Capítulo 11
—Al principio me alegré de encontrarlos —sonrío a la teniente, cruzando las piernas—. Clara conocía la zona mejor que yo. Entre sus indicaciones y el cutrimapa de Gabriel, conseguimos orientarnos. Ahora bien… entre que la comida escaseaba por segundos y el bebé…
No sabes el trajín que nos dio. Se cansaba de andar, de estar en brazos, a veces lloraba sin venir a cuento.
Y cada vez que lloraba, puff, a buscar cómo calmarlo antes de atraer a la marea de fantasmas.
Por eso tardamos tanto en hacer el último tramo hacia Valencia.
Además, a Clara la veía cada vez más clara.
La teniente suelta un suspiro largo. Normal, ha sido un chiste malísimo, tengo mejores.
—Me ofrecí varias veces a llevar a Lucas —le explico, ignorando mi propia broma—. Pero no, la mujer erre que erre, quería llevarlo ella.
Seguimos avanzando así durante días, parando en cada súper, saqueados por cierto, en cada bazar, en cada tienda de alimentación. Lo que más tiempo nos costaba encontrar era comida blanda para Lucas. Por el contrario, yo devoraba hasta lo que estaba caducado. No me siento orgullosa de ello.
Joel, durante todo ese trayecto, se mantuvo alejado de mí.
Al principio el chaval apenas se acercaba.
Siempre estaba pegado a su madre. Contestaba lo justo y parecía que cualquier cosa que dijera le molestaba.
Ahora, echando la vista atrás, creo que él ya sabía que algo no iba bien.
Por eso él también insistía en llevar a Lucas.
Entre naranjos y limoneros llegamos a un valle. Tras él estaba Valencia en línea recta; más o menos, ya sabes que mi orientación es difusa. ¿Problema? El río de anémicos que lo atravesaba. Viendo el panorama, propuse dar un rodeo aunque tardásemos un par de días más.
—¿Y Clara?
—Dijo que no. Que teníamos que llegar a Valencia, que estábamos al lado, que había que conseguirlo ya… Y en parte la entendía. Cuanto antes llegáramos, antes estaríamos a salvo.
—Extraño —Apoya la barbilla sobre el puño—. Tu idea era lo más lógico, sobre todo con los menores.
—¿Verdad? Además… la forma en que lo dijo fue… Intenté convencerla. «Clara, de verdad, no pasa nada. Lo rodeamos. Mira cuántos hay. Es una locura pasar por ahí». Y me gritó que no. Hasta Joel dio un paso hacia atrás.
—Parecía desesperada —deduce la teniente.
—¿Puedes culparla? Sola con sus hijos y con una extraña. No me pareció raro su temperamento, sino su propuesta.
—¿A qué te refieres?
—En medio del valle había un pueblecito con un campanario. Al otro extremo se veía un par de camiones parados. El supuesto plan era tocar las campanas para atraer a los infectados y que el resto pudiera pasar.
—Veo varios problemas en ese plan —comenta Ortega, apoyando el boli en la mesa.
—Yo también los veía —suspiro, solo de recordarlo me duele la cabeza—. El primero, ¿quién sube a la torre? Obviamente dije que iría yo. No íbamos a mandar a Joel. Y el segundo, ¿cómo coño me sacan de ahí?
—¿Os disteis por vencidos y rodeasteis el valle?
—Ojalá. —Descruzo las piernas—. Clara me dijo que no me preocupara. Que cuando ellos cruzaran dejaría a los niños en un sitio seguro y ella correría hacia uno de los camiones. Haría sonar la bocina y los anémicos dejarían la iglesia para ir hacia allí.
—Lo lógico habría sido al revés —razona la teniente, meneando el boli—. La que corre más va al camión, para escapar rápido. La que corre menos va al campanario, que puede subir y esperar.
—¿A que sí? —asiento, abriendo las manos—.
Pero Clara insistió en que fuera yo. Ahí ya empecé a desconfiar un poco.
Joel me miró un par de veces con una cara que no me gustó nada.
Aun así... supongo que llevaba demasiados días comiendo y durmiendo poco.
