Locos por la sangre Capítulo 1
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Locos por la sangre

Locos por la sangre

Por Lorena Garrigos

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Capítulo 1

—Señora Varo, ¿qué hacía usted el tres de junio, desnuda, acompañada de dos menores desnudos, en el metro de Madrid?

Esa es la primera frase que me suelta la teniente en cuanto me sientan frente a ella. Y, encima, me esposan a la mesa. Ni un «buenos días», ni un «qué tal el viaje». Res de res . Solo me cla­va la mirada esperando una respuesta.

Es el tipo de policía que te esperas en el fin del mundo. Más bajita que yo, sí, pero con el pelo oscuro recogido en un moño y unos ojos marrones que transmiten la misma calidez emocional que una inspectora de Hacienda.

—Bueno… En primer lugar, esos niños no son míos, pero…

—Ah, perfecto —me interrumpe, antes siquiera de que ter­mine la frase, y coge una carpeta llena de papeles arrugados—. Añadiré secuestro de menores a su expediente.

—¿Tengo un expediente?

—Infiltración ilegal en zona militar restringida —comienza a leer el informe sin dignarse a contestarme—. Robo de suminis­tros.

—Eso depende de quién sea el dueño de dichos suministros.

—Acceso no autorizado a los túneles del metro.

—Sí, eso sí…

—Resistencia a la autoridad.

—¡Estaba corriendo, coño! ¿Sabéis el susto que nos disteis?

—Alteración del orden público en zona de contención.

—Espera, espera, eso yo no lo he hecho, ¿eh? —protesto, ti­rando un poco de las esposas, aunque la mesa no se mueve ni un milímetro—. O sea, tengo una explicación buenísima para todo lo demás, se lo juro, pero eso no sé ni de dónde os lo habéis sacado.

—Vale —cede, cerrando la carpeta de golpe—. Explíquese.

—Bueno, pues hace dos meses...

—No. —Levanta una mano—. No se ponga a contarme histo­rietas, no estamos para perder el tiempo.

—Qué menos que le ponga en contexto, ¿no?

La teniente deja escapar un suspiro largo y cansado mientras se masajea el puente de la nariz.

—Señora Varo, llevamos semanas gestionando ataques, eva­cuaciones y problemas bastante más urgentes que escuchar có­mo ha cruzado media España. Así que le agradecería que fuese directa al grano.

—Ya, bueno, tampoco es que usted tenga prisa, ¿no? —Me encojo de hombros lo mejor que puedo con las manos esposa­das—. O sea, que yo sepa estamos atrapados en Madrid, así que no tiene nada mejor que hacer.

La teniente guarda silencio. No hace falta que responda; ambas sabemos que tengo razón. Nadie en su sano juicio saldría con el panorama que hay fuera.

—Bueno —retomo, ya un poco más cómoda—, por dónde iba...  Ah, sí. Pues hace dos meses...