Capítulo 3
Me levanté de un salto, con las piernas todavía temblando. Corrí hacia la puerta principal antes de que terminara de abrirse del todo. En cuanto la vi entrar, me lancé a abrazarla con tanta fuerza que casi la hice tropezar.
—Mamá, ¿estás bien? ¿Qué ha pasado? Llevo toda la noche intentando localizarte —le dije, sin soltarla todavía, con la voz un poco rota por la angustia acumulada—. Te he llamado un montón de veces, encima papá está fatal y no sé qué hacer.
—Tranquila, Erika. Llego un poco tarde porque después de comer hemos ido a casa de la vecina —me cortó ella, quitándose el abrigo mientras hablaba, sin captar todavía la gravedad de lo que le estaba intentando contar—.
Maite estaba horrible y nos ha echado. Luego nos hemos quedado un rato hablando, y se nos ha pasado el tiempo.
¿Y qué dices tú de que papá está fatal? ¿Ha empeorado?
No le voy a mentir, teniente: mi madre era una de esas personas que, si no hay un incendio, no se estresa. Yo, por el contrario, he salido con los nervios de mi padre.
—Mamá, papá me ha atacado —le expliqué, agarrándola del brazo para que me prestara verdadera atención—. Parece que le ha dado brote psicótico. En cuanto he entrado me ha perseguido. Y del susto lo he encerrado en vuestro cuarto.
—¿Pero qué haces encerrando a tu padre? —me regañó, ya caminando deprisa hacia el pasillo sin esperar mi respuesta.
Fuimos juntas hasta la puerta. Todavía se escuchaba ese sonido terrible de arañazos contra la madera desde dentro.
— ¿Estàs boja, Erika? ¿ Com se te ocurre encerrar a tu padre? —me gritó, con la mano ya puesta sobre el pomo e intentando quitar el palo.
—¡Ay, yo qué sé! Me asusté, ¿vale? —me defendí, poniéndome delante de ella para impedirle el paso—. Mira, llámalo si no te fías de mí. Papá, ¿estás bien?... Pare, ¿m'escoltes?... ¿Ves? No contesta.
Mi madre se quedó callada un segundo, su expresión fue cambiando a medida que asimilaba lo que le decía.
—Vale… —suspiró, retrocediendo un paso, alejándose de la puerta sin darse cuenta—. A lo mejor… A lo mejor ya está durmiendo.
—¿En serio? ¿Mi padre, dormido a las diez? Eso sería más preocupante que lo del ataque.
—Bueno, déjale tranquilo esta noche —decidió ella, girándose hacia el salón—. Hoy dormiré en el sofá. Voy a preparar algo de cenar y así nos relajamos las dos un poco.
Justo cuando se dio la vuelta vi un pequeño corte en la parte trasera del brazo, todavía enrojecido.
—Oye, ¿cómo te has hecho eso? —le pregunté, señalando la marca con el dedo sin acercarme demasiado.
—Pues esto es justo lo que te estaba contando, de cuando hemos ido a ver a Maite —me explicó, mirándose el brazo casi con curiosidad—. La chica nos ha apartado de muy mala manera y me ha arañado sin querer. No sé qué le pasa, pero algo no anda bien en ella.
Reconozco que en ese momento pensé en la posibilidad de que ese cortecito podría ser peor de lo que parecía. Pero no le hice caso a mi instinto. Un grave error por mi parte.
Esa noche ambas cenamos viendo una película, ignorando el problema. Algo muy característico en mi familia. Sin embargo, pasé toda la noche escuchando los arañazos de mi padre. Ras, ras, ras. Así que a la mañana siguiente, ya estaba paranoica con el tema.
— Bon dia, mare. Deberíamos llevar a papá a urgencias. No ha parado en toda la noche. —Al verla en el sofá me di cuenta de que tenía la cara bastante pálida—. ¿Qué te pasa, te encuentras mal? —Le toqué la frente con el dorso de la mano.
— Bon dia. Un poc. Siento náuseas y un dolor de cabeza horrible —murmuró ella, encogiéndose bajo la manta del sofá—. Hoy no creo que desayune.
Tampoco podía; no compré la leche. Fui corriendo al baño a buscarle alguna medicina, pero cuando volví y se la ofrecí, no fue capaz ni de tragársela.
—Déjalo, déjalo —negó, apartando el vaso con la mano—, creo que voy a vomitar.
Se levantó como pudo y se encerró en el baño. Me quedé en el pasillo, apoyada contra la pared, hablando con ella mientras la escuchaba vomitar por el hueco de la puerta.
—Creo que te has contagiado de lo mismo que tiene papá, y también la vecina —le dije, alzando un poco la voz para que me oyera por encima de las arcadas—. Deberíamos ir al hospital, a ver qué te dicen y de paso que arreglen a papá. Esto no es normal, encima el internet no funciona bien.
—Lo del internet pasa siempre… y no estoy para salir —contestó ella, con la voz entrecortada por el esfuerzo.
