Capítulo 7
Me muevo en la silla intentando encontrar una posición que no me corte la circulación en las muñecas, sin demasiado éxito. Las esposas llevan ya un buen rato recordándome que existen cada vez que intento gesticular.
—¿De Valencia viniste aquí? —quiere saber la teniente, con el bolígrafo suspendido sobre el papel—. ¿Y los niños?
—Tenga un poco de paciencia, que acabo de empezar. —Qué impaciente—. Cogí el coche, ¿no? Yo no tenía ni puñetera idea de cómo se llegaba a Valencia.
—Coges la autovía principal y sigues las señales —suspira ella, como si fuera lo más obvio del mundo—. En algún momento llegarás.
—Sí, claro, eso es lo que pensaría en una situación normal.
El problema es que cuando Fui a salir hacia la autovía, estaba atascado de infectados por todos lados.
Era imposible. Y no me diga que podría haber empezado a atropellar gente al tuntún, porque me lo planteé.
Pero mi coche es viejecito y el pobre ya había tenido suficiente con salir del aparcamiento del supermercado.
Salí con el pobrecillo abollado, así que dos o tres atropellos más y el motor decía basta.
La teniente se limite a escribir algo en los papeles de la carpeta.
—Entonces volví a la idea que les había mencionado a los chavales del súper. Hay un sitio en las afueras, tirando hacia la carretera de Crevillente… ¿Alguna vez ha estado en Elche, teniente?
—Soy de Madrid —me contesta, sin inmutarse—. Como mucho veraneaba en Denia, pero poco más.
—Muy mal. Tenía que haber venido a Elche. Es muy bonito, tenemos muchas palmeras.
Pues resulta que a las afueras hay una especie de centro comercial abierto con varios edificios grandes de tiendas, y entre ellos hay un supermercado enorme que tiene agencias de viajes dentro.
Pensé que podía ser útil por tres razones.
La primera, los mapas: si en algún sitio quedaba algún mapa físico de la zona, fijo que era ahí.
La segunda, la gasolinera que hay justo al lado, porque mi coche estaba a la mitad del depósito y no tenía ni idea de cuántas vueltas iba a tener que dar para esquivar todos los atascos.
Y la tercera, la tienda de deportes; en el coche solo llevaba agua, latas, snacks y creo que hasta me puse compresas por si acaso, pero nada más.
Algo en la expresión de la teniente cambia ligeramente, una especie de asentimiento muy contenido que se le nota en la mandíbula antes de que pueda evitarlo.
—Ah, mira. Por lo menos ya me apoya los planes —le sonrío, y ella me clava la mirada como si no hubiera dicho nada—. Es un avance, teniente, es un avance.
El caso es que llegué a ese sitio ya de noche, después de dar bastantes vueltas por el barrio intentando encontrar una salida que no estuviera cortada.
Aparqué en el parking. Había un montón de infectados moviéndose entre los coches, busqué una zona donde hubiera pocos vehículos y aparqué ahí.
No me moví del coche. Porque los del súper de mi casa, por la mañana no me atacaban, pero yo no conocía a estos de aquí y no iba a asumir que también les caería bien.
A la mañana siguiente me subí al capó para intentar ver bien el panorama antes de decidir nada.
No fue nada alentador: estaba todo petadísimo de gente.
Era viernes cuando empezó el brote, y ya se sabe que cuando hay festivo la gente aprovecha para hacer la compra grande, así que seguía lleno.
Yo no veía cómo iba a entrar a los tres sitios sin que me pasara algo.
Me quedé haciendo cálculos que no salían, cuando escuché una bocina.
A lo lejos, en el otro extremo del parking, había una especie de camión pequeño o una furgoneta grande. Desde donde estaba no lo distinguía bien. Varias personas cargaban cajas y suministros, entrando y saliendo de uno de los edificios como hormiguitas.
Pensé en gritarles, pero había demasiados infectados de por medio y armar escándalo en mitad de ese aparcamiento era una idea que no le recomendaría a nadie, así que me callé y los observé.
—La cuestión es que terminaron de cargar el primer vehículo y arrancaron. Justo entonces apareció un segundo camión por la carretera.
—¿Otro grupo?
—Eso supuse.
Venía con las luces encendidas, supongo que para avisar al primero de que ya estaba de camino. Todo parecía normal hasta que uno de los anémicos salió de entre los coches y se cruzó delante.
