Capítulo 13
—O sea que desde Valencia vinisteis hasta Madrid, ¿no? —comenta la teniente, repasando algo en la carpeta—. Pero ¿cómo acabasteis en el metro? Y encima con los niños desnudos.
Suelto un suspiro largo.
—Qué impaciente eres. —Ortega arquea una ceja—. Llegar hasta aquí no fue un paseo. Tardamos casi un mes. Entre el ritmo que llevábamos con Lucas y lo que pasó por el medio…
La teniente bebe un poco de agua y deja la botella sobre la mesa.
—Vale… Prosigue.
—Bien. Después de despedirnos de aquellos supervivientes... Bueno, despedirnos es una forma elegante de decirlo. Creo que esos tres estaban deseando perderme de vista cuanto antes. No los culpo, la verdad. Pero, jo, podían haber disimulado un poco. Parecía que les diésemos alergia.
La teniente deja escapar una sonrisa casi imperceptible.
—Por supuesto, salimos por la mañana. Sin embargo, no sirvió de mucho.
La ciudad estaba infectada de anémicos que no paraban de acosar a Joel.
Casi nos atrapan varias veces por eso. No sé si depende de la cantidad que haya o del sitio para que estén más o menos activos.
O igual Joel les gustó, ni idea. El chaval es bastante mono, seguro que de mayor será un bombón.
—Céntrate, Erika.
—Sigo, sigo.
Nos dijeron que continuáramos por la carretera hacia el interior y luego ya iríamos enlazando pueblos.
Al principio tuve una idea cuestionable; avanzar por la autovía ocultándonos entre los vehículos abandonados. Para entonces era más rápida abriendo coches, aunque sigo sin saber hacer un puente. Ahora bien, fue llegar y quitarme esa idea de la cabeza.
Con lo petado de anémicos que estaba eso… No había forma de abrir una puerta sin que cinco se nos acercaran. Por lo que cambié de estrategia. A los pueblos… otra vez. Me gusta hacer turismo, en serio, pero no quiero ver ni un pueblo más en mucho tiempo.
—Entonces tampoco fue para tanto el camino. —Se cruza de brazos.
—La ruta en sí no fue lo peor. Íbamos esquivando bastante bien, para lo que había. Contábamos con mi tienda de campaña y aún me quedaban cerillas y pastillas para purificar el agua. Tantos campamentos de verano me tenían que servir de algo.
—¿Entonces cuál fue el problema?
—Los niños.
Quería dejarlos en Valencia en cuanto llegáramos, pero viendo el panorama… Nos apañamos como pudimos los tres juntos. Lo cual alargó el viaje, sobre todo porque Lucas no se tomó bien lo de su madre.
No llevábamos ni un día andando cuando Lucas empezó a berrear, estirando las manos hacia Joel.
—Tete… ¿y mare ? —El pobre le miraba con esos ojos marrones enormes.
Joel lo cogió en brazos con un esfuerzo que intentaba disimular.
—Tranquilo, gordi. Mare está… está con pare.
—¿ Pare ? Quiero mare. Tete, mare … mare —sollozó, tirando de la camiseta de su hermano.
Joel bajó la mirada, sin parar de andar, a la vez que los lloriqueos de Lucas me estaban empezando a poner nerviosa.
—Como siga berreando así los veréis muy pronto —le advertí en un tono frío, cansada de tanto drama.
Joel se giró hacia mí con una rapidez que me sorprendió. Puso la mano libre sobre los oídos de Lucas antes de hablar.
—No le digas eso —me recriminó, con una dureza que no esperaba de un niño de su edad—. Lo vas a confundir.
Lo miré de reojo mientras seguíamos caminando.
—No está bien mentirle. Tarde o temprano va a entender lo que ha pasado. Cuanto más se lo ocultes, peor será el golpe.
Joel no respondió. Limpió las lágrimas de Lucas intentando contener las suyas.
