Locos por la sangre Capítulo 10
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Capítulo 10

Estaba a punto de seguir con lo del grito cuando se escuchan dos golpes tras la puerta.

—Adelante —ordena la teniente, haciéndome un gesto para que pare. ¿Por fin me traen un bocata?

Entra una mujer joven con una carpeta azul bastante gorda apretada contra el pecho. Se acerca hasta la mesa y la deja de­lante de la teniente.

—Teniente Ortega, le traigo el informe del testimonio de los dos menores encontrados en el metro.

—Muchas gracias, Julia —asiente ella, cogiendo la carpeta sin levantarse—. ¿Cómo están los dos?

—De momento tranquilos. Les hemos dado algo de comer y están esperando a que termine.

—Perfecto. Gracias.

Julia me dedica una mirada rápida antes de cerrar la puerta con suavidad. Tras verla salir, observo a la teniente en silencio durante un par de segundos, lo suficiente para que ella levante la vista de la nueva carpeta.

—¿Por qué me miras así?

—Con que has interrogado a mis niños sin decirme nada —comento con retintín, entrecerrando los ojos—.

Y encima a ellos les dan de comer. Muy bien, ¿eh?

Vaya anfitriones. Si nos vais a interrogar a todos, lo mínimo sería que a mí también me invi­tarais a algo.

—Levanto las esposas unos centímetros, haciendo sonar la cadena—.

Espero que los hayan tratado bien, esos niños han sufrido demasiado.

La teniente abre la carpeta azul y empieza a hojear varias hojas. Con la otra mano mantiene abierta la mía, que ya está bastante desgastada de tanto manosearla.

—Preocúpate menos por ellos y más por ti —me corta, sin levantar la vista—. Sigue. ¿Qué era ese grito que escuchaste?

—Ah, sí, el grito. —Me recoloco en la silla—. Lo que te decía... Vi a una mujer corriendo junto a un crío con un bebé. Y detrás, una horda persiguiéndolos.

La teniente revisa algo en la carpeta azul, pasa el dedo por una línea, y vuelve a mirarme.

—¿No te parece curioso? —reflexiono, antes de que ella pue­da preguntar nada—. Era de día y les estaban persiguiendo. Iban detrás de ellos con un empeño que daba miedo. Se caían, se le­vantaban y seguían corriendo. Parecía que no existía nada más.

—¿Te fijaste en eso antes que en las tres pobres personas que estaban huyendo? —me interrumpe, con cierta incredulidad.

—No, mujer, también estaba pensando en ellos. Una cosa no quita la otra. Me llamó la atención. Yo qué sé.

El caso es que cuando los vi no sabía muy bien qué hacer. Quería ayudarlos, claro, pero tampoco me apetecía convertirme en la cuarta perseguida de la mañana. Entonces me acordé del arco.

Pensé: «Bueno, disparo a alguno de los infectados y así les doy algo de ventaja». Muy optimista por mi parte. Recordemos que tengo menos puntería que un borracho en un baño. Pero oye... había que intentarlo.

Tensé la cuerda, calculé más o menos a donde estaría el in­fectado más cercano a ellos y disparé con toda la fe del mundo puesta en esa flecha.

—¿Le diste a alguno? —se interesa la teniente, con la vista en la carpeta.

—Curiosamente, sí. Aunque por poco le doy a la mujer. Casi le clavo la flecha en la cara si no llega a ser porque se apartó en el último segundo. Justo uno de los anémicos levantó el brazo para agarrarla y la flecha terminó clavándose en él. Así que sí. Acerté. De chiripa, pero acerté.

La mujer levantó la cabeza hacia mí. Le hice gestos con la mano para que vinieran, porque estaba cerca de la carretera, que ahí había apenas árboles.

Entendió el mensaje y empezó a correr en mi dirección con los dos críos.

Así que dije: «Venga, otra flecha». Volví a tensar el arco.

Apunté. Disparé. Y esta vez casi atravieso al chaval.

Ortega deja caer la cabeza hacia atrás.

—Erika...

—Ya, ya. Lo sé. Tengo que practicar más mi puntería.

La mujer me miró con una cara de: «Deja de disparar, que nos vas a matar tú antes que ellos». Y, dado que tenía razón, guardé el arco.

La teniente suelta un suspiro largo y exagerado, con esa ex­presión de decepción tan reconocible.

—¡Por el sol! —les grité—. ¡Corred por donde dé el sol! ¡Les molesta!

—Gracias, gracias —jadeó la mujer con el resto de la fiesta pisándonos los talones.

Corrimos. A la mujer le costaba respirar, el chaval empezaba a quedarse atrás y el bebé no paraba de llorar.