Estaba cansada, mareada... y al final terminé pensando que quizá estaba dándole demasiadas vueltas.
Esperamos a la mañana siguiente para ejecutarlo, ni de coña pasaba por el valle de la muerte de noche.
Clara aceptó eso sin discutir. Recuerdo que aquella mañana la vi...
distinta. La palabra no es errática, tensa sería lo más preciso.
Estaba alerta. Pese a que no me transmitía ninguna confianza, continuamos con el plan.
Aproveché que los anémicos seguían pasando de mí y me escabullí hasta el pueblo. Más de uno se me acercó; me olisquearon y, por un segundo, pareció que alguno quería morderme. Yo corrí lo más rápido que pude, evitando el contacto visual.
Subí las infinitas escaleras del campanario, esquivando cadáveres y miembros desperdigados, y empecé a tocar aquella campana. Dios, cómo pesaba.
Pasados unos segundos, ninguno se acercó.
—¿En serio...? —Agarré lo primero que vi, un brazo, y se lo lancé al anémico más cercano sin dejar de tocar la campana—. ¡Venga, venid hacia aquí!
El brazo le golpeó el hombro y cayó a sus pies. El anémico inclinó la cabeza, lo olisqueó y soltó un gruñido. Eso hizo que todos se congregaran en la base, como pececillos blancos a por su comida. Primera parte del plan, conseguida.
Esperé… Pasó el tiempo... Seguí esperando… Hubo un momento en el que ya estaba calculando si la cuerda de la campana aguantaría mi peso para bajar por fuera de la torre. Porque tras esas puertas me esperaban cientos de pretendientes. Y soy muy joven para casarme.
—Estabas jodida, eh —comenta la teniente con una mueca.
—Estaba muerta. Si no fuera porque al rato vi una sombra correr hacia el aparcamiento del pueblo. Joel.
—¿Joel? —La teniente frunce el ceño.
—Sí. Lo vi acercarse al tráiler que habíamos visto el día anterior. Yo ya no entendía res . Pensé: «¿Qué hace el crío ahí? ¿Dónde está su madre?» —Sonrío con cierta ternura—. Eso sí... fue muy gracioso verlo intentarlo.
—¿Gracioso?
—Sí. —Se me escapa una risa—. El pobret llegaba justísimo a la maneta del camión. Lo veía dar saltitos intentando agarrarse y resbalando. Ahora que lo pienso... qué casualidad que la puerta estuviera abierta.
Sin comentarios por parte de la teniente.
—Al final consiguió subirse. Y de repente… ¡Meeec! Pedazo de bocina que tenía el trailer.
En cuanto lo escuché dejé de tocar la campana. Todos los anémicos giraron la cabeza y empezaron a correr como sanguijuelas al olor de la sangre.
Bajé lo más rápido que pude buscando a Joel con la mirada hasta que nos reunimos. Al verlo le di un abrazo de oso que él me agradeció apartándose de mí.
—Joel, por Dios —conseguí decirle, sin aliento—. ¿Qué ha pasado con tu madre?
—La vi mal —murmuró, mirando hacia adelante mientras caminaba—. No estaba en condiciones de correr tanto. Está con Lucas.
—Me sorprende que te haya dejado.
Joel se quedó un instante callado.
—Tenemos que darnos prisa —soltó al rato, apretando el paso sin mirarme.
Llegamos al huerto de limoneros a las afueras del pueblo donde habíamos quedado. Antes de que yo pudiera decir nada, Lucas vino corriendo hacia Joel.
—¡Tete! —Se lanzó a los brazos de su hermano llorando—. ¡Tete… mamá está rara!
Joel lo levantó e intercambiamos una mirada.
—¡Clara! —llamé, sin acercarme todavía—. Clara, sal. Ambos estamos bien, podemos seguir.
Me quedo unos segundos en silencio antes de continuar.
—Ojalá… —Me cuesta respirar—. Ojalá no la hubiésemos encontrado…
Se escuchó un ruido entre los árboles. Algo entre un gruñido y un sollozo.
—Quedaos aquí —les ordené a los niños, sacando el cuchillo que llevaba en la mochila, más por instinto que por estrategia, pero en ese momento necesitaba tener algo en la mano.
