Loch Down Abbey (Señora MacBain 1) Agosto #2
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Agosto #2

Aquel día, lady Georgina convocó a toda la familia a cenar, como siempre.

«Una última vez —se dijo Fergus—. ¡Qué sentimental!

». En realidad, la matriarca había juzgado que sería más sencillo comunicarles la noticia de ese modo, con la esperanza de que la formalidad de la cena les impediría montar una zapatiesta como la del día de la subasta.

O la de cuando descubrieron el estudio de Hamish.

O la de la lectura del testamento. Se había percatado de que eran muy proclives a las zaragatas.

Quizá, al fin y al cabo, no era mala idea separar a la familia.

Además, así ya no darían de qué hablar en el pueblo.

«No hay mal que por bien no venga», pensó.

La condesa viuda le pidió a Hudson que pusiese la mesa con todo el esmero.

Dispusieron hasta tarjetas, cosa rara en una cena familiar.

Después de tomar asiento, se sorprendieron de ver que los puestos centrales no los ocupaban Angus y Constance, sino lady Georgina y Fergus.

La matriarca había situado a sus hijos a su vera, con la precaución de separar a los principales litigantes.

Iris se sentaba al final de la mesa con Auguste, cuyos padres ocupaban el extremo opuesto.

Una vez servido el consomé, la condesa viuda iniciaría su discurso.

Pero ¿por dónde podía empezar? ¿Y qué iba a contarles?

De todas las veces en que se habían enfrentado a conversaciones difíciles en los últimos meses, en ninguna se había sentido tan poco preparada.

Pensó que más valía arrancar la tirita de cuajo y sin más dilación, así que llamó la atención de todos dándole unos golpecitos con el tenedor a la copa.

—Bien, como algunos quizá ya sepáis, Andrew Lawlis ha venido esta tarde a exponernos una oferta de compra. La hemos aceptado.

Se oyeron algunos gritos y murmullos, pero impuso la calma y prosiguió.

—Sin embargo, la oferta no resuelve todos nuestros problemas.

Quedarán cubiertos los impuestos sobre sucesiones y saldadas todas las deudas.

No tendremos que preocuparnos de eso. Las joyas familiares se venderán en Bonhams, y lo que se obtenga lo repartiremos a partes iguales entre los hijos de Hamish, tú incluida, Iris —precisó.

Angus se disponía a protestar, pero su abuela levantó la mano—.

Angus, por favor, bastante duro resulta este trance como para que te pongas a discutir ahora.

Y sí, Constance, ya sé que ahora eres la condesa y que las joyas te corresponden y todo lo que quieras, pero está decidido, así que no empieces.

Elspeth, conservarás las piezas que Hamish te dejó, pero me temo que nada más.

El resto del contenido de la casa pertenece a los nuevos propietarios.

—Se calló un momento y dio un largo trago—.

Hudson, esta noche me va a hacer falta bastante más vino.

—Sí, señora condesa —obedeció, y le rellenó la copa.

—¿Todo el contenido? —preguntó Angus.

—Todo excepto los enseres personales —respondió Fergus—. El mobiliario, las obras de arte y hasta las hachas de guerra. Ahora les pertenece todo. Debemos dejar la casa antes de que acabe la semana.

Se sobresaltaron todos, incluido Ollie, consciente de que le iba a tocar prepararles el equipaje. Miró a Hudson, quien se limitó a asentir.

—¿Esta semana? ¿Y adónde vamos a ir? —se quejó Angus, furioso.

—No lo sé, Angus —respondió Fergus, cansado—.

Os podréis quedar con los padres de Constance en Edimburgo, me imagino.

Y seguro que a los padres de Hugh no les importa tener a sus nietos en casa una temporadita.

A la abuela le van a proporcionar un cottage en la finca y yo me quedo en calidad de director.

—¿Cómo que director? ¿A qué te refieres? —preguntó Bella.

—Loch Down Abbey se va a transformar en hotel.

Se oyó un clamor de indignación. Era mucho peor que venderles la casa a los americanos.

Angus se puso en pie de golpe y derribó la silla, que Hudson recolocó con discreción.

—Has sido tú. ¡Todo esto es cosa tuya! Nadie le veía ningún sentido, así que tienes que estar detrás de esta idea. Ahora nos quedamos todos en la calle menos tú.

—Ay, Angus, siéntate —suspiró lady Georgina con irritación—.

Fergus no es ningún genio maligno que haya conspirado en la sombra.

Al contrario, si tu padre y tú le hubieseis prestado atención, nuestro porvenir sería mucho más halagüeño.

Pero claro, vosotros siempre habéis sabido más que nadie...

