Capítulo 6 #2
Aquello me hizo hervir la sangre. Me levanté despacio y me planté enfrente de ellos. Por alguna razón ambos retrocedieron un par de pasos.
—Escuchadme bien. —Mi voz salió mucho más siniestra de lo que pretendía—.
Vosotros estaríais muertos si yo no os hubiera dejado entrar aquí.
Este sitio es mi territorio. Si estáis vivos es porque yo he querido.
Así que no tenéis ningún derecho a decirme que me vaya.
Si no queréis estar aquí, ya sabéis dónde está la puerta.
—Se me escapó una sonrisa—. Si os atrevéis a salir, claro.
A lo mejor me pasé un poco con lo último. El de azul apretó la mandíbula, me agarró el brazo y empezó a arrastrarme hacia las escaleras. El de amarillo dudó un segundo, pero acabó ayudándole a empujarme desde el otro lado.
—¡Qué hacéis! ¡Dejadme! —les grité, intentando escaparme.
—Si no te vas por las buenas, te vas por las malas —sentenció el de azul, sin soltarme.
Desde abajo ya empezaban a escucharse los primeros ruidos de los que se iban despertando.
Notaba cada escalón que bajábamos como si avanzara directa al patíbulo.
Intenté quitarme su mano de encima con todas mis fuerzas, pero el chico tenía un agarre que yo no esperaba de alguien tan poco musculado.
Por más que tiré no conseguí nada. Tendría que haber hecho más brazo en el gimnasio, lo admito, pero no era momento de arrepentimientos.
La puerta estaba justo delante. Los gruñidos cada vez más cerca. Y yo cada vez más segura de que si esa puerta se abría, lo que había al otro lado no iba a tener ningún tipo de conversación conmigo.
Entonces mi cuerpo decidió actuar antes que mi cerebro. Levanté la rodilla y le di una patada al de azul en los huevos con toda la fuerza que tenía. El chico salió rodando por los últimos peldaños y se golpeó de lleno contra la puerta, abriéndola. Los del interior empezaron a girarse hacia él.
—¿Qué os dije sobre cerrar el puñetero pestillo? —exclamé, girándome hacia el de amarillo.
Él palideció en tiempo real y empezó a subir las escaleras sin decir nada más.
Yo fui detrás. Las personas ya estaban empezando a entrar.
Cuando faltaban cuatro escalones para llegar arriba, el de amarillo ya estaba empujando las cajas y las colchonetas contra la trampilla de la azotea. Bloqueándola.
—Tú, fill de puta . ¡¿Qué coño haces?! Déjame pasar.
—Por tu culpa mi amigo ha muerto —me contestó desde el otro lado, sin dejar de colocar cosas—. No voy a caer yo también. Aléjate. Si tanta hambre tienes, sé tú la comida para los monstruos.
Solo recuerdo rabia. Miedo. Y una desesperación tan grande que apenas podía pensar.
Detrás de mí los gruñidos estaban cada vez más cerca.
Cada vez más altos. No tenía tiempo para discutir.
Ni para convencerlo. Así que hice lo único que se me ocurrió.
Clavé las uñas en la colchoneta atravesada delante de la entrada y empujé. No sé de dónde salió aquella fuerza.
La colchoneta salió volando, junto con las cajas que tenía encima. El chaval, que estaba sujetándolo todo, perdió el equilibrio cayendo al suelo de espaldas.
Subí el último escalón de un salto. Desde abajo ya se escuchaban los pasos subiendo. Cogí al de amarillo por el cuello de la camiseta y lo puse de pie de un tirón. Él evitó mirarme.
—Si quieres vivir, no vuelvas a hacerme eso en tu puta vida. —Me acerqué a su cara—. ¿Queda claro?
No respondió, el olor a sudor que emanaba de él era asqueroso.
—¿Queda claro? —le repetí, meneándolo.
—S-Sí… —asintió, cada vez más sudado.
—Ahora coge las cajas.
—¿Qué-qué?
—¡La barricada, imbécil!
Por fin reaccionó. Los dos empezamos a amontonar todo lo que había en la azotea contra la trampilla, cajas, la otra colchoneta, cualquier cosa con peso que encontramos en los dos segundos que teníamos.
Él fue a colocar una de las cajas más grandes justo en el borde cuando una mano salió de la trampilla y le agarró la muñeca.
—¡Erika! —gritó, girándose hacia mí—. ¡Erika, ayúdame!
No le voy a mentir, teniente. Lo último que pensé en ese momento fue en salvarle.
—O sea, que dejaste que ese chico muriese delante de ti —me dice la teniente, con una expresión que no sé si es de juicio o de incredulidad—. ¿Por qué?
