Locos por la sangre Capítulo 2
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Capítulo 2

—Recordará que el día que empezó todo era festivo.

—Lo recuerdo.

—Pues para un día libre que tenía en varios meses, mis ami­gos decidieron irse de puente. Y me dirá: eso es lo normal. Yo no podía ir y ellos tampoco tenían por qué quedarse encerrados en casa por mi culpa.

Un leve asentimiento de cabeza demuestra el poco interés de la teniente.

—Pero lo que me cabrea es que cuando otra persona del grupo no podía quedar, todo el mundo hacía un esfuerzo para adaptarse. Sin embargo, cuando la que no podía era yo , de re­pente ese era el único día disponible.

—¿Y esto qué tiene que ver con lo del metro? —me corta la teniente, golpeando el bolígrafo contra la mesa.

—Más de lo que parece. Tenga un poco de paciencia.

Total, que aquel Viernes Santo mi jefe decidió convocar una reunión "de emergencia" por un asunto de ventas. Pero ya le digo yo que ese hombre la cagó de alguna manera y quería so­lucionarlo antes de que se enterasen los de arriba.

Me levanté temprano, me arreglé tan rápido que ni me reco­gí el pelo e intenté irme antes de que mi madre me interrumpiese. Para mi desgracia, me pilló con el pie ya en el umbral.

—Erika, cariño, ¿a dónde vas tan temprano? —me preguntó; apoyó la taza sobre la mesita de la entrada sin quitarme la vista de encima.

—Nada, mare , tengo una reunión de trabajo —le contesté, intentando colgarme bien el bolso mientras buscaba las llaves del coche en el bolsillo de la chaqueta.

— ¿Qué dius? —insistió ella, frunciendo el ceño—. ¿Hoy no era cuando te ibas con tus amigos?

—No, mare, al final no he podido salir con ellos por… cosas —respondí, ya con una mano en el pomo de la puerta—. Me tengo que ir ya, que la reunión empieza en media hora y voy justa.

—Pues ya que vas —me dijo, siguiéndome hasta la entrada con los brazos cruzados—, cuando vuelvas trae leche, que no nos queda. Ah, y recuerda que hoy coméis solos tu padre y tú, que yo me voy a casa de unas amigas y luego paso por la de Maite, que la pobre está malísima.

—A ver si es lo mismo que tiene papá —le comenté, parán­dome un segundo en el pasillo—. Parece que le haya dado una anemia fuerte por lo pálido que está. Lleva toda la semana pos­trado en cama sin levantar cabeza.

—Uy, no lo digas así, filla , que asustas —me interrumpió, agitando una mano como quien aparta una mosca—.

Tu padre solo tiene un resfriado, lo que pasa es que ese hombre no aguanta nada.

Lo de Maite sí que parece algo más serio, la ver­dad, pero bueno, le llevaremos unos pastelitos y así la anima­mos. Tú no vuelvas muy tarde, ¿eh?

—Ojalá que no se alargue mucho —contesté ya en la puerta del ascensor.

Llegué justísima a la empresa, porque la gente no sabe apar­car entre dos puñeteras líneas. Nada más entrar, mi jefe ya me esperaba con los brazos cruzados y el reloj prácticamente pega­do a la cara.

—Llegas tarde, Erika —me soltó, sin moverse del sitio, blo­queando el paso hacia el ascensor.

Miré la pantalla de mi móvil. Aún faltaban diez minutos para la maldita reunión y ese ya me estaba tocando las narices.

—Lo siento, no volverá a pasar —asentí, desviando la mirada.

Entré corriendo a mi puesto. Desde que lo pillé, sin querer, haciendo cosas sospechosas con su secretaria en el almacén, el tío no perdía ocasión de putearme cuando podía. Y eso que no vi nada.

Dentro de la sala apenas había tres o cuatro personas senta­das alrededor de la mesa, todas con cara de no haber dormido nada en toda la semana.

—Oye, ¿dónde están los de contabilidad? —le susurré a mi compañero, señalando las sillas vacías con la cabeza—. ¿No te­nían que estar aquí ayudándonos con todo este lío?

—Están enfermos —murmuró, encogiéndose de hombros sin levantar apenas la voz.

