Capítulo 6
Me acomodé un poco en la silla, haciendo sonar las esposas contra la mesa.
—Ya desde el primer momento estaban raros conmigo.
—¿Raros cómo? —La teniente arquea una ceja.
—Ya sabe. De esa forma en la que alguien te sonríe pero se mantiene a medio paso de distancia. O cuando te hacen una pregunta y se miran entre ellos antes de escuchar la respuesta.
La teniente no me contesta, por el gesto creo que entiende lo que le digo así que continúo.
En aquel momento ya estaba anocheciendo del todo, por lo que me di un poco de prisa y los llevé dentro.
—Podéis hacer dos cosas —les expliqué cuando llegamos a la oficina donde estaban los monitores de seguridad—. O dormís aquí abajo o subís a la azotea conmigo. Solo tengo una colchoneta, pero creo que vi alguna más en la sección de camping.
Los dos se quedaron observándome.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí encerrada? —me preguntó el de amarillo.
—No sé —le contesté, haciendo el cálculo mental rápido—. Dos días, tres, cuatro. No creo que llegue a la semana, ¿por?
El de azul consultó con la mirada al de amarillo antes de responder. Esas miraditas silenciosas me estaban poniendo nerviosa.
—Es que llevamos dando vueltas por todo el barrio desde que empezó y no... O sea, nadie aguanta tanto tiempo en un sitio como este. ¿Te pilló aquí el brote?
—Ah, no, no. Yo estaba en mi casa y vine para acá a por comida. Es que mis padres… Bueno, al final me quedé aquí.
Ninguno insistió. Aunque por sus caras era evidente que querían hacerlo. Tenían tantas preguntas que ni siquiera sabían por cuál empezar.
—Es tarde. Vamos a dormir. Mañana hablamos.
Ellos durmieron en la oficina y yo subí a la azotea. Ahora bien, se me olvidó comentarles todo el tema de la orquesta sinfónica de gruñidos, lo que hizo que ambos subieran en mitad de la noche.
Yo dormía tan tranquila cuando abrí los ojos y tenía una cara a diez centímetros de la mía. Del susto le di un puñetazo al de azul en el hombro con todas mis fuerzas.
—¡¿Pero qué coño haces?! —solté, con el corazón a ciento veinte.
—Lo siento, lo siento —se disculpó, retrocediendo un paso—. Hemos escuchado unos ruidos muy raros ahí abajo y no sabíamos qué...
—Es normal —le corté, todavía medio dormida—. Por las noches siempre están muy activos. Bona nit.
La mirada que me dedicaron fue espectacular. Creo que en ese momento terminaron de convencerse de que estaba loca.
La teniente soltó una pequeña risa por la nariz. La primera en todo el interrogatorio.
—Tengo que admitir que yo pensaría lo mismo.
—¿Ve?
—Esos pobres chavales encerrados contigo… —suspira, negando con la cabeza.
—Bueno, puede que sea algo excéntrica, pero…
A la mañana siguiente, bajamos los tres juntitos, y ahí pasó algo que me pareció bastante curioso: en cuanto ellos salieron de la oficina, todas las personas que había dentro del súper dejaron de mirarme a mí y empezaron a mirarles a ellos. Perdí mi popularidad en un segundo.
—¿Por qué no nos atacan? —me preguntó el de azul, muy pegado a mi espalda, con la voz bastante más tensa de lo que pretendía.
—Os lo he dicho: son pacíficos por las mañanas —le respondí, cogiendo una caja de pizza de una balda—. A lo mejor los de aquí dentro son un poco diferentes a los de fuera, no lo sé, pero por las mañanas no atacan. Es que no me hacéis caso.
La verdad era que el supermercado daba bastante miedo. Llevaba varios días sin electricidad, a oscuras, iluminado solo por la luz natural que entraba por algunas ventanas. Además, estaba aquel olor.
—Buah —se quejó el de amarillo, tapándose la nariz con el cuello de la camiseta—. Aquí huele fatal. ¿Qué es eso?
—La carne que se ha pasado —expliqué, sin levantar la vista de las cajas—. La estoy tirando a la calle, pero creo que eso ha empeorado un poco el olor en general.
Mientras hablábamos fui cogiendo todo lo que seguía siendo más o menos comestible. Lasañas, empanadillas congeladas, croquetas…
—¿Te vas a comer eso? —me preguntó el de amarillo.
—Sí.
—Está descongelado. Eso no es sano.
—Todo lleva días descongelado, nada es sano. También os digo, si subimos las pizzas a la azotea y les da el sol un rato, quedan medio decentes. Aunque ya no quedan tantas.
Los dos intercambiaron una mirada antes de fijarse en las estanterías.
—Sí que han saqueado esto —silbó el de amarillo, mirando una balda vacía—. Aquí no queda casi nada.
—Ah, ya, ya me estoy quedando sin comida —dije, recogiendo las últimas diez cajas de pizza que quedaban y apilándolas en los brazos—. Debería empezar a racionarla un poco más.
Sus ojos oscilaban entre la montaña de cajas y mi cara.
—Todo eso... nosotros no comemos tanto —suspiró el de azul, midiendo cada palabra—. Podríamos organizarlo un poco entre los tres.
—Ah, no, no. Esto es para mí. Vosotros coged lo que queráis de lo que queda.
Y subí a la azotea notando sus caras de sorpresa.
