Capítulo 4
No recuerdo cuánto tiempo me quedé sentada en aquella esquina del salón. Lo único que sé es que en algún momento dejé de llorar. No porque me sintiera mejor. Me quedé vacía. Como si mi cerebro hubiese decidido desconectarse para no procesar nada más.
Desde donde estaba podía ver la pecera al final del pasillo. Creo que me pasé horas mirando cómo nadaban los pececillos. Mi cabeza era incapaz de asimilar todo lo que había ocurrido. Y al final terminé quedándome dormida allí sentada.
Cuando desperté, por la tarde, tardé varios minutos en entender dónde estaba.
Por un segundo creí que todo había sido una pesadilla.
Una de esas horribles que parecen reales.
Entonces bajé la vista. Vi el arañazo en mi muñeca, todavía un poco enrojecido.
Además, seguía llevando puesta la mascarilla.
Pero lo que de verdad me devolvió a la realidad fue el hambre.
Nunca había sentido tanta en mi vida, se lo juro. Ni siquiera cuando como por ansiedad.
Me arranqué la mascarilla de un tirón y salí corriendo hacia la cocina.
Preparé un banquete con lo primero que pillé.
Sin embargo, a los cinco minutos mis tripas volvieron a rugir.
Así que me hice otra cosa distinta, y luego otra, y otra.
La nevera y el congelador quedaron vacíos, pero yo seguía hambrienta.
Fui directa hacia el armario de la entrada, donde guardábamos las conservas, el arroz y cosas así. En ese momento pensé: si se trata de otra pandemia, lo más probable era que volvieran a encerrarnos durante meses, así que lo más sensato sería guardar provisiones, por si acaso.
Pasé completamente. Mi estómago seguía gruñendo sin compasión, así que terminé comiéndome hasta la última miga de aquel armario. Ni una triste bolsa de arroz quedó. Y…
—Bueno… prosigue —me ordena la teniente, levantando apenas la vista de sus papeles, al ver que había parado de hablar.
—Si le soy sincera, no recuerdo gran cosa después de aquello —admito, intentando ordenar mis pensamientos—. Tengo algunas lagunas. Lo siguiente que recuerdo es que, cuando me desperté, ya era lunes por la mañana.
Estaba tirada en mitad del pasillo que separaba el salón de la cocina, rodeada de agua. La pecera estaba rota. Los cristales estaban esparcidos por el suelo. Las plantas flotaban entre charcos. Y no había ni un solo pez.
Sentí un nudo horrible en el estómago. Me miré las manos despacio. Las encontré llenas de sangre, una que no sabía decirle si era mía o no. Notaba además algo extraño metido entre los dientes. Lo escupí. Sobre mi palma cayó una espina de pescado junto con pequeñas plumas.
—¿Plumas? —se sorprende la teniente, sin levantar la voz.
—Sí. Plumitas.
Cuando lo vi me levanté tan deprisa que casi me caigo. Al entrar en la galería encontré la jaula de mis periquitos abierta. No quedaba ninguno de los tres dentro.
La teniente no dice nada, pero el rostro se le ha torcido en un gesto de asco que intenta disimular, fingiendo demasiado tarde una indiferencia que ya no le queda nada creíble.
Fui derecha al fregadero a lavarme las manos a conciencia, frotándome la boca con agua y jabón una y otra vez, intentando escupir cualquier resto que pudiera quedarme todavía entre los dientes.
Incluso intenté vomitar, aunque por más que me metiera los dedos, no soltaba nada.
Al levantar la vista, me fijé en el reloj de la cocina.
—Le juro que durante un segundo llegué a pensar: mierda, el trabajo —suelto una risa floja—.
Fíjese usted el pensamiento tan absurdo que me dio en aquella situación, que lo primero que se me pasó por la cabeza fue que llegaba tarde a la oficina.
Normal que luego me llamen adicta al trabajo. Y eso que era Lunes de Mona.
Una leve media sonrisa se dibujó en el rostro de la teniente. Curioso.
Con esa idea, caminé hacia mi cuarto, que estaba al final del mismo pasillo donde tenía a mis padres encerrados.
En cuanto volví y vi las dos puertas atadas entre sí con la cuerda, la realidad me golpeó otra vez.
No pude seguir avanzando sin que me vinieran a la cabeza todas las imágenes de aquel fin de semana.
Mi estómago, en cambio, no dejaba de rugir.
Reuní todas las fuerzas que me quedaban y crucé corriendo.
Recogí ropa, el portátil, cargadores, mantas…
todo lo que parecía útil y lo llevé al salón de una sola vez para no tener que volver a atravesar aquel pasillo.
Al pasar por delante de la puerta de mi padre noté que los arañazos sonaban cada vez más cerca, como si se hubieran vuelto más fuertes e insistentes que en los días anteriores.
Un escalofrío me recorrió la espalda, así que improvisé una barricada con los trastos viejos del cuartillo que había justo enfrente, amontonándolo todo contra la puerta lo mejor que pude, por seguridad.
Viendo el panorama, y que mi señor estómago pedía guerra, la única opción que se me ocurrió fue ir al súper de enfrente.
A priori parecía sencillo: bajo, cruzo, compro y para casa.
Pero cada vez que me acercaba a la puerta veía a aquella mujer de la calle.
