Locos por la sangre Capítulo 9
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Capítulo 9

Aquella mañana me desperté con una sensación que no reconocí de inmediato, precisamente porque hacía años que no la tenía: ganas de levantarme.

No ese impulso de obligarme a salir de la cama, si no ganas reales, esa energía rara que te aparece cuando las estrellas se alinean.

Me quedé un momento tumbada dentro de la tienda mirando la tela del techo y pensé: «Oye, igual hoy no va a ser tan horrible».

Cogí la mochila, el arco, me reí un poco recordando la cara de Gabriel cuando le apunté, y salí al exterior. El sol me dio de lleno en los ojos y tardé un par de segundos en enfocar.

—¿Qué crees que pasó después? —le pregunto a la teniente, apoyando los codos en la mesa todo lo que las esposas me dejan.

—Erika —me frena, dejando el bolígrafo—, no me vengas con adivinanzas.

—Es que fue muy surrealista.

La teniente entorna los ojos, pero algo en la comisura de la boca le delata.

—No creo que te haya pasado lo que me estoy imaginando.

—Seguro que sí —musito, soltando una pequeña risa nervio­sa—. Me levanto, salgo de la tienda, miro hacia el lado donde Gabriel había montado la suya, y la tienda no estaba. ¿Sabes qué más no estaba?

La teniente presiona los labios hacia dentro, claramente in­tentando no reírse.

—Mi coche —suelto, golpeando las manos en la mesa sin querer, lo cual hace que las esposas tiren hacia arriba y me duelan las muñecas—. Los suministros no estaban. La comida no estaba. El cabrón de Gabriel no estaba. Res. M'havia deixat sola en mitad del campo con lo que tenía dentro de mi tienda.

La teniente no puede más, se está descojonando en mí cara la jodia. Primero una risa contenida, luego ya ni se corta. Intenta disimular tapándose la boca con el puño.

—Eso te pasa por confiar en un desconocido por su aparien­cia —consigue decir sin parar de reír.

—De confiar nada —protesto, aunque soy consciente de que el argumento tiene sus agujeros—.

En esa situación, con una persona cuerda, que tenía gustos parecidos a los míos, que en­cima me estaba ayudando…

¿qué quieres que hiciera? Cada vez que pienso en ello me cabreo.

Fui tonta, tonta con ganas. Ni si­quiera sé en qué momento me robó las llaves.

Dormí tan bien esa noche que ni me enteré.

—Bueno —carraspea, intentando recuperar la compostura aunque todavía le tiembla un poco la voz—, de alguna manera se te tenía que complicar el viaje. Te estaba saliendo todo de­masiado bien.

—Ah, sí, sí, usted ríase —ironizo, cruzando los brazos—. Pero se lo juro que desde ese momento todo empezó a ir cuesta aba­jo. Ese tío no solo se llevó mi coche. También se llevó la poca suerte que me quedaba.

La teniente hace un esfuerzo visible para recomponerse, se aclara la garganta, recoge el bolígrafo y me mira con la cara más seria que puede.

—Prosigue.

—Claro, claro, quieres que continúe para poder seguir rién­dote.

—Te recuerdo que esto sigue siendo un interrogatorio.

—Y yo le recuerdo que se supone que la que me está interro­gando es usted. Reírse de la víctima está feísimo.

Nos quedamos unos segundos mirándonos fijamente. Ella con esa expresión de «no pienso perder este pulso». Yo con cara de «sé que tengo razón». Al final suspiré.

—Tras la pataleta monumental que me dio… —Me rasqué la nuca—. Sin exagerar, creo que estuve horas gritándole a la nada. Mínimo una insultando a Gabriel. Si ese hombre seguía cerca, seguro que me oyó cagarme en toda su familia.

La teniente dejó escapar una sonrisa.

Después de eso… bueno… me dio un pequeñísimo bajón.

Me quedé sentada en la colchoneta que, por cierto, tuve que dejar, mirando al suelo durante horas.

En algún punto me puse a reírme y a llorar como una loca.

Porque sí, hasta ese momento las cosas habían salido bien.

Dentro de lo que cabe, claro. Tenía comida, un coche, evitaba a los infectados...

incluso había en­contrado compañía. Y de repente... sola. Otra vez.

No me apetece seguir hablando de esto, pero la teniente me mira con una expresión un tanto extraña. ¿Siente pena por mí? No creo, eso no es típico de ella. Seguro que quiere que continúe.

—Erika… si… si quieres parar un poco… —No seas amable conmigo.

—No se preocupe, teniente, no es nada —digo, encogiendo los hombros—. Tampoco fue para tanto. Ahora bien, en cuanto empecé a escuchar ruidos raros decidí irme de ese merendero.

Saqué el cutrimapa que me había dibujado Gabriel, porque de mapa tenía poco, e intenté orientarme.