Creo que fue la primera vez desde que empezó todo que corrí de verdad.

Sentía los pulmones arder. Las piernas me pesaban como si llevara piedras atadas.

Cada bocanada de aire dolía más que la anterior.

Pero debía seguir, sabía que si aflojaba un segundo, alguien iba a morir.

—¡Ahí! ¡Subid! —les ordené viendo una estructura elevada junto a un viejo paso subterráneo.

Subí primero, tiré del niño hasta arriba y después ayudé a sujetar al bebé. Solo quedaba la mujer. Cuando ya casi había conseguido subir uno de los anémicos le agarró la pierna. Ella gritó. Sin pensarlo, cogí el arco. Esta vez estaba tan cerca que hasta yo podía acertar. Disparé.

La flecha se clavó en el hombro del infectado. El impacto fue suficiente para que aflojara la mano. La mujer aprovechó el instante para subir de un tirón.

—Gracias… —jadeó de rodillas.

—No me las des todavía. Eso solo les retrasará. Vamos.

No sé cuánto tiempo estuvimos así. Solo recuerdo que, cuando por fin dejamos de escuchar a los anémicos, encontra­mos una antigua estación abandonada.

Estaba hecha mierda. Llena de polvo, hierros oxidados y bancos medio destrozados. Pero en aquel momento parecía un hotel de cinco estrellas.

Nada más entrar me desplomé en el suelo. El cemento esta­ba fresco. Nunca el suelo me había parecido tan cómodo. Me que­dé allí, espatarrada, intentando recuperar el aire, notando el peso de la mochila.

Mientras tanto, la mujer se puso a revisar a los dos niños, palpándoles los brazos, las piernas, preguntándoles si estaban bien una y otra vez. Solo cuando comprobó que ambos estaban perfectamente, se giró hacia mí.

—Gracias por… salvarnos… Pero... por favor... no te acerques mucho.

No me sentó mal. De hecho, la entendía. Era la misma reac­ción que había tenido yo cuando apareció Gabriel. En un mun­do donde cualquiera podía convertirse en un monstruo de un mo­mento a otro, desconfiar era casi una obligación.

—Tranquila, no estoy infectada.

—Estás muy pálida —contestó ella, mirándome de arriba abajo con desconfianza—. Y tienes los ojos muy claros.

—Soy pálida desde que nací. Y tengo los ojos grises, no cris­talinos como los anémicos, si es a eso a lo que te refieres.

Aun así seguía sin terminar de fiarse. Resoplé, dejé la mo­chila en el suelo y me levanté un poco la camiseta para enseñarle el abdomen y los brazos, procurando que la manga siguiera ta­pando la muñeca.

—Si quieres me quedo en sujetador, aunque no sé yo si darle esas vistas al chaval es muy educativo.

El mayor agachó la cabeza, avergonzado, y el pequeño se es­condió aún más entre los brazos de su madre. Aquello consiguió relajar un poco el ambiente.

—Me llamo Erika —me presenté, extendiendo la mano—. Encantada.

—Clara —contestó, estrechándomela con cuidado—. Estos son mis hijos. Joel y el pequeñín Lucas.

Hice el gesto de saludarles. Joel se asomó apenas un segun­do antes de volver a esconderse detrás de su madre y Lucas se apretó contra el pecho de Clara sin mirarme.

Como ya empezaba a oscurecer, decidimos buscar un sitio donde pasar la noche. Aquella vieja estación abandonada tenía varias salas medio cerradas que todavía conservaban parte de las puertas y algunas ventanas tapiadas. No era gran cosa. Pero comparado con dormir a la intemperie, era un lujo.

Saqué la linterna de dinamo de la mochila y empecé a darle vueltas a la manivela mientras Joel encontraba un par de lin­ternas viejas entre unos armarios metálicos. Milagrosamente, una de ellas todavía tenía pilas.

Entre unas luces y otras conseguimos iluminar aquella pe­queña habitación lo suficiente como para sentir que, al menos durante unas horas, estábamos a salvo. Fue entonces cuando pudimos hablar de verdad.

—¿Qué os ha pasado? —le pregunté, cuando los chiquillos se durmieron—. ¿Cómo habéis acabado huyendo por aquí?

Clara suspiró antes de responder. Se la veía agotada. Respi­raba algo más deprisa de lo normal y de vez en cuando se lleva­ba una mano al muslo, como si le molestara algo. Supuse que por el cansancio.

—Estábamos intentando llegar a Valencia —me explicó, en voz baja para no despertar a los niños—. En un supermercado que encontramos pudimos coger algo de comida, pero Lucas se cortó con algo y empezó a llorar, y eso... Bueno, eso los atrajo.

