Loch Down Abbey (Señora MacBain 1) Diciembre
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Diciembre

Fergus emprendió el ascenso hacia Loch Down Abbey; la nieve crujía a su paso.

Casi era Navidad y lo habían convocado a tomar té para conocer a los nuevos propietarios, sus jefes.

Todavía ignoraba quiénes eran. ¿Era raro trabajar para alguien que no conocías?

Como en su vida había trabajado, no lo sabía.

Habían tenido que pasar cuatro meses hasta que la enfermedad dejó de atenazar las Highlands, pero, por fin, recobraban poco a poco la normalidad.

Aunque tampoco es que Fergus supiese muy bien en qué consistía ese concepto.

Había pasado ese tiempo en la casa del portero, aprendiendo a vivir sin sirvientes, sin ciento veinticinco habitaciones y sin su familia.

Al principio fue una bendición. Una vez que Imogen le hubo enseñado a prepararse el té y los huevos revueltos, claro está.

Sin embargo, al cabo de los meses, con la sola compañía de Imogen y su abuela, ansiaba con todo su ser volver a rodearse de gente.

En el pueblo casi todo había estado cerrado y hasta la semana anterior no había vuelto a celebrarse el mercado, cuya existencia ni siquiera conocía.

También los otros negocios levantaban la persiana de nuevo y la víspera en el pub habían tirado la primera pinta entre vivas y aplausos.

Al pasar por la capilla vieja, saludó al reverendo Douglas. El sacerdote tampoco sabía cocinar y se había quedado en los huesos. Fergus se preguntó cuándo retomaría su calendario mensual de almuerzos en casa ajena. Necesitaba que lo cebasen con urgencia.

Pasó entre los dos viejos tejos que flanqueaban la entrada al patio delantero y que los nuevos propietarios habían hecho podar. Contempló su antiguo hogar, tan limpio y ordenado. ¿Ondeaba una bandera en la entrada? «Loch Down Abbey», vislumbró en letras doradas sobre fondo negro. ¡Muy elegante!

La señora MacBain lo había supervisado todo, por supuesto.

Habría sido una mariscal excelente. Una vez que hubo organizado el traslado de todos los Inverkillen, incluido el de lady Georgina al cottage , que no fue moco de pavo, le encomendaron la transformación de Loch Down Abbey y Drummond House en hotel.

Fergus había sido testigo del desfile de camiones y artesanos que habían acudido a retirar, reparar y sustituir un sinfín de cosas.

¿Seguiría la casa pareciéndose a su antiguo hogar?

Cruzó el arco de piedra, como tantas veces, sin reparar en el cartel ni en la farola que habían colocado.

Tampoco se percató de las maceteras de mármol repletas de flores ni del nuevo felpudo que pisó al entrar.

No, lo que vio fue al botones, vestido con una elegante librea negra, que le abrió la gran puerta de madera levantándose el sombrero para darle la bienvenida al hotel. Fergus se paró un momento a tomar aire.

Entró en la armería con cautela y se detuvo a echar un vistazo.

Todo había cambiado y, sin embargo, seguía todo igual: el techo abovedado, las hachas de guerra, y la alfombra permanecían, pero habían dispuesto zonas de estar con butacas y mesitas por doquier.

Además, habían instalado un escritorio a los pies de la escalera de invitados.

Un hombre a quien no conocía salió de la parte de atrás y se le acercó.

—Buenas tardes, señor, bienvenido a Loch Down Abbey. Lo esperan en la biblioteca. Acompáñeme, por favor.

Condujo a Fergus a las puertas de la biblioteca, como si no supiera dónde se encontraba. Al cruzar el umbral, barrió la estancia de un vistazo y observó los cambios. Luego, cuando pudo ver toda la sala, reparó en la señora MacBain y en Hudson, que lo saludaron.

—Hola, Fergus —le dijo ella. Le pareció distinta.

Y también su antiguo mayordomo. Era normal, pues nunca los había visto sin el uniforme de la casa.

Y en los últimos tiempos además llevaban las horribles mascarillas con el tartán.

Ya se había olvidado de aquello. La imagen lo devolvió a la realidad.

—¡Hola! Qué agradable ver rostros conocidos. Todo ha cambiado, pero en el fondo la casa sigue igual.

—Sí, supongo que a usted le debe de resultar extraño.

—¿Desea té, señor? —le ofreció Hudson señalando el servicio de plata, que estaba en su sitio habitual.

—Hummm... No, Hudson, gracias. Lo cierto es que he venido a conocer a los propietarios.

—Pues acaba de hacerlo —le dijo una voz que surgió desde atrás. Fergus se giró y vio a Mackay, que le sonreía.

Fergus notó la sangre que le subía a las orejas.

—¿Cómo? Creo que no he oído bien.

—Somos nosotros los dueños, Fergus —le explicó la señora MacBain con una amable sonrisa mientras se sentaba y le ofrecía a su antiguo señor el asiento de enfrente.

Fergus se sentó despacio y se la quedó mirando.

—No lo entiendo.

Hudson le sirvió una taza de té y se sentó detrás de la señora MacBain.

—Es una historia larga de contar, así que póngase cómodo —le aconsejó ella antes de iniciar el relato.