—Acababan de intentar matarme. —Me encogí de hombros.
La teniente frunce el ceño.
—Eran unos chavales asustados.
—Y yo también. La diferencia es que yo no intenté tirarlos. Solo dejé que el karma hiciera su trabajo.
La teniente no dice nada. Claro, si es que no hay fallos en mi lógica.
—Así que cuando vi que lo estaban arrastrando… Puse en marcha mi maravilloso plan de emergencia.
—El del contenedor.
—El del contenedor.
La verdad es que, visto con perspectiva, era un plan horrible. Pero era el único que tenía. Corrí hacia el borde de la azotea. Escuchando detrás de mí los gritos del chico.
—¡Ayúdame! Erika, por favor.
No me giré, si lo hacía sabía que me paralizaría el miedo y eso sería mi condena.
Llegué al borde, busqué apoyo con las piernas y empecé a bajar hacia el contenedor.
El metal estaba caliente por el sol del día.
Mis zapatillas apenas encontraban agarre.
Escuché un golpe detrás de mí. Uno muy fuerte.
Seguido de un grito. No quise saber qué significaba y seguí bajando.
Hasta que por fin mis pies tocaron la tapa del contenedor.
—En ese momento hubo un problemilla.
—Me sorprende que hubiera ido bien hasta entonces —resopla la teniente.
—Gracias por el apoyo, ¿eh?
—De nada.
El caso es que no había calculado que el contenedor estaba inclinado hacia un lado, así que me resbalé nada más tocar la superficie. El ruido fue tremendo. Un golpe seco que retumbó en toda la calle y que desde luego no pasó desapercibido para nadie que estuviera cerca.
Me caí desde más de metro y medio de altura.
Me quedé un segundo sin aire, boca abajo, con las manos abiertas contra el suelo y sintiendo un dolor punzante que me subía desde el tobillo derecho.
Me lo había torcido al caer, o algo parecido, porque cuando intenté levantarme, el pie no quería colaborar del todo.
En ese momento, escuché un gruñido. Demasiado cerca. Un dolor agudo me atravesó la rodilla. Al mirar hacia abajo, la sangre empezaba a empapar el pantalón.
—Perfecto.
Apoyé una mano en el contenedor y me obligué a caminar. Mientras a mi alrededor empezaban a aparecer figuras atraídas por el ruido.
—¡Asesina! ¡Sálvame! ¡Ayuda, ayuda! —se escuchaba desde la azotea.
El coche estaba aparcado justo enfrente del supermercado, a no más de veinte metros, pero con el tobillo como lo tenía esos metros se me hicieron eternos. Corrí lo mejor que pude sintiendo cómo el dolor subía con cada zancada y notando la sangre caer por la palma de la mano.
Detrás de mí los gruñidos aumentaban. Más cerca. Más cerca. Más cerca. No quería mirar. Pero miré. Ojalá no lo hubiera hecho. Venían muchos. Demasiados. Algunos salían del súper, otros aparecían desde las calles. Todos avanzando hacia mí igual que un banco de esturiones blancos.
Llegué al coche. Busqué la llave en mi bolsillo, pero por el temblor de mis manos se me cayó. Volví a intentarlo mientras escuchaba de fondo cómo se acercaban los pasos. Con los dedos temblando y la sangre mojándome la palma no encontraba el agujero de la cerradura.
Cuando por fin abrí el coche, me metí dentro de un salto, cerré de un golpe y eché el seguro.
Dos segundos después el primer cuerpo chocó contra la ventanilla del copiloto con un ruido sordo que me sacudió el pecho entero.
Al instante, otro y otro más. El coche empezó a balancearse con el peso de varios cuerpos empujando desde fuera.
Yo apenas podía respirar. Mis manos temblaban tanto que casi no podía sujetar la llave. La introduje en el contacto y la giré.
—No… —Giré otra vez—. No, no, no, no...
Cada vez golpeaban más fuerte, hasta llegaron a romperme los limpiaparabrisas.
—¡ARRANCA!
El motor hizo un ruido horrible. Sentí cómo algo se rompía dentro de mí. Por primera vez pensé que no iba a salir de allí. Que hasta ahí había llegado. Que después de todo… Iba a morir en el aparcamiento de un supermercado. Sola.
—¡SÍ! —Entonces el motor rugió y arrancó.
Metí la marcha sin pensar, pisando el acelerador. El coche salió disparado. Noté dos golpes bajo las ruedas. No sé cuántos atropellé. Ni quiero saberlo. Solo sé que seguí conduciendo.