Locos por la sangre Capítulo 5
14%

Capítulo 5

Aquel día me había retrasado más de lo normal. Siempre hacía la compra a primera hora de la mañana, cuando había más luz y menos gente en la calle, pero ese día se me fue el santo al cie­lo. Para cuando regresé cargada, ya estaba anocheciendo.

Dejé las llaves en el gancho de la entrada, arrastré las bolsas hasta la cocina y empecé a vaciarlas sobre la encimera. Fue en­tonces cuando escuché el primer golpe. Uno seco y hueco, como el de una caja de plástico cayendo al suelo desde cierta altura.

En ese momento pensé lo peor, pero intenté convencerme de que estaba todo bien, que la cuerda aguantaba y que mi súper barricada podía con lo que le echaran encima sin ningún pro­blema.

El segundo golpe fue mucho más fuerte. La lata que tenía en la mano se me escapó de los dedos.

Sentí cómo algo frío me re­corría la espalda.

Aquello ya no sonaba como una caja. Se me cortó el hambre de golpe, que para la semanita que llevaba fue casi un milagro.

En contra de todos mis instintos, me acerqué al pasillo.

Asomé la cabeza y lo que vi me dejó sin aliento.

Había una mano atravesando la puerta. El brazo de mi padre sobresalía, blanco cual papel, con los dedos llenos de astillas y sangre seca.

Todos aquellos malditos arañazos habían desga­rrado la madera.

La mano se movía de forma torpe, barriendo el aire sin un patrón claro, pero cada vez más cerca del nudo de la manilla.

Me quedé observando, sin apenas respirar, viendo cómo los dedos rozaban la cuerda, la perdían, volvían a rozarla. Hasta que la agarraron.

Empezó a tirar con sacudidas cortas que hacían vibrar ambas puertas a la vez.

El nudo que había hecho con tanta prisa em­pezó a aflojarse con cada tirón.

Tendría que haber prestado atención cuando mi padre me enseñaba a hacer los nudos de pescador.

Porque en el momento en que vi cómo aquel nudo se deshacía…

El corazón rebotaba en mis costillas, mi cabeza me gritaba que huyera, que me escondiera.

No lo hice. No pude. Me quedé quieta viendo a mi padre empujar la puerta.

Nuestros ojos se cruzaron, inmóviles, mientras el sol terminaba de caer.

El chi­rrido de la puerta del baño abriéndose fue lo que me sacó del shock.

—Mierda… —susurré, alternando la vista entre ambos.

Fui hacia la barricada, intenté amontonar más trastos para, no sé, evitar que se acercaran. Por desgracia, el movimiento brusco bastó para que mi padre reaccionara y se abalanzara hacia delante volcando la mitad de las cajas de golpe. Detrás, mi madre ya estaba en el pasillo.

Eché a correr hacia la entrada. Abrí la puerta de un tirón. Salí al pasillo del ascensor. Y la cerré de golpe, sin acordarme de que las llaves de casa seguían dentro.

Al otro lado, escuché unos golpes tan fuertes que retumba­ban en el pasillo junto con un ruido que parecía agua cayendo. No sé lo que era, pero me cagué tanto que corrí hacia las escaleras.

Mis queridos padres no tardaron en abrirla y en perseguir­me. El pasillo estaba oscuro, ya casi era de noche y no se veía nada. Solo el brillo de los ojos inyectados en sangre de aquellas cria­turas. Conseguí llegar hasta la puerta de las escaleras. Le puse el pestillo. Y esperé.

Quería verlos una última vez antes de despedirme. Me alejé de la puerta y bajé las escaleras corriendo sin pensar dónde iba.

—A ver —le comento a la teniente, pasándome el pañuelo por los ojos—, mi lógica en ese momento era: si durante toda la se­mana no me ha pasado nada bajando al súper… ¿Cuánta pro­babilidad había de que justo esa noche cambiase algo? Poca, ¿verdad?

La teniente no responde, pero su cara lo dice todo.

Con esa regla de tres tan sólida, bajé corriendo. Al empujar la puerta, noté que me observaban de una manera… distinta a la de los días anteriores. Antes me olían un momento, ponían ca­ras raras, y seguían su camino como si yo no existiera. Ahora no. Ahora, sin hacer ruido, empezaron a acercarse.