—¿Hay un virus o algo? Porque no creo que todos estén res­friados.

—Yo qué sé, pero me estoy empezando a marear... —Se pasó una mano por la frente perlada de sudor—. No sé si es porque se me ha pegado algo o por el estrés de tener tanto trabajo.

La dichosa reunión terminó, por fin, después de tres horas. Casi al mediodía. Cuando ya recogía mis cosas para salir de allí, mi jefe se giró hacia mí con esa sonrisa ladeada que daba esca­lofríos.

—Erika, redacta el acta. La quiero para el lunes a primera hora —me ordenó, ya recogiendo sus papeles sin esperar res­puesta.

Por dentro pensé que el que debería redactarla era él, porque para algo había sido el que la había cagado en primer lugar. Ahora me arrepiento de no haberle dicho un par de cosas aquel día.

—Sí, sin problema, no se preocupe.

Me quedé un par de horas más redactando aquella maldita acta. Todavía me duele haberlo hecho. Quería terminar cuanto antes, así que ni siquiera comí. Cuando por fin regresé a casa ya era por la tarde, entonces caí. Se me había olvidado comprar la leche.

— Pare … ya he vuelto… Se ha alargado la reunión… Siento no haber llegado para la comida —le dije desde el pasillo. Fui em­pujando la puerta de su cuarto poco a poco con el pie—. Pero te voy a preparar una cena espectacular. ¿Te apetece?

Nadie me contestó. En su lugar lo que me llegó fue un gru­ñido bajo y húmedo, como el de un animal grande que respira mal, algo que no tenía ningún sentido viniendo de la habitación de mi padre.

Terminé de abrir la puerta despacio. El pecho me ardía. El corazón golpeaba tan fuerte contra las costillas que apenas po­día respirar.

El olor me golpeó antes incluso de verlo con claridad: una mezcla pegajosa de sudor agrio, algo metálico y un fondo dulzón de carne estropeada.

Mi padre estaba sentado en el borde de la cama, encorvado.

Lucía una piel tan pálida que se le marcaban las venas negras del cuello.

Mantenía los ojos abiertos pero apagados, sin un solo brillo, fijos en un punto muerto de la pa­red.

De la comisura de la boca le colgaba un hilo de baba mez­clada con algo rojizo que no quise pararme a identificar.

—Papá… ¿Estás… bien…?

De repente giró la cabeza hacia mí. Soltó un sonido gutural que me heló la sangre.

Se levantó de golpe, tambaleándose ha­cia delante con los brazos estirados y los dedos curvados.

Yo retro­cedí de un salto, chocando con el marco de la puerta y golpeán­dome el codo con tanta fuerza que se me nubló la vista un se­gundo.

Cerré de un portazo justo cuando él llegaba al otro lado. No­té el impacto de su cuerpo contra la madera, un choque sordo que hizo temblar las bisagras. No me dió un infarto de milagro. Él tiraba con una fuerza brutal desde dentro, intentando abrirla.

Sosteniendo la manilla con la izquierda y echando todo mi cuerpo hacia atrás, estiré el otro brazo a ciegas hacia el baño, que me quedaba justo a la espalda.

Tanteé el aire a ciegas hasta enganchar el palo de la escoba que mi madre siempre dejaba por ahí tirado.

Lo encajé en vertical, atravesado tras la manilla y haciendo tope contra el marco.

Solté el pomo despacio, cruzan­do los dedos.

En cuanto él volvió a tirar desde dentro, el inven­to aguantó y no se abrió.

Di un paso atrás. Mientras, los golpes desde dentro seguían sonando uno tras otro, cada vez más fuertes, cada vez más desesperados.

Me desplomé en el suelo del pasillo, con la espalda pegada a la pared y las rodillas contra el pecho, temblando de arriba abajo sin poder controlarlo.

Saqué el móvil y llamé a mi madre una y otra vez. No con­testó. Las horas pasaron lentas mientras los golpes iban per­diendo fuerza hasta convertirse en simples arañazos. Eran cerca de las diez de la noche cuando, de golpe, escuché el sonido de unas llaves girando en la cerradura de la entrada.