La velocidad del impacto lo lanzó hacia arriba y el cuerpo fue a caer directo contra el parabrisas.
¡Paf! El conductor debió de asustarse porque dio un volantazo tremendo.
El primero, que ya estaba saliendo, no tuvo tiempo de reaccionar y los dos chocaron de frente con un ruido que se escuchó en todo el parking.
No sé qué llamó más la atención, si los gritos de sus compañeros o las alarmas de los vehículos. Se montó un escándalo constante y agudo imposible de ignorar. Todos los anémicos se giraron al mismo tiempo y empezaron a avanzar hacia los camiones.
No voy a describir lo que pasó con demasiado detalle porque me revuelve el estómago solo de recordarlo.
Los infectados subieron a los vehículos.
Algunos consiguieron huir, pero no llegaron muy lejos.
Los mordían en el cuello, en los brazos, en cualquier sitio que pillaban y los dejaban caer al asfalto como bolsas vacías de sangre, tan pálidos que casi parecían tizas apiladas.
Al cabo de un rato algunos empezaban a moverse, atacando a los que habían sido sus compañeros unos minutos antes.
Lo peor fue que algunos no se conformaron con morder. Vi cómo uno le arrancaba el brazo a una persona que todavía se estaba moviendo y se lo tragaba de un bocado, igual que una boa a su presa.
Vomité encima del capó. Era horrible. Pero tampoco podía apartar la vista. Hasta que me di cuenta de algo. La mayoría de los anémicos de mi zona se habían desplazado, atraídos por el choque. La zona a mi alrededor estaba casi despejado.
Bajé del capó, cogí la mochila y fui hacia la tienda de deportes. Dentro estaba a oscuras; olía a plástico nuevo y a ropa sin estrenar, un aroma raro de normalidad en mitad de todo aquello. Fui directa a la sección de senderismo para coger dos tiendas de esas que las tiras y se montan solas.
—¿Para qué querías dos? —me pregunta la teniente.
—Imagínese que se rompe, pues tengo otra de emergencia.
También cogí ropa: pantalones de equitación, que son súper gruesos, botas de montaña y un par de camisetas.
En un momento de lucidez, pillé un par de cuchillos de caza y un arco con flechas de acero.
Me sorprendió ver flechas reales, pensaba que solo vendían de juguete.
Había muchas cosas interesantes en la sección de caza, pero en cuanto escuché un gruñido, corrí a cargar el coche.
Se lo cuento así de fácil, pero yo no soy muy atlética e iba en plan sigilo para que no me pillaran. En más de una ocasión pensaba que me habían visto, pero qué va: saqué a relucir las habilidades ninja de mi abuela.
—Erika… —suspira la teniente. Yo, en cambio, le sonrío.
Después fui a la gasolinera. Cuando llegué y cogí la manguera, no salió nada. Ni gota. Las bombas llevaban días sin energía y los depósitos estaban secos. Tal como se había puesto la cosa, el plan de entrar al súper a por los mapas era inviable; los camiones estaban demasiado cerca de la entrada.
—Que yo sepa en ese tipo de tiendas de deporte también venden mapas —me comentó la teniente, balanceando el boli.
—¿Sí? Pues si lo llego a saber…
Dado que no iba a unirme al buffet libre de personas, me Fui. Ahora bien, del dicho al hecho hay un trecho y seguía sin mapa. Mi idea era sencilla: llegar a Alicante, porque sabía ir, y luego buscar alguna señal que me acercara a Valencia.
—Pero… —La teniente arquea una ceja.
Las carreteras principales estaban todas bloqueadas por coches abandonados o por grupos de anémicos.
Así que tuve que desviarme por las secundarias, de esas que serpentean entre campos y que Dios sabe quién pasa por ahí.
Entre la mala señalización y los tramos cortados que me obligaban a dar marcha atrás cada dos por tres, llegó un momento en que ya no tenía muy claro dónde estaba.
Creo que fue cerca de Xàtiva donde me desubiqué del todo. Estuve dando vueltas por los pueblos durante lo que me pareció un día entero. Pasé por el mismo campo de naranjos mínimo tres veces. Llegó un momento en que ya ni aguantaba la música del coche.
La gasolina bajaba y yo no avanzaba. Eso era lo que más me desesperaba, que el cuentakilómetros seguía girando pero el paisaje no cambiaba. Al caer la tarde, no aguanté más.