Mi corazón ya no aguantaba más. Intenté fingir que todo es­taba igual que siempre, pero notaba cómo el espacio entre ellos y yo se iba cerrando.

Empecé a respirar demasiado rápido y de­masiado poco al mismo tiempo.

Cuando me giré ya no había salida, solo figuras pálidas moviéndose hacia mí en silencio.

Entonces vi la puerta de los empleados al fondo del pasillo derecho. Ni lo pensé. Corrí hacia ella, me colé por el hueco an­tes de que terminaran de cerrarme el paso, y la empujé desde den­tro hasta que escuché el clic del cierre.

Me quedé apoyada contra la puerta, en la oscuridad del al­macén, intentando recuperar la respiración. Aquí estoy a salvo, me repetía. Aquí no puede entrar nadie. En cuanto la noche ca­yó del todo, los ruidos iniciaron.

Decenas de manos comenzaron a golpear desde el otro lado. Las paredes vibraban. Los cristales resonaban. Todo el almacén parecía estremecerse.

—Yo no entendía nada —le digo a la teniente, mientras noto que mi pierna empieza a moverse sola bajo la mesa—. Hasta ese momento había dado por hecho que eran pacíficos o que yo les caía bien. Pero esa noche no pegué ojo.

Me doy un par de golpes en el muslo con el puño para que la pierna pare de moverse, sin éxito.

—Toda la santa noche con golpes, con gruñidos, con araña­zos en la puerta. Ese tipo de ruidos yo ya…

Me quedo un momento callada, controlando la respiración, antes de seguir.

—A la mañana siguiente, puede que peque de confiada, al no escuchar nada eché un vistazo. Y todo volvió a "la normalidad": solo me miraban, no se acercaban, no hacían nada. Era muy extraño.

La teniente lleva un rato golpeando el bolígrafo contra la mesa con un ritmo acelerado. A lo mejor quiere ir al baño y no me quiere interrumpir.

—¿No le parece extraño? —le pregunto a la teniente, para ver si se relaja un poco.

—Todo en tu historia es extraño —me suelta ella, dejando el boli encima de la carpeta de golpe—.

Es extraño que no te ata­quen. Es extraño que te haya arañado un anémico y tú estés aquí tan fresca.

Es extraño que hayas conseguido venir desde Elche.

Todo en tu maldito cuento es extraño. —La teniente está inten­tando controlar su respiración, es la primera vez que la veo tan alterada—. ¿Sabes lo que creo, Erika?

Yo niego con la cabeza, me da cosa contestarle.

—Creo que te lo estás inventando. Creo que me estás entre­teniendo para darles tiempo a tus amiguitos a que vengan a atacar Madrid. Y que todo esto es un teatro que te has montado en tu cabeza para tener una excusa por el secuestro de esos ni­ños.

Aquello me hizo incorporarme de golpe. Las esposas tinti­nearon contra la mesa metálica.

—¿En serio crees que me estaría inventando todo esto?

—La voz me sale más tensa de lo que pretendía—.

¿De verdad pien­sas que podría sentarme aquí y contarte que mis padres...

? Yo… solo quería sobrevivir. ¡Podía haber muerto en cualquier momento!

Sí, vale, puede que tenga una flor en el culo.

Puede que Dios decidiera acordarse de mí por una vez.

Yo qué sé. Eso no tiene nada que ver para que me acuses por algo que yo no he hecho.

Lo único que quería y quiero es estar a salvo. Que esos niños estén a salvo.

La teniente me observa un momento en silencio.

—Continúa.

Me recuesto un poco en la silla, que las esposas no dan para mucho, y retomo el hilo.

—Estuve encerrada allí tres o cuatro días. Bueno, quizá algo más. He perdido la cuenta. Menos mal que en ese súper tenía esa sección extraña donde venden ropa, sartenes o cosas así.

El caso es que tenían cosas de camping. Cogí una colchoneta inflable, una manta, algunas herramientas y subí a la azotea.

—La verdad es que me quedé arriba por dos razones. —Le­vanté dos dedos—. La primera era que desde la azotea casi no se escuchaban los gruñidos. Y por fin podía dormir. —Bajé un dedo—. Y la segunda era que el edificio era bastante bajo y había un contenedor justo al lado.

—¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? —me pregunta la teniente, volviendo a coger el boli.

—Porque tenía un maravilloso plan de emergencia.

—No sé si preguntar…

—Si algo salía mal, bajaba de la azotea por el contenedor y corría a mi coche.

La teniente cerró los ojos unos segundos.

—Veo varios fallos en ese plan —suspira, tocándose el puente de la nariz.

—Sí… bueno… —reconozco, con media sonrisa—, pero dor­mía mejor creyendo que funcionaría.

Me pasaba la mayor parte de las mañanas comiendo y de las tardes en la azotea. Yo siempre he sido muy blanca, pero desde ese día parecía que la luz del sol me molestaba más. Aun así in­tentaba ponerme morena, tampoco tenía nada mejor que hacer.

Un día vi a tres chavales. Tendrían más o menos mi edad. No recuerdo sus nombres. Uno llevaba una camiseta azul, otro una roja y otro una amarilla. Es lo único así más característico que recuerdo. Los vi corriendo por la calle. Parecía que algo los perseguía.

—¿Anémicos?

—Se ve que no tenían el mismo trato de favor que yo con los del barrio —bromeo con media sonrisa y moviendo una ceja.

Cuando me vieron ahí arriba, el de azul me gritó desde abajo, sin levantar demasiado la voz.

—Oye, ¿estás bien?

—Sí —le contesté, con poca energía—. ¿Vosotros?

—Sí, no nos han mordido, pero nos están persiguiendo. ¿Cómo has subido hasta ahí?

—Entrad al súper y subid por las escaleras —les expliqué—, porque la otra forma de subir tiene sus matices.

Los tres cruzaron miradas entre sí.

—¿Pero el súper está vacío? —quiso saber el de amarillo.

—Vacío no está, aún quedan cosas.

Volvieron a intercambiar un gesto de perplejidad. Se acerca­ron a la puerta de cristal, que seguía abierta, y cuando vieron a los del interior, los tres retrocedieron.

—¡¿Pero tú qué haces ahí tan tranquila?! —gritó el de rojo.

—¿Eh?

—¡Tienes una colonia entera debajo!

—Ah. Son pacíficos. Por las mañanas —le contesté—. Por las noches son unos cabrones. No les molestéis.

Estoy bastante segura de que me tomaron por loca, porque las caras que pusieron fueron un cuadro digno de enmarcar. Decidieron no entrar y se piraron. La verdad es que me sor­prendió ver gente cuerda, que hablara y razonara, pero tampo­co le di más importancia. Dos días después, volvieron.

—¡Eh! ¿Sigues viva? —se sorprendió el de azul desde abajo.

Yo estaba en la misma posición que cuando se habían ido, tomando el sol en la azotea leyendo.

—Veo que vosotros también. ¿Y vuestro amigo, el de la ca­miseta roja?

Ninguno de los dos me contestó. Fue entonces cuando me fijé en la sangre. Las camisetas estaban manchadas y la forma en que evitaron mirarme fue respuesta suficiente. No pregunté más.

—Está anocheciendo. Será mejor que encontréis un sitio para pasar la noche.

—No encontramos nada —contestó el de amarillo, mirando hacia la calle con una expresión de agotamiento—. Todo el ba­rrio está infectado. Hemos mirado todos los supermercados, centro de salud, gasolineras… todos llenos. No tenemos a dónde ir.

Los observé unos segundos. Luego miré la entrada del edifi­cio. No sabía si dejarlos entrar o no. En esa situación es mejor estar con más gente por si acaso y eran las primeras personas con las que hablaba en casi dos semanas. Pero algo… algo me decía que no les dejara.

Al final suspiré y me levanté. Bajé las escaleras del super­mercado, pasé entre los del interior tan tranquila y llegué hasta la puerta de cristal. Los dos se quedaron observándome sin de­cir ni una palabra. Luego miraron al interior.

—Por las mañanas son pacíficos —repetí y les dejé pasar.

Si hice bien o no, a día de hoy todavía no estoy muy segura. Tengo sentimientos encontrados con esos dos chavales, la ver­dad, aunque supongo que eso ya lo juzgará con el resto de la historia.