Eran tiempos de cambio y también se transformaban los empleos.

Tenían claro que no iban a trabajar como sirvientes toda la vida.

Sin embargo, solo cuando a la tía de la señora Burnside la despidieron a sus sesenta y ocho años (y a punto estuvo de acabar en un asilo de la beneficencia) se percataron del futuro tan precario que los esperaba.

La señora MacBain se negaba a correr esa suerte.

Necesitaban una red de seguridad, así que idearon un plan.

La antigua ama de llaves había propuesto a los miembros principales del personal que fundasen una cooperativa.

Acordaron poner en común su salario con la idea de que una suma conjunta y mayor les proporcionaría mejores oportunidades para su porvenir.

En qué se concretarían esas oportunidades, no lo sabían.

Tan solo deseaban asegurarse un futuro tranquilo.

Y continuaron así unos años, hasta 1920, cuando la señora MacBain leyó en la prensa que en Estados Unidos iban a prohibir el alcohol. Pensó que era la oportunidad que esperaban.

Confundido, Fergus sacudió la cabeza y los miró a ambos.

—No lo entiendo.

Ella asintió con aire comprensivo y Hudson le sirvió un whisky.

Aún sin salir de su asombro, Fergus tomó el vaso y contempló el líquido de color miel pálido. Hudson lo animó a beber con un gesto; con dudas, le dio un sorbito. Gratamente sorprendido, se detuvo a apreciar el aroma.

—Este whisky no es Plaid —dijo mientras le daba otro traguito—. Este es del que bebía papá, de su reserva.

—Esta es la oportunidad de la que le hablábamos. Lo elabora Ross —explicó, henchida de orgullo, la señora MacBain.

—¿Ross MacBain? ¿El guardabosques? —se extrañó Fergus meneando la cabeza. Al parecer, la tarde iba a estar repleta de sorpresas—. Claro, estamos en las Highlands y todo el mundo hace whisky, pero este es excelente.

—Envejecido veinte años en barrica de roble francés —explicó Hudson, de lo más ufano.

—¡¿Veinte años?! —exclamó Fergus, patidifuso, y los miró a ambos por turnos—. Mucho mejor que el Plaid. ¿Y por qué me entero ahora?

La señora MacBain respiró hondo.

—Cuando Ross volvió de la universidad, MacTavish le enseñó a elaborar whisky con el alambique más pequeño de la destilería.

Esperaba que Ross pudiese heredar su puesto cuando se jubilase.

Le costó años de duro trabajo hasta que empezó a obtener un producto que lo satisfizo, pero al final lo consiguió y elabora este whisky desde entonces.

—Ya lo entiendo —dijo Fergus, aunque no era verdad, y pidió que se lo aclararan—. Discúlpenme, pero no comprendo en qué modo eso supone una oportunidad. ¿Y qué tiene que ver Estados Unidos con todo esto?

—Bien, ahí entra en juego el comandante.

—¿El tío Cecil? —repuso Fergus con las cejas enarcadas de asombro... y alarma—. ¿Está en el ajo? —preguntó conteniendo la respiración y rezando para que no estuviera implicado.

—¡No! No tenía ni idea, pero ¿conoce el brandy que los hermanos Berry embotellan especialmente para él?

—preguntó ella, y Fergus asintió—. Pues una tarde le explicó a su padre que también compraban whisky para exportarlo a Estados Unidos de extranjis y que se estaban haciendo de oro.

Cecil le propuso a Hamish que iniciasen un negocio parecido con el whisky Plaid.

Me imagino que desencadenaría un rifirrafe.

Por aquellos tiempos, el comandante solía andar envuelto en tejemanejes diversos (le estoy hablando de antes de que se casara con la marquesa) y su padre siempre se mantuvo al margen de los negocios de su hermano.

—¿Y usted cómo lo supo? —preguntó Fergus, fascinado por la historia.

La señora MacBain lo miró con semblante algo triste.

—Los sirvientes oímos lo que se habla. Puede que seamos mudos, pero no sordos.

Fergus se ruborizó.

—Lleva razón. Pero andar escuchando a escondidas... —se escandalizó.

—Cuando en esta casa se discutía, nos veíamos obligados a intervenir —repuso ella con frialdad—.

Los despertábamos un poco más tarde, posponíamos el baño un ratito y hacíamos los ajustes necesarios para que no se cruzasen ni coincidiesen en la misma habitación.

Gracias a que los escuchábamos a escondidas se mantuvo la paz en esta familia.

Fergus se quedó anonadado. De inmediato rememoró todas las ocasiones en que a lo largo de los años se habían peleado, sin reparar hasta ese momento en que las aguas habían vuelto a su cauce gracias a que la señora MacBain los había separado. Aquella mujer era un mirlo blanco.

Se movió un poco y se alisó la falda, lo que le hizo pensar en su abuela.

—De todos modos, cuando el lacayo nos contó que se habían peleado, me acordé de que MacTavish tenía un hijo en Estados Unidos y se me ocurrió que a lo mejor podíamos vender el whisky de Ross por ese canal.

Así que le escribí al chico y resultó que trabajaba de portero en un bar clandestino en Nueva York. Y así empezamos el negocio.