Loch Down Abbey (Señora MacBain 1) Agosto
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Agosto

Lawlis e Imogen volvían de nuevo a Loch Down Abbey y, por una vez, con buenas noticias, o así esperaban que se las tomasen los Inverkillen. Faltaban diez días para que prescribiese el plazo de abono del impuesto sobre sucesiones y la secretaria nunca había visto al abogado tan al borde del pánico.

Hudson los recibió en la puerta. Una vez que se hubieron puesto las mascarillas, Imogen miró alrededor y se preguntó si sería su última visita.

El mayordomo los condujo a la sala de los mapas, donde los esperaba Fergus, quien se levantó expectante al notar el entusiasmo del abogado y la secretaria en cuanto entraron.

—¡Tenemos otra oferta! —anunció Lawlis en tono victorioso—. ¡Y qué oferta, madre mía!

—Gracias, Hudson, puede retirarse —despachó Fergus al mayordomo mientras echaba a los perros del sofá. Luego se lo pensó mejor y se acomodó en el escritorio del otro lado de la sala—. ¿Una oferta? ¿De verdad? ¿Son norteamericanos?

—Pues... no lo sé. Se trata del mismo grupo que compró la destilería.

—Un momento, ¿ignoramos quiénes son? ¿Cómo es posible que a estas alturas no sepamos quién la adquirió?

Imogen también se lo había preguntado, pero, dado que ella era una simple secretaria, ¿por qué iba a saberlo?

—Contactó conmigo un abogado, que fue quien lo gestionó todo en nombre de su cliente.

No conocemos su identidad, pero están encantados de comprar la casa con todo lo que contiene —explicó Lawlis recostándose y saboreando su triunfo—.

La oferta basta para cubrir los impuestos sobre sucesiones y asegurarle unos ingresos suficientes a lady Georgina. Solo han puesto una condición.

—¿Una condición? —repuso Fergus con un nudo en el estómago. No podía ser, justo cuando parecía que iban a cantar victoria—. ¿Qué quieren?

—Desean que sea usted quien siga al mando.

Fergus se quedó atónito. Al cabo de unos instantes, contestó:

—¿Quieren que les haga de mayordomo?

Lawlis se rio.

—No, quienquiera que comprase la destilería (y me imagino que debe de tratarse de un consorcio de inversores), pretende convertir Loch Down Abbey en hotel. Y quieren que usted se encargue de la dirección.

Fergus se retorció como si le hubiesen asestado un puñetazo.

¿Acaso no era precisamente lo que les había propuesto a su padre y a Angus, idea que estos habían considerado ridícula?

Pues aquella gente quería encomendarle la gestión del negocio.

No a beneficio de la familia, sino de un grupo de inversores desconocidos, a lo mejor incluso extranjeros.

Se estaba mareando de pura rabia, amargura e indignación.

—Es lo que deseaba, ¿no? —le preguntó Imogen tocándole suavemente la rodilla.

—No, así no. Lo que deseaba hacer era justo esto, pero para beneficio de mi familia.

Quería evitarles la humillación, el trauma y los gritos de los últimos meses.

Esperaba poder criar a mis hijos en la casa en la que crecí, no dirigirla una vez convertida en hotel de propiedad ajena...

¡solo porque mi padre y los que lo rodeaban eran unos idiotas!

—exclamó tirando una pila de papeles del escritorio antes de dirigirse a la ventana.

Lawlis e Imogen guardaron silencio mientras paseaban la mirada de la espalda de Fergus a los ojos del otro, sin saber muy bien qué hacer. Se esperaban que reaccionase mejor.

—Lo siento. Por favor, discúlpenme —dijo Fergus en voz baja al cabo de un par de minutos—.

Lo cierto es que pensaba que me alegraría cuando por fin recibiésemos una oferta, pero ha resultado un mal trago.

No se trata nada más de perder el hogar de mi familia; es que irá a parar a unas manos que harán exactamente lo que yo planeaba para salvarnos de la ruina. Es una sensación amarga.

Se volvió para mirarlos y prosiguió.

—Perdóneme, Andrew. Me he comportado de modo tosco y descortés.

Soy consciente de lo que se ha esforzado en ayudarnos y de sus luchas por salvarnos de la ruina.

Se lo agradezco de veras. No pienso que sea ningún idiota.

Ya me imaginaba que este momento sería difícil, pero no es ninguna excusa. Por favor, acepte mis disculpas.

El abogado se movió en la butaca, pensando en qué contestar.

Tenían que repasar los pormenores de la oferta antes de dar una respuesta, pero Fergus no parecía encontrarse en condiciones de mantener esa conversación.

Se preguntó cuánto estaría dispuesto a esperar el comprador y cuánto tiempo necesitaría Fergus. Solo quedaban diez días.

—De acuerdo. Voy a buscar a mi abuela para que revisemos juntos la oferta. Espérenme —dijo Fergus de camino a la puerta.

—No es necesario que lo hablemos ahora —se apresuró a decir Imogen—. Asimile la noticia y ya abordaremos el asunto mañana si lo prefiere.

A la secretaria le pareció tan abatido que sintió la imperiosa necesidad de ayudarlo.

