Capítulo 12
La teniente hace un gesto hacia el espejo. Sutil, un movimiento de cabeza que no se me escapa. Seguro que le está diciendo a sus compañeros que me lleven presa. Me obligo a respirar despacio. No voy a darles el gusto de verme perder los nervios.
Julia acaba de entrar con dos botellas de agua y un bocadillo. Deja todo sobre la mesa, le hace un gesto a la teniente, ella se lo devuelve, y se va sin decir nada.
Me quedo observando el bocata un momento.
—¿Y esto? —Frunzo el ceño.
—¿No decías que tenías hambre? —contesta Ortega, acercándomelo—. Come.
La miro unos segundos sin tocar nada.
—¿Ahora me das de comer? —Suelto una risa que sale más rara de lo que pretendía—. No te entiendo, teniente. En serio, ¿qué quieres de mí?
Ella apoya los antebrazos sobre la mesa sin perderme de vista.
—Creo que deberíamos hacer una pausa de cinco minutos —propone, con esa calma irritante—. Se nota que lo de Clara te ha afectado y tampoco quiero agobiarte más de lo necesario.
No puedo evitar soltar una risa. Una de esas risas secas que no tienen ni un ápice de humor.
—¿Que no me quieres agobiar? ¿De veritat? —Abro la botella y bebo un poco. Lo que dice no tiene sentido.
Se empieza a levantar de la silla.
—Erika… No me importa esperar cinco minutos, así te tranquilizas un poco…
Dejo caer la botella sobre la mesa con un golpe seco. El sonido retumba por toda la habitación. La miro sin expresión, quitando el papel de aluminio al bocata.
—Estoy muy tranquila, teniente. —Se ha mojado un poco la mesa, pero sigo manteniendo mi vista en ella—. Podemos continuar.
La teniente me sostiene la mirada durante un segundo sin moverse del sitio, evaluando la situación. Es obvio que no me cree.
—Vale. —Suspira, sentándose de nuevo—. Prosigue.
Le doy un mordisco al bocadillo. No está mal. Ni sé de lo que es, pero está bueno. Aunque van a tener que traer un par más si quieren que aguante.
—Bueno, ignorando el hecho de cómo acabamos en Valencia —comienzo, masticando—.
Llegamos por la zona de la estación de autobuses.
Esa parte más o menos la conocía, así que al menos sabía orientarme un poco.
—Doy otro bocado; podían haberle puesto un poco de aceite, está muy seco—.
No tenía ni idea de dónde estaba exactamente la zona segura.
Di por hecho que estaría por el centro...
o quizá por la Ciudad de las Artes, así que pusimos rumbo a esa zona.
—Bebo un poco de agua, esto está sequísimo—.
Ahora que lo pienso, al llegar Joel no se me acercaba…
—¿Te sorprende? —comenta la teniente, apartando las migas de las carpetas.
—En ese momento sí. Ahora… bueno. Total, que seguimos andando hasta que vimos humo.
—¿Humo?
—Mucho. Desde la zona de las Artes y las Ciencias.
Al verlo quise dar media vuelta. Pero, para mi desgracia, Joel echó a correr hacia allí antes de que yo pudiera detenerle.
—Puede que haya pasado algo —me gritó, mientras se alejaba.
Claro que había pasado algo, por eso había que largarse. Ese chiquillo es igual de terco que su madre. No me quedó otra que seguirle. Encima Lucas se estaba despertando, entre el crío y la mochila tenía la espalda ya, uff.
El humo venía desde dentro de un muro altísimo, hecho con contenedores enormes, que rodeaba toda la zona. Desde fuera no se veía nada al otro lado, solo el humo subiendo por encima del borde y un ruido que no pude identificar.
—¿Cómo entrasteis? —pregunta la teniente.
—Pues… por el acceso principal.
—¿Eh? Eso no puede ser. Para poder entrar hay controles muy exhaustivos. Y tú con… No me lo creo.
—Sabía que dirías eso —le sonrío, apartando el papel de aluminio arrugado.
Llegamos a la puerta más grande, la cual supuse que era la principal.
— Bon dia… venim per a demanar refugi. —Nadie contestó. Joel y yo intercambiamos una mirada—. ¿Lo habré pronunciado mal? Buenos días… ¿Hay… hay alguien ahí? Queremos… eh… refugiarnos.
El cri-cri de los grillos campestres fue nuestra única respuesta. Joel hizo el amago de acercarse a la entrada, no le dejé. Algo me decía que lo más sensato era huir. Como siempre, no hice caso a mi instinto.
Me acerqué a la puerta de metal, suponiendo que estaría cerrada. Nada más lejos de la realidad. Con un simple empujón se abrió. Lo primero que pensé fue que nos habíamos equivocado de sitio. Porque aquello… Aquello no podía ser una zona segura.
Cadáveres en descomposición y esqueletos rebañados en el suelo, apoyados contra los bancos rotos o en los coches militares volcados. Barricadas destrozadas, cajas con comida desperdigada por los jardines ensangrentados y… cientos de anémicos.
Algunos caminaban sin rumbo entre las llamas. Otros seguían inclinados sobre los cuerpos, arrancando trozos de carne a personas que aún susurraban que las salvasen. El aire olía a ceniza, sangre y carne podrida. No quedaba ni el más mínimo rastro de organización. Solo ruinas.
Nos quedamos parados, incapaces de procesar aquella imagen que aún me persigue en sueños. No sabíamos qué hacer. Habíamos recorrido media Comunitat para llegar hasta allí. Y no quedaba nada.
Sentí un nudo en el estómago. No por miedo.
Todo aquel viaje… para eso. Si te soy sincera, por un segundo me planteé meterme ahí y dejar que me comieran.
Todo ese sufrimiento, ¿para qué? Si lo más probable es que muriéramos esa misma tarde.
Después bajé la vista a Joel, él tampoco reaccionaba.
Se había quedado inmóvil mirando el desastre.
Esos pobres niños huérfanos, por ellos recapacité.
—Le di un golpe en el hombro a Joel y le dije que nos fuéramos —le cuento a la teniente, masticando el último trozo —. Pero justo cuando íbamos a darnos la vuelta, aparecieron tres supervivientes por la puerta.
Venían agotados con heridas en los brazos y la misma expresión de esperanza que debíamos de llevar nosotros unos minutos antes. Al ver el interior…
—¡No...! —gritó uno, llevándose las manos a la cabeza—. ¡No puede ser! ¡Cuando por fin llegamos...!
Su voz retumbó por todo el recinto. Decenas de cabezas empezaron a girarse al mismo tiempo. Todos los infectados dejaron de alimentarse. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
—¿Por qué coño tenías que gritar? —susurré mirando al hombre.
No hubo tiempo para discutir. Al vernos, se abalanzaron sobre nosotros. Agarré la mano de Joel y corrimos sin mirar atrás. Esos insensatos nos siguieron, llorando y rogándole a Dios que no les mataran.
Recuerdo atravesar calles llenas de coches abandonados.
Saltar vallas. Meterme por parques. Cruzar grandes avenidas acompañados de una banda sonora de pasos acelerados.
Tras correr no sé cuánto tiempo, terminamos en una azotea de un edificio que uno de los supervivientes conocía, no muy lejos del cauce del río.
Desde arriba se veía la ciudad entera, cubierta por miles de hormigas blancas que se comían todo lo que veían.
La supuesta tierra prometida estaba sumida en una capa de humo que quemaba toda esperanza.
—En ese momento no tenía ni idea de qué íbamos a hacer —confieso, terminando de comer. ¿Quedaría mal si pido otro?—. El objetivo era Valencia… y estaba lapidada. No podíamos esperar en esa azotea. En todo el mes no vi ni un helicóptero, ni de casualidad vendría a salvarnos uno ahora.
—La mayoría de helicópteros fueron interceptados, pero aún desconocemos por quién —se excusa la teniente.
—Podrías ahorrarte esos comentarios, me gustaría seguir pensando que estaban rescatando gente por otras partes del país.
Eso la ha incomodado, seguro que ella solo quería animarme. No debería ser tan borde a veces.
Además, pequeños sollozos se le escapaban a Lucas cada pocos segundos mientras escondía su cara en mi hombro.
—Shhh... —le susurré—. Ya está. Tranquilo. Aquí estamos seguros.
Creo que notaba que ni yo me lo creía, ya que no paró hasta que cayó la noche.
Joel permanecía sentado a mi lado, con los brazos apoyados sobre las rodillas y la mirada perdida en el horizonte. Ni siquiera pestañeaba. Parecía que seguía viendo la misma imagen una y otra vez.
El viento arrastraba hasta nosotros un olor insoportable a plástico quemado, pólvora y unos murmullos interesantes.
—...Madrid… refugio…
—...no queda otra...
Me acerqué con Lucas todavía en brazos.
—Perdonad… —Los tres levantaron la cabeza—. ¿Qué estabais diciendo?
