Julio #15
Caminaron en silencio unos minutos; ninguno de los dos tenía prisa. Se estaba quedando un hermoso día. Iris se detuvo a contemplar la bruma sobre el lago y se giró hacia el señor Kettering cuando este se aclaró la voz.
—Han pasado tantas cosas desde que llegué...
—Sí, todo ha cambiado —respondió ella meneando la cabeza.
—He disfrutado mucho el tiempo que hemos compartido, Iris. Pero mucho —confesó él algo ruborizado y con los ojos fijos en el suelo que pisaba ella—. Es una joven extraordinaria y... Bueno... La echaré de menos.
Iris soltó un gritito.
—¡Yo también! Y, además... Notaré su ausencia. No me había dado cuenta de lo sola que me encontraba hasta que llegó.
Iris se sentía mareada. No tenía previsto decir nada de eso y se puso roja como un tomate. ¿Qué imagen se iba a llevar de ella?
—No sabe cuánto me alegro de oírlo. —Se detuvo e hizo una mueca—. No de su soledad, claro, sino... —Gesticuló nervioso y sacudió la cabeza—. A lo que me refiero es... —La miró con aire incómodo pero resuelto—. Quería hablar con usted sobre el porvenir. En concreto, sobre el suyo.
Iris le dedicó una mirada de sorpresa.
—¿Mi porvenir?
—Sí, es que han pasado muchas cosas en los últimos tiempos y me preguntaba si se ha parado a valorar sus planes cuando vendan la casa. Porque se venderá, ya lo sabe.
La miró con semblante empático. Era muy amable. Iris echó a caminar de nuevo, hacia el bosque, y él se apresuró a seguirla.
Kettering prosiguió:
—Me dejó profundamente impresionado desde el día en que llegué a Loch Down. —Iris se ruborizó y miró al suelo—. Su conocimiento de las obras de arte, sus comentarios, las notas tan detalladas que había tomado... Todo es digno de admirar, sobre todo si se tiene en cuenta lo joven que es.
Iris notaba las lágrimas a punto de brotarle de los ojos, así que se dio la vuelta para que no la viera.
No quería que la tomara por una niña, una criaturilla a la que consolar con una caricia y enviar de nuevo a jugar con los chiquillos.
Y la conversación le estaba sonando así.
Se preguntaba qué podía decir para que cambiase la impresión que tenía de ella, pero estaba en blanco.
—Pero es que, teniendo en cuenta que no ha estudiado historia del arte ni tiene experiencia profesional en la disciplina, me maravilla aún más. Por eso, Iris, quería preguntarle si hay alguna posibilidad de que acepte... venir a trabajar conmigo.
Iris se detuvo y lo miró sin saber muy bien qué decir. El corazón le latía desbocado.
—Tendrá que cursar una carrera, desde luego —se apresuró a precisar—, pero ya nos encargaremos de eso. Lo cierto es que ahora solo quería saber si le interesa.
—¡Por supuesto que estoy interesada! —exclamó Iris—.
Me preocupaba la idea de que se marchase y no volver a verlo.
O no hablar con usted de arte e historia, porque las últimas semanas, con usted, han sido las mejores de mi vida.
No soportaría pasar el resto de mis días trabajando como institutriz. Por favor, ¡quiero trabajar con usted!
Su emoción era tal que estaba a punto de aplaudir.
El entusiasmo de la joven despejó el nerviosismo inglés del señor Kettering, quien la contempló con rostro radiante. Le tomó las manos y, despacio, se inclinó a besarla.
Iris nunca había recibido un beso y, de haberse encontrado con la lucidez mental necesaria para poder apreciarlo, le habría parecido algo maravilloso, sobre todo viniendo del señor Kettering.
Cuando abrió los ojos, la miraba fijamente con semblante muy serio.
Iris se avergonzó; ¿lo habría hecho mal?
Justo en el momento en que el silencio le empezaba a resultar insoportable, él sonrió de oreja a oreja y añadió:
—Además, quisiera casarme con usted.
—Es decir, que va a ser marquesa, ¿verdad? —preguntó Ollie.
—Alabado sea Dios, no había caído en la cuenta de eso. Pues supongo que sí —respondió la señora MacBain al tiempo que pasaba una bandeja con bizcochos.
El ama de llaves había reunido al personal —o a lo que quedaba de este— después de que Iris le comunicara la buena noticia.
De haber tenido champán, lo habrían descorchado para brindar por la feliz pareja.
Sin embargo, el señor Kettering debía apresurarse para no perder el tren y la señora MacBain pensó, con toda la razón, que ambos debían reunirse con el señor Lawlis para hablar sobre la tutela de Iris cuanto antes.
Los Inverkillen eran imprevisibles y quería asegurarse de que Iris era libre de hacer lo que considerase.
«No es un buen momento para cometer imprudencias», les había dicho antes de hacerlos subir a un coche sin más celebraciones y despedirlos.
—Entonces, su título será de mayor rango que el de ellos, ¿no? De todos, incluida la condesa viuda —dijo Ollie mirando a la lejanía con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Ja! No les va a hacer un pelo de gracia —se rio la señora Burnside—. Me encantaría presenciar la escena cuando se enteren.
—No, no les va a caer en gracia en absoluto. Sobre todo, a Bella. Pero nadie va a abrir la boca hasta que Iris se lo haya contado, ¿entendido? Ni una palabra a los señores.
Todos asintieron y siguieron comiendo bizcocho entre risas.
Fue un buen día.