Gritando. Con aquel hombre encima… Uf, es recordarlo y no puedo.
Total, que estuve dándole vueltas hasta que el hambre ganó a mi cobardía.
Me armé de valor, cogí la espada de mi comunión, la que se utilizaba para cortar tartas, y bajé las escaleras con el corazón en la garganta en dirección al súper. Yo sabía que eso y nada era lo mismo, pero así me sentía un poco más segura. Sobre todo cuando salí a la calle y no vi a nadie.
Ni una persona, ni un perro, ni un coche pasando, nada. Eso me resultó perturbador, pero tampoco me detuve demasiado a pensar en ello. Crucé la calle y las puertas del súper se abrieron.
El local estaba petado. Todas las personas tenían los ojos hundidos hacia dentro y una palidez tan extrema que daban la sensación de que llevaban semanas sin ver la luz del sol.
Me quedé un rato en la entrada, sin saber muy bien qué hacer. Admito que, como ninguno de ellos se movió, entré con un mínimo de confianza, aunque no dejaron de mirarme. Era como entrar en una habitación donde todo el mundo sabe algo que tú no.
No me lo pensé dos veces y cogí cuanto cabía en las bolsas que había bajado. Durante ese momento tan divertido tenía la sensación de que cientos de ojos me estaban observando, siguiéndome por cada sección sin decirme ni una sola palabra. Mi cabeza no paraba de repetirme: huye, huye, huye.
Al rato, unos pocos se me acercaron. Empezaron a olisquear cerca de mí y si me apartaba algunos me seguían. Yo evitaba el contacto visual lo máximo posible. Era inquietante.
Llegué a la caja. La dependienta me miró. Yo la miré. Y después de una encarnizada batalla de miradas, llegó un punto en el que no pude soportarlo más. Cogí las bolsas y me piré a casa corriendo.
—No me lo creo —me corta la teniente, apoyando los codos sobre la mesa y clavándome sus ojos marrones.
—¿Qué parte? —quiero saber, acomodándome las esposas.
—Todo. No puede ser que al tercer o cuarto día de la infección bajaras tan campante a un supermercado lleno de anémicos y volvieras a subir tan tranquila. Alguno te tendría que haber atacado, con pasar cerca ya se lanzan.
—Bueno, es lo que pasó, teniente. No sé qué decirle —le respondo, encogiéndome de hombros con toda honestidad—. A mí también me pareció extraño, se lo juro, pero yo bajé, no me atacó nadie, y al día siguiente volví a bajar.
—¿Volviste al día siguiente?
—Sí, sí, sí estuve haciéndolo una semana entera.
—¡Una semana! Eso es imposible.
—Yo tampoco lo entiendo, teniente, de verdad que no. Le estoy explicando lo que pasó tal cual. Si le sirve de consuelo… Poco a poco el súper se fue vaciando, como la puerta no cerraba… Y durante esa semana la herida de la muñeca no se me curó.
Me subo un poco la manga para enseñársela. La teniente me mira el brazo y entrecierra los ojos.
—Ahí no hay ninguna herida, ni un arañazo. No hay nada.
—A ver, es que fue superficial —le explico, bajándome la manga—, pero tardó por lo menos un mes en curarse del todo. Eso para mí fue una eternidad. Que tengo veinticinco, todavía regenero bien, ¿eh? Que una ya tiene sus problemas, pero tampoco estoy para que me entierren.
La teniente me mira con una expresión que mezcla a partes iguales el escepticismo y las ganas de acabar este interrogatorio por las malas. Puesto que no dice nada más, prosigo.
Durante aquella semana la luz empezó a fallar, primero con apagones de pocas horas, luego ya más largos, hasta que un día no volvió.
El agua duró un poco más, pero tampoco mucho.
Por eso fui dejando de coger cosas que necesitaran frío o calor para comerse, y empecé a llenarme los brazos de latas, agua, conservas, cualquier cosa que pudiera tragarme sin cocinar.
Las croquetas descongeladas sin freír están buenas, como curiosidad.
Un día me dio el venazo, de esos que me dan de vez en cuando, y pensé que lo más sensato era aprovechar que el coche lo tenía aparcado fuera desde el viernes. Cargué varias tandas de latas, snacks y cosas que pudieran aguantar durante mucho tiempo sin frío en el maletero.
—Menos mal que hice eso, ¿eh? —le digo a la teniente, con una media sonrisa.
El hambre, por cierto, seguía sin cesar.
No es que tuviera apetito a ratos, es que no podía parar de comer.
Subía del súper con una bolsa enorme llena y al día siguiente tenía que volver a bajar a buscar otra.
Creo que durante aquella semana comí más que en un año de mi vida, con la diferencia de que no engordé nada jeje.
Bueno, supongo que algo había engordado, pero la báscula estaba en el baño junto con mi querida mare , por lo que me quedé con la duda.
La teniente se masajea el puente de la nariz, además de hacer un gesto vago con la mano para que siga.
Al séptimo u octavo día de aquella rutina tan peculiar, subí a casa con las bolsas cargadas, como de costumbre, y entonces me di cuenta de algo; ya no se escuchaban los arañazos.
—Pensé: «Bueno, por fin mi padre se ha cansado después de una semana dale que te pego a la madera» —suelto una risa amarga—. Ya me habría gustado que hubiera sido eso.