Además, te recuerdo que Fergus es el único que ha aportado algo de dinero a esta familia desde hace muchas generaciones.

Esto no querrás oírlo porque tu padre y tú sois los listos y los brillantes, pero déjame decirte que no es verdad y que ahora hemos de pagar las consecuencias.

¡Ay, los hombres de esta familia! Mira, como dentro de cincuenta años las mujeres no manden, ¡este mundo no habrá quien lo arregle!

Le dio otro trago al vino y volvió a señalar la copa. Iris nunca la había visto beber tanto.

Angus se sentó con la actitud de un chiquillo malcriado a quien se le niega un capricho. Todos guardaron silencio. Hudson y Ollie se miraron sin saber si debían retirar el consomé. Parecía que hubiesen acabado con el entrante, pero no lo tenían claro.

—¿Y qué pasagá con Iguis? —preguntó Auguste.

«Maldición», pensó la joven. Esperaba no verse aludida. Todos se giraron hacia ella y Hudson la animó con un gesto.

—Pues... —arrancó, titubeante, y jugueteó con la servilleta—. He decidido que me voy a Londres.

—¿Cómo? No hablarás en serio, ¿no? ¿Qué vas a hacer allí? —preguntó Fergus con aire inquieto.

También lady Georgina se mostró preocupada.

—Es demasiado peligroso para una joven sola. ¿Dónde vas a vivir? No, te quedarás aquí. Loch Down es tu hogar y necesitas que alguien te cuide.

—De todos modos, iba a abandonar la casa cuando cumpliese veintiún años para trabajar como institutriz, lady Georgina —respondió llanamente.

—Ah, es cierto —musitó la matriarca, incómoda—. Ya no me acordaba, pero...

—Y aquí ya no hay ningún hogar. La casa se ha vendido.

Fergus tiene un trabajo, y usted, un cottage .

Todo el mundo tiene un lugar adonde ir menos yo, que solo tenía esta casa.

Debo ganarme la vida y seré yo quien decida cómo.

—Respiró hondo para armarse de coraje—. Voy a ir a Londres.

Estudiaré Historia del Arte y trabajaré con el señor Kettering.

Iris tomó la copa de vino y bebió. Cuando la dejó en la mesa, todos la miraban asombrados y en silencio.

—¡Qué moderna! ¡Muy bien, Iris! —exclamó Elspeth, alzando su copa para brindar por ella—.

Me dejas impresionada. Pero bueno, ¿qué os pasa?

—se dirigió a los demás—; esta chica es muy inteligente y a estas alturas de la historia tiene la oportunidad de aplicar su inteligencia a algo mejor que a organizar cenas.

El mundo se está transformando y debemos cambiar con él.

—Sí —convino Fergus—. ¡Bien hecho, Iris! —añadió alzando la copa para brindar por ella.

La joven se puso como un tomate, bebió un sorbo de vino y le dio las gracias susurrando.

—Debes acompañarnos cuando pasemos por Londres de camino a Francia —le dijo Elspeth—. Mañana por la mañana les escribiré a unos amigos a ver quién puede alojarte hasta que te instales por tu cuenta. Es una ciudad hostil y necesitarás toda la ayuda que podamos brindarte.

Elspeth, de lo más animada, siguió hablando de compras, porque Iris tenía que comprarse ropa, y, por supuesto, ella debía presentarla a la gente adecuada. A la joven le costaba creérselo: lady Elspeth, o sea, su tía, quería ayudarla.

—¿Pasamos al siguiente plato, Hudson? —indicó lady Georgina, quien sentía que el peligro había pasado. Angus había cejado en su rabieta y, si bien no lucía un aire exultante, tampoco parecía que fuese a estallar de un momento a otro, lo cual ya era bastante mejor de lo que la matriarca se esperaba.

A Constance, en cambio, el semblante de su marido le parecía curioso.

¿En qué debía de pensar? Se pasó el resto de la cena en silencio, pero de un modo distinto al habitual.

Notaba que algo le rondaba por la cabeza y no dejaba de mirar por turnos a Iris y a Hugh.

Y a Bella. No lo tenía claro. Pero desde luego que Angus tramaba algo, y eso ponía de los nervios a su mujer.

Fergus sentía emociones contradictorias.

Lo más probable era que aquella fuese la última noche que cenasen todos juntos y, por suerte, al menos hasta el momento, no se habían peleado.

Angus estaba decaído, pero parecía que al fin se movía algo dentro de su cabeza.

Cuando Hudson se dispuso a servirle más vino, lo rechazó.

Era un gesto nimio, pero no escapó a la atención de Fergus.

Posiblemente era el comienzo de una vida nueva y mejor para todos.