Esto tendría que ser de alguien. ¿No os dijeron nada?
Ninguno respondió de inmediato.
—Tampoco nos podían decir mucho —Rubén se encogió de hombros—. Estaban infectados.
—Ahora andan dando vueltas por la zona —nos explicó Miguel—. ¿No los habéis visto al venir?
Solté una risa corta, sin gracia.
—Huíamos de uno cuando vimos este sitio.
—No, tía, ¿para qué vienes para acá? —saltó Andrea, dando un paso hacia mí—. No nos traigas más bichos de esos. ¿Tú sabes cuántos hay por aquí?
—Andrea, tampoco le digas eso —la frenó María, agarrándola del brazo—. Pero sí, la verdad es que hay bastantes cerca.
—Entonces… ¿por qué no os habéis ido a otro sitio?
—¿Y a dónde quieres que vayamos? —saltó Andrea, abriendo los brazos de par en par.
—Nos perdimos —añadió María, jugando con una botella del suelo—. Y aunque ahora sabemos dónde estamos, no tenemos ni idea de a dónde ir. Así que nos quedamos aquí… hasta que se nos acabe la comida.
—Bueno, ¿y tú qué? —cambió de tema Miguel, señalándome con la barbilla—. ¿Qué haces aquí? ¿Y con estos críos?
—En Elche me enteré de que en Valencia había un punto seguro y...
—¡¿En serio?! —María juntó las manos.
—¡Pues ya está! ¡Nos vamos a Valencia! —Andrea empezó a dar palmadas, sonriendo—. Voy recogiendo, creo que aún me queda algo de maquillaje en la mochila. Para ir a Valencia habrá que arreglarse un poco, ¿no?
—Valencia está destruida —sentenció Joel, sin rodeos.
El silencio cayó de golpe. Los cuatro me miraron.
—Había un punto seguro —suspiré—. Ya no lo hay. Se supone que hay otro en Madrid. Vamos hacia allí.
—¿A Madrid? —Miguel abrió mucho los ojos—. ¿Pero se puede llegar desde aquí?
—Andando se puede llegar a cualquier sitio. Lo que pasa es que está lejos. No sé cuánto exactamente, pero nos dijeron que serían varios días. Tal vez semanas.
Miguel se llevó las manos a la nuca, María se frotó la frente y Andrea soltó un resoplido estruendoso al mismo tiempo.
—¿Y el crío? —preguntó Andrea, mirando hacia Joel.
—No me llames crío —Joel dio un paso al frente. Su tono fue tan seco que hasta Andrea pestañeó. Sin añadir nada más, cogió a Lucas de mis brazos—. Voy a vigilar por la ventana.
Se marchó sin esperar respuesta. María esperó a que se alejara un poco para seguir hablando.
—Eri, tía, ¿el crío este de qué va?
—Dejadlo. Hace poco perdió a su madre.
Los cuatro bajaron la vista. Nadie volvió a preguntar nada más al respecto.
—¿Sabes algo de… nuestras familias? —quiso saber María al rato, buscando con la mirada a Rubén, que estaba apoyado en la pared.
—No. Llamé a vuestra madre y a la de Miguel, pero nadie contestó.
La conversación se estancó de nuevo.
—Vale… Pues entonces… a Madrid. —María me miró, incorporándose—. ¿Sabes ir, Eri?
—Más o menos sé por dónde hay que tirar. Salimos mañana por la mañana.
—¿Por la mañana? —Andrea arrugó la nariz—. Con el calor que está empezando a hacer, ¿no sería mejor ir de noche? Así nos ocultamos mejor.
—No sabía que ahora veíais en la oscuridad —lo dije más borde de lo que pretendía.
—Oye —Andrea se cruzó de brazos—, tampoco hace falta que lo digas en ese tono. Solo te estaba preguntando.
Cerré los ojos un momento. Antes de que pudiera disculparme Maria me interrumpió.
—Pues mañana por la mañana. Esta noche descansamos.
—¿Os queda algo de comida?
María miró a los demás, que evitaron su mirada.
—Muy poca. Pero creo que podemos dejaros algo.
Me dio la sensación de que no le había hecho gracia admitir eso.
Esa noche nos acomodamos como pudimos. Joel se tumbó junto a Lucas, pegados a mí. Cuando el granero quedó completamente en silencio, Joel me susurró:
—Erika. No me gustan tus amigos.
—Son buena gente —acomodé la cabeza sobre la mochila y le dediqué una sonrisa leve—. Lo que pasa es que tienen un punto raro a veces. Pero son majos. Confía en mí.
Joel permaneció en silencio, trazando figuras con el dedo en la paja.
—¿Siempre te tratan así?
—¿Así cómo? —Giré la cara para mirarlo.
Se quedó observando los haces de luz lunar que atravesaban el tejado agujereado, luego se acurrucó más cerca de Lucas.
—Déjalo. Mañana nos vamos, ¿no?
—Sí —estiré la mano y le revolví un poco el pelo rizado—. Tranquilo, bona nit.
Sin darme cuenta, agarré la mochila por las correas y la estreché con fuerza contra el pecho, hundiendo la barbilla en la tela. No sé muy bien por qué lo hice. Simplemente me aferré a ella.