—Tú también tienes que aceptarlo, Joel. Sois huérfanos. Los dos. Ahora estáis solos.
Su mandíbula se tensó. Durante unos segundos solo se oyó el viento. Parecía que iba a echarse a llorar. Pero no lo hizo. En cambio, apretó los labios con fuerza.
—¿Y tus padres, eh? —me preguntó en tono burlesco—. ¿Dónde están?
Bajé la vista a sus ojos humedecidos.
—En el mismo sitio que los tuyos —sentencié, sin ningún tipo de emoción.
Vi cómo levantaba una mano, dudando. Como si quisiera coger la mía. Pero los dedos empezaron a temblarle y al final volvió a bajarla sin decir nada.
Llegamos a Requena más o menos orientándonos por el castillo. Menos mal que se ve a distancia. Estaba abandonado. Las puertas permanecían abiertas y el silencio era tan espeso que hasta nuestras pisadas parecían hacer demasiado ruido.
Encontramos una pequeña sala de acceso junto a una de las zonas visitables. Empujé un viejo mostrador contra la puerta cerrando la barricada con varias sillas. No era gran cosa, lo suficiente para poder dormir tranquilos. Aquella noche ni siquiera montamos la tienda.
Joel esperó a que terminara de mover los muebles y, sin mediar palabra, se fue con Lucas al extremo contrario de la sala. Lo abrazó con fuerza y no volvió a mirarme.
Los observé unos segundos. Se ve que mi comentario le molestó.
En aquel momento no quise admitirlo, pero empezaba a notar que algo dentro de mí estaba cambiando.
Cada día tenía menos paciencia. Me irritaba cualquier cosa.
Los lloros de Lucas, las preguntas de Joel, incluso tener que parar constantemente para descansar.
Ya no sabía si era el cansancio u… otra cosa.
Me tumbé sobre el suelo de roca intentando dormir. Cada vez que cerraba los ojos volvía a escuchar mi propia voz diciéndole a un niño de trece años que aceptara que era huérfano, junto con la última mirada de los ojos de mi madre antes de…
Al cabo de un rato empecé a escuchar un ruido bajo. Al principio pensé que era Lucas. Me giré y vi a Joel temblar abrazado a su hermano, intentando contener las lágrimas para que no lo oyera llorar.
— Pare … Lo siento… —Se me encogió el pecho—.
Perdóname... Fue… fue culpa mía... No tenía…
No tenía que haber dejado a Lucas solo…
—Se quedó callado unos segundos, parecía que se estaba limpiando las lágrimas—.
Mare… Yo no… no quería… No dejaré que le pase lo mismo a Lucas. Os lo prometo… os lo prometo.
Yo seguía con los ojos cerrados, escuchando sin interrumpirlo hasta que por fin el sueño llegó.
A la mañana siguiente me desperté decidida a disculparme. Me incorporé despacio y fruncí el ceño. El rincón donde habían dormido estaba vacío.
—¿Joel? —llamé, más alto de lo que debería—. Joel, ¿dónde estáis? ¿Dónde os habéis metido?
Mi corazón comenzó a acelerarse antes de escuchar una voz.
—Shhh...
Levanté la cabeza. Joel estaba asomado desde una pasarela de cristal haciendo gestos desesperados para que bajara la voz.
—Calla, Erika. Vienen hacia aquí —conseguí entender.
Cuando subí junto a él entendí por qué me advertía. El patio interior del castillo estaba lleno de anémicos. Eso nos lo esperábamos. Pero no al que estaba en medio. Un hombre enorme. Muchísimo más delgado de lo que debería, con la piel pálida pegada a los huesos y los brazos cubiertos de sangre.
Sujetaba a otro anémico por el cuello. Le arrancó un pedazo de carne del hombro con los dientes. Masticaba despacio, lo estaba saboreando. Con cada mordisco, la sangre oscura le resbalaba por la barbilla mientras el otro infectado apenas se retorcía antes de ser engullido.