Pasé horas andando sin rumbo con una mochila que pesaba más de lo que parecía y un hambre que no paraba de crecer. Mirando montes, caminos, señales... cualquier cosa. Cuando por fin entendí más o menos el camino, ya estaba anocheciendo.

Tenía claro que no iba a dormir otra vez al aire libre.

No con esos gruñidos, pasos y gemidos de anémicos acechando.

Por lo que busqué un coche. Había montones abandonados por todas partes.

Fui probando uno por uno. A ver si alguno estaba abierto.

Si alguien se había dejado las llaves puestas.

Si una ventanilla estaba bajada. Lo que fuera. Nada.

Al final conseguí abrir uno, de una manera bastante creativa, e intenté hacer un puente.

—¿Sabes hacer puentes? —La teniente levanta una ceja.

—¿Yo? Ni de coña —me reí, moviendo las manos para expli­carme—. Empecé a toquetear cables sin tener ni idea. En cuan­to saltó una chispa casi me da un infarto. Cerré con un portazo y me alejé convencidísima de que iba a explotar.

La mayoría de gasolineras que encontraba estaban saquea­das, solo quedaban cosas raras o caducadas, pero me daba igual.

Cada vez tenía más hambre. Y cada vez me importaba menos lo que llevarme a la boca.

Comía galletas rancias, latas con sabores cuestionables, cosas aplastadas...

lo que sea. La mochila era el último recurso y la trataba como tal.

Pues así pasé... no sé. ¿Un día? ¿Dos? Seguro que fueron horas, pero llegó un punto en que no distinguía nada.

Solo se­guía andando y andando. De normal tengo poca energía.

Antes del apocalipsis me cansaba subiendo tres pisos por las escaleras.

Imagínate después de varios días caminando, comiendo fatal y durmiendo peor.

Y encima ya empezaba a hacer bastante calor.

Creo que era finales de abril. El sol pegaba con ganas.

Con lo blanca que soy, el plan de quitarme capas de ropa quedaba descartado.

Una insolación estando yo sola, sin coche y con in­fectados alrededor era un final bastante ridículo para toda esta historia.

Así que de sombra en sombra y tiro porque me toca.

—Iba alerta todo el rato. —Giro la cabeza de un lado a otro, imitándome—.

Parecía un suricata. Escuchaba el más mínimo ruido y hacía así…

—Vuelvo a girar la cabeza—. ¿Qué ha sido eso?

¿Quién hay ahí? ¿Es una persona? ¿Un gato?

¿El viento? Vivía en tensión. Salía corriendo cada vez que crujía una rama, lo cual solo servía para agotarme más rápido.

Cada vez me quedaba menos energía. Encontraba menos comida. Me costaba más pensar. Empezaba a notar mareos al caminar… Hasta que escuché un grito.

La teniente levanta la vista de la carpeta.

Pensé que eran alucinaciones mías. Me dije: «Ya está, me estoy volviendo loca. Ahora escucho voces».

—Es plausible —comenta la teniente, asintiendo con serie­dad.

La miro levantando una ceja.

—Gracias por el apoyo, teniente, de verdad. Pero no era mi imaginación. El grito volvió a sonar. Era una voz de mujer.

Tenía dos opciones: seguir andando y fingir que no había escuchado nada... o acercarme, sabiendo que si alguien estaba gritando era porque algo malo estaba pasando cerca.

—Y decidiste ignorarla. —Frunce el ceño.

—Pues sí —admito, acostándome en el respaldo—. Di dos pasos hacia adelante y pasé.

Dos pasos. Y volvió a gritar. Dos pasos más. Y otra vez. Dos más, y esta vez, llegó otro sonido distinto: un grito de alguien mucho más pequeño. Me paré en seco. No sabía si salir co­rriendo en dirección contraria, acercarme o quedarme quieta como una estatua.

—También ayudaba que todavía era por la mañana.

—Los infectados estaban menos activos —asiente la teniente, señalándome con el boli.

—Exacto.

Además, desde que había salido del merendero aquella zona estaba bastante vacía. Había visto muy pocos anémicos. Así que empecé a convencerme de que igual eran personas. Que quizá les estaban robando o que habrían sufrido un accidente.

La teniente tuerce el gesto.

—No sé yo si eso es mejor.

—Yo tampoco. Pero necesitaba creer en la opción menos mala. Me tiré un buen rato discutiendo conmigo misma el qué hacer.

A la vez que mi cerebro decía que me marchara... mis piernas ya estaban caminando hacia los gritos. No sé cuántos metros recorrí así, repitiéndome que era mala idea al tiempo que me acercaba. Hasta que los vi.

Una mujer corría desesperada. A su lado iba un chaval de unos trece años con un bebé en brazos. Y detrás… una horda de anémicos los perseguía.

Tendría que haber seguido recto.