Capítulo 8
—No me ataques, por favor. No estoy infectado.
Una voz masculina surgió de entre los árboles. Aquello me tensó más que si hubiese sido un anémico. Apreté los dedos alrededor del arco y apunté hacia la voz.
—¿Quién eres? —grité sin bajar el arma—. ¡Muéstrate!
Durante unos segundos no ocurrió nada. El silencio del merendero volvió a hacerse pesado. Entonces escuché ramas romperse bajo unos pasos vacilantes.
—Vale, vale... salgo —respondió la voz.
Una figura apareció entre los troncos con las manos en alto. Cuando la luz de la hoguera improvisada le iluminó la cara, pude verlo mejor. Era un chico alto. Yo mido cerca de uno setenta, pero aquel desgraciado me sacaba media cabeza.
Tenía el pelo moreno recogido de cualquier manera en un moño medio deshecho, con varios mechones sueltos cayéndole por la cara y ojazos verdes que no pegaban con el resto del panorama. Bajé el arco un par de centímetros.
—Me llamo Gabriel —se presentó, con las manos a la altura de los hombros—. Me he perdido. Por favor, no me dispares, no estoy infectado, te lo juro.
—Eso dicen todos —le contesté, sin moverme del sitio—. A ver, enséñame los brazos.
Se quitó la chaqueta y me los mostró sin rechistar, girándolos despacio para que pudiera inspeccionarlos bien. Luego se subió un poco los pantalones y me enseñó las piernas.
—¿Ves? Nada.
—No me fío. Quítate la ropa.
— ¿Com? — La cara que puso fue buenísima.
—Que te desnudes.
—¿Quieres que me quede en bolas en mitad de un campo en pleno abril? Para que coja una pulmonía.
—Bueno, pues en calzoncillos. Pero el resto fuera.
Gabriel se me quedó mirando unos segundos, soltó el aire por la nariz y empezó a desvestirse para no discutir.
La camiseta primero, luego los vaqueros, y dio una vuelta completa sobre sí mismo.
La verdad es que el chico tenía buen físico.
Muy buen físico. Lo peor era, que lo que había debajo de aquel calzoncillo no hacía falta ni imaginárselo.
—Erika, por favor —interrumpió la teniente, llevándose una mano a la frente.
—¿Qué? Usted me ha dicho que le cuente lo que pasó, ¿no? —sonrío—. Solo estoy siendo sincera.
—¿Ah, sí? Curioso que de este sí te acuerdes del nombre —ironiza, con el bolígrafo suspendido en el aire.
—Puff, para no acordarme.
Después de comprobar que no tenía mordeduras ni arañazos visibles, bajé el arco. Mientras volvía a ponerse la ropa, me señaló con un dedo.
—Ahora tú. Demuéstrame que tampoco estás infectada.
— Sí, clar . Voy a quitarme la ropa para que me violes.
—¿Què? Només t'estic demanant el mateix que tu m'has demanat. —Tenía su gracia: en cuanto se alteraba un poco, le salía del tirón el valenciano cerrado.
Ahora bien, ahí tenía razón. La verdad era que, aparte de que ni loca me iba a quedar desnuda delante de un desconocido, tenía otro problema. El arañazo de la muñeca. Ya estaba medio curado, pero seguía viéndose, y no me apetecía explicar de dónde había salido.
—¿Y el tobillo? ¿No te lo habías torcido?
—En eso estaba pensando ahora. Supuse que me lo había torcido por la caída, igual que la herida de la pierna. Pero a los pocos días ambas cosas dejaron de dolerme; sin embargo, ese arañazo seguía ahí.
—¿Y no te pareció raro?
—Pues ahora que lo menciona sí, pero en ese momento ni lo pensé.
La teniente resopla y me hace su típico gesto para que siga.
Total que estuve pensando varias opciones hasta que cedí. Me subí un poco los pantalones para enseñarle las piernas y me levanté la camiseta lo justo para mostrar el abdomen. Con eso se conformó. Cuando los dos quedamos más o menos convencidos, nos relajamos.
—Me llamo Erika —me presenté, y nos dimos la mano como si estuviéramos en una reunión de trabajo, lo cual era bastante ridículo dadas las circunstancias.
Se sentó al otro lado del fuego, se pasó las manos por el pelo intentando rehacerse el moño y me miró.
—¿Y… qué haces aquí? —quise saber, removiendo un poco el fuego con una rama—. Porque para llegar hasta este sitio me he perdido unas diez veces.
—Yo también me he perdido —soltó él con una carcajada cansada—. Estoy intentando llegar a Alicante.
—Ah. He pasado viniendo. Si quieres te explico más o menos por dónde ir.