En uno de aquellos pueblos había un merendero grande con muchos árboles, de esos que en verano usan las familias para las paellas del domingo. No había ningún infectado a la vista. Aparqué, paré el motor en silencio y me quedé ahí sentada sin moverme durante un rato. Esa noche dormí en el coche.
Fui al baño del merendero por la mañana. Estaba más hecho mierda. Se nota que solo limpian en temporada alta.
—No hace falta que me des tantos detalles —me corta ella, moviendo el boli otra vez. A mí se me escapa una risilla.
El caso es que salí del coche cuando ya había luz y lo primero que vi fue verde.
Los árboles, el prado, los bordes del camino…
Un verde tan intenso y tan tranquilo que me pareció que estaba en otra dimensión.
No había ruido, ni olor a podrido. Solo aire limpio con olor a humedad, pájaros a lo lejos y el silbido del viento moviéndose entre las ramas.
Me tumbé en el prado boca arriba, ignorando el hecho de que seguramente había bichos en la hierba, y respiré despacio. Entonces, sin venir a cuento, empecé a llorar.
No entendí muy bien por qué en ese momento. No estaba pensando en nada concreto, ni me había venido ninguna imagen a la cabeza. Solo estaba ahí tumbada, mirando al cielo, con las lágrimas cayéndome sin cesar.
—No me extraña —asiente la teniente, con un tono algo más suave que el que lleva usando toda la sesión—. Estabas sobrepasada. Tus padres acababan de enfermar apenas unas semanas. Y después de todo lo del supermercado y el centro comercial ese… Demasiado bien lo estabas llevando, la verdad.
—Tampoco pensaba que estaba mal —le contesto, aunque suena un poco menos convincente de lo que pretendía—. Ma mare siempre me decía: ante el estrés hay que seguir pa’lante. Así que yo pensaba que lo llevaba bien, que tenía controlada la situación. Pero bueno, supongo que ese día me pilló floja.
Me quedé ahí tumbada hasta que me dormí. No sé cuánto tiempo estuve, pero cuando me desperté el sol estaba bastante más alto de lo que lo había dejado.
—Espera —me corta la teniente, incorporándose en la silla—. ¿Te quedaste dormida en mitad del campo, sola, sin ningún tipo de protección?
—No se preocupe tanto por mí, teniente —le sonrío, y me sale una risa tonta—. Que de momento sigo aquí.
Ella me mira como si eso no fuera suficiente razón para no preocuparse, y hace un gesto brusco con la mano para que continúe. Al final le caeré bien; a ver si así me afloja las esposas o me da algo de comer.
Pasé todo ese día en el merendero. Creo que fue una de las pocas veces en mi vida que he pasado un día entero sin hacer absolutamente nada.
En otras circunstancias me habría generado una ansiedad considerable, pero ese día solo tenía fuerzas para existir.
Comí algo del maletero, escuché el silencio y esperé a que oscureciera.
Saqué una de las tiendas de campaña junto con todo lo que tenía para dormir e intenté hacer una hoguera. No le voy a mentir, por un momento me emocioné; hacía siglos que no iba de camping. Lo malo es que estaba solita. Seguro que mis amigos se lo estarían pasando genial.
—¿Se fueron de camping?
—Sí, por eso estaba "tranquila". Al estar en medio de la nada, había poca probabilidad de que estuvieran infectados, ¿no?
—Un poco optimista de tu parte.
—Puede, pero era mejor que pensar que estaban muertos.
Ninguna de las dos volvió a comentar nada al respecto, por lo que continuo.
Escuché un ruido. Un crujido. Pasos sobre hierba seca, irregulares, que se acercaban desde algún punto. Como curiosidad, mi experiencia con el arco se limita a las prácticas que hacía cuando iba a los campamentos de verano, gracias a eso sé usarlo… más o menos.
—¿Quién anda ahí? —grité, apuntando hacia la oscuridad desde la entrada de la tienda.
—Erika —me interrumpe la teniente—. Si hubiera sido un anémico, habría ido hacia ti.
—Estaba muy asustada. Podría haber sido un animal o cualquier otra cosa, no necesariamente un infectado. Tampoco era tan mala idea avisar.
—Es una pésima idea.
—Pues mire, no me atacó nadie. Bueno…
Lo que vino desde la oscuridad no fue un gruñido ni un grito. Fue una voz.
—No me ataques, por favor. No estoy infectado.
Ahí fue mi primer error. Debería haberle disparado en cuanto lo vi.