Me quedé paralizada sin apartar la vista, intentando procesar la escena. Nunca había visto a un anémico devorando a otro. Sin embargo aquel… se los comía de dos en dos. Sentí náuseas o quizás...
Cuando terminó con todos, se limpió la boca con el antebrazo y levantó la cabeza. Nosotros nos agachamos; un movimiento absurdo, ya que la pasarela era transparente.
—¿Qué-qué es eso? —balbuceó Joel con Lucas apretado contra su costado.
—No lo sé —murmuré sin perderlo de vista—. Pero me da que sigue con hambre.
Esperamos varios minutos, para ver si se marchaba.
El tío seguía ahí, solo, junto a la única salida.
Intentamos buscar alternativas. Cogí la tienda de campaña, revisamos todo lo que había, calculamos distancias.
Aunque hubiéramos juntado toda la ropa que llevábamos encima para hacer una cuerda, no habríamos llegado ni a la mitad de la altura.
No había salida que no pasara por donde estaba ese caníbal.
—Vale… voy a bajar.
—¡¿Qué?! ¿Estás loca? —exclamó Joel en un susurro.
—Nah, será fácil. Hago ruido, viene hacia mí y en cuanto me huela, perderá el interés, como todos. Así vosotros salís con la mochila.
—¿Y tú cómo saldrás? —me miró con esos ojitos de cachorrito.
—Ya veré. Tú asegúrate que no le pase nada a Lucas —le recordé, girando hacia la entrada de la pasarela.
—Es una locura —me agarró del brazo antes de salir—. Este se comporta diferente. No sabemos si reaccionará igual.
—Son todos iguales —le revolví un poco el pelo rizado—. No me va a pasar nada, tengo el arco y aún me quedan flechas. Tú confía.
Admito que pequé de confiada en ese momento. Nada más bajar, tiré una roca contra el suelo. El sonido resonó por todo el patio.
La cabeza del hombre giró hacia donde estaba.
Al principio no reaccionó, no tenía claro si tirar otra piedra o no.
Luego comenzó a acercarse. Tragué saliva.
«A lo mejor Joel tenía razón», pensé en cuanto lo tuve a menos de dos metros de distancia.
Aquel no caminaba igual. Sus ojos estaban fijos… en mí. EN MÍ.
Me quedé más quieta que en toda mi vida mientras me olisqueaba, rezando a Dios para que me ignorara. Detrás de él vi a Joel salir corriendo con Lucas y la mochila. Ellos habían escapado. Ahora solo faltaba yo.
—Bueno… ya me has olido suficiente… —Intenté rodearlo—. Creo… que… me voy.
El caníbal me cerró el paso.
—No... —me gruñó.
—¿Eh?
—...hambre…
—¿Un infectado te habló? —me interrumpe la teniente, de repente, sobresaltada.
—Sí, me quedé…
—¿Y no era un recién infectado?
—Qué va. Por las pintas, llevaba tiempo así.
Ortega permanece unos segundos en silencio antes de abrir mi carpeta. Me observa, yo le devuelvo la mirada sin decir nada, no sé qué hace. Ahora ha abierto la de Joel, ah…, esta mujer no me cree nunca.
—Continúa.
Yo por supuesto le contesté.
—¿Cómo que no? Tengo que salir.
Él me gruñó de nuevo y se me abalanzó. Logré apartarme a un milímetro de tocar mi cuello. Que manía tienen, ni que fueran vampiros. Aunque por las pintas dan el pego. Sin embargo, el tío me agarró del brazo antes de que pudiera huir.
Forcejeamos unos segundos hasta que pude liberarme y sacar el arco para frenar el segundo mordisco. Buah, aún recuerdo las babas de ese caníbal goteando por mis manos. Sus ojos sin vida me miraban con una intensidad que solo hacía que mis piernas temblasen más.