—¡Buah, me vendría de lujo, xica ! —En la cara se le notó un alivio tan grande que resultó casi incómodo de ver—. No tengo ni idea de por dónde estoy. Llevo andando desde Castellón y...
—Espera —le corté, bajando la rama—. ¿Andando?
—Andando. Cuando salía, un grupo de gente que huía de los infectados se me cruzó delante del coche y tuve que dar un volantazo. Fui a parar fuera de la carretera, el coche quedó destrozado y desde entonces a pata fins ací.
—¿Y no te ha pasado nada en todo ese camino?
—Qué va, no he corrido más que en toda mi vida —soltó una risa nerviosa—. Casi no salgo de Castellón. La autovía era imposible, todo estaba cortado y la gente conducía como si estuviera loca. Más de una vez casi me atropellan los supervivientes que huían.
—¿En serio?
— T’ho jure . Ha sido una semana bastante horrible .
Le iba a contestar algo cuando sus tripas rugieron con tanto ímpetu que los dos nos quedamos callados.
—Perdón. Es que llevaré un día o dos sin comer ni beber. Desde que salí... bueno, no ha sido fácil encontrar nada por el camino.
Tenía los ojos marcados por ojeras y su piel estaba bronceada, seguro que de tanto andar bajo el sol. Estaba muy delgadito para lo alto que era.
—¿ Què fas? — me preguntó al verme levantarme sin decir nada.
Fui hasta el coche. saqué varias conservas de la reserva y mi mochila de emergencia. Regresé junto al fuego dejando la mochila en la tienda.
—Ten —le di un bote grande, ni me fije de qué.
—No, no, de verdad, no hace falta.
—Tengo comida de sobra, no te preocupes —le sonreí, sentándome con cinco para mi.
Se quedó callado un momento, mirando la comida con una expresión que no supe leer del todo. Entonces sus ojos empezaron a humedecerse.
—Eres la primera persona que me ayuda en toda la semana . —Me removí algo incómoda—. Fui el martes a trabajar al aeropuerto y no me…
—¿El martes? —interrumpí, abriendo la primera—. Esto empezó el viernes… ¿Cómo no te enteraste hasta el martes?
—Es que el viernes había quedado con mis amigos para hacer una maratón de un videojuego —me explicó, encogiéndose de hombros—. Pero no vinieron porque no se encontraban bien. Así que me hice solo el maratón. Empecé el viernes por la tarde y cuando me lo terminé era lunes por la noche.
—Todo el puente de Semana Santa jugando, solo… —murmuré, negando con la cabeza mientras destapaba la segunda.
—Sip, valió la pena cada jodido segundo —sonrió, aunque con deje triste—. El martes me levanté, me arreglé y fui al trabajo. No llegué a bajar del coche.
Asentí mientras me acomodaba mejor sobre la colchoneta de la tienda.
—¿Y qué pasó?
Gabriel apoyó los codos sobre las rodillas y se quedó mirando el fuego unos segundos sin parar de comer.
—Vi a gente correr por el aparcamiento. Al principio pensé que era algún accidente o alguna evacuación.
Pero de repente empezaron a abalanzarse sobre mi coche.
Cuando comenzaron a golpear las ventanas me puse nervioso y eché marcha atrás.
Tú no sabes el susto que me dieron —removió el bote sin mirarme—.
Intentando salir, atropellé a una señora.
Por una décima de segundo pensé en bajar a ver cómo estaba.
Hasta que dicha señora se levantó sola, se giró hacia mí y me reventó el cristal trasero de un puñetazo.
—¿Sí? A mí el limpiaparabrisas me lo arrancó alguien cuando estaba intentando salir de un supermercado.
Se quedó un segundo procesando el dato, entrecerrando los ojos, y luego continuó:
— El cas es que conduje todo lo que pude hasta que tuve el accidente.
Lo miré por encima del fuego mientras masticaba.
—¿Y quién hay en Alicante? —indagué, inclinándome un poco hacia delante—. Porque para patear media Comunitat ... tiene que haber alguien especial esperándote. ¿La novia?
Se le escapó una risa corta.
—No, qué va —negó con una carcajada—. Mis padres.
Soy de Alicante, pero me mudé a Castellón por trabajo hace casi ocho años.
Cuando todo esto empezó, conseguí llamarles y me dijeron que estaban en el campo.
Estaban bien cuando hablé con ellos, pero cuando intenté llamar de nuevo la línea ya no funcionaba y desde entonces no sé res.
—Si están en un campo, lo más probable es que estén a salvo —le aseguré, sin apartar la vista del fuego—. En las afueras no suele haber tanta gente y los anémicos van donde hay más movimiento, más ruido.