—No, señorita MacLeod. Le agradezco de corazón su amabilidad, pero es mejor que hablemos ahora. Hay que aprovechar la ocasión, no vaya a ser que la perdamos. Bastante nos hemos dejamos llevar ya por el orgullo frente a la prudencia. Vuelvo en un momento.

Abandonó la sala y Lawlis e Imogen se quedaron mirando la puerta tras su partida.

—Bueno, podría haber ido peor —dijo el abogado, y se puso a silbar con discreción. Imogen miró a su jefe y sacudió la cabeza.

Al cabo de unos minutos, Fergus regresó seguido por lady Georgina.

A Imogen le pareció cansada; más aún, extenuada.

Los últimos tiempos habían sido, como poco, perturbadores.

Pocos meses atrás, se sentían felices y seguros.

Aunque ¿era «feliz» el adjetivo adecuado para describir a los Inverkillen? A la secretaria no se lo parecía.

—Me dicen que trae una oferta, Andrew. ¿Desean que le pida a Hudson que nos sirva té mientras hablamos al respecto?

—ofreció la matriarca tirando del timbre mientras buscaba un lugar donde sentarse—.

Vamos a aquellas butacas —les propuso, y señaló un rinconcito de lectura bajo la escalera de caracol—. Y bien, ¿cuáles son las condiciones?

Lawlis les expuso la propuesta dos veces con todo lujo de detalles.

Era lo bastante cuantiosa, como le había anunciado a Fergus, para cubrir el impuesto sobre sucesiones, los créditos personales de la familia y la hipoteca de la destilería.

Además, incluía fondos suficientes para que lady Georgina viviese de forma desahogada.

—Pero ¿desean el contenido de la casa entera? ¿Todo? ¿No podemos quedarnos con nada? Me parece muy cruel.

—Creo que disponemos de un pequeño margen de negociación. Ya no será una casa privada, sino que la transformarán en hotel, de modo que, como es natural, no les interesará todo.

—Y desean que Fergus se convierta en... ¿Cómo ha dicho? ¿En director? ¿Eso qué es? ¿Como un administrador de tierras? ¿Qué le ocurrirá al de ahora?

—El administrador seguirá en su puesto, al igual que el guardabosques y el resto del personal, si así lo desean. Todos ellos podrán permanecer en la propiedad en condiciones parecidas a las actuales. En esencia, para los empleados no cambiará nada.

—¿Y el servicio está conforme? —preguntó Fergus, maravillado por la generosidad de la oferta.

—No se ha informado a nadie todavía. Depende de ustedes aceptar la oferta o no. Una vez que la propiedad pase a los nuevos dueños, cada empleado decidirá si desea quedarse. Lo cierto es que es son muy considerados.

—Así es —dijo la condesa viuda con aire contrariado—, considerados para con el servicio, pero y nosotros, ¿qué? ¿Qué va a ser de la familia? ¿Adónde vamos?

—Eso es un poco más peliagudo. Fergus, a usted, además del salario, han tenido la generosidad de ofrecerle la casa del portero.

Y usted, lady Georgina, puede elegir entre un pequeño cottage cerca de la linde de la finca o una suite en Drummond House, como prefiera.

Respecto a los demás, me temo que no los han tenido en cuenta.

Explicó las condiciones con toda la delicadeza que pudo reunir, pero era muy difícil ser delicado a la hora de explicar que se va a expulsar a toda una familia de su casa, y más cuando la han ocupado durante seis siglos de manera ininterrumpida.

—Bien, tendremos que hablar del tema con toda la familia, por supuesto, en especial con Angus...

—No, abuela. No vamos a discutir este tema con ellos —la contradijo Fergus mientras se incorporaba—.

Tomaremos la decisión nosotros dos y luego se la comunicaremos.

El abuelo nos metió en este desastre, papá y Angus no movieron un dedo para arreglarlo y de aquellos polvos vienen estos lodos.

O bien aceptamos esta oferta, o bien avisamos al juzgado para que den inicio al embargo.

Se recostó de nuevo en la butaca sin dejar de mirar a su abuela, quien a su vez se lo quedó observando. Imogen contuvo la respiración.

—Después de seis siglos, ¿no podemos aspirar a nada mejor que a la casa del portero y una suite ? —suspiró lady Georgina.

—O un cottage —terció Imogen con aire serio—. Es precioso.

La condesa viuda se la quedó mirando.

—¿Qué cottage es? No puedo renunciar a mis rosas.

—Han aceptado la oferta —dijo Hudson mientras depositaba la bandeja de té.

Se oyeron unos grititos en la cocina y todos dejaron de trabajar.

—Han aceptado la oferta y Loch Down Abbey se convertirá en hotel. El señor Fergus será el director, y todo aquel que lo desee podrá quedarse como empleado —añadió para alegría de todos, que se animaron de repente.

—¿Es una oferta en firme? ¿La han aceptado? ¿Han firmado ya? —preguntó Mackay.

—Sí, lo he visto con mis propios ojos. Han cerrado el trato. Lo comunicarán a la familia esta noche durante la cena. Han vendido Loch Down Abbey.

La señora MacBain se desplomó en un banco y respiró hondo.

—Pensaba que este día no llegaría nunca.

«Debe de estar conmocionada —se dijo Daisy, la ayudante de cocina, que acababa de reincorporarse, ya curada—. Voy a traerle un vaso de agua».