—Ahora que lo pienso —se me escapa una sonrisa bastante tonta—, eran dos chicos bastante monos.
—Erika…
—No, en serio. No recuerdo bien sus caras, pero me acuerdo de que no eran feos. Podría haber aprovechado la situación. Luego pasó lo que pasó… Déjalo, no he dicho nada.
Me miraron muy raro por lo de las pizzas. Creo que no habían visto a una mujer comer tanto en toda su vida.
—Es que eso tampoco es normal —comenta la teniente, con un tono que no sé si es de análisis o de incredulidad—. Te comiste prácticamente toda la comida de un supermercado tú sola en menos de dos semanas.
—Toda no —puntualizo—. Ya le dije que guardé latas y snacks en el coche.
Pero sí, el resto me lo fui comiendo yo, aunque estos dos me ayudaron un poco.
Es que tenía mucha hambre y sigo teniéndola.
Ahora que lo dice, llevamos aquí ya un buen rato hablando y ya me está entrando apetito. ¿Podrían traernos algo para comer?
La teniente suelta un suspiro largo y hace un gesto con la mano para que continúe.
Las pizzas resultaron estar bastante buenas para lo que cabía esperar.
Cuando ya era mediodía y el sol las había dejado en un punto razonable, subimos los tres y nos sentamos a comer.
Fue entonces cuando les pregunté lo básico: cómo se llamaban, de dónde eran.
Me lo contaron, pero la verdad es que se me ha olvidado casi todo, así que te ahorro esa parte y voy directamente a lo que importaba de aquella conversación.
—Somos estudiantes de la UMH. Y cuando empezó todo esto nos pilló en la biblio de la uni —me contó el de azul, con la pizza apoyada en las rodillas—.
Estuvimos un rato ahí sin saber muy bien qué hacer, hasta que por la radio oímos una de las emisoras de emergencia diciendo que estaban habilitando zonas seguras.
—¿Zonas seguras? —Me incorporé tan rápido que casi se me cayó la pizza de las manos.
—La uni tiene una sala de radio —continuó el de azul, hablando un poco más rápido de lo normal—.
Nos escondimos ahí un tiempo y sonó un aviso diciendo que todos los ciudadanos que estuvieran sanos tenían que acercarse a las capitales.
Lo malo es que Alicante no está en la lista.
La más cercana que mencionaban era Valencia.
—El problema es que no tenemos coche, y sin GPS tampoco sabemos ir —comentó el de amarillo, extendiendo los brazos—. Y lo de ir a pata no lo veo.
— Home, no es mala idea lo de Valencia. Podríamos ir al súper grande de las afueras, al tener varias agencias de viajes suelen tener mapas físicos de la zona. O si no, en el centro está la oficina de turisme . Ahí seguro que hay algo que nos pueda orientar.
—Sí, pero eso está en la otra punta de la ciudad —nos recordó el de azul, sacudiendo la cabeza—. Estamos justo al lado contrario. ¿Cómo vamos a cruzar toda la ciudad infectada sin coche? Es un suicidio.
—Otra opción… —intervine, encogiéndome de hombros— es que si la radio funcionó y están organizando esto… a lo mejor en algún momento mandan un helicóptero, un dron o lo que sea. Para ver si queda gente.
—¿Como en las pelis? —sonrió el de amarillo.
—Sí, algo así.
—¿Tú has visto algún helicóptero en estas semanas? —me preguntó el de azul, clavándome sus ojos.
—Pues no, la verdad —reconocí—. Pero la esperanza es lo último que se pierde, ¿no? A lo mejor hay alguna posibilidad todavía.
Los tres nos quedamos en silencio un momento, mirando el horizonte desde la azotea, esperando un helicóptero que ninguno creía realmente que fuera a aparecer.
La estrategia, por el momento, era aguantar.
Por suerte, el agua no era un problema urgente; los arcones conservaban suficiente escarcha limpia y bolsas de hielo derretido que podíamos racionar con cuidado.
—Si le soy sincera, teniente, a partir de ahí las cosas empezaron a ponerse tensas —le explico, cambiando de posición en la silla todo lo que las esposas me permiten—.
Porque claro, yo como por cinco, y la comida que quedaba en ese punto era ya muy poca.
La fruta ya no tenía salvación, el pescado parecía tener bioma propio y la carne ni se lo menciono.
También les repetí varias veces que la puerta que daba acceso a la escalera de la azotea había que cerrarla siempre con el pestillo. El de azul era bastante serio con eso y normalmente me hacía caso, pero el de amarillo era más pasota con el tema. No sabe cuánto me crispaba eso.
Pues bien. Un día, estaba yo en la azotea tomando el sol por la tarde como de costumbre, porque por la mañana la luz ya me estaba empezando a molestar de más, cuando los dos se me acercaron.
—Erika, hemos decidido que te tienes que ir —me soltó el de azul, sin rodeos.
Me quedé mirándoles un segundo, sin levantarme.
—¿Cómo que me tengo que ir?
—No puede ser que tú sola te comas y bebas lo que comeríamos los tres en un mes.
—No seas tan exagerado, que no como tanto —le contesté, aunque los dos sabíamos que no era del todo cierto—. Aún queda comida, así que no os desesperéis.
—Perdona —intervino el de amarillo, con un tono bastante más frío—, pero no queda casi nada, y lo poco que hay está podrido o a punto de estarlo. O te cortas un poco o te largas.