—Eso espero —susurró con media sonrisa, rebañando su lata.
—Además, si han sobrevivido hasta ahora, seguro que siguen escondidos.
Él asintió, aunque no parecía demasiado convencido. A decir verdad, le entendía. Mis padres ya no estaban. Por eso quería ayudarle. Porque él todavía tenía esperanza. Todavía tenía algo que recuperar.
—¿Y tú? —me cotilleó, apoyando la espalda contra la rueda de mi coche—. ¿Qué haces aquí perdida en mitad de la nada?
Me moví un poco en la colchoneta, abriendo el cuarto bote.
—Dicen que en Valencia hay un punto seguro, quiero ver si es cierto. Y al parecer, hacer turismo por los pueblos…
—Valencia… —repitió, levantando la cabeza—. He pasado cerca viniendo. Te digo por dónde se va.
—Eso sería genial gràcies — le sonreí.
Fui al coche, busqué en la guantera y saqué el boli que guardo siempre ahí de emergencia, uno de esos de propaganda que están en todos lados menos cuando los necesitas.
—Menos mal que siempre llevo un boli —murmuré, arrancando un papel del seguro.
Los dos empezamos a dibujar. Aquello fue un desastre bastante productivo.
Sus trazos no eran mucho más precisos que los míos y más de una vez tuvimos que aclarar si una línea era una carretera o un río, pero poco a poco fue tomando forma algo que ambos pudimos entender.
Al terminar, los dos teníamos un mapa casero.
— Moltíssimes gràcies —le agradecí, doblando el papel con cuidado—. Sin esto seguiría dando vueltas tres días más.
—Yo igual —rio, guardando el suyo en el bolsillo de la chaqueta—. Llevo tanto tiempo sin saber nada de ellos… lo más probable es que...
—Para —lo corté, mirándole a los ojos—. Ellos están bien hasta que veas que no. ¿Entendido?
Se quedó callado un momento. Luego asintió, sin decir nada más. Justo en ese momento, un chasquido sordo resonó entre los árboles. Nos miramos al mismo tiempo.
—Es tarde. Es mejor que hoy te quedes aquí.
—¿Me estás invitando a entrar en tu tienda? —preguntó, con una sonrisa pícara.
—Esos servicios no los ofrezco en la primera cita —le respondí con el mismo tono, abriendo el maletero.
—Estamos los dos solos… en mitad de la nada —razonó, acercándose—. No creo que tengas ningún plan más… divertido.
—Puede ser… —concedí, sacando la segunda tienda de campaña y guardando las llaves en el bolsillo.
Le lancé el paquete y lo atrapó al vuelo, mirándolo con cara de no entender bien qué tenía entre las manos.
—¿Por qué tienes dos tiendas?
—Per si de cas .
— Xica, te pasas de previsora.
Entre los dos terminamos preparándolo todo sin dejar de hablar.
La verdad… aquella fue probablemente la conversación más normal que tuve desde que empezó esta locura.
Hablamos del apocalipsis, de nuestras vidas, de videojuegos…
Resultó que el juego que había estado enganchando a Gabriel también me gustaba a mí.
Ahí entendí cómo había acabado encerrado tres días jugándolo. Tiene buen gusto, qué le vamos a hacer.
Cuando el cansancio ganó la partida, cada uno se metió en su tienda. Me acosté bastante contenta. Por primera vez en semanas había podido hablar con alguien normal. Alguien que no intentaba matarme o estaba paranoico. Además teníamos gustos parecidos. Y feo no era.
—Vamos, que te pusiste a ligar en mitad de un apocalipsis —me interrumpe la teniente, con una ceja levantada.
—No estaba ligando —explico, levantando las manos todo lo que las esposas me dejan.
—Claro.
—Solo estaba teniendo una conversación.
—Por supuesto.
—Y orientándome.
—Tus romances no me interesan.
—Ay, qué aburrida es usted —murmuro, cambiando de posición en la silla. Las esposas vuelven a chocar contra el borde metálico de la mesa—. Además esta silla es incomodísima. ¿Es mucho pedir un cojín y un bocata?
—Continúa —pasa de mí la teniente.
El caso es que me dormí muy tranquila. Bueno, con la mano puesta sobre el cuchillo, pero bastante más que las noches anteriores.
De hecho, cuando cerré los ojos ya tenía un plan.
Volvíamos primero hacia Alicante, que más o menos ya sabía cómo llegar, comprobábamos si sus padres estaban bien y después tirábamos los cuatro hacia Valencia.
Era un plan sólido. Tenía coche, tenía mapa, tenía compañía.
Ahora bien, cuando me desperté a la mañana siguiente...
tuve que hacer varios cambios en ese plan.