Me armé de valor y le di una patada en la rodilla, desestabilizándolo por un instante, el cual aproveché para escabullirme. Corrí hacia la salida. Pero ese engendro no se rindió. En un parpadeo se plantó enfrente bloqueándome la salida de nuevo.
—Apártate, no pienso ser tu desayuno —le ordené, retrocediendo.
—No —gruñó, dejando caer esas babas rojizas tan repugnantes.
Dejé que se acercara para el segundo asalto. Saqué una flecha. Cuando lo tuve otra vez a un suspiro de distancia, se la clavé en el ojo con todas mis fuerzas. Me salpicó y todo. El hombre soltó un grito desgarrador.
—Duele… Duele…
Aproveché ese instante para empujarlo y salir disparada.
En cuanto crucé la puerta del castillo me colgué la mochila a la espalda, levanté a Lucas en brazos y agarré a Joel de la muñeca.
—¡Corre!
No hizo falta repetirlo. Los dos echamos a correr cuesta abajo por el camino de piedra que descendía desde el castillo. Mis piernas todavía temblaban por el forcejeo. Notaba el corazón golpeándome en el pecho. Y, aun así, seguía convencida de que en cualquier momento dejaría de perseguirnos.
Escuché unos pasos detrás de nosotros. Pesados. Lentos. Giré la cabeza un instante. Seguía allí, con la flecha todavía clavada en el ojo, corriendo detrás de nosotros.
—Mierda —murmuré, volviendo a mirar al frente.
Saltamos un pequeño muro de piedra y atravesamos una calle estrecha entre varias casas abandonadas, haciendo giros bruscos cada vez que podíamos.
El sonido de sus pasos seguía detrás. Daba igual cuántas fintas le hiciera al jodio, seguía tras nosotros.
Incluso me la jugué yendo por zonas con anémicos con la esperanza de que se parara a comer.
Nada servía. Apreté con fuerza a Lucas contra mi pecho.
El arco seguía en mi mano, pero no podía disparar sin frenar y si paraba…
Salimos del casco antiguo y atravesamos varias calles amplias. El monstruo continuaba acosándonos, a su ritmo, sin gritar ni correr. Me daba la sensación de que sabía que tarde o temprano nos alcanzaría.
—¡Mierda! —Llegamos a un callejón sin salida.
Miré alrededor. Había un hueco estrecho entre dos edificios, apenas suficiente para que pasara un niño.
—¡Métete! —Empujé a Joel.
—¿Y tú?
—¡Hazme caso!
Joel pasó primero. Después pasamos a Lucas. Yo tuve que girar el cuerpo de lado para conseguir apenas atravesarlo. El caníbal llegó unos segundos después. Intentó seguirnos. Sus hombros chocaron contra las paredes de piedra dándonos la ventaja suficiente para huir.
Corrimos sin mirar atrás hasta encontrarnos un huerto de viñedos con la verja rota.
Sé que es allanamiento de morada, no me juzgues.
En el medio divisamos un viejo granero. El tejado tenía varios agujeros.
Las ventanas estaban rotas y el aroma que venía del interior era horrible.
Olía a vino y a humedad. No parecía que hubiera nadie.
La puerta del granero era de madera vieja con un pestillo de hierro que cedió al primer intento. Entramos los tres, cerré desde dentro y me apoyé contra la madera con Lucas todavía en brazos y los pulmones pidiendo un descanso que no les podía dar todavía.
—Ya… ya… estamos, uff… a salvo… espero.
Dentro apenas entraba luz. Tardé unos segundos en acostumbrar la vista.
Joel se desplomó en el suelo con la espalda contra la pared.
Lucas se había quedado en silencio durante toda la carrera, aferrado a mí con una fuerza que un niño de dos años no debería tener.
Empezó a temblar con esos temblores silenciosos previos al llanto.
—¿Quiénes sois? ¿Qué hacéis aquí? —exclamó una voz femenina desde la oscuridad. Sentí un escalofrío. Conocía esa voz.