—No, mamá, no es normal que no funcione, lo arreglaron la semana pasada. Y lo de papá tampoco. Mira cómo estás. Fijo que es otro virus de esos.
Aproveché ese momento para meterme en mi cuarto un instante y ponerme una mascarilla, solo por si las moscas, antes de volver al pasillo a seguir hablando con ella.
Cuando terminó de vomitar levantó la cabeza. Algo en su expresión había cambiado.
—¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así? —le pregunté, notando un cosquilleo raro subiéndome por la espalda—. Aunque no te guste ir al médico, será lo mejor.
Mi madre se quedó callada, mirándome con esos ojos marrones que ya no parecían del todo los suyos.
—¿He-he dicho algo raro o qué? —insistí, dando un paso hacia atrás casi sin darme cuenta.
Empezó a acercarse muy despacio. Entonces vi cómo le empezaba a salir por la comisura de la boca esa misma baba rojiza que había visto antes en mi padre.
Intenté cerrar la puerta, pero justo cuando estiré la mano mi madre me agarró la muñeca.
Sus dedos se clavaron en mí con una fuerza que jamás le había visto.
Intenté soltarme tirando con todo el cuerpo.
No me dejaba ni un centímetro de margen.
Cada vez estaba más asustada, así que terminé dándole una patada.
Ella perdió el equilibrio y cayó hacia atrás dentro del baño.
En ese mismo movimiento, sus uñas me arañaron la muñeca, dejándome una marca que ardía como si me hubieran pasado un cigarro encendido por encima, pero conseguí cerrarle en las narices.
—Déjame salir... —jadeó golpeando la puerta—. Déjame salir…
—No, mare , tienes que tranquilizarte. —Sentí las lágrimas acumulándose en mis ojos.
—Esta no es forma de tratar a tu madre —gritó, golpeando aún más fuerte.
—Te está pasando lo mismo que a papá. Llamaré a una ambulancia, los médicos te curarán.
—No digas… tonterías… Abre… puerta...
Las palabras empezaban a mezclarse. A deformarse. Hubo un punto en que ya no entendía ni la mitad de lo que decía. Pero entonces, desde la habitación de mi padre se escucharon de nuevo los golpes. Durante varias horas ambos golpearon las puertas al mismo tiempo.
Recuerdo que me empezó a faltar el aire y no podía pensar con claridad.
Hasta que recordé las cuerdas que utilizaba para mis macetas.
Bendito el día que compré las gordas y no las finas.
Solté la manilla del baño un segundo y corrí a por las cuerdas en mi habitación.
Até la manilla de la puerta del cuarto de mis padres a la de la puerta del baño.
Las apreté hasta que me dolieron los dedos.
Solo paré cuando me aseguré de que ninguno de los dos podía abrirlas.
Aquello me dejó algo más tranquila, los primeros dos segundos antes de que las lágrimas comenzaran a caer. Apenas unas horas antes estábamos los tres desayunando juntos y ahora… ahora…
—Siento lo de tus padres. —¿Me está intentando animar? Y me da un pañuelo, qué raro por su parte—. Podemos parar cinco minutos si quieres.
—No se preocupe, teniente, ya lo tengo asumido. Es solo que… —Me limpio las lágrimas con el pañuelo—. Sigo, sigo.
Intenté llamar a la ambulancia, al ciento doce, pero nada, las líneas estaban saturadas y no lo cogían.
Después probé con cualquier número que se me ocurría, amigos, vecinos, lo que fuera, incluso llamé a mi peluquera.
Nada. Al final me acerqué al balcón. Necesitaba ver a alguien, hablar con alguien.
Me asomé por la barandilla y lo que vi me congeló la sangre.
Una señora estaba tirada en mitad de la calle. Un tío estaba arrodillado sobre ella. Al principio creí que intentaba ayudarla. Imaginé que estaba haciéndole una reanimación o algo parecido. Entonces la mujer gritó. Y vi sangre. Mucha sangre.
El hombre estaba mordiéndola. Aún puedo oír el ruido del mordisco junto con sus gritos. Al segundo, otro señor, supuse que el marido, intentó apartarlo de la señora. Durante una fracción de segundo pensé que iba a conseguirlo. El hombre se defendió bien, pero acabó igual de mal que su mujer.
Me llevé las dos manos a la boca. No podía apartar la vista.
No entendía nada. Aquello no podía estar pasando.
Las personas no hacían esas cosas. No en la vida real y delante de mi casa.
Retrocedí hasta chocar contra la pared del salón.
El móvil cayó al suelo. Intenté recogerlo.
Las manos me temblaban tanto que ni siquiera acertaba.
Cada respiración era más corta que la anterior. Notaba el pecho tan apretado que parecía que alguien me estuviera aplastando desde dentro. Las lágrimas caían solas. Me dejé resbalar por la pared hasta sentarme en el suelo.
No sabía qué hacer. Ni cómo ayudar a mis padres. No podía pedir ayuda. Ni salir a la calle. Lo único que sabía es que me había quedado sola.