—Entiendo. Ya decía yo, de normal los…

Clara me miró con una expresión extraña. No me lo dijo, pero en su cara había varias preguntas que no sabía cómo formular. Tenía mal aspecto, eso sí lo noté. Un poco de palidez que podría ser de cualquier cosa, pero que yo ya empezaba a reconocer.

—Yo también voy para Valencia —le comenté—. Dicen que allí hay una zona segura.

Los ojos se le iluminaron de una manera que dolía de ver, porque detrás de esa esperanza había demasiada desesperación acumulada.

—¿Sí? ¿Estás segura?

—Eso espero. Me lo dijeron hace un par de semanas —aclaré, siendo honesta—. No sé si seguirán recogiendo gente.

Clara asintió despacio, mirando a los niños dormidos.

—Nosotros somos de Valencia. Bajamos los cuatro a Beni­dorm para ir al zoo por el segundo aniversario de Lucas.

—¿Y cómo habéis llegado hasta aquí? Desde Benidorm hasta Xàtiva hay un trecho considerable.

—Estábamos tan tranquilos viendo los leones, cuando una anciana atacó a su nieto al lado nuestro —me contó, frotándose las manos encima de las rodillas—. Poco después un guardia empezó a morder a una compañera…

Su respiración comenzó a acelerarse, parecía que le costaba respirar. Me acerqué para ayudarla, pero levantó la mano pa­rándome en el acto.

—La gente huyó en masa —continuó, recomponiéndose un poco—.

Cogí a los dos y salimos de ahí lo más rápido que pudi­mos.

Cuando llegamos al aparcamiento, alguien me golpeó y Lucas cayó al suelo.

Por un segundo pensé… Empezó a andar solo entre la gente.

Joel y yo lo buscamos, gritando desespera­dos, hasta encontrarlo debajo de un coche.

—Menos mal que no le pasó nada al peque.

—Sí… —Respiró hondo, limpiándose los ojos—. Después, encontramos a un grupo de personas que habían conseguido hacerse con un autobús. Decían que irían primero a Alicante, para dejar a los que vivían ahí, y luego a Valencia. Lo que no sabíamos es que en ese autobús ya había un infectado.

—No… —sentí un escalofrío.

—El infectado mordió al conductor. El autobús se descarriló. Yo… yo no sé... Salimos como pudimos, y con nosotros otras dos personas. Intentamos ir hacia Alicante porque era lo más cer­cano, para desde ahí orientarnos hacia Valencia.

—Yo pensé lo mismo.

—El problema fue que esos dos… —sollozó, tapándose la cara—. Els meus xiquets...

—¿Qué te hicieron? ¿Te extorsionaron?

Clara bajó la cabeza y asintió despacio.

—Yo es que no ho entenc —murmuré, mirando al techo un momento—. Entiendo que en esta situación cada uno piense en lo suyo, de verdad. Pero hay cosas que no...

—Yo tampoco lo entiendo. —Se secó una lágrima—. Por eso en cuanto pude, cogí als xiquets y nos vinimos. Subimos a cie­gas hasta que reconocí el Castell de Xàtiva. Por aquí tengo familia. He pasado muchas veces.

—Siento mucho lo que habéis pasado. Yo vengo de Elche. —Saqué el mapa arrugado de Gabriel—. Un tío me hizo este in­tento de mapa y llevo días intentando entenderlo.

Clara lo observó unos segundos.

—Bueno… algo es algo —rio, cogiendo el mapa.

Fue entonces cuando me rugieron las tripas con tanta fuerza que despertó a Joel. Me llevé una mano al estómago, sintiendo como me subía el calor a las mejillas.

Clara sonrió y abrió despacio su bolso. Sacó varias barritas energéticas. Una se la dio a Joel y otra me la ofreció a la vez que sacaba un potito para Lucas.

—No, no hace falta.

—Insisto. Si no hubieras aparecido... ahora mismo estarían muertos.

La cogí. La devoré en menos de cuatro segundos, lo cual hizo que Clara me mirara con una expresión entre la sorpresa y la comprensión.

—Gracias —le agradecí, aún con hambre—. Una cosa.

Clara dejó de abrir el potito.

—A vosotros... no os han arañado o mordido ninguno, ¿ver­dad?

Tardó un instante de más en responder. Y, antes de hacerlo, vi cómo su mano se apoyaba, casi de manera inconsciente, so­bre el muslo. Después sonrió con una sonrisa demasiado forzada.

—No. No tenemos nada.

No sé por qué… Pero aquella respuesta me dejó un regusto raro en el estómago.