Me acerqué. Clara estaba con la espalda contra el tronco de un limonero, abrazándose las rodillas.
—Aléjate —sollozó sin mirarme, con la voz rota—. Aléjate de mí.
—Clara, ¿qué… qué te pasa?
— Deixa'm. No quiero que els meus xiquets me vean así.
Me acerqué de todas formas, porque soy así de inteligente, y le puse la mano en el hombro.
—Clara... por favor… me-me estás asustando…
Entonces levantó la vista. Tenía los ojos hundidos, la cara de un blanco grisáceo y algo viscoso en la comisura de la boca. Ya era tarde.
Me empujó. Con una fuerza que no esperaba de alguien que parecía no poder ni tenerse en pie.
—¡No te acerques! —me gritó, avanzando hacia mí.
—Clara... tranquila... —intenté calmarla, retrocediendo.
—Els meus xiquets… — murmuró sin detenerse.
Miró por encima de mi hombro y vio a los niños. No sé qué me poseyó. Me puse delante con los brazos extendidos.
—¡No, Clara! Sé que estás ahí dentro. ¡Aguanta!
—No…
—¡Claro que sí! ¡Lo que tienes se podrá curar! ¡No quieres hacerles daño!
—No quiero... —negó con lágrimas rojas cayendo por sus ojos.
Un hilo espeso de saliva rojiza resbaló por sus labios. En un segundo se abalanzó hacia mi cuello. Solté el cuchillo y conseguí sujetarla por los hombros.
—No… quiero… pero… tengo hambre… —balbuceó varias veces—. Mucha hambre…
—¡Clara, por favor! —le grité, viendo como intentaba clavar sus dientes en mi yugular.
— ¡Mare!
—Joel, no te acerques —le ordené sin moverme—. Coge a tu hermano y vete. Yo estaré bien.
El niño se quedó paralizado. Observándonos. Sin saber qué hacer. Entonces vi cómo bajaba la vista y cogía el cuchillo del suelo.
—¡Joel, suelta eso y largaos! —Intenté apartar a Clara.
—No. No voy a dejar que le pase lo mismo que a papá.
Antes de que pudiera reaccionar, clavó el cuchillo. El cuerpo de Clara se tensó de golpe. La sangre le empapó las manos. Joel se quedó inmóvil, intercambiando la vista entre sus dedos y la espalda de su madre.
Clara aflojó la presión sobre mí, girándose hacia su hijo. Parecía que intentaba agarrarlo. Aproveché ese instante y le di una patada, apartándola. Luego agarré la mano de Joel y salí pitando de ahí. Me subí a Lucas en brazos sin soltar a Joel, no podíamos parar. Debíamos seguir corriendo.
—¡¿Dónde vas con mis hijos?! —chilló Clara desde atrás, persiguiéndonos—. ¡Ladrona! ¡Los has raptado! ¡Son míos, devuélvemelos! No te los comerás.
—Yo... yo no… no entendía nada… —Estoy intentando mantener la compostura, pero… su voz… aún la oigo gritándome—. Solo… Solo quería sacar a esos niños de allí.
Corrí más de lo que creía que podía correr. En algún momento Joel se cayó. Fui a por él, y en ese medio segundo Clara se abalanzó sobre el niño. No lo pensé. Noté cómo sus dientes se clavaban en mi brazo. Un mordisco limpio y profundo que me arrancó un alarido.
Joel levantó la vista hacia mí. Yo le miré. No sé… de dónde... Solo recuerdo tirar del brazo con todas mis fuerzas. Tanta que conseguí lanzarla hacia atrás. Después… Me acerqué...
—Y conseguimos huir —sentencio, mirando a la esquina de la pared.
La teniente deja el boli encima de la mesa.
—Eso ha sido un corte demasiado brusco. ¿Qué ocurrió después?
—No… lo tengo claro.
—¿Cómo que no lo tienes claro? Te mordió y...
—Cuando volví a ser consciente de lo que pasaba, estábamos los tres en una colina con las luces de Valencia a lo lejos —la interrumpo—. Todo lo que hay en medio no...
Ortega me observa un momento sin decir nada. Luego abre la carpeta azul despacio y la coloca sobre la mesa entre las dos.
—¿Qué es eso?
—El testimonio de Joel —contesta, sin apartar los ojos de mí—. Si tú no recuerdas lo que pasó, él lo sabrá.
Intento acordarme. Lo intento de verdad, me concentro en ese momento concreto, el mordisco, el dolor, Joel y después…
nada. Hay una pared en blanco donde debería haber algo.
Eso no es normal. ¿Por qué no puedo recordarlo?
Respira, respira. No puedes alterarte, va a pensar que estás loca. Si no lo piensa ya…
—Erika, cálmate —me ordena la teniente, ayudándome a volver al interrogatorio.
—Perdón teniente… no… —Suspiro—. ¿Qué ha dicho Joel?
Ortega está esperando a que recupere un poco el aire, mientras coloca la carpeta azul de forma que yo también pueda leerla. Qué mal que no lleve las gafas.
—Empezamos desde el mordisco. —Levanta la carpeta y empieza a leer—.
«Cuando Mamá mordió a Erika, ella puso una cara que nunca le había visto.
No era de dolor. Sus ojos grises parecían más claros.
Entonces empujó a mi madre con muchísima fuerza.
Mi madre salió despedida hacia atrás, golpeándose contra uno de los árboles.
Me puso detrás de ella y me dio a Lucas.
Me dijo que me alejara y que mi hermano no mirase».
La teniente para un momento. Noto su mirada de reojo. Yo continuo con la vista fija en la pared.
—«Ella caminó hacia mi madre. Le dijo algo, no lo escuché bien.
Creo que le pidió que reaccionara o algo así.
Mi madre le respondió, sonriendo con unas babas rojas.
No sé qué le contestó. Erika le empujó contra el tronco haciendo que el cuchillo que yo le había clavado saliese un poco por el estómago. Ahí dejé de mirar».
Ortega baja la carpeta un momento. Yo sigo sin decir nada. La vuelve a levantar.
—«Escuché golpes. ¡PAM! ¡PAM! ¡PAM! ¡PAM! Luego un sonido diferente, como cuando abres una sandía. Después el ruido paró. Erika se limpió las manos en el pantalón. No me dejó girar la cabeza. No pude volver a ver a mi madre».
Traga saliva antes de continuar. Mi pierna empieza a moverse sola.
—«Durante horas, Erika solo caminaba mirando al frente en silencio.
Yo estaba muy cansado, necesitaba parar.
En algún momento cogió a Lucas, supongo que para ayudarme.
Él acabó dormido en sus brazos. Cuando llegamos cerca de Valencia…
se quedó observando la ciudad unos segundos.
Se giró hacia mí con una sonrisa y me dijo: qué bien, Joel, por fin hemos llegado.
Ahí volvió Erika. No sé cómo explicarlo mejor.
Me dio mucho miedo y no quise preguntarle qué le había hecho a mi madre».
La teniente cierra la carpeta. Me mira.
—¿Qué le hiciste a Clara?
En el rincón de la sala hay una luz parpadeando y la pared tiene una mancha de humedad.
—Erika contesta —me ordena. ¿Qué quieres que te diga?
No sé qué le pasó a esa mujer… No puede ser que yo hiciera eso, no… yo nunca… Pero… sabiendo lo que pasó después... No, no, no… No puede ser, es mentira... Seguro que al crío se le fue la olla. Aunque Joel no mentiría con esto. No, no creo que sea verdad.
—¡Erika! —me grita, se está impacientando. ¿Qué le digo?
La respiración se me empieza a acelerar. Tengo que calmarme. No has hecho nada, así que no te alteres. Estoy notando el tic en la pierna, Dios… ¿Por qué no me puedo tranquilizar? ¿Las paredes se están acercando? No puedo moverme…
—Erika, respira. —La teniente se levanta de la silla y da un paso hacia delante.
—¡No puedo! —La voz me sale entrecortada—. ¡No puedo acordarme! Y… Y lo peor es que… eso no es lo único que no recuerdo.