Se miraron unos a otros, como si ninguno quisiera empezar. Tras unos minutos, habló el hombre de más edad. Tenía la barba descuidada y los labios cuarteados.
—Estábamos discutiendo dónde ir ahora.
—Oh, fantástico. ¿Dónde habéis pensado?
—Por radio habían dicho que había que acercarse a las capitales. Así que Madrid.
—¿Por qué Madrid? —pregunté, sentándome junto a ellos mientras le hacía una señal a Joel para que se acercara—. Murcia está más cerca.
—Yo vengo de Murcia —intervino el más joven de los tres, que mínimo tendría cinco años más que yo—. También ha… ha caído.
Sentí un pinchazo en la cabeza. ¿Murcia también? Ahí me di cuenta de que la situación era peor de lo que imaginaba. Miré a los niños antes de seguir indagando.
—¿También se colaron los anémicos?
—No lo sé… —Se rascó la nuca.
—¿Cómo que no sabes?
—Es que… Todo fue demasiado raro. Las puertas también estaban abiertas. Había barricadas destruidas desde dentro. No parecía...
—No me seas peliculero —me salió una risa nerviosa—. Seguro que alguien dejó alguna puerta mal cerrada o se coló algún infectado y nadie se dio cuenta.
Durante unos segundos nadie respondió. La mujer acabó encogiéndose de hombros.
—Su-supongo que tienes razón. Estamos paranoicos… es eso…
—En cualquier caso, Murcia descartada —sentenció el mayor, tachando la zona en su mapa.
—¿Y Barcelona? —comenté. En ese punto Lucas ya se estaba quedando dormido.
Los tres negaron casi al mismo tiempo.
—Está demasiado lejos —razonó la mujer, abrazándose a sí misma—. Y tampoco sabemos si sigue en pie
—Bueno… en la capital nunca les falta de nada, ¿no? Seguro que ellos están bien protegidos.
Un carraspeo seco de la teniente me interrumpe.
—Se enviaron suministros y tropas a todas las comunidades por igual.
—Ajá, ajá —sonrío, bebiendo un poco de agua—. Pues irían de incógnito, porque yo no vi a ninguno.
No sabe que contestarme, qué graciosa es.
Siguiendo con el chisme, en ese momento Joel se acercó.
—¿Tú qué piensas peque? —Le hice un gesto con la mano para que se sentase a mi lado.
—No es mala idea —comentó, a dos metros de mí—. Cualquier sitio es mejor que quedarse aquí.
Los tres me miraron. Luego bajaron la vista a Lucas. El chiquitín ya me estaba babeando el hombro, ese niño se dormía igual de rápido que se despertaba.
—¿Vas a intentar llegar hasta Madrid con ese crío? —me preguntó el murciano, sin rodeos.
—Vamos los tres juntos, sí.
Se quedaron callados, mirándose entre ellos.
—Buena suerte. —La mujer hizo un gesto de despedida—. Espero que os vaya bien por vuestra cuenta.
—¿Eh? Si somos seis tenemos más posibilidades, podemos...
—Los niños son una carga —me cortó el mayor—. Sobre todo el pequeño. Un bebé que llore en el momento equivocado nos mataría a todos.
—Tiene dos años, ya no es tan pequeño…
—Sigue siendo un bebé —me rebate la mujer—. Cuando tengamos que correr, él no podrá.
—Ninguno de nosotros piensa morir por un crío que no es nuestro —sentenció el murciano, clavando su vista en mi.
¿Sabes lo peor? Ellos tenían razón. Los niños son una carga en aquella situación.
No voy a ir de buena y decir que no pensé en abandonarlos.
Pues claro, soy la primera que quería sobrevivir.
Hubo momentos en los que quería taparle la boca a Lucas para siempre o dejar a Joel tirado, lo admito.
Pero no pude, no después de ver lo que le pasó a su madre, después de lo que…
En ese instante juré que llevaría a esos niños a una zona segura y, a día de hoy, sigo manteniendo mi promesa.
—Vale, nos iremos —cedí en un suspiro—. No voy a insistir. Al menos… ¿Podéis decirme cómo se sale de aquí para llegar a Madrid?
Eso sí lo hicieron. A regañadientes, en frases cortas, me fueron dando referencias. Algo es algo.
Cuando terminaron de hablar, los tres se pusieron a dormir dándome la espalda. Me quedé mirando a Joel, él me devolvió la mirada.
—Intenta descansar —le